Dean Koontz
INTENSIDAD

     Ttulo original: Intensity 
     
     
Este libro es para Florence Koontz. Mi madre. Largamente aorada. Mi 
guardiana.


La esperanza es la meta que buscamos.
     
El amor es el camino que lleva a la esperanza. El coraje es el motor que 
nos impulsa. Salimos de la noche hacia la fe.
     
The Book of Counted Sorrows


1
     El sol rojo se posa sobre las crestas ms altas de las montaas, y las 
estribaciones parecen arder bajo su luz menguante. Una brisa fresca que 
viene del sol barre los pastizales altos y resecos que ondean como llamas 
doradas en las laderas hacia el valle umbro y feraz.
     Hundido hasta las rodillas en el pastizal, las manos en los bolsillos de su 
chaqueta, contempla los viedos a sus pies. En el invierno podaron las 
vias. Acaba de empezar la estacin de los cultivos. Han segado la vistosa 
mostaza silvestre que floreci entre las hileras durante los meses ms fros, 
y roturado los rastrojos con la tierra. La tierra es negra, frtil.
     Los viedos rodean un granero, varios cobertizos y la casa del 
administrador. Slo el granero es ms grande que la casa victoriana de los 
dueos, con tejados, buhardillas, rejas forjadas bajo los aleros, y el frontn 
de piedra tallada sobre los escalones del porche.
     Paul y Laura Templeton viven en la casa todo el ao; su hija Sarah 
suele venir de visita desde San Francisco, donde cursa estudios en la 
universidad. Se supone que pasar el fin de semana en casa de sus padres. 
Sumido en un ensueo, contempla la imagen mental del rostro de Laura, 
ntida como una fotografa. Curiosamente, los rasgos perfectos de la joven 
evocan suculentos racimos de pinot negra y garnacha con su traslcido 
hollejo prpura, saturados de azcar. El sabor invade su boca al imaginar 
cmo sus dientes revientan las uvas quimricas.
     Al bajar lentamente detrs de las montaas, el sol derrama una luz de 
colores tan clidos, tan abrasadora, que donde roza la tierra sta parece 
hmeda y teida indeleblemente. El pastizal tambin se vuelve rojo, no 
como un ardor sin fuego sino como una marea roja que lame sus rodillas.
     Vuelve la espalda a la casa y los viedos. Mientras paladea el sabor 
cada vez ms intenso de las uvas, se dirige hacia el poniente y se hunde en 
las sombras lanzadas por las altas crestas arboladas.
     Le llega el olor de los animalitos de los prados, agazapados en sus 
madrigueras. Escucha el susurro de las plumas de un halcn cazador que 
navega las corrientes a decenas de metros de altura, y percibe el fro 
centelleo de estrellas an invisibles.
     En ese mar alucinante de trmula luz roja, las sombras negras de la 
bveda vegetal se deslizaban sobre el parabrisas, veloces como tiburones.
     Laura Templeton conduca el Mustang por el sinuoso asfalto de dos 
carriles con una destreza que despertaba la admiracin de Chyna, pero a 
una velocidad excesiva. 
     Eres patona dijo Chyna.
     Mejor eso que culona dijo Laura con una sonrisa maliciosa.
     Quieres que nos matemos?
     Mam es exigente con el horario de la cena. 
     Mejor llegar tarde a cenar que muertas.
     Lo dices porque no conoces a mi mam. Es muy estricta con las 
normas.
     No ms que la polica caminera.
     A veces hablas igual que ella dijo Laura, riendo. 
     Igual que quin?
     Que mi mam.
     Bueno, una de las dos tiene que portarse como una adulta seria dijo 
Chyna, aferrndose mientras Laura tomaba una curva a gran velocidad.
     Quin dira que slo tienes tres aos ms que yo dijo Laura, 
afectuosa. Veintisis aos? No sern ciento veintisis?
     Soy una anciana dijo Chyna.
     Haban salido de San Francisco bajo un implacable cielo azul al 
comienzo de un feriado de cuatro das de la Universidad de California, en la 
cual en mayo ambas recibiran su licenciatura en sicologa. Los estudios de 
Laura no se haban atrasado a causa de la necesidad de trabajar para 
pagarlos, mientras que Chyna, durante los diez aos anteriores, haba 
estudiado en sus ratos libres a la vez que trabajaba full time como 
camarera, primero en casas de comida rpida y ltimamente en un lujoso 
restaurante de mesas tendidas con manteles blancos, servilletas de tela y 
flores naturales, y cuyos clientes -benditos fueran- dejaban propinas del diez 
al quince por ciento. Despus de una dcada sin vacaciones, se haba 
tomado unos das de descanso en casa de los Templeton.
     Al salir de San Francisco, Laura haba tomado la ruta 80, que 
atravesaba Berkeley y luego bordeaba el extremo oriental de la Baha San 
Pablo. Garzas grises se pavoneaban en las aguas de la costa antes de 
elevarse en vuelo: enormes, misteriosamente prehistricas, surcaban 
majestuosas el cielo sin nubes.
     Ahora, en el crepsculo dorado y escarlata, las escasas nubes ardan en 
el cielo, y el Valle de Napa se desplegaba a sus pies como un tapiz 
deslumbrante. Laura haba salido de la autopista para tomar una ruta 
panormica; sin embargo, conduca a tal velocidad, que Chyna rara vez 
despegaba los ojos del camino para disfrutar del paisaje.
     Me fascina la velocidad dijo Laura. 
     Yo la detesto.
     Me gusta andar, correr, volar. No habr sido una gacela en mi vida 
anterior? Qu te parece?
     Chyna hizo una mueca al mirar el velocmetro.
     S, una gacela... o una loca encerrada en un manicomio.
     O un leopardo. sos s que son veloces.
     Eso, un leopardo, y una vez, persiguiendo a tu presa, caste por un 
precipicio a toda velocidad. Como el Coyote cuando persigue al 
Correcaminos.
     S manejar, Chyna. 
     Lo s.
     Bueno, tranquilzate. 
     No puedo.
     Nunca? pregunt Laura con un suspiro de hasto fingido.
     Slo cuando duermo dijo Chyna, y sus pies casi atravesaron el piso 
del Mustang, que entr en una curva amplia a gran velocidad.
     Ms all de la banquina de ripio, la ladera cubierta de mostazas 
silvestres y zarzas descenda hasta una hilera de arraclanes de los que 
asomaban los primeros brotes de la primavera. Ms all de los rboles, se 
extendan los viedos, baados en una ardiente luz roja, y Chyna estaba 
convencida de que el auto patinara sobre el asfalto, rodara cuesta abajo 
hasta estrellarse contra los rboles, y su sangre regara las vias ms 
prximas.
     Nada de eso sucedi: bajo el mando diestro de Laura, sin desviarse un 
centmetro, el Mustang sali de la curva para tomar un largo tramo 
ascendente.
     Ni siquiera cuando duermes. No es cierto? pregunt Laura.
     Bueno, siempre aparece el cuco, tarde o temprano. Hay que estar 
alerta.
     En mis sueos no aparece el cuco dijo Laura. Tengo sueos 
hermosos.
     De que eres la bala humana del circo?
     Me encantara. No, pero a veces sueo que puedo volar. Siempre 
estoy desnuda y vuelo o planeo a veinte metros del suelo, sobre los cables 
de telfono, sobre prados sembrados de flores hermosas o rboles. 
Totalmente libre. La gente me mira y sonre y agita los brazos, feliz y 
encantada de verme volar. Y a veces estoy con un hombre esbelto, de 
hombros anchos, melena rubia y bellos ojos verdes que me atraviesan hasta 
el alma, y mientras flotamos en el aire hacemos el amor y tengo unos 
orgasmos alucinantes, uno tras otro, mientras flotamos al calor del sol y 
arriba de nosotros revolotean pjaros de alas azules tornasoladas y unos 
gorjeos increbles de tan dulces, y yo irradio una luz deslumbrante, soy pura 
luz y siento que voy a explotar de tanta energa, explotar y crear todo un 
cosmos, ser un cosmos y vivir para siempre. Alguna vez soaste algo as?
     Por una vez, los ojos de Chyna se apartaron del pavimento vertiginoso 
para mirar a Laura, atnitos. Por fin pudo articular un dbil "no".
     Laura apart la vista del camino estrecho. 
     De veras? Nunca soaste algo as? 
     Nunca.
     Yo s. Muchas veces.
     S, bueno, pero hazme el favor de mirar la ruta. Laura lo hizo y 
pregunt:
     Nunca sueas con el sexo? 
     A veces.
     Y? 
     Y, qu? 
     Y? 
     Chyna se encogi de hombros. 
     No me gusta.
     Laura frunci el entrecejo.
     Sueas con malas experiencias? Pero Chyna, no hace falta soar con 
eso. Para malas experiencias hay tipos de sobra.
     Ja, ja, ja, qu ocurrente. Hablo de pesadillas, me siento amenazada.
     Sientes el sexo como una amenaza?
     En el sueo soy una nenita de seis o siete aos, o tal vez ocho, y me 
escondo del hombre, no s bien qu quiere ni por qu me busca, pero s 
que es algo malo, algo terrible, como la muerte.
     Quin es el hombre?
     Los hombres. No es siempre el mismo. 
     Esos desgraciados que salan con tu mam? 
     Chyna le haba hablado mucho sobre su madre. Pero slo a Laura, a 
nadie ms.
     Esos mismos. En la vida real siempre me escapaba de ellos. Nunca 
me hicieron nada. Y en el sueo nunca me encuentran. Pero la amenaza, la 
posibilidad...
     O sea que son algo ms que sueos. Son recuerdos. 
     Ojal fueran slo sueos.
     Y cuando ests despierta? pregunt Laura. 
     Cuando estoy despierta, qu?
     No te pones toda tierna y calentita cuando un hombre te hace el 
amor? O cuando ests por soltarte por completo aparecen los fantasmas 
del pasado?
     Psicoanlisis a ciento veinte por hora? 
     Evasin?
     Chismosa.
     No. Soy tu amiga. 
     Eres una chismosa. 
     Y t eludes la respuesta. 
     Chyna suspir.
     Bueno, s, me gusta estar con un hombre. No tengo inhibiciones. 
Confieso que nunca me sent como una criatura de luz a punto de crear un 
cosmos, pero siempre me ha gustado y me he sentido satisfecha.
     Totalmente? Totalmente.
     Chyna nunca haba alcanzado la intimidad total con un hombre antes de 
los veintin aos; a estas alturas, sus parejas ntimas sumaban ni ms ni 
menos que dos.
     Ambos haban sido hombres tiernos, afectuosos y decentes, y Chyna 
siempre haba disfrutado muchsimo la relacin sexual. Una pareja haba 
durado once meses, la otra trece, y ninguna le haba dejado el menor 
recuerdo perturbador. Con todo, ningn hombre la haba ayudado a borrar 
esos sueos terribles que la acosaban peridicamente, y el vnculo afectivo 
jams haba alcanzado el mismo grado que la intimidad fsica. Era capaz de 
entregar su cuerpo al hombre amado, pero ni siquiera el amor le permita 
entregar su mente y su alma. Tema la entrega total, la confianza sin 
reservas. Nadie en su vida, salvo quiz Laura Templeton -acrbata del 
volante, voladora onrica- haba ganado su confianza total.
     El viento silbaba al paso del auto. En medio de las sombras que 
parpadeaban y de la luz hiriente, la larga cuesta pareca una rampa que las 
lanzara al espacio, las catapultara sobre una decena de mnibus envueltos 
en llamas ante la ovacin de una platea vida de emociones fuertes.
     Y si revienta una cmara? pregunt Chyna. Estas cmaras no 
revientan dijo Laura, confiada. 
     Y si revientan?
     Con su sonrisa ms demonaca, Laura respondi: 
     Nos convertiremos en jalea de mujer enlatada. No podrn separar 
nuestros restos mortales. Una masa de carne amorfa. Ni siquiera nos 
colocarn en atades. Volcarn nuestros restos en un frasco y lo enterrarn 
en una tumba con una lpida que dir: Laura Chyna Templeton Shepherd. 
Slo un microondas lo hubiera hecho mejor.
     El cabello de Chyna era renegrido, mientras que Laura era una rubia de 
ojos celestes. Aparte de eso, podan pasar por hermanas. Ambas medan 
algo ms de un metro sesenta y eran delgadas; podan intercambiar su 
ropa. Ambas tenan pmulos altos y rasgos delicados. Chyna siempre deca 
que su boca era demasiado ancha, pero Laura, cuya boca era similar, deca 
que no era ancha sino "generosa" y poseedora de una sonrisa de lo ms 
seductora.
     Pero la fascinacin que la velocidad ejerca sobre Laura demostraba que 
eran profundamente distintas. Tal vez su atraccin mutua se deba a las 
diferencias ms que a las similitudes.
     Crees que les caer bien a tus padres? 
     Pens que te preocupaba un posible reventn. 
     Mis preocupaciones siempre van por varios carriles. Y bien?
     Claro que les caers bien. Sabes cul es mi preocupacin? 
pregunt Laura mientras el blido se lanzaba hacia la cumbre.
     En todo caso no es la muerte.
     T. T me preocupas. Mir a Chyna y por una vez su expresin era 
grave.
     S cuidarme.
     No lo dudo. Te conozco y no lo dudo. Pero la vida es para algo ms 
que saber cuidarse, agachar la cabeza y arreglrselas.
     Laura Templeton, joven filsofa. 
     La vida es saber vivirla.
     Ay, qu profundo dijo Chyna con sorna. 
     Es ms profundo de lo que crees.
     El Mustang lleg a la cresta y no lo aguardaban mnibus en llamas ni 
multitudes frenticas sino un antiguo Buick que circulaba muy por debajo del 
lmite de velocidad. Laura redujo su velocidad para acomodarla a la del otro. 
A pesar de la escasa luz, Chyna vio que el conductor era un hombre mayor, 
encorvado, canoso.
     En ese tramo estaba prohibido pasar a otro vehculo. Ese camino 
sinuoso, lleno de curvas y lomas, impeda ver mucho ms adelante.
     Laura encendi los faros del Mustang para indicarle al del Buick que 
aumentara la velocidad o bien se corriera a la banquina para dejarla pasar.
     Oye, por qu no sigues tu propio consejo y te tranquilizas? dijo 
Chyna.
     No quiero llegar tarde a cenar.
     Si dijiste la verdad sobre tu mam, no creo que nos azote con el 
cinturn.
     Mam es un amor. 
     Entonces, tranquilzate. Pero su mirada de reproche es peor que un 
latigazo. Te contar un secreto: la Guerra Fra termin gracias a ella. Hace 
unos aos, el Pentgono la envi a Mosc para que enfrentara al Bur 
Poltico con la mirada. Los matones soviticos se rindieron, abrumados por la 
culpa. El viejo del Buick las mir en su espejo retrovisor. Al ver el pelo 
canoso a la luz de los faros, la posicin de la cabeza, los ojos insinuados en 
el espejo, bruscamente Chyna se sinti embargada por una fuerte sensacin 
de dj vu. Se estremeci de fro sin saber por qu, pero entonces aflor en 
su memoria un incidente que haba tratado en vano de borrar: otro 
crepsculo, diecinueve aos atrs, en una carretera semidesierta de Florida.
      Ay, Dios dijo.
     Laura la mir de reojo.
     Qu pasa? 
     Chyna cerr los ojos. 
     Chyna, ests lvida. Qu te pasa?
     Fue hace mucho... yo era chica, tena siete aos... Cruzbamos los 
Everglades... o tal vez no, pero era una zona de cinagas. Pocos rboles, 
todos cubiertos de musgo. Una tierra llana hasta donde alcanzaba la vista, y 
nada para ver aparte del cielo y la llanura y el sol, que estaba rojo como 
este. Era un camino de tierra, lejos de todo, muy angosto y totalmente 
desierto...
     Chyna viajaba con su madre y Jim Woltz, un traficante de drogas y 
armas de Cayo Hueso con quien su madre sola juntarse un par de meses al 
ao. Despus de un viaje de negocios, volvan a Cayo en el espectacular 
Cadillac rojo de Woltz, uno de esos modelos con aletas enormes y apliques 
de cromo por todas partes. Woltz conduca a gran velocidad por ese camino 
recto; a veces superaba los ciento cincuenta kilmetros por hora. Haca ms 
de un cuarto de hora que no se cruzaban con otro auto cuando el rugiente 
Cadillac alcanz a la pareja de ancianos en el Mercedes beige. Conduca la 
mujer. Frgil como un pajarito. Cabellos plateados muy cortos. Setenta y 
cinco aos, por lo menos. Conduca a sesenta por hora. Woltz hubiera 
podido pasar al Mercedes con facilidad; estaba permitido pasar, el camino 
era totalmente llano y no haba otro auto a la vista.
     Pero estaba drogado... dijo Chyna. Detrs de sus prpados 
cerrados, contemplaba la terrible escena que se desarrollaba como una 
pelcula en una pantalla. Casi siempre estaba drogado. Cocana, qu s yo. 
No me acuerdo. Y beba. Mam tambin. Tenan una heladera llena de cubos 
de hielo y botellas de jugo de pomelo y vodka. Woltz estaba furioso porque 
la viejecita del Mercedes manejaba tan lentamente. No era un tipo racional. 
Qu le importaba? Poda pasarla fcilmente, pero lo enfureca que alguien 
condujera a esa velocidad en un camino desierto. Drogas y alcohol, 
entiendes? Irracional. Y cuando estaba furioso, el rostro se le pona rojo, le 
latan las venas del cuello, crispaba los msculos de la cara. La furia de Jim 
Woltz era total. No he conocido otra igual. Y a mi madre la excitaba 
muchsimo. Siempre. Entonces lo azuzaba. Y yo, agarrada de cualquier cosa 
en el asiento trasero, le suplicaba que no lo hiciera, pero ella lo acicateaba.
     Durante un rato, Woltz los persigui, tocando la bocina para obligar a 
los viejecitos a aumentar la velocidad. A veces avanzaba hasta tocar el 
paragolpes trasero del Mercedes con la trompa del Cadillac, y el roce de 
metal contra metal produca un chillido espantoso. La mujer estaba aterrada 
y su auto se desviaba bruscamente hacia un lado y otro. Con Woltz 
tocndole el paragolpes, ella no saba si aumentar la velocidad o parar en la 
banquina para dejarlo pasar.
     Claro que no hubiera seguido de largo para dejarla en paz dijo 
Chyna. Estaba en un estado sictico. De todas maneras, la cosa hubiera 
terminado mal.
     Cada tanto, Woltz avanzaba por la mano contraria para colocarse a la 
par del Mercedes, vociferaba y agitaba el puo, y los viejos, que al principio 
trataban de ignorarlo, lo miraban con los ojos abiertos de pavor. Pero en 
lugar de seguir de largo y desaparecer en una estela de polvo, l frenaba y 
volva a jugar con los paragolpes. Para Woltz, ofuscado por la droga y el 
alcohol, la persecucin era cosa seria, de vida o muerte, algo incomprensible 
para un ser racional y lcido. Para Anne, la madre de Chyna, siempre vida 
de emociones fuertes, era un juego, una aventura, y no dejaba de 
acicatearlo.
     Hagamos una prueba, a ver si sabe manejar propuso.
     Qu prueba? dijo Woltz. No te das cuenta de que esa vieja de 
mierda no sabe un carajo?
     Esta vez, cuando Woltz se puso a la par del Mercedes, Anne dijo:
     A ver si es capaz de no salirse del camino. Empjala un poco.
     Junto al camino corra un canal dijo Chyna a Laura. Una de esas 
acequias de drenaje que son comunes en ciertas partes de Florida. Era 
bastante profunda. Woltz oblig al Mercedes a salirse a la banquina. La 
mujer hubiera podido empujarlo a l, apretar el acelerador a fondo y 
desaparecer. Ese Cadillac no poda contra un Mercedes. Pero era vieja, tena 
miedo y jams se haba topado con nadie igual. Creo que en el fondo no 
entenda lo que pasaba, no terminaba de comprender que haba gente capaz 
de hacerles dao aunque ni ella ni su esposo les haban hecho nada. Woltz la 
sac del camino y el Mercedes volc y cay a la acequia.
     Woltz se detuvo, puso el Cadillac en marcha atrs y retrocedi hasta el 
lugar donde el Mercedes se hunda rpidamente. l y Anne haban 
descendido para ver el espectculo. La madre haba arrastrado a Chyna con 
ellos. 
     Vamos, no tengas miedo. No te lo pierdas. Es algo que nunca 
olvidars.
     El flanco derecho del Mercedes descansaba sobre el fondo fangoso del 
canal, el izquierdo asomaba sobre el agua. Parados sobre la banquina en el 
aire hmedo del crepsculo, los atacaban hordas de mosquitos, pero ellos no 
les prestaban atencin; contemplaban absortos el interior del vehculo 
sumergido a travs de las ventanillas.
     Anocheca dijo Chyna, tratando de expresar con palabras las 
imgenes detrs de sus prpados. Los faros del Mercedes hundido estaban 
encendidos, lo mismo que las luces interiores. Tenan aire acondicionado, las 
ventanillas estaban cerradas y los parabrisas estaban intactos. Podamos ver 
el interior porque las ventanillas estaban a centmetros de la superficie. No 
haba seales del marido. Tal vez se haba desmayado al volcar el auto. Pero 
la mujer... apretaba la cara contra la ventanilla. El auto estaba inundado, 
pero haba una gran burbuja de aire contra la ventanilla, que le permita 
respirar. Woltz hubiera podido ayudarla. Mi madre tambin. Pero no hacan 
ms que mirar. La anciana trataba de bajar la ventanilla, pero estaba 
trabada, o tal vez no poda por el miedo y la debilidad.
     Chyna haba tratado de alejarse, pero su madre la haba obligado a 
mirar mientras le susurraba al odo y la envolva en un vaho agrio de jugo 
de pomelo y vodka.
     Nosotros no somos gente del montn, mi amor. No seguimos sus 
reglas. Mira bien si quieres saber lo que es la libertad.
     Chyna haba cerrado los ojos, pero no haba manera de no or los gritos 
de la mujer en la burbuja de aire dentro del auto sumergido. Gritos 
ahogados.
     Poco a poco, dej de gritar continu Chyna. Cuando abr los ojos 
ya era de noche. La luz interior del Mercedes estaba encendida y la cara de 
la anciana segua apretada contra la ventanilla, pero se haba levantado una 
brisa que agitaba un poco el agua del canal y sus rasgos eran borrosos. Yo 
saba que estaba muerta, y el marido tambin. Me puse a llorar. Woltz se 
enoj, dijo que me iba a meter en el Mercedes con los muertos. Mi madre 
me oblig a tomar jugo de pomelo con vodka. Yo tena siete aos. El resto 
del viaje hasta Cayo Hueso, lo pas acostada en el asiento trasero, 
mareada, casi borracha a causa del vodka, llorando en silencio para no 
enfadar a Woltz, hasta que me dorm.
     No haba otro ruido en el Mustang que el suave ronroneo del motor y el 
zumbido de los neumticos sobre el asfalto.
     Chyna abri los ojos y volvi de sus recuerdos en Florida, de ese 
crepsculo hmedo y remoto, al Valle de Napa, donde la luz roja casi se 
haba desvanecido y la noche se cerna sobre ellas.
     El viejo del Buick haba desaparecido. Laura haba reducido la velocidad, 
y evidentemente el otro auto se haba alejado.
     Por Dios... susurr Laura.
     Chyna se estremeca sin poder contenerse. Tom unos pauelos de 
papel de la caja entre los asientos, se son la nariz y se sec los ojos. A lo 
largo de dos aos haba relatado a Laura ciertos sucesos de su infancia, pero 
cada relato -y an quedaba mucho por contar- haba sido tan penoso como 
el anterior. Cuando hablaba del pasado senta una vergenza atroz, como si 
fuera tan culpable como su madre, como si cada acto criminal y ataque de 
locura pudiera achacrsele a ella, una nia indefensa atrapada por la 
demencia ajena.
     Volvers a verla? pregunt Laura.
     No lo s dijo Chyna, todava obnubilada por el horror de los 
recuerdos.
     Querras?
     Chyna vacil. Haba crispado los puos, y en el derecho apretaba un 
pauelo hmedo.
     Tal vez.
     Por qu, por amor de Dios?
     Para preguntarle por qu lo haca. Tratar de comprenderla. Ajustar 
algunas cuentas. Pero... tal vez no. 
     Sabes siquiera dnde est?
     No. Pero no me sorprendera que estuviera presa. O muerta. Nadie 
que lleva esa clase de vida muere de viejo.
     Bajaron de las ltimas estribaciones hacia el fondo del valle.
     Despus de un largo silencio, Chyna prosigui: 
     Todava la veo en medio de los miasmas del canal, grasienta de 
sudor, desgreada, picada por los mosquitos, los ojos turbios por el vodka. Y 
a pesar de todo, Laura, nunca se vio una mujer ms hermosa. Era tan 
hermosa, perfecta por fuera, como un ngel en un sueo... pero nunca tan 
bella como en esos momentos cuando la excitaba la violencia. La vea a la 
luz verdosa de los faros del Mercedes que atravesaba el agua turbia, 
esplendorosa en medio del resplandor verde, la mujer ms hermosa que se 
ha visto jams, como una diosa de otro mundo. Poco a poco cesaron sus 
temblores, y el rubor de la vergenza se desvaneci lentamente.
     Nunca saba cmo agradecerle a Laura por, su solicitud y apoyo. Era 
una amiga de verdad. Antes de conocerla, Chyna nunca hablaba con nadie 
de su pasado. Ahora que se haba desahogado de otro recuerdo odioso, 
impuro, no tena palabras para expresar su gratitud. 
     Est bien dijo Laura como si leyera sus pensamientos.
     Siguieron en silencio. Llegaron tarde a cenar.
     A Chyna, la casa de los Templeton le pareci acogedora a primera vista: 
victoriana, amplia, con tejados y amplias galeras adelante y atrs. Estaba a 
unos setecientos metros de la carretera vecinal, al final de una entrada de 
ripio, rodeada por unas cincuenta hectreas de viedos.
     Tres generaciones de Templeton haban cultivado la vid, pero no 
producan vino. Vendan su produccin a una de las mejores bodegas del 
valle, y gracias a la fertilidad de la tierra y la calidad de sus vides, siempre 
obtenan un buen precio.
     Al escuchar al Mustang que se acercaba, Sarah Templeton sali a la 
galera y baj rpidamente los escalones para recibir a Laura y Chyna. Era 
una mujer bella, esbelta y juvenil, de unos cuarenta y cinco aos, con una 
melena rubia con un corte moderno. Vesta jeans pardos y una blusa verde 
esmeralda de mangas largas y cuello bordado, a la vez elegante y maternal.
     Bes a Laura y la abraz con fuerza, en una muestra de amor maternal 
tan completo y posesivo, que Chyna sinti envidia y a la vez angustia por no 
haber conocido nada parecido.
     Para su sorpresa, Sarah la abraz y la bes: 
     Laura dice que eres como una hermana para ella, as que quiero que 
te sientas cmoda aqu, querida. Mientras ests aqu, sers parte de la 
familia.
     En su desconocimiento de los ritos afectivos familiares, Chyna no supo 
cmo responder. Finalmente la abraz con torpeza y farfull un "gracias" 
apenas inteligible. El nudo en la garganta era tan grande, que casi no poda 
decir palabra.
     Sarah enlaz a ambas por la cintura y las condujo hacia la galera.
     Dejaremos el equipaje para despus. La cena est preparada. Vamos. 
Laura me ha hablado muchsimo de ti, Chyna.
     Hay algo que no te dije, mam. Chyna es una sacerdotisa vud. 
Perdona que te lo ocultara, pero todos los das, a la medianoche, tiene que 
sacrificar una gallina.
     Ac slo hay viedos. No tenemos corral, querida dijo Sarah. Pero 
despus de cenar podemos ir a alguna de las granjas de por aqu y 
comprarte unas cuantas gallinas.
     Chyna ri y mir a Laura como para preguntar: Qu hay de la clebre 
mirada?
     Laura comprendi.
     Ahora que viniste t, ocultaron todos los ltigos y dems artefactos.
     Se puede saber de qu ests hablando?
     No hagas caso a mis tonteras, mam. A veces ni yo me entiendo.
     En la gran cocina, Paul Templeton retiraba del horno una fuente de 
papas con queso. Era un hombre esbelto y musculoso, de uno setenta de 
estatura, cabello oscuro y cara rubicunda. Dej la fuente, se quit los 
guantes de cocina y abraz a Laura con tanto afecto como lo haba hecho 
Sarah. Despus de las presentaciones, tom una mano de Chyna entre las 
dos suyas, que eran rudas y callosas, y dijo con fingida solemnidad:
     Gracias a Dios que llegaron enteras. Mi nena conduce el Mustang 
como si fuera el Batimvil.
     Aj, y quin me ense a conducir? pregunt Laura.
     Yo te ense lo elemental admiti Paul. No pens que te estaba 
inculcando mi estilo.
     Me niego a pensar en eso dijo Sarah. Si no, me morira de un 
infarto.
     Tienes que aceptarlo, mam. La familia de pap tiene un gen Frmula 
Uno y me lo pasaron a m. 
     Maneja muy bien afirm Chyna. Nunca tengo miedo cuando voy 
con Laura.
     Laura sonri con malicia y alz el pulgar.
     La cena fue larga y morosa porque los Templeton disfrutaban de la 
conversacin. Con mucho tacto, incluyeron en ella a Chyna, la escucharon 
con verdadero inters, pero aun cuando la conversacin deriv hacia 
asuntos familiares desconocidos para la joven, en ningn momento se sinti 
excluida, como si por un acto mgico de smosis la hubieran absorbido en el 
clan.
     Jack, el hermano treintaero de Laura, y Nina, su esposa, vivan en otra 
parte de la propiedad, en la antigua casa del cuidador. Un compromiso 
previo los haba alejado de la mesa familiar. Le dijeron a Chyna que los 
presentaran por la maana, y ella no sinti el menor atisbo de la ansiedad 
que la haba embargado antes de conocer a Sarah y Paul. Jams en su vida 
azarosa haba conocido un verdadero hogar; y si esa casa no lo era del todo, 
la bienvenida haba sido de lo ms cordial.
     Despus de la cena, Laura y Chyna fueron a pasear por los viedos a la 
luz de la Luna, entre hileras de vias podadas en las que an no haban 
brotado los sarmientos ni los frutos. El aire fresco estaba impregnado del 
agradable aroma fecundo de la tierra roturada, y en los campos oscuros 
reinaba una sensacin misteriosa que a Chyna le resultaba fascinante, 
seductora... y en ocasiones desconcertante, como si las rodearan presencias 
invisibles, espritus antiguos y no siempre benvolos.
     Eres la mejor amiga que he tenido dijo Chyna despus de un lento 
paseo por las vias, cuando volvan a la casa.
     Lo mismo digo.
     Es algo ms... su voz se desvaneci. Iba a agregar: mi nica amiga, 
pero le pareci que la frase tan trillada no expresaba adecuadamente sus 
sentimientos. En verdad, eran hermanas.
     Lo s dijo Laura, y enlaz su brazo con el suyo. 
     Cuando tengas hijos, quiero que me llamen ta Chyna.
     Oye, Shepherd, no te parece que debera conocer a un tipo y 
casarme antes de darte sobrinitos? 
     Quienquiera que sea, espero por su bien que sea un buen marido. Si 
no, le cortar los cojones.
     Bueno, pero te pido un favor. No se lo digas hasta despus de la 
boda. Ms de un tipo se asustara.
     Desde algn lugar del viedo lleg un ruido inquietante, y Chyna se 
detuvo. Un crujido prolongado.
     Es una puerta del granero, que se agita con el viento dijo Laura. 
Las bisagras estn oxidadas.
     Era como si alguien hubiera abierto una gran puerta en el muro de la 
noche para ingresar desde otro mundo. Chyna Shepherd nunca dorma 
apaciblemente en casa ajena. Haba pasado la infancia y la adolescencia 
saltando de casa en casa, arrastrada por su madre de una punta a otra del 
pas, sin permanecer ms de un mes o dos en ninguna parte. Haba sufrido 
tantas experiencias terribles en tantos lugares distintos, que cada casa 
nueva no era un comienzo preado de esperanzas de paz y felicidad sino 
una causa de nuevas aprensiones y mudo terror.
     Libre por fin de su madre alienada, poda alojarse donde quisiera. En los 
ltimos tiempos, su vida era casi tan estable como la de una monja recoleta, 
estaba planificada tan minuciosamente como las rutinas de una divisin 
policial para desarmar un artefacto explosivo, liberada del torbellino que era 
la vida misma de su madre.
     No obstante, en esa primera noche en casa de los Templeton, no se 
decida a desvestirse y acostarse. Sentada en un silln de respaldo curvo 
frente a una de las dos ventanas del cuarto de huspedes, contemplaba los 
viedos, los campos y las laderas del Valle de Napa a la luz de la Luna.
     Laura se encontraba en un cuarto en el otro extremo de la planta alta y 
sin duda dorma apaciblemente porque la casa no le era en absoluto 
extraa.
     Las primeras vides de la primavera eran casi invisibles desde la ventana 
del cuarto de huspedes. Vagas formas geomtricas.
     Ms all de las hileras de cultivos, se alzaban ondulaciones cubiertas de 
pastizales altos y resecos, plateados por la Luna. Una brisa intermitente 
barra el valle, y a veces los pastizales parecan olas que rodaban sobre las 
laderas bajo el ligero resplandor lunar.
     Pasando las colinas se alzaba la cordillera de la costa, y sobre esos 
picos asomaban cascadas de estrellas y la Luna llena. Las nubes de 
tormenta que se aproximaban desde las montaas del noroeste no tardaran 
en oscurecer la noche, en transformar las colinas plateadas en peltre y luego 
en hierro negro.
     Cuando oy el primer grito, Chyna contemplaba las estrellas; desde la 
infancia la fascinaba su fro resplandor que sugera mundos remotos, 
estriles e inmaculados, libres de pestilencia. Al principio, le pareci que el 
grito ahogado era un recuerdo, el eco de alguna discusin airada en una de 
las casas de su pasado, que reverberaba a travs del tiempo. Cuando era 
nia y quera ocultarse de su madre y sus amigos en medio de sus orgas de 
drogas y alcohol, trepaba al techo de la galera o al rbol del jardn, saltaba 
por la ventana a la salida de incendio y hua a lugares secretos, lejos de la 
refriega, donde poda contemplar las estrellas mientras las voces airadas de 
la discusin, los jadeos de la excitacin sexual o los chillidos inducidos por la 
droga llegaban a sus odos como si vinieran de una radio, de lugares 
remotos, de gente que no tena el menor vnculo con su vida.
     El segundo grito, breve y apenas un poco ms fuerte que el primero, sin 
duda era actual, no un recuerdo, y Chyna se irgui en su asiento. Tensa. La 
cabeza inclinada. El odo aguzado.
     Quera creer que el grito haba venido de afuera, de manera que 
mantuvo los ojos clavados en la noche, las vias y las colinas que se alzaban 
ms all. Las olas impulsadas por la brisa agitaban los pastizales secos sobre 
las laderas baadas por la luz de la Luna: un espejismo de agua como las 
mareas espectrales de un mar antiguo.
     De otra parte de la gran casa, le lleg un ruido sordo y suave, como el 
de un objeto pesado al caer sobre un piso alfombrado.
     Chyna se par al instante y permaneci totalmente inmvil, a la espera.
     Las voces airadas por algn tipo de pasin generalmente anunciaban 
problemas. Pero a veces, los actos ms odiosos eran precedidos por los 
silencios deliberados y el sigilo.
     Le era difcil vincular la idea de la violencia hogarea con Paul y Sarah 
Templeton, tan afectuosos entre s y con su hija. No obstante, las 
apariencias rara vez coincidan con la realidad, y el ser humano era ms 
diestro en disimular que el camalen, el sinsonte o la mantis religiosa, que 
oculta su canibalismo feroz tras una pose serena y devota.
     Despus de los gritos ahogados y el ruido sordo, el silencio cay 
lentamente, como la nieve. Era profundo y pavoroso, tan antinatural como el 
del mundo de los sordos. Era el silencio que preceda al zarpazo, la quietud 
de la vbora enroscada.
     En otra parte de la casa, alguien aguzaba los odos, inmvil y tenso 
como ella. Alguien peligroso. Perciba la presencia del depredador, una 
presin sutil en el aire similar a la que preceda a una tormenta elctrica.
     Una parte de su ser, adiestrada por seis aos de estudios universitarios 
de sicologa, pona en tela de juicio la interpretacin temerosa de esos ruidos 
nocturnos que bien podan ser inofensivos. Cualquier sicoanalista diestro 
tena a mano decenas de rtulos para calificar a quien llegaba ante todo a 
conclusiones negativas, a quien viva a la espera de la violencia inesperada.
     Pero deba confiar en sus instintos, afinados por aos de vivencias 
rudas.
     Cuando su intuicin le indic que la seguridad dependa del 
desplazamiento, se alej sigilosamente del silln frente a la ventana, hacia la 
puerta que daba al pasillo. A pesar del resplandor de luna, despus de dos 
horas a oscuras en el cuarto, sus ojos se haban acostumbrado a la 
oscuridad, y poda desplazarse en las tinieblas sin temor de chocar con un 
mueble.
     A mitad de camino hacia la puerta, escuch ruido de pasos en el pasillo 
de la planta alta. Pasos presurosos, pesados, ajenos a la casa.
     Libre de la propensin del estudiante de sicologa de buscar 
justificaciones ociosas a todo, llevada por la intuicin y las defensas de la 
infancia, Chyna retrocedi rpidamente hacia la cama. Se dej caer de 
rodillas.
     Los pasos se detuvieron en el pasillo. Se abri una puerta.
     Chyna saba que era absurdo atribuir furia al ruido de una puerta que se 
abra. El chasquido del picaporte, el roce del pasador, el chillido agudo de 
una bisagra no aceitada no eran ms que ruidos: ni timoratos ni furiosos, ni 
culpables ni inocentes, podan haber sido causados por un cura o un caco. 
Sin embargo, saba que la violencia rondaba en la noche.
     Se tendi boca abajo y se desliz bajo la cama con los pies hacia la 
cabecera. Era un mueble elegante de patas talladas, afortunadamente un 
poco ms altas que las de la mayora de las camas. Un par de centmetros 
menos le hubieran impedido ocultarse debajo de ella.
     Los pasos sonaron en el pasillo.
     Se abri otra puerta. La del cuarto para huspedes. Frente al pie de la 
cama.
     Alguien encendi la luz.
     Chyna volvi la cabeza a un costado y apoy la oreja sobre la alfombra. 
Ms all del pie de la cama, alcanz a ver un par de botas masculinas negras 
cubiertas hasta la mitad de la caa por jeans azules.
     Alguien estaba en el umbral y evidentemente estudiaba el cuarto. Vera 
una cama perfectamente tendida a la una de la maana, con cuatro 
almohadones de fundas bordadas apoyados contra la cabecera.
     Ella no haba puesto nada sobre las mesas de noche. No haba ropa 
colgada sobre las sillas. La novela que haba trado para leer en la cama 
estaba en un cajn de la cmoda.
     Le gustaban los espacios limpios, austeros como las celdas de un 
claustro. Esa aficin tal vez le salvara la vida.
     Nuevamente la estremeci una duda fugaz, fruto de la propensin al 
autoanlisis adquirida por todos los estudiantes de sicologa. Si el hombre en 
la puerta tena derecho a estar en la casa -si era Paul Templeton o Jack, el 
hermano de Laura, que viva con su esposa en la casa del cuidador- y si se 
haba suscitado una crisis que justificaba su irrupcin en el cuarto sin llamar 
a la puerta, ella quedara como una idiota o como una histrica al salir de su 
escondite bajo la cama.
     Entonces, delante de las botas negras, una gota pesada y roja -seguida 
por otra y otra ms- cay sobre la alfombra de color trigo dorado. Plop plop 
plop. Las dos primeras se hundieron en el nailon grueso. La tercera, que 
conserv la tensin superficial, brillaba como un rub. Chyna supo que la 
sangre no era del intruso. Trat de no pensar en el instrumento filoso del 
cual tal vez goteaba.
     El hombre entr en el cuarto, hacia la derecha, y ella lo sigui con los 
ojos.
     El cubrecama estaba estirado y ajustado bajo los laterales de la cama. 
Por lo tanto, ninguna tela colgante obstrua la visin de las botas.
     Al mismo tiempo, la falta de una tela que colgara hasta el piso le 
permita al intruso ver el espacio bajo la cama. Desde ciertos ngulos, tal 
vez podra ver parte de sus jeans, la puntera de una zapatilla, la manga rojo 
frambuesa de su suter de algodn estirada sobre su codo plegado.
     Afortunadamente la cama de dos plazas y media le ofreca buena 
proteccin.
     Si l jadeaba, de excitacin o de la furia que trasuntaba su presencia, 
Chyna no poda orlo. Con una oreja aplastada contra la gruesa alfombra, 
estaba medio sorda. Los listones de madera y el colchn de resortes 
pesaban sobre su espalda, y su pecho apenas tena lugar para expandirse y 
recibir el escaso aire que inhalaba cautelosamente por la boca abierta. El 
martilleo de su corazn redoblaba como un tambor contra su esternn y 
pareca llenar los confines claustrofbicos de su escondite a un punto tal, 
que el intruso no dejara de orlo.
     El hombre fue al bao, abri la puerta y encendi la luz.
     Ella haba guardado sus artculos de tocador en el botiqun. Nada, ni 
siquiera su cepillo de dientes, haba quedado a la vista para delatar su 
presencia.
     Estaba seco el lavabo?
     A las once, al retirarse a su habitacin, haba usado el inodoro y se 
haba lavado las manos. Desde entonces haban pasado dos horas. Las gotas 
de agua que hubieran quedado en el lavabo seguramente se haban ido por 
el desage o evaporado.
     El bao estaba provisto de un recipiente del cual se bombeaba jabn 
lquido con aroma de limn. Por consiguiente, no haba una pastilla hmeda 
de jabn que delatara su presencia.
     Y la toalla? Difcilmente estara hmeda dos horas despus de haberla 
usado para secarse las manos. Sin embargo, a pesar de su propensin al 
orden y el aseo, tal vez haba quedado levemente torcida o conservaba una 
arruga delatora.
     Le pareci que el hombre permaneca en el umbral del bao durante 
una eternidad. Por fin apag la luz fluorescente y volvi al dormitorio.
     De nia -y no tan nia-, Chyna sola ocultarse debajo de la cama. A 
veces la buscaban ah; a veces la pasaban por alto aunque era el ms 
evidente de los escondites. Entre aquellos que la haban descubierto, 
algunos haban buscado bajo la cama en primer trmino... pero la mayora la 
haba dejado para el final.
     Cay otra gota roja sobre la alfombra, como si la bestia vertiera lentas 
lgrimas de sangre.
     Se acerc a la puerta del vestidor.
     Chyna tuvo que girar la cabeza y estirar el cuello para seguir sus pasos.
     El vestidor era profundo y tena una luz que se encenda tirando de una 
cadenita que penda del portalmpara. Escuch el chasquido caracterstico 
seguido del tintineo de las cuentas metlicas de la cadena contra la 
bombilla. Los Templeton guardaban sus valijas en el fondo de ese vestidor. 
Entre ellas, el bolso y el maletn de Chyna no parecan los de un husped de 
fin de semana.
     Ella haba trado varias mudas: dos vestidos, dos faldas, otro par de 
jeans, ropa interior, una chaqueta de cuero. Chyna y Laura tenan la misma 
talla; tal vez, el intruso pensara que las escasas prendas colgadas de la 
barra, ms que ser indicios de la presencia de un husped, simplemente 
indicaban que no caban en el armario de Laura.
     Pero si l haba estado en el dormitorio de Laura y haba visto su 
armario... qu le haba pasado a la joven? No deba pensar en eso. No era 
el momento. Todos sus pensamientos, toda su lucidez, deban concentrarse 
en la tarea de sobrevivir.
     Dieciocho aos antes, la noche que cumpli los ocho en una casa al 
borde de la playa en Cayo Hueso, Chyna se haba ocultado debajo de la 
cama para escapar de Jim Woltz, el amigo de su madre. Cohibida por la 
tormenta que ruga sobre el Golfo de Mxico y por los rayos que heran el 
cielo, no haba buscado como en otras noches el santuario de la playa. 
Apenas busc refugio en el espacio confinado debajo de la cama de hierro 
ms baja que aquella bajo la cual se encontraba ahora, descubri que lo 
comparta con un escarabajo de las palmeras. Estos bichos no eran bonitos 
ni exticos como su nombre. En realidad, no eran sino gigantescas 
cucarachas tropicales. sta era grande como su manito de nia. En cualquier 
otra ocasin, la repugnante criatura hubiera huido de ella. Pero en sta 
pareca menos asustada de ella que del frentico Woltz, quien presa de una 
borrachera furiosa chocaba incansable contra los muebles y las paredes 
como una fiera que se lanzara contra los barrotes de una jaula. Chyna 
estaba descalza, vestida con shorts azules y un pequeo top blanco, y la 
cucaracha haba corrido frentica por toda su piel, entre sus dedos, subido 
por una pierna y bajado por la otra, haba corrido por su espalda y su cuello, 
se haba introducido en su cabellera, haba corrido sobre su hombro y a lo 
largo de su brazo. Chyna haba contenido sus chillidos de asco para no 
llamar la atencin de Woltz. Esa noche estaba hecho un salvaje 
desenfrenado, como un monstruo de sus sueos, y ella estaba convencida 
de que, como todos los monstruos, estaba dotado de vista y odo 
sobrenaturales para cazar a los nios. Tema espantar a la cucaracha porque 
Woltz oira el menor ruidito a pesar del rugido de la tempestad, el estampido 
incesante de los truenos y sus propios alaridos. Con tal de que Woltz no la 
hallara, haba soportado las correras de la cucaracha. Haba apretado los 
dientes para no gritar, haba rogado desesperadamente a Dios que la salvara 
y luego le haba suplicado que se la llevara, que un rayo pusiera fin al 
martirio, que pusiera fin a todo, Dios mo, a todo.
     Aunque no haba cucarachas debajo de la elegante cama de madera 
tallada, Chyna senta que un bicho caminaba entre sus dedos de nenita 
descalza, corra por sus piernas como si vistiera shorts de algodn en lugar 
de jeans. Jams se haba dejado crecer el pelo despus de esa noche en que 
cumpli ocho aos y la cucaracha hurg entre sus bucles; pero ahora senta 
al fantasma de la cucaracha en su pelo corto.
     El hombre en el vestidor -tal vez un ser capaz de cometer actos 
infinitamente ms atroces que los imaginados por Woltz en sus delirios ms 
malignos- tir de la cadenita del interruptor. La luz se apag con un 
chasquido seguido por un tintineo de cuentas metlicas.
     Los pies calzados con botas se acercaron a la cama. Una lgrima de 
sangre fresca brillaba en la puntera de cuero negro.
     Estaba a punto de poner rodilla en tierra junto a la cama.
     Dios mo, me va a encontrar encogida como una nena, ahogndome con 
mis propios gritos, empapada de sudor fro, la dignidad perdida en el 
esfuerzo desesperado por seguir viva, viva e intacta, viva e intacta...
     Tuvo la absurda sensacin de que cuando l atisbara debajo de la tabla 
lateral de la cama y se encontrara cara a cara con ella, no sera un hombre 
sino una gran cucaracha tropical de plurifacticos ojos negros.
     La haba sumido en la impotencia de la niez, en ese miedo visceral que 
jams haba querido volver a experimentar. La haba despojado de la 
autoestima conquistada con aos de rebeldas -conquistada, hijo de puta-, y 
sus ojos se llenaron de lgrimas de amargura al pensar en semejante 
injusticia.
     Pero las botas borrosas se apartaron y se alejaron. Sin detenerse, 
fueron hacia la puerta abierta. Aparentemente, la ropa colgada en el armario 
no le haba sugerido que el cuarto de huspedes estaba ocupado. Chyna 
parpade con fuerza para expulsar las lgrimas que enturbiaban su vista.
     El hombre se detuvo y gir: evidentemente, echaba una ltima mirada 
al dormitorio.
     Chyna contuvo el aliento por miedo a que oyera sus exhalaciones, 
suaves como las de un beb. Afortunadamente no usaba perfume. Si no, l 
no dejara de olerla.
     El hombre apag la luz, sali al pasillo y cerr la puerta.
     La primera intencin de Chyna fue permanecer en ese refugio estrecho 
entre la alfombra y el colchn de resortes hasta el amanecer o an ms, 
hasta que el silencio se prolongara ms all de la inmovilidad de una fiera 
agazapada.
     Pero la asalt una idea que hizo que cambiara de parecer: no saba qu 
haba sido de Laura, Paul y Sarah. Cualquiera de ellos -acaso los tres- poda 
estar vivo, malherido pero respirando. Tal vez la fiera los mantena vivos 
para torturarlos a su antojo. Los diarios estaban repletos de relatos no 
menos crueles que las hiptesis que se presentaban vvidamente a su 
imaginacin. Y si alguno de los Templeton an estaba vivo, Chyna sera su 
nica esperanza de sobrevivir.
     Ni en su infancia haba sentido jams tanto miedo al abandonar un 
escondite como ahora al deslizarse vacilante de debajo de la cama. Claro 
que ahora tena mucho ms que perder que diez aos antes, cuando 
abandon a su madre: una vida digna conquistada tras una dcada de lucha 
incesante y una autoestima ganada con esfuerzo. Qu locura correr ese 
riesgo cuando la inmovilidad garantizaba su seguridad. Pero la seguridad 
propia a expensas de la vida ajena era cobarda, y sta slo se justificaba en 
los nios, desprovistos de la fuerza y la experiencia necesarias para 
defenderse.
     No poda refugiarse en la indiferencia defensiva de la niez. Semejante 
proceder sera el fin de la autoestima. El suicidio en cmara lenta. Uno no 
puede refugiarse en un pozo sin fondo: slo puede precipitarse a l.
     Una vez al descubierto, se agazap junto a la cama. Durante un rato no 
pudo avanzar ms. Inmvil, esperaba que en cualquier momento se abriera 
violentamente la puerta y el intruso irrumpiera en la habitacin.
     La casa, como una luna sin atmsfera, no ofreca la menor 
reverberacin.
     Chyna se par y cruz sigilosamente la penumbra de la habitacin. 
Trat de evitar las tres gotas de sangre, ahora invisibles.
     Aplic la oreja izquierda a la grieta entre la puerta y el marco. No 
escuch el menor movimiento o ruido en el pasillo, pero eso en s era 
sospechoso.
     Tal vez el intruso estaba al otro lado de la puerta. Y sonrea. Le diverta 
pensar que ella trataba de escuchar. Esperaba el momento. Era paciente 
porque saba que tarde o temprano ella abrira y caera directamente en sus 
brazos.
     Al diablo con eso.
     Puso la mano sobre el picaporte, lo movi lentamente, y se crisp ante 
el leve roce del resorte en la muesca. Suerte que las bisagras estaban 
aceitadas.
     Aunque su vista an no se haba readaptado a la oscuridad, advirti que 
nadie la esperaba. Sali de la habitacin y cerr la puerta sin el menor ruido.
     La suite para huspedes daba al brazo corto del pasillo en forma de L de 
la planta alta. A su derecha, la escalera trasera descenda a la cocina. A su 
izquierda, estaba la esquina de unin con el brazo largo de la L.
     Descart el descenso por la escalera de la cocina. Ya la conoca: haba 
bajado con Laura cuando fueron a pasear por los viedos. Los peldaos de 
madera estaban gastados. Crujan con cada paso. El hueco actuaba como un 
amplificador, tan sonoro y eficiente como un tambor de acero. En el silencio 
absoluto que reinaba en la casa, sera imposible bajar por all sin ser 
descubierta.
     En cambio, el piso del pasillo y la escalera principal ostentaban gruesas 
alfombras.
     Desde algn lugar del pasillo principal, a la vuelta de la esquina, llegaba 
un suave resplandor ambarino. En el papel que revesta las paredes, la 
delicada trama de rosas descoloridas pareca absorber la luz en lugar de 
reflejarla, y adquirir as un volumen misterioso que no haba posedo antes.
     Si el intruso se encontrara en algn lugar entre la unin de los pasillos y 
la fuente de luz, su cuerpo echara una sombra deforme sobre el luminoso 
jardn de papel o la alfombra color de trigo dorado. No haba sombras.
     Con la espalda pegada a la pared, Chyna se desliz hasta el rincn, 
titube y se inclin para echar un vistazo. El pasillo estaba desierto.
     Dos fuentes de plida luz ambarina atenuaban las tinieblas. La primera 
se encontraba detrs de una puerta entornada sobre la derecha: la suite de 
Paul y Sarah. La segunda, mucho ms alejada y sobre la izquierda, 
corresponda al cuarto de Laura.
     Las dems puertas parecan estar cerradas. No saba qu haba detrs 
de ellas. Acaso otros dormitorios, un bao, un escritorio, placares. Aunque la 
atraan -a la vez que le causaban temor- los cuartos iluminados, cada puerta 
cerrada tambin representaba un peligro.
     El silencio insondable la indujo a pensar que el intruso se haba ido. No, 
era mejor rechazar esa tentacin. Adelante, pues, entre las rosas impresas 
en el papel, hacia la puerta entornada de la suite principal. Vacilar all. En el 
filo.
     Cuando descubriera la escena que esperaba ser descubierta, tal vez se 
sera el fin de todas sus ilusiones sobre el orden y la estabilidad. Despus de 
diez aos de obstinada negacin, se reafirmara la verdad de la vida: el 
caos, como una corriente de mercurio de rumbo impredecible, 
precipitndose hacia un delta tenebroso, sin un propsito visible.
     Tal vez el hombre de jeans y botas negras haba vuelto a la suite 
principal despus de inspeccionar el cuarto para huspedes, pero no era lo 
ms probable. Sin duda, haba otras atracciones en la casa.
     Temerosa de demorarse excesivamente en el pasillo, cruz 
furtivamente el umbral sin abrir ms la puerta. El dormitorio de Paul y Sarah 
era espacioso. Haba una chimenea flanqueada por sillones y escabeles. Los 
anaqueles que revestan las paredes estaban colmados de libros; en la 
penumbra era imposible distinguir los ttulos.
     Las lmparas eran especies de jarrones de colores alegres con pantallas 
de tela fruncida. Una de ellas estaba encendida; su pantalla estaba salpicada 
de manchas escarlatas.
     Chyna se detuvo lejos del pie de la cama; ya haba visto demasiado. Ni 
Paul ni Sarah estaban ah, pero las sbanas y mantas estaban revueltas en 
el piso, a la derecha de la cama. El lado izquierdo estaba empapado de 
sangre y un brillante roco escarlata formaba arcos en la cabecera y la pared 
detrs de sta.
     Cerr los ojos. Haba escuchado algo. Gir, agazapada a la espera de un 
ataque. Estaba sola.
     El ruido siempre haba estado presente: el chapaleteo del agua de una 
ducha. Al principio no lo haba escuchado porque estaba aturdida por las 
manchas de sangre, fuertes como el rugido de una turba furiosa.
     Sinestesia. Esa palabra hallada en un texto de sicologa se haba 
grabado en su memoria porque le pareci hermosa, no porque hubiera 
pensado que alguna vez la experimentara. Sinestesia: alteracin 
momentnea de los sentidos por la cual un aroma se presenta como un 
destello de color, un sonido se registra como un olor, y la textura de un 
material al tacto aparece como una risita argentina o un alarido.
     Al cerrar los ojos haba cesado el rugido de las manchas, y entonces 
haba odo el ruido del agua. Era la ducha del bao adyacente.
     La puerta estaba apenas entreabierta. Por primera vez desde que entr 
en el dormitorio, Chyna advirti la delgada franja de luz fluorescente en el 
marco de la puerta del bao.
     Al apartar la vista de la puerta, temerosa de lo que habra detrs, vio el 
telfono en la mesa de noche a la derecha de la cama. All no haba sangre; 
por lo tanto, era ms fcil acercarse.
     Tom el receptor. No haba tono. Eso era de esperar. Las cosas nunca 
eran tan fciles.
     Abri el cajn de la mesita con la esperanza de encontrar un arma. No 
tuvo suerte.
     Convencida an de que slo estara a salvo si permaneca en 
movimiento, de que el escondite slo poda ser el ltimo recurso, Chyna casi 
termin de bordear la cama antes de darse cuenta de que haba dado el 
primer paso. La alfombra frente a la puerta del bao estaba empapada.
     Con una mueca, fue a la otra mesa de noche y abri el cajn. Bajo el 
resplandor mortal, hall un par de anteojos con reflejos dorados en las 
medialunas de las lentes, una novela de aventuras encuadernada en rstica, 
una caja de pauelos de papel, un tubo de pomada para los labios, ninguna 
arma.
     Al cerrar el cajn, lleg a su nariz el olor de la plvora quemada detrs 
del hedor cobrizo de la sangre. Conoca ese olor. Ms de un amigo de su 
madre haba utilizado un arma para conseguir lo que quera, o por simple 
diversin.
     Chyna no haba odo los disparos. Por consiguiente, el intruso tena un 
arma con silenciador.
     Detrs de la puerta, an caa el agua. Ese repiqueteo susurrante, tan 
suave y sedante en otras circunstancias, irritaba los nervios como el silbido 
del torno dental.
     Tena la certeza de que el intruso no estaba en el bao. Completada su 
obra, se afanaba en otra parte de la casa. En ese momento, tema menos al 
hombre que descubrir el verdadero fruto de su obra. Pero afrontaba un 
dilema que haca a la esencia misma de la agona humana: en ltima 
instancia, la ignorancia era peor que el conocimiento.
     Por fin abri la puerta, entrecerr los ojos ante el fuerte resplandor 
fluorescente y entr.
     Era un bao amplio, de paredes revestida con azulejos blancos y 
amarillos. Una cenefa con un motivo de narcisos y hojas verdes decoraba las 
paredes a la altura del respaldo de una silla y en torno del tocador y el 
lavabo. Para su sorpresa, no haba demasiada sangre.
     Paul Templeton, de pijama azul, estaba sentado en el inodoro, sujeto 
con fajas de cinta engomada. Otras fajas rodeaban su pecho y la cisterna del 
inodoro para sostenerlo erguido.
     En su pecho, entre las fajas de cinta semitransparente, se vean tres 
orificios de bala. Tal vez haba ms, pero no quera buscarlos y adems no 
era necesario. Haba muerto instantneamente, quiz mientras dorma, y el 
intruso haba arrastrado su cadver al bao.
     La embarg un dolor tenebroso y fro. Para sobrevivir, tena que 
reprimirlo a toda costa, y la supervivencia era justamente su fuerte.
     Una faja de cinta rodeaba el cuello de Paul y lo sujetaba al toallero en la 
pared, detrs del inodoro. El propsito era impedir que su cabeza se 
inclinara sobre su pecho... y dirigir su mirada hacia la ducha. Pequeos 
trozos de cinta mantenan abiertos sus prpados, y el ojo derecho estaba 
reventado.
     Chyna se estremeci y apart la vista.
     Aunque el intruso haba matado a Paul sin despertarlo a fin de 
asegurarse el control de la casa, luego haba fantaseado con obligar al 
hombre a mirar mientras someta a su esposa a sus aberraciones.
     Era un cuadro tpico, uno de los preferidos de los psicpatas que sienten 
placer al actuar para sus vctimas. Aparentemente creen que el muerto es 
capaz de ver y or, y por lo tanto, pueden admirar el histrionismo audaz de 
un torturador que no teme ni al hombre ni a Dios. Es una forma de delirio 
que est descripta en los textos. En la universidad, en un curso de sicologa 
sobre casos aberrantes, un profesor invitado de la Divisin de Ciencias de la 
Conducta del FBI les haba proporcionado descripciones ms grficas que las 
de cualquier texto.
     Pero el impacto de presenciar tal brutalidad desafiaba cualquier 
descripcin. Casi paralizada por el golpe, senta las piernas pesadas y 
rgidas. El hormigueo en sus manos era el preludio del entumecimiento.
     Sarah Templeton estaba en la ducha, separada de la baera por un 
cerramiento de vidrio. Detrs del vidrio empaado se insinuaba una forma 
vaga, rosada, acurrucada en el piso. En el plafn sobre la puerta de vidrio, el 
asesino haba escrito dos palabras. Las letras de imprenta negras parecan 
haber sido escritas con lpiz delineador: PUTA ASQUEROSA.
     Nunca Chyna haba deseado nada con tanta intensidad como eludir la 
obligacin de correr esa puerta. Sarah no poda estar viva.
     Pero si se alejaba sin cerciorarse de que no poda hacer nada por Sarah, 
la culpa se arraigara en ella hasta transformar su propia supervivencia en 
una forma de muerte en vida.
     Adems, haba consagrado su vida a tratar de comprender 
precisamente la crueldad humana, y la lectura de una historia clnica jams 
la acercara tanto al conocimiento como la visin de semejante escena. Esa 
noche, en esa casa, una mente psicpata haba exteriorizado su tenebroso 
paisaje.
     El repiqueteo del agua reverberaba en los azulejos de las paredes como 
el silbido de las serpientes y la risa quebradiza de nios ausentes.
     El agua deba de ser fra; de lo contrario, el bao estara lleno de vapor.
     Chyna contuvo el aliento, tom la manija de aluminio y corri el 
cerramiento.
     Sarah Templeton se haba puesto un camisn verde plido y bombacha 
al tono. La ropa estaba en un rincn, hecha una pelota empapada.
     Despus de matar al marido, el asesino sin duda haba golpeado a la 
mujer, tal vez con la culata del arma. Luego la haba amordazado; el 
material que le haba introducido en la boca le abultaba las mejillas. Las 
fajas de cinta engomada que cubran los labios empezaban a despegarse 
bajo la incesante lluvia helada.
     En el caso de Sarah, el asesino haba usado un cuchillo. No estaba viva.
     Chyna corri el cerramiento nuevamente.
     Si haba compasin en la vida, Sarah Templeton no haba recuperado el 
sentido despus de los golpes en la cabeza.
     Record cmo la haba abrazado al recibirla en la entrada. Contuvo las 
lgrimas y dese ser ella la muerta en lugar de esa mujer amorosa 
acurrucada debajo de la ducha. En verdad, la vida se le escapaba con el 
correr de los minutos, porque al morir esas personas, una parte de su 
corazn haba dejado de latir.
     Chyna volvi al dormitorio. Se apart de la cama, pero no fue 
directamente a la puerta sino al rincn ms oscuro. No poda contener los 
temblores.
     Su estmago se sublev. Un ardor cido invadi su pecho, su boca se 
llen de un sabor amargo. Reprimi el impulso de vomitar. El ruido de las 
arcadas la delatara al asesino, que vendra a buscarla.
     Aunque haba conocido a los padres de Laura apenas la tarde anterior, 
su amiga le haba contado muchas ancdotas e incidentes divertidos de su 
vida familiar. El dolor que senta por ellos no poda ser mayor, pero en ese 
momento no poda darle rienda suelta. Ms adelante se abatira sobre ella 
con toda su fuerza. El dolor slo poda florecer en un corazn sereno, y en 
ese momento, el suyo estaba trastornado de terror y de asco.
     Se estremeci al pensar que el asesino haba perpetrado semejantes 
estragos mientras ella, inconsciente de todo, contemplaba las estrellas por la 
ventana del cuarto de huspedes y evocaba esas noches cuando las haba 
mirado desde un tejado, un rbol o una playa. Por lo visto, el hombre se 
haba demorado por lo menos diez o quince minutos con Paul y Sarah 
despus de someterlos, antes de recorrer la casona para encontrar y reducir 
a los dems habitantes.
     A hombres como este los excita la posibilidad de que los sorprendan e 
incluso los detengan. Tal vez la conmocin en el cuarto de los padres 
atraera a un nio obnubilado por el sueo, un nio al que habra que 
perseguir y atrapar antes de huir. Esa posibilidad acentuaba el placer que 
experimentaba el degenerado al perpetrar sus actos en el dormitorio y el 
bao.
     Para l era un placer. Una compulsin, pero no motivo de angustia sino 
de regocijo. De esparcimiento. Sin culpa no haba angustia. Se regodeaba 
con la ferocidad.
     En algn lugar de la casa, disfrutaba de la diversin o del descanso 
antes de reanudar el juego.
     Al apaciguarse sus temblores, Chyna empez a sentir ms miedo por 
Laura. Los dos gritos ahogados que haba odo momentos antes sin duda no 
eran de Sarah, que ya deba de estar muerta; por consiguiente, Laura se 
habra sobresaltado en sueos ante la proximidad de un hombre que ola a 
sangre de su madre. Despus de someterla, l se haba apresurado a 
explorar el resto de la planta alta ante la posibilidad de que otro miembro de 
la familia oyera los gritos ahogados.
     Tal vez no haba regresado al dormitorio de Laura. Al hallar desiertas 
las dems habitaciones, convencido de haber sometido la casa a su imperio, 
probablemente se haba dedicado a explorarla. Si los textos decan la 
verdad, deseaba violar todos los espacios ntimos. Revolver los armarios y 
escritorios de sus anfitriones. Comer lo que encontrara en el refrigerador. 
Leer su correspondencia. Tal vez acariciar y oler la ropa sucia en el canasto 
del lavadero. Si hallaba un lbum de fotografas familiares, tal vez lo 
hojeara durante una hora o ms en la sala de estar.
     Pero tarde o temprano, volvera a Laura.
     Sarah Templeton haba sido una mujer sumamente atractiva, pero los 
merodeadores nocturnos prefieren a las jvenes; se nutren de la inocencia. 
Laura era el alimento preferido, tan irresistible como lo son los huevos de 
aves para ciertas vboras arborcolas.
     Cuando pas el ataque violento de nuseas y tuvo la certeza de que no 
la delatara un acceso repentino de vmito, Chyna sali del rincn y cruz 
sigilosamente el cuarto.
     La suite principal no era un buen refugio. El visitante volvera para 
echar una ltima mirada a la pobre Sarah, acurrucada en la ducha con sus 
bellos brazos cruzados en un pattico e intil gesto de defensa.
     Chyna lleg a la puerta entornada y se detuvo a escuchar. En la pared 
opuesta del pasillo, las rosas desteidas del papel pintado se vean ms 
misteriosas que nunca. Contemplando la profundidad enigmtica del 
revestimiento, casi tuvo la certeza de que podra apartar las ramas 
espinosas para atravesar la prgola de papel hacia un lugar soleado, y al 
mirar atrs, ya no vera la casa.
     Con la luz de la lmpara a sus espaldas, no poda asomarse 
furtivamente para espiar a derecha e izquierda porque su cuerpo en el 
umbral echara una sombra sobre las rosas desteidas del pasillo. Sera 
peligroso demorarse en esa posicin inevitablemente delatora.
     Seducida por un silencio prolongado que pareca augurar seguridad, se 
desliz entre la puerta entornada y el marco, hacia el pasillo... y ah estaba. 
A tres metros. Cerca de la escalera principal, que estaba a su derecha. De 
espaldas a ella.
     La joven se detuvo en seco. Una pierna en el pasillo, la otra en el 
umbral de la suite principal. Si el hombre se volviera, ella no podra 
desaparecer antes de que la vislumbrara con el rabillo del ojo... pero no 
poda moverse mientras tuviera una posibilidad de eludirlo. Tema que el 
menor ruido -incluso los susurros inaudibles de las fibras de la alfombra bajo 
su zapatilla- alertara al hombre, que se volvera hacia ella.
     Lo que l haca era tan grotesco, que fue eso tanto como el miedo lo 
que le impidi a Chyna dar un paso ms. Con los brazos extendidos hacia lo 
alto, los dedos del hombre peinaban lnguidamente el aire. Pareca estar 
sumido en un trance, como si tratara de barrer el ter con una red.
     Era un hombre alto. Ms de un metro ochenta. Musculoso. Cintura 
estrecha, hombros muy anchos. Su chaqueta de denim estaba estirada 
sobre sus espaldas.
     El pelo castao y abundante estaba recortado con prolijidad sobre la 
nuca robusta, pero Chyna no pudo ver su cara. Implor para sus adentros 
no verla jams.
     Los dedos manchados de sangre que barran el aire eran muy fuertes; 
pareca capaz de estrangularla con los de una sola mano.
     Ven a m murmur.
     Aun en susurros, su voz spera posea un timbre y un poder 
magnticos.
     Ven.
     No pareca hablarle a una aparicin visible slo para l sino a Chyna, 
como si la agudeza sobrenatural de sus sentidos hubiera detectado el 
movimiento del aire desplazado por su cuerpo al asomarse por la puerta.
     Ven a m.
     Entonces, ella vio la araa. Penda de un filamento sutil a unos treinta 
centmetros de las manos tendidas del asesino.
     Por favor...
     Como si respondiera a la splica del hombre, la araa teji su tela para 
descender.
     El asesino volvi la palma hacia arriba. 
     Mi pequea... suspir.
     Gorda, negra, la sumisa araa se dej caer sobre la gran palma abierta.
     El asesino se llev la mano a la boca y ech la cabeza atrs. Aplast la 
araa y se la comi... o quiz se la comi viva.
     Inmvil, sabore su presa.
     Sin mirar atrs, fue a la escalera a su derecha, en el centro del pasillo, 
y descendi con la rapidez y el sigilo de una araa a la planta baja.
     Chyna se estremeci, atnita de estar viva.
     
     
     
     
     




2
     En la casa reinaba una quietud profunda, asfixiante, contenida por sus 
paredes as como una represa contiene la tremenda presin y el poder del 
agua.
     Apenas reuni valor para moverse, Chyna se acerc con cautela a la 
cima de la escalera. Sospechaba que el visitante no haba terminado de 
descender, que jugaba con ella y la aguardaba sonriente a la vuelta de un 
rincn. Extendera las manos palmas arriba y dira: Ven a m.
     Contuvo el aliento y, a pesar del riesgo de quedar expuesta, ech una 
mirada. La escalera descenda a travs de tinieblas progresivamente ms 
densas hasta el vestbulo de la planta baja. La luz era suficiente para ver 
que el intruso no estaba all.
     Por lo que poda percibir, no haba lmparas encendidas en la planta 
baja. Se pregunt qu haca l en la oscuridad, orientado slo por el 
resplandor de la luna, que entraba por las ventanas. Tal vez estaba 
agazapado en un rincn como una araa en su tela, atento a las menores 
alteraciones en la circulacin del aire, soando con una presa que se 
entregaba, aterrada.
     Pas rpidamente la cima de la escalera hacia el tramo ms alejado del 
pasillo, donde la segunda fuente de luz ambarina se encontraba detrs de 
una puerta abierta. A pesar del miedo a lo que encontrara all, poda 
afrontar tanto el miedo como el hallazgo. No saber, darle la espalda a la 
verdad: sa era la causa de los sudores nocturnos y las pesadillas.
     El cuarto era ms pequeo que el de la suite principal, sin sillones. Un 
escritorio en el rincn. Una cama de dos plazas. Una mesa de noche con una 
lmpara de bronce, un armario, un tocador con taburete acolchado.
     En la pared, detrs de la cabecera de la cama, haba un retrato grande 
de Freud. Chyna detestaba a Freud. Pero Laura, tierna e idealista, crea con 
firmeza en muchos aspectos de la teora freudiana; se aferraba al sueo de 
un mundo inocente en el que cada uno era vctima de los trastornos de su 
pasado y anhelaba la rehabilitacin.
     Laura estaba tendida boca abajo sobre las sbanas y las mantas. Tena 
las manos esposadas a la espalda. Otro par de esposas sujetaba sus tobillos. 
Un grillete de hierro una las esposas de acero reluciente.
     Haba sido violada. Con prolijidad digna de un sastre, el asesino haba 
cortado las piernas amplias de su piyama azul; los trozos de tela estaban 
estirados sobre la cama a cada lado de sus piernas. Le haba alzado la 
camisa del piyama, que estaba plegada sobre su nuca y sus hombros.
     Chyna entr en la habitacin; junto con el miedo la embargaba un dolor 
creciente que hencha su corazn a la vez que lo volva fro y hueco. Al 
percibir el olor leve del semen derramado, la furia se sum al miedo y el 
dolor. Se detuvo junto a la cama, las manos crispadas con tanta fuerza, que 
las uas le lastimaron las palmas.
     Empapado de sudor, el pelo rubio estaba adherido a la cara de Laura. 
Sus rasgos delicados estaban blancos como la sal y crispados por la 
angustia, y sus prpados estaban apretados.
     No estaba muerta. Muerta, no. Pareca imposible. La nia -el terror la 
haba reducido a un estadio infantil- murmuraba tan suavemente, que las 
palabras eran inaudibles aunque uno colocara la oreja a centmetros de sus 
labios, pero el mensaje apremiante llegaba con desgarradora claridad. Era 
una oracin, la misma que Chyna haba repetido durante tantas noches, en 
tiempos y lugares remotos: un ruego de clemencia, de ser liberada del 
horror viva e intacta, Dios mo, viva e intacta. En esas noches, Chyna no 
haba conocido ni la violacin ni la muerte. Una parte del ruego de Laura 
haba cado en odos sordos, pero an imploraba fervorosamente la 
liberacin.
     La demostracin de fe, tan desesperada como sincera, conmovi a 
Chyna. Con la garganta atenazada por la angustia, apenas pudo murmurar:
     Soy yo.
     Los prpados de Laura se abrieron al instante, sus ojos azules estaban 
desorbitados como los de un caballo desbocado, su mirada era incrdula.
     Muertos...
     Ssshhh susurr Chyna. 
     Sangre... Sus manos... 
     Ssshhh. Te sacar de aqu. 
     Olor a sangre... Jack, muerto. Nina. Todos.
     Jack, el hermano de Laura, que Chyna no haba alcanzado a conocer. 
Nina, su cuada. Evidentemente, el asesino haba visitado la casa del 
cuidador antes de invadir la casa principal. Cuatro muertos. No haba nadie a 
quien pedir ayuda en toda la gran finca.
     Chyna ech una mirada temerosa a la puerta antes de probar las 
esposas que sujetaban las muecas de Laura. Trabadas.
     Con esposas en las muecas y los tobillos unidos por un grillete, Laura 
estaba totalmente aherrojada. No podra levantarse y menos an caminar.
     Chyna no tena fuerza para alzarla.
     Vio su imagen en el espejo del tocador y qued anonadada al ver sus 
propias facciones, alteradas por el terror. Trat de poner cara animada para 
alentar a Laura, se sent junto a la cama y murmur en voz tan baja como 
la de su amiga al rezar:
     Hay un arma? 
     Cmo?
     Hay un arma en la casa? 
     No.
     En ninguna parte?
     No, no. 
     Mierda... 
     Jack... 
     Qu? 
     Tiene un arma.
     En su casa? pregunt Chyna. 
     Jack tiene un arma.
     Chyna no tena tiempo para ir a la casa del cuidador y regresar antes de 
que el asesino volviera por Laura. Adems, probablemente l ya la haba 
encontrado y confiscado.
     Lo conoces?
     No. Los ojos azules de Laura parecan volverse negros de 
desesperacin. 
     Vete.
     Buscar un arma.
     Vete repiti Laura con angustia. Su frente estaba empapada de 
sudor fro.
     Un cuchillo.
     No mueras por m. Y en voz baja, temblorosa pero feroz, rabiosa, 
aadi: Corre, Chyna. Corre, por Dios. 
     Volver.
     Corre.
     Desde afuera de la casa les lleg un ruido. El motor de un camin. Que 
se acercaba.
     Chyna, atnita, se par de un salto. 
     Se acerca alguien. Estamos salvadas.
     El dormitorio de Laura daba al frente de la casa. Chyna fue hasta la ms 
prxima de las dos ventanas, desde la cual poda ver el camino de 
setecientos metros que comunicaba la casa con la carretera.
     A unos trescientos metros, un par de faros brillantes perforaban la 
noche. A juzgar por la distancia de los faros al suelo, deba tratarse de un 
camin de gran porte.
     Qu milagro que alguien apareciera a esa hora y en ese lugar apartado.
     Mientras vibraba de esperanza, Chyna se dio cuenta de que tambin el 
asesino oira el ruido del motor. El hombre o los hombres del camin no 
tenan idea de lo que los aguardaba. Al detenerse frente a la casa, seran 
muertos ambulantes.
     Aguanta dijo.
     Acarici la frente hmeda de Laura para tranquilizarla y fue a la puerta, 
dejando a su amiga al cuidado de Sigmund Freud, con su mirada presumida 
y sombra.
     El pasillo estaba desierto.
     Chyna casi corri hasta la cima de la escalera curva, titube antes de 
aventurarse a la tenebrosa guarida de la planta baja, pero no haba 
alternativa. Baj tan rpidamente como se atreva, sin apoyarse en el 
pasamanos. Lejos de la balaustrada, donde estaba expuesta a las miradas. 
Era mejor permanecer cerca de la pared.
     Pas una serie de grandes cuadros de paisajes en marcos dorados, tan 
vvidos, que parecan ventanas abiertas a escenas pastoriles. Antes le haban 
parecido vivaces y alegres. Ahora resultaban siniestros: bosques con 
duendes, ros de agua negra, campos de muerte.
     El vestbulo. Un tapete ovalado cubra el piso de roble lustrado. A la 
derecha, una puerta cerrada daba al escritorio de Paul Templeton. Por 
debajo del arco de la izquierda se pasaba al living, ahora sumido en 
tinieblas.
     El asesino poda estar en cualquier lugar.
     Afuera, el rugido del motor se volva ms fuerte. Ya se acercaba a la 
casa. Una bala atravesara el parabrisas y matara al conductor apenas se 
detuviera frente a la puerta. O lo abatira al bajar de la cabina.
     Chyna tena que prevenirlo, por el bien de l y tambin de ella y Laura. 
Era su nica esperanza. Convencida de que el intruso devorador de araas 
estaba cerca y se lanzara ferozmente sobre ella, dej de lado toda cautela y 
vol hacia la puerta principal. El tapete ovalado patin bajo sus pies. 
Tropez, extendi una mano para atenuar la cada y golpe la puerta con las 
palmas de las manos.
     Por ms que el asesino estuviera concentrado en el camin, la 
reverberacin del ruido infernal en toda la casa seguramente haba atrado 
su atencin.
     Chyna tante en busca del picaporte, lo hall y lo gir. La llave no 
estaba echada. Entre jadeos, abri la puerta de par en par.
     Una brisa fresca del noroeste, levemente perfumada por la tierra 
roturada de los viedos y el fungicida, silbaba entre las ramas desnudas de 
los arces que flanqueaban el camino de entrada. Chyna sali a la galera, y 
el viento, que resoplaba como una jaura de galgos, penetr en el vestbulo.
     Despus de pasar frente a la casa, el camin se alejaba de ella. Para 
llegar hasta la entrada y quedar de trompa hacia la ruta, deba recorrer toda 
la curva terminal del camino vecinal, que era suficientemente ancho para 
recibir a los camiones de transporte durante la vendimia. Pero result que 
no era un camin sino una casa rodante. Un modelo antiguo, de formas 
curvas, bien conservado, de unos quince metros de largo, color azul o verde. 
Los apliques de cromo centelleaban como el mercurio a la luz plida de la 
Luna de fines de invierno.
     Sorprendida de no ser apualada, baleada o atacada por la espalda, 
Chyna ech una rpida mirada a la puerta, donde el asesino an no haba 
aparecido, y se dirigi a los escalones de la galera.
     La casa rodante recorra la curva y se volva hacia ella. El doble haz de 
los faros barri el granero y otras construcciones auxiliares de la propiedad.
     Las sombras de los alerces, arces y pinos huan ante la luz de los faros 
en movimiento. Se deslizaban sobre el enrejado en el extremo de la galera, 
la balaustrada blanca, la hierba del prado y la senda de lajas, se estiraban 
hasta el infinito, se hundan en la noche como si trataran, frenticas, de 
escapar de los rboles que las proyectaban.
     El silencio denso de la casa, la ausencia de luz en la planta baja, el 
hecho de que el asesino no la hubiera atacado al escapar, el arribo tan 
oportuno de la casa rodante... Bruscamente todo cay en su lugar. Era el 
asesino quien conduca la casa rodante.
     No.
     La joven retrocedi rpidamente y entr en el vestbulo, perseguida por 
los faros que terminaban de recorrer la curva de la entrada.
     Al atravesar el enrejado, los haces proyectaron figuras geomtricas 
sobre el piso de la galera y el frente de la casa.
     Chyna cerr la puerta y sus dedos torpes buscaron el cerrojo arriba del 
picaporte. Hicieron girar la perilla. Corrieron la gruesa falleba.
     Entonces comprendi su error. La puerta principal estaba sin llave 
porque el asesino haba salido por all. Si ahora la encontraba trabada, se 
dara cuenta de que Laura no era la nica persona viva en el lugar, y 
reanudara la cacera.
     Sus dedos temblorosos resbalaron sobre la perilla de bronce, pero 
finalmente la falleba se corri, con un fuerte chasquido.
     Al llegar, el atacante seguramente haba estacionado el vehculo cerca 
de la entrada de ese camino de ms de medio kilmetro, sobre la ruta, y 
caminado hasta la casa.
     Esta vez los neumticos crujieron sobre el ripio. Los frenos de aire 
silbaron y luego gimieron suavemente, y la casa rodante se detuvo frente a 
la entrada.
     Chyna record la alfombra ovalada sobre la cual haba patinado, y cay 
de rodillas. Con las manos alis las arrugas del tapete de lana. Si el asesino 
llegara a tropezar con una arruga, se dara cuenta de que la alfombra no 
estaba tal como l la haba dejado.
     Ruido de pasos: taconeo de botas sobre el camino de lajas.
     Chyna se par y se volvi hacia la puerta del escritorio. No, all no. No 
saba con certeza hacia dnde ira l al entrar nuevamente en la casa, y si 
decida explorar el escritorio, ella quedara acorralada.
     Sus pasos retumbaron sobre los escalones de madera de la galera.
     Chyna se abalanz hacia el arco sobre la entrada a la sombra sala de 
estar... y se par en seco por miedo a chocar con un mueble y voltearlo. 
Avanz tanteando con las dos manos, la visin alterada por las persistentes 
manchas rojas que los faros de la casa rodante haban impreso en sus 
retinas.
     Se abri la puerta de entrada.
     En el centro de la sala de estar, Chyna se agazap junto a un silln. Si 
el asesino hubiera entrado y encendido la luz, la habra visto.
     Sin cerrar la puerta, el hombre entr en el vestbulo, ms all del arco. 
El dbil resplandor del pasillo de la planta alta contorneaba su silueta. Pas 
frente a la entrada de la sala y fue directamente a la escalera.
     Laura.
     Chyna an no haba conseguido un arma.
     Record que haba un atizador en la chimenea. No era suficiente. Si el 
primer golpe no le hunda el crneo o le rompa el brazo, el asesino lo 
arrancara de sus manos. No confiaba en las fuerzas que le daba el terror.
     En lugar de pararse y tambalearse a ciegas por la sala, se arrastr 
porque era ms seguro y ms rpido. Lleg hasta el arco que separaba el 
living del comedor y se dirigi hacia donde calculaba que encontrara la 
puerta de la cocina.
     Choc con una silla que a su vez golpe la pata de una mesita. Se 
produjo un tintineo, y record haber visto un adorno de frutas de cermica 
en una fuente de cobre.
     El ruido difcilmente se oira en la planta alta, de manera que sigui 
arrastrndose. Adems, la oyera o no el asesino, no le quedaba alternativa.
     Lleg a la puerta vaivn antes de lo que esperaba y se paro. El 
resplandor de la Luna ya era muy tenue, pero desapareci tan bruscamente, 
que los pelos de la nuca se le erizaron de terror. Gir y apoy la espalda 
contra la puerta, segura de que vera al asesino perfilado frente a una 
ventana, tapando el resplandor lunar. Pero no estaba ah. El resplandor 
plateado ya no entraba por la ventana. Sin duda, lo haban tapado las nubes 
de tormenta que venan desde el noroeste.
     Empuj la puerta vaivn y entr en la cocina.
     No era necesario encender la luz fluorescente del techo. El panel 
superior del horno doble inclua un reloj digital con nmeros verdes de gran 
luminosidad, suficiente para distinguir los objetos en la cocina.
     Record que ms all de las piletas de acero inoxidable haba una 
mesada de madera. Las piletas se encontraban bajo la ms ancha de las dos 
ventanas. Desliz la mano sobre el mrmol fro hasta palpar la superficie de 
madera, tal como la recordaba.
     El silencio que reinaba en la casa pareca provenir de un orden superior.
     Qu hace el hijo de puta en medio de tanto silencio? Qu est 
haciendo con Laura?
     Bajo la mesada de madera haba un cajn que sin duda contena las 
cuchillas. Las encontr. Prolijamente ordenadas en un soporte.
     Tom una. Demasiado corta. Otra. Era un cuchillo para pan, de punta 
roma. La tercera result ser una cuchilla de carnicero. Desliz la yema del 
pulgar sobre el filo: perfecto.
     En la planta alta, Laura grit.
     Chyna fue hacia el comedor, pero su intuicin le dijo que no era el 
mejor camino. Corri a la escalera trasera, aunque saba que no poda pisar 
esos escalones sin hacer ruido.
     Encendi la luz de la caja de la escalera. El asesino no poda verla.
     En la planta alta, Laura grit otra vez. Fue un alarido atroz de 
desesperacin, dolor, terror, como los que resonaban en las cmaras de gas 
de Dachau o en las salas de interrogatorio de las crceles siberianas durante 
la era del Gulag. No era un pedido de socorro, ni siquiera un ruego de 
compasin: imploraba alivio a toda costa, incluso a costa de la vida.
     Chyna subi la escalera hacia el alarido, que ofreca una verdadera 
resistencia fsica, como la que presenta el peso del agua a un nadador que 
trata desesperadamente de ganar la superficie del mar. Fro como una 
corriente polar, el grito la dej aterida, entumecida hasta la mdula de los 
huesos. La embarg la compulsin de gritar con Laura, as como un perro 
alla al escuchar a otro animal que sufre, sinti una necesidad primigenia de 
aullar de angustia ante la impotencia de la vida humana en un universo de 
estrellas muertas, y rechaz el impulso con esfuerzo.
     El alarido de Laura se elev hasta volverse clamor por su madre, 
aunque seguramente saba que estaba muerta. "Mami, mami, mamiiii..." 
Reducida a un estado infantil, buscaba consuelo en el seno protector y en el 
latido del corazn que la memoria guardaba desde el tero.
     Entonces, silencio. Un silencio desolado.
     En un descanso a mitad de camino hacia la planta alta, Chyna advirti 
con sorpresa que se haba detenido bajo el peso agobiante del alarido. Sus 
piernas flaqueaban; los msculos del muslo y la pantorrilla estaban 
acalambrados como si hubiera corrido un maratn. Se senta al borde de un 
colapso.
     El silencio, tal vez indicio del fin de la esperanza, era tan abrumador 
como el alarido. Agach la cabeza bajo una quietud pesada como una corona 
de hierro, alz los hombros, se acurruc, angustiada.
     Nada ms fcil que apoyarse contra la pared, deslizarse hasta el piso, 
dejar la cuchilla, abrazarse. Esperar a que se fuera. Esperar a que llegara 
algn pariente, algn amigo de la familia, alguien que descubriera los 
cadveres, llamara a la polica, se hiciera cargo de todo. Nada de eso: 
despus de unos segundos, Chyna se oblig a seguir adelante. Su corazn 
lata con tanta fuerza, que amenazaba derribarla a cada paso.
     El temblor de sus brazos era incontrolable. La cuchilla que aferraba con 
todas sus fuerzas tallaba figuras temblorosas en el aire; se pregunt si en 
una confrontacin tendra fuerzas para esgrimirla con eficacia.
     Pensar as, era propio de perdedores, se dijo con amargura. Durante los 
ltimos diez aos, con mucho esfuerzo, se haba convertido en una 
ganadora, y no estaba dispuesta a perder el terreno conquistado.
     Subi rpidamente a pesar de los crujidos de los viejos escalones. 
Estuviera Laura viva o muerta, el asesino estara absorto en su propio juego 
y era difcil que oyera otra cosa que el rugido atronador de la sangre en sus 
odos y las voces interiores que le hablaban cuando tena una vida en sus 
manos.
     Lleg a la planta alta. La angustia por Laura y la rabia que sigui al asco 
provocado por el acceso de debilidad en el descanso la impulsaron a correr 
por el pasillo en forma de L, pasar la puerta cerrada del cuarto de 
huspedes, el recodo, la puerta entornada de la suite principal y el 
resplandor ambarino que sala de all. Al pasar la prgola de rosas 
desteidas, la rabia creci hasta volverse furia; sorprendida por su propia 
audacia, vol sobre la alfombra como si se deslizara cuesta abajo por una 
ladera nevada, derecho hacia la puerta abierta de Laura, sin titubear, la 
cuchilla en alto, el brazo firme y decidido; enloquecida de desesperacin y 
furia vengativa, se precipit al umbral y al interior de la habitacin, donde la 
mirada imperturbable de Freud contemplaba la escena... y vio que la cama 
estaba tan revuelta como desierta.
     Chyna gir, incrdula. Laura no estaba en el cuarto. Sobre sus propios 
jadeos y el latido de su corazn, oy el tintineo sordo de una cadena. No en 
el cuarto. En otra parte.
     Sin pensar en el peligro, volvi al pasillo y se precipit hasta la 
balaustrada desde la cual se dominaba el vestbulo.
     All abajo, apenas iluminado por la luz incierta del pasillo de la planta 
alta, el asesino sala a la galera. Llevaba a Laura en sus brazos. Estaba 
envuelta en una sbana de la cual asomaba un brazo plido y laxo, su 
cabeza oscilaba de un lado a otro y el pelo dorado le ocultaba la cara: 
inconsciente, no ofreca la menor resistencia.
     Evidentemente, l bajaba la escalera tenebrosa cuando Chyna cruz el 
pasillo. Con todos los sentidos puestos en llegar al cuarto de Laura, y todo 
su ser concentrado en el ataque, no lo haba odo bajar, aunque el grillete y 
las esposas seguramente hacan bastante ruido.
     Y ese mismo tintineo le haba impedido a l or los ruidos que haca 
Chyna.
     Si no, hubiera dejado caer a la chica que llevaba en brazos para ir en 
busca de ella.
     Chyna haba tenido el buen tino de hacerle caso a su instinto cuando le 
indic que subiera por la escalera de atrs. Si hubiera subido por la escalera 
principal, se habra topado con el asesino que descenda. l le habra 
arrojado el cuerpo de Laura, se habra precipitado sobre los cuerpos que 
rodaban escalera abajo hasta el vestbulo, le habra arrancado la cuchilla de 
un puntapi -si es que ella no la haba soltado durante la cada- y la habra 
asesinado all mismo.
     Ella no poda permitir que se llevara a Laura.
     No poda detenerse a pensar porque el horror de la situacin volvera a 
paralizarla. Se precipit temerariamente a la escalera. Si pudiera atacarlo 
por sorpresa y hundirle la cuchilla en la espalda, tal vez salvara a Laura. Y 
lo hara, claro que s. Sin compasin. Le clavara la cuchilla hasta el mango, 
buscara el corazn o un pulmn, despus la sacara y la clavara una y otra 
vez y el hijo de puta chillara como un cerdo al suplicar que no lo matara, 
pero ella lo ensartara hasta hacerlo callar para siempre. Nunca haba hecho 
nada parecido; jams le haba hecho mal a nadie. Pero ahora s lo hara, 
matara al tipo porque estaba muerta de terror por Laura, porque le daba 
asco la sola idea de fallarle a su amiga... y porque, como ser humano, se 
senta impulsada a buscar la venganza.
     Esta vez, al llegar al pie de la escalera, no patin sobre el tapete 
ovalado, y se precipit hacia la puerta abierta.
     Ya no sostena la cuchilla en lo alto sino a la altura de la cadera. Si l la 
oyera y se diera vuelta, le apuntara al vientre por debajo del cuerpo de la 
chica que llevaba en sus brazos. Era mejor que atacarlo por la espalda, 
donde la punta poda chocar contra un omplato o una costilla o patinar 
sobre la columna.. Buscar las partes blandas. As estaran cara a cara. Lo 
mirara derecho a los ojos. La hara vacilar? Se lo mereca. Hijo de puta. 
Record a Sarah, desnuda, acurrucada bajo la ducha fra. Lo hara. Claro 
que s.
     La puerta, el umbral, la galera... estaba preparada no slo para matar 
sino para morir en el intento. Pero no haba sido lo suficientemente rpida 
para alcanzarlo, porque en ese momento l no bajaba los peldaos sino que 
ya se acercaba a la casa rodante. El peso de Laura no lo haba demorado en 
absoluto. Su agilidad era inhumana.
     Chyna salt de la galera a la senda, y el golpe de sus suelas de goma 
sobre las lajas fue ms fuerte que el gemido del viento. La Luna y la mitad 
de las estrellas ya haban desaparecido detrs de los inmensos nubarrones, 
pero si el asesino, alertado por el ruido, giraba hacia ella, la vera 
claramente.
     Pero no la oy, porque no se dio vuelta. Chyna baj de la senda al 
csped, donde sus pasos no hacan ruido, y sigui adelante, resuelta a 
atacarlo.
     Haba dos puertas abiertas en la casa rodante: una en la cabina, del 
lado del volante, la otra en el mismo costado del vehculo pero ms atrs. El 
asesino entr por la puerta trasera.
     Para subir los dos escalones y pasar la puerta estrecha tuvo que 
colocarse de costado y apretar el cuerpo de Laura contra su pecho, pero era 
tan gil como fuerte y desapareci en el interior antes de que Chyna pudiera 
alcanzarlo.
     La joven estuvo a punto de precipitarse al interior del vehculo, detrs 
de l. Pero las cortinas que cubran las ventanillas le impidieron ver sus 
movimientos. Adems, si haba dejado caer a Laura inmediatamente 
despus de entrar, podra defenderse mejor del ataque. Ms all de esa 
puerta, estaba en su territorio, y ni aun el deseo de venganza la volva tan 
temeraria como para enfrentarlo all.
     Apoy la espalda contra el costado de la casa rodante, junto a la puerta 
abierta, a la espera. Si l volva a salir, lo atacara en el momento en que su 
pie tocara el suelo. Todava tena la sorpresa a su favor, tal vez ms que 
nunca porque ahora que estaba a punto de escapar y sus instintos estaban 
satisfechos, el asesino se descuidara.
     Tal vez no volviera a salir, pero tendra que asomarse para cerrar la 
puerta. Con un pie en un escaln y el cuerpo inclinado, no tendra buen 
equilibrio y ella le clavara la cuchilla sin darle tiempo a echarse para atrs.
     Un movimiento en el interior. Un golpe sordo. Chyna se crisp.
     l no volvi a aparecer. Silencio nuevamente.
     Del noroeste lleg bruscamente un fuerte olor a sangre, como si 
hubiera un matadero contra el viento. Pas el hedor, y Chyna se dio cuenta 
de que no haba sido real, slo haba recordado el olor de las sbanas 
empapadas en la suite de los Templeton.
     La pared de aluminio era fra bajo su espalda, y se estremeci al pensar 
que era la frialdad del asesino la que se infiltraba en ella.
     La espera la pona nerviosa. El miedo empezaba a desplazar a la furia, y 
el deseo de supervivencia al de venganza. Pero lo hara. Claro que s. Trat 
de aferrarse a la furia feroz y demencial que la haba embargado hasta 
entonces.
     Entonces el asesino sali de la casa rodante, pero no por la puerta ms 
prxima a ella sino por la de la cabina, cerca de la trompa del vehculo.
     Chyna contuvo el aliento, y el viento fro de la tormenta inminente le 
trajo el olor amargado de la derrota, aunque saba que en realidad era el 
aroma del fungicida en los viedos.
     El asesino estaba demasiado lejos. Ya no lo distraeran ni el peso de 
Laura ni el tintineo de las cadenas, y advertira el ataque de Chyna. Perdido 
el factor sorpresa, la lucha se volva desigual.
     Parado junto a la puerta de la cabina, a diez metros de ella, se 
desperezaba con languidez. Encogi sus anchos hombros para 
desentumecerlos y se masaje la nuca.
     Le bastara volver apenas la cabeza a la izquierda para verla. Ella deba 
permanecer totalmente inmvil porque aun de reojo l detectara el menor 
movimiento suyo.
     Situada contra el viento respecto de l, casi tema que la olfateara. La 
elegancia felina de sus movimientos lo haca parecer ms animal que 
humano, y no era difcil atribuirle destrezas salvajes y sentidos 
sobrenaturales. Aunque no sostena en su mano el revlver con silenciador 
usado para matar a Paul Templeton, tal vez lo llevaba bajo el cinturn. Si 
trataba de huir, l la matara de un tiro.
     Mejor dicho, no la matara de un solo disparo. Era demasiado rpido. Le 
disparara a una pierna para derribarla y apresarla. La cargara en la casa 
rodante con Laura. Jugara con ella ms tarde.
     Despus de desperezarse fue rpidamente hacia la casa. Subi los 
escalones. Cruz la galera. Entr.
     Sin mirar atrs.
     Su aliento largamente contenido escap en un estertor de miedo, y 
Chyna se estremeci al inhalar.
     Antes de que su coraje flaqueara del todo, corri a la cabina y se sent 
detrs del volante. Esperaba encontrar la llave en el encendido; en ese caso, 
pondra en marcha el motor, escapara con Laura e ira a Napa en busca de 
la polica.
     No haba llave.
     Mir hacia la casa. Cunto tardara en volver? Tal vez, concluida la 
matanza, buscaba objetos de valor. O recuerdos. Tardara cinco, diez 
minutos, tal vez ms. Acaso el tiempo suficiente para sacar a Laura de la 
casa rodante y ocultarla en alguna parte. De alguna manera. An 
conservaba la cuchilla. Y al introducirse en su propio terreno sin que el 
asesino lo supiera, haba recuperado el valioso factor sorpresa.
     Pero su corazn lata a mil por segundo y su boca reseca se llenaba del 
sabor levemente metlico de la angustia febril.
     La butaca del conductor gir hasta quedar de espaldas al panel. De la 
cabina, Chyna pas directamente a la salita con sillones empotrados, 
tapizados con tela escocesa.
     El piso de acero, aunque alfombrado, cruja suavemente bajo los pies 
debido a los aos de uso constante. Haba previsto un olor como el de un 
guiol sdico en el que los tteres eran reemplazados por seres humanos, 
pero el aire estaba impregnado del aroma de caf recin preparado y de 
bollos de canela. Qu extrao -y qu perturbador- que semejante hombre 
encontrara satisfaccin en placeres tan inocentes.
     Laura... susurr, temerosa de que el asesino pudiera escucharla 
desde la casa. Y con angustia, pero sin levantar la voz, repiti: Laura!
     Ms all de la salita y anexos a sta haba una pequea cocina y un 
comedorcito acogedor; en realidad, un gabinete revestido de vinilo rojo. Una 
lmpara alimentada por la batera iluminaba la mesa del comedor.
     Laura no estaba a la vista.
     Atraves rpidamente el comedor hacia la puerta trasera de la derecha, 
la misma por donde haba entrado el asesino con la muchacha inconsciente 
en sus brazos y que an estaba abierta.
     Laura...
     Ms all de esa puerta del lado del volante, segua un pasillo estrecho 
iluminado por una lmpara de seguridad. Tambin tena una claraboya, que 
en ese momento estaba oscura. Del lado izquierdo, haba dos puertas 
cerradas y una tercera, entornada.
     La primera daba acceso a un bao diminuto, una verdadera maravilla 
del arte del diseador, con inodoro, lavabo, botiqun y una ducha en el 
rincn.
     Detrs de la segunda puerta, haba un armario con varias prendas 
colgadas de una varilla de acero cromado. De la salita se pasaba a un 
pequeo dormitorio revestido con paneles de smil madera; haba un 
armario con puerta plegable de vinilo. La escasa luz del saln no alcanzaba a 
iluminar el dormitorio, sobre todo porque Chyna estaba parada en la puerta, 
pero era ms que suficiente para identificar a Laura; la muchacha yaca boca 
abajo sobre la litera. De la sbana que la envolva slo asomaban su 
cabellera dorada y sus delicados pies descalzos.
     Chyna repiti el nombre de su amiga, se acerc a la cama y cay de 
rodillas.
     Laura no respondi. Segua inconsciente.
     Chyna no poda alzarla como lo haba hecho el asesino; tena que 
despertarla. Entonces levant un borde de la sbana y se encontr con los 
ojos de su amiga.
     Los ojos ya no eran celestes sino azul zafiro, acaso debido a la escasa 
luz o quiz porque estaban apagados por la muerte. Su boca estaba abierta, 
sus labios, hmedos de sangre.
     El degenerado hijo de puta la haba llevado consigo aunque estaba 
muerta, y slo Dios saba con qu fin; tal vez para manosearla, mirarla, 
hablarle, para saborear su triunfo por unos das. Un recuerdo.
     Una punzada de dolor atraves su estmago; era un espasmo, no de 
asco ni de odio sino de culpa, de frustracin e impotencia y aciaga 
desesperacin.
     Pequea... susurr al odo de la muchacha muerta. Ay, querida, 
perdname.
     Claro que haba hecho todo lo posible. Qu ms hubiera podido hacer? 
Atacar al degenerado con las manos vacas en el pasillo de la planta alta 
cuando l llamaba a la araa? Llegar antes a la cocina, encontrar antes la 
cuchilla, subir la escalera de servicio a la carrera? No, imposible.
     Perdname.
     Esa muchacha hermosa, ese corazn amoroso, no hallara al esposo de 
sus fantasas, no tendra los hijos que hubieran sido una bendicin para el 
mundo por el solo hecho de ser suyos. Veintitrs aos de estudios, de 
preparacin para servir a sus semejantes, de ideales y esperanzas: todo se 
haba perdido y el mundo era ms pobre por ello.
     Te quiero, Laura. Todos te queremos.
     Qu insuficientes eran las palabras, los sentimientos, las expresiones de 
dolor; peor an, eran absurdos. Laura se haba ido para siempre, llevando 
consigo su ternura y su bondad, y las palabras ms sentidas no eran sino 
eso: palabras.
     La sensacin de vaco le contrajo an ms el estmago, la arrastr 
implacablemente a un agujero negro interior.
     Al mismo tiempo, sinti que su pecho se hinchaba con un sollozo que, 
de soltarse, sera una verdadera explosin. Una sola lgrima desatara un 
torrente. Un gemido se volvera un alarido incontrolable.
     No poda correr el riesgo de dar rienda suelta al dolor dentro de la casa 
rodante. El asesino volvera en cualquier momento. Para llorar a Laura deba 
salir de ah y esperar a que el asesino se fuera. No tena motivos para 
permanecer ah porque Laura estaba indudablemente muerta y no haba 
nada que hacer.
     Una puerta cercana se cerr con violencia, estremeciendo las delgadas 
paredes metlicas que la rodeaban.
     El asesino haba regresado. Hubo un temblor. Un crujido.
     Aferr con fuerza la cuchilla y se alej rpidamente de Laura hacia la 
pared junto a la puerta abierta. El dolor contenido era un poderoso 
combustible para la furia, y al instante ardi en deseos de herirlo, derramar 
sus tripas, escuchar sus gritos, ver en sus ojos la alucinante conciencia de 
mortalidad que l haba visto en los de Laura.
     Va a entrar. Se la voy a clavar. Va a entrar y se la voy a clavar. No era 
un plan sino un ruego. Va a entrar. Se la voy a clavar. Va a entrar. Se la voy 
a clavar.
     Las tinieblas se hicieron ms densas. Su cuerpo en la puerta obstrua la 
escasa luz que vena de la salita.
     La cuchilla silenciosa oscilaba vivamente en su mano como la aguja de 
una mquina de coser, dibujando en el aire la trama del pavor.
     Estaba en el umbral. Ah. Ah. Entrara a echar una ltima mirada a la 
bella muchacha muerta, a acariciar una vez ms su piel tersa, y cuando 
cruzara el umbral sera suyo, lo cortara en pedazos.
     Pero l cerr la puerta y se alej.
     Atnita, escuch los pasos que se alejaban, el crujido del piso de acero 
alfombrado bajo sus botas, y se pregunt qu deba hacer.
     La puerta de la cabina se cerr con estrpito. Se encendi el motor. Los 
frenos soltaron un chillido breve. El vehculo se puso en marcha.
     
     
     


     
     
3
     Las muchachas muertas se agitan en las tinieblas tanto como en la luz. 
Con los saltos de la casa rodante sobre el ripio del camino, los grilletes de 
Laura tintineaban constantemente, amortiguados apenas por la sbana que 
la envolva.
     Enceguecida, el cuerpo apretado contra la pared de fibra junto a la 
puerta del dormitorio, Chyna Shepherd estaba casi convencida de que aun 
en la muerte, Laura protestaba la injusticia de su asesinato. Clinc clinc.
     Los neumticos alzaban nubes de grava que repiqueteaba contra el 
chasis. En poco tiempo, la casa rodante saldra al asfalto liso de la carretera 
estatal.
     Si intentara saltar de la casa, el asesino oira el estrpito de la puerta 
cuando la fuerza del viento la arrancara de sus manos, o la vera por el 
espejo retrovisor lateral. En los soolientos viedos invernales, donde las 
casas ms prximas estaban pobladas por muertos, sin duda correra el 
riesgo de detenerse para perseguirla, y la alcanzara en poco tiempo.
     Convena esperar. Dejar que anduviera unos cuantos kilmetros por la 
carretera o incluso que tomara una ruta ms importante que atravesara una 
poblacin, o donde hubiera un poco de trnsito. No estara tan dispuesto a 
perseguirla en un lugar donde hubiera gente en las cercanas que oyeran sus 
gritos de auxilio.
     Tante la pared en busca del interruptor. La puerta era hermtica; la 
luz no llegara a la salita. Pero el interruptor no encendi la luz; 
seguramente la bombilla estaba quemada.
     Record haber visto una lmpara atornillada a la mesa de noche 
empotrada. Cruz el dormitorio al tanteo, y entonces se redujo la velocidad.
     Ya haba tomado el interruptor de la lmpara entre el ndice y el pulgar, 
pero bruscamente se le aceler el corazn de miedo a que l detuviera la 
marcha y viniera al dormitorio. Ahora que no haba manera de salvar a 
Laura y la furia candente se haba vuelto rabia fra, slo quera evadirlo, 
escapar, informar a las autoridades para que lo detuvieran.
     Sin embargo, en lugar de detenerse, el vehculo slo aminor la marcha 
para describir una amplia curva hacia la izquierda y acelerar nuevamente. La 
carretera.
     Si no recordaba mal, la primera interseccin sera la de la Ruta Estadual 
29, la misma que ella y Laura haban recorrido la tarde anterior. En ese 
tramo, las escasas salidas daban acceso a otros viedos, granjas y casas. 
Seguramente el asesino no las visitara ni masacrara a otras familias 
inocentes sumidas en el sueo. Se acercaba la madrugada; adems, 
seguramente haba saciado por el momento su sed de violencia.
     Encendi la lmpara, y un crculo de luz turbia ilumin la cama.
     Evit mirar el cadver pese a que estaba casi totalmente envuelto en 
ropa de cama. Si se pona a pensar en Laura, se hundira en una cinaga de 
negra desazn.
     Necesitaba conservar la energa y la lucidez para sobrevivir.
     Aunque difcilmente hallara un arma ms efectiva que la cuchilla, nada 
se perda con buscarla. El asesino llevaba una pistola con silenciador; tal vez 
haba otras armas de fuego en la casa rodante.
     La nica mesa de noche tena dos cajones. En el primero encontr un 
paquete de vendas de gasa, un par de esponjas de caras amarilla y verde 
utilizadas para lavar la vajilla, un pequeo tubo de plstico lleno de un 
lquido de color claro, un rollo de cinta adhesiva, un peine, un cepillo para 
pelo con mango de carey, un tubo semivaco de jalea analgsica, un frasco 
lleno de crema epidrmica con loe vera, una pinza para las cejas con 
mango de plstico amarillo y una tijera.
     Poda imaginar para qu utilizaba algunas de esas cosas, y en cuanto a 
las dems, mejor no pensarlo. Sin duda, algunas de las mujeres que 
secuestraba llegaban vivas a esa cama.
     Estudi la tijera, pero en caso de necesidad, la cuchilla sera ms 
efectiva.
     En el segundo cajn, ms grande que el primero, haba una caja de 
plstico rgido similar a las de los equipos de pesca deportiva. En su interior 
hall un equipo completo de costura con carretes de hilos de distintos 
colores, un alfiletero, sobres con agujas, un enhebrador de agujas, una 
variedad de botones y otros elementos; nada de utilidad para ella. La cerr.
     Al pararse descubri que la ventana sobre la cama estaba tapada por 
una plancha delgada de madera, atornillada a la pared. Haba retazos de tela 
azul entre la madera y el marco de la ventana: eran los bordes de las 
cortinas.
     Desde afuera slo se veran las cortinas. Y si alguna cautiva tuviera la 
suficiente destreza y suerte para liberarse de sus grilletes, jams podra 
abrir la ventanilla y pedir socorro a los conductores que pasaran.
     A falta de otros muebles en el dormitorio diminuto, el nico lugar donde 
podra encontrar un arma sera el armario. Borde la cama hacia la puerta 
plegadiza de vinilo que se deslizaba por una corredera.
     La puerta se pleg hacia la izquierda. En el interior del armario haba un 
hombre muerto.
     El shock la hizo dar contra la cama. Sus piernas chocaron con el colchn 
y estuvo a punto de caer sobre Laura. Conserv el equilibrio, pero dej caer 
la cuchilla.
     La pared del fondo del armario pareca estar reforzada con planchas de 
acero sujetas a los parantes del vehculo. Haba dos anillas soldadas al 
acero, separadas entre s y lejos del suelo. Con las muecas esposadas a las 
anillas, el hombre muerto penda como un crucificado. Sus pies estaban 
juntos como los de Cristo en la cruz, pero no clavados sino engrillados a una 
anilla en el piso del armario.
     Era un joven: diecisiete, dieciocho aos, seguro menos de veinte. Vesta 
slo calzoncillos blancos, y su cuerpo, delgado y plido, estaba cubierto de 
moretones. Su cabeza no penda hacia adelante, sobre el pecho, sino hacia 
un costado, y la sien izquierda descansaba contra el bceps del brazo 
izquierdo alzado. Pelo oscuro y ensortijado. Los prpados estaban cosidos 
con hilo verde. Hilo amarillo sujetaba dos botones cosidos sobre el labio 
superior a otros dos botones idnticos cosidos bajo el labio inferior.
     Su propia voz la sorprendi: era un balbuceo incoherente, un ruego a 
Dios. Chyna apret los dientes y se contuvo aunque era improbable que su 
voz se oyera en la cabina de la gran casa rodante por encima del ruido del 
motor y el zumbido de los enormes neumticos.
     Cerr el panel plegable. A pesar de su aparente endeblez, era slido 
como la puerta de una caja fuerte. La traba magntica se cerr con el 
chasquido de un hueso al quebrarse.
     Ninguno de los textos, ninguna de las historias clnicas de violencia 
psicpata que haba ledo contena una descripcin de un crimen tan grfica 
como para obligarla a buscar un rincn, sentarse en el piso, apretar las 
rodillas contra el pecho, abrazarse. Fue precisamente lo que hizo en ese 
momento... y eligi el rincn ms alejado del armario.
     Tena que dominarse enseguida, empezando por su respiracin 
frentica. Jadeaba, inspiraba profundamente, y sin embargo, le pareca que 
le faltaba el aire. Ms y ms rpido, ms y ms profundo, pero empezaba a 
marearse. La oscuridad invadi su visin perifrica hasta crear la impresin 
de que miraba el sucio dormitorio de la casa rodante desde el extremo de un 
tnel largo y tenebroso.
     Se dijo que el joven en el armario estaba muerto cuando el asesino 
empez a coserlo. 0 por lo menos, estaba inconsciente. Pero no deba 
pensar en el joven porque el tnel se volva ms largo y estrecho, el 
dormitorio ms remoto, las luces ms turbias.
     Se cubri la cara con las manos, que estaban fras, pero no tanto como 
su cara. Por alguna razn que no pudo comprender, vino a su mente la cara 
de su madre, ntida como una fotografa. Entonces comprendi.
     Para su madre, la violencia era algo romntico, incluso fascinante. 
Durante un tiempo, haban vivido en una comuna en Oakland, donde todos 
hablaban de hacer un mundo mejor, y los adultos pasaban la mayora de las 
noches bebiendo vino y fumando marihuana mientras discutan cmo 
derribar el aborrecido sistema. Jugando a los naipes o al Teg, debatan las 
mejores estrategias para alcanzar la anhelada Utopa, aunque algunos 
estaban demasiado embelesados por la revolucin para participar en juegos 
triviales. Haba tneles y autopistas que podan ser volados con increble 
facilidad para interrumpir el trnsito; podan destruir las instalaciones 
telefnicas para desbaratar las comunicaciones; haba que incendiar los 
frigorficos para poner fin a la explotacin brutal de los animales. Elaboraban 
planes complejsimos para robar Bancos, y audaces asaltos a 
transportadores de caudales con el fin de conseguir fondos para sus 
operaciones. Su camino hacia la paz, la libertad y la justicia estaba lleno de 
crteres abiertos por las explosiones, sembrado de innumerables cadveres. 
Despus de una temporada en Oakland, Chyna y su madre se haban 
lanzado nuevamente a recorrer las autopistas hasta arribar, al cabo de unas 
semanas, a la casa de su viejo amigo Jim Woltz, un nihilista acrrimo que 
estaba metido hasta los tutanos en el narcotrfico y, de paso, en el 
contrabando de armas. Haba convertido el stano de su casa frente al mar 
en un bnker donde guardaba su coleccin de doscientas armas de fuego. 
Aun en sus peores momentos, cuando estaba sumida en la depresin, y una 
angustia inexplicable volva grises sus ojos verdes, la madre de Chyna era 
una mujer hermosa. Pero en esa mesa de Oakland y en ese bnker 
climatizado de Cayo Hueso -en realidad, cada vez que se encontraba junto a 
un hombre como Woltz-, su tez de porcelana se volva ms tersa y casi 
traslcida; sus finsimos rasgos se animaban; su cuerpo adquira un mgico 
garbo, una elegancia desusada, y la sonrisa no abandonaba su rostro. Ante 
la perspectiva de la violencia, de jugar a ser Bonnie con cualquier hombre 
que quisiera ser Clyde, su rostro magnfico adquira una luz interior tan 
espectacular como una puesta de sol caribea, y sus ojos verde esmeralda 
se volvan seductores y misteriosos como el Golfo de Mxico en el ocaso.
     Pero por romntica que fuera la visin, la realidad de la violencia era 
sangre derramada, huesos rotos, podredumbre, polvo. La realidad era Laura 
sobre la cama y el joven desconocido detrs de la puerta de vinilo con sus 
labios cosidos.
     Con las manos fras cubriendo su cara an ms fra, Chyna comprendi 
que la extraa belleza de su madre jams sera suya.
     Poco a poco, domin su respiracin.
     El movimiento de la casa rodante le traa recuerdos de infancia, cuando 
dormitaba en los trenes, los mnibus, los asientos traseros de los autos, 
arrullada por el zumbido de las ruedas, sin saber adnde la llevaba su 
madre. Entonces soaba con una familia como las de la televisin, con 
padres irritables pero cariosos, un vecino grun pero nunca 
malintencionado y un perrito simptico. Pero los sueos lindos nunca 
duraban mucho, y al despertar de sus frecuentes pesadillas para contemplar 
el paisaje desconocido por la ventanilla, deseaba que el viaje no terminara 
jams. El camino traa una promesa de paz, pero siempre conduca a algn 
infierno.
     Esta vez no sera distinto. Dondequiera que fueran, Chyna no quera 
llegar hasta all. Su intencin era bajarse antes de llegar a destino y buscar 
el camino de regreso a esa vida mejor que haba construido con tanto 
esfuerzo durante los ltimos diez aos.
     Se apart del rincn para tomar la cuchilla que haba dejado caer en la 
conmocin sufrida al descubrir al muerto en el armario. Despus borde la 
cama hasta la mesita de noche y apag la lmpara.
     No la asustaban los muertos en la oscuridad. Slo los vivos eran 
peligrosos.
     La casa rodante aminor la velocidad y vir a la izquierda. Chyna se 
inclin para conservar el equilibrio. Seguramente haba tomado la Ruta 
Estadual 29. Un giro a la derecha los hubiera conducido hacia el sur, hasta el 
pueblo de Napa, en el fondo del valle. Los nicos pueblos que conoca hacia 
el norte eran Saint Helena y Calistoga.
     Pero entre un pueblo y otro slo habra viedos, granjas, casas, 
establecimientos rurales. No poda saltar del vehculo sin tener la razonable 
certeza de encontrar ayuda.
     Se acerc furtivamente a la puerta, tom el picaporte y esper a que su 
instinto le indicara el prximo paso. Haba pasado buena parte de su vida 
haciendo equilibrio sobre una cerca de rejas, y cierta noche terrible, cuando 
tena doce aos, lleg a la conclusin de que el instinto no era otra cosa que 
la voz discreta de Dios. l responda a las plegarias, pero una deba saber 
escuchar y creer en la respuesta. En esa poca escribi en su diario ntimo: 
"Dios no grita; habla en susurros y el susurro indica el camino".
     A la espera del susurro, pens en el cuerpo mutilado en el armario 
(muerto aparentemente haca menos de un da) y en el cuerpo an tibio de 
Laura sobre la cama desvencijada. Sus padres, Sarah y Paul, su hermano 
Jack, su cuada Nina: seis asesinatos en veinticuatro horas. El devorador de 
araas no era un psicpata homicida comn y corriente. En la jerga de los 
policas y criminlogos especializados en la persecucin de hombres como l, 
"estaba caliente, tena calentura, consumido por sus deseos y necesidades". 
Pero Chyna -que despus de la licenciatura en sicologa pensaba hacer el 
doctorado en criminologa aunque tuviera que pasar seis aos ms en el 
restaurante- intua que haba algo ms que "calentura" en este tipo. Era un 
caso nico, responda slo en parte a las pautas aberrantes descriptas por la 
sicologa; una especie de extraterrestre, una mquina de matar 
desenfrenada, tan implacable como irresistible. Sin el murmullo del instinto, 
ella no podra eludirlo.
     Record el espejo retrovisor que haba visto al sentarse por un 
momento en la cabina del conductor. Puesto que el vehculo no tena 
ventanilla trasera, el objeto del espejo era observar el interior de la salita y 
el hueco del comedor a su espalda. Seguramente la visual alcanzaba hasta 
el pasillo de acceso al bao y el dormitorio, y si el demonio tena suerte, 
echara una mirada en el preciso instante en que Chyna estuviera a la vista 
al abrir la puerta y salir.
     Cuando intuy que haba llegado el momento, Chyna abri la puerta.
     Qu suerte, un buen augurio: la luz del techo del pasillo estaba 
apagada.
     En medio de las tinieblas, cerr la puerta del dormitorio.
     La lmpara sobre la mesa del comedor segua encendida. Mir hacia la 
cabina, vio el resplandor verde del panel de instrumentos, el parabrisas... y 
ms all, los haces plateados de los faros.
     Pas el bao, sali del refugio de las sombras y se agazap junto al 
panel lateral del hueco del comedor. Desde el nicho en forma de media luna 
contempl la nuca del conductor, a unos seis metros de distancia.
     Tan prximo... y, por primera vez, pareca vulnerable. Desde luego, no 
iba a cometer la imprudencia de atacarlo mientras conduca. Si la oyera o la 
viera por el espejo retrovisor, podra girar bruscamente el volante o clavar 
los frenos para hacerle perder el equilibrio. Entonces podra detener el 
vehculo y llegar hasta ella sin darle tiempo para ganar la puerta trasera... o 
simplemente volverse en el asiento y dispararle.
     La puerta por donde l haba entrado con el cuerpo de Laura estaba a la 
izquierda. Chyna se sent en el piso con los pies sobre el escaln, de cara a 
la puerta, oculta de las miradas del conductor por el hueco del comedor.
     Dej la cuchilla en el piso. Cuando saltara por la puerta, probablemente 
caera y rodara por tierra, y podra clavarse la cuchilla, si la llevaba en la 
mano.
     Saltara cuando el conductor se detuviera en una interseccin o cuando 
una curva cerrada le obligara a aminorar drsticamente la velocidad. No 
poda correr el riesgo de quebrarse una pierna o desmayarse de un golpe, 
porque entonces no podra alejarse del camino y ocultarse. Si quedaba fuera 
de combate, el asesino tal vez estacionara en la banquina de la carretera y 
volvera por ella a pie.
     No tena la menor duda de que l advertira la fuga desde el primer 
instante. Oira el ruido de la puerta al abrirse o el silbido del viento, y la 
vera por el espejo de la cabina o por el lateral al iniciar ella la carrera hacia 
la libertad. Aun en el caso improbable de que no la viera, apenas saltara a 
tierra, el viento cerrara la puerta con violencia; el asesino sospechara que 
haba alguien ms aparte de su coleccin de cadveres; se detendra en la 
banquina y, presa del pnico, vendra a ver qu haba sucedido.
     No, presa del pnico no. Nada de eso. Era probable que la buscara 
minuciosamente, con la eficiencia implacable de una mquina. El control y el 
poder eran su esencia; los tipos como l rara vez sucumban al pnico.
     El corazn de Chyna se aceler a medida que la casa rodante 
aminoraba la marcha. Se alz a medias sobre el escaln y tom el picaporte.
     El vehculo se detuvo. Ella baj el picaporte, pero la puerta estaba 
trabada. Lo prob una y otra vez, pero en vano.
     No haba un cerrojo manual. Slo el ojo de una cerradura.
     Record el chasquido que haba escuchado desde el dormitorio cuando 
el devorador de araas entr y cerr esa puerta. Chac chac. El chasquido de 
una llave, quiz.
     Tal vez el fabricante haba puesto la cerradura como dispositivo de 
seguridad para impedir que un chico abriera la puerta en medio del trnsito. 
O tal vez el degenerado hijo de puta haba modificado la cerradura para 
dificultarle el ingreso a un ladrn o un intruso que pudiera descubrir un 
cadver engrillado o con los labios cosidos. La prudencia nunca est de ms 
cuando uno tiene unos cuantos cadveres en el dormitorio. Y la prudencia 
exige ciertas medidas de seguridad.
     La casa rodante cruz la interseccin y aceler. Debi haber previsto 
que la fuga no sera tan fcil. Nada era fcil. Jams.
     Volvi a sentarse, se apoy contra el panel del hueco y clav los ojos en 
la puerta mientras pensaba. Anteriormente, al atravesar el vehculo desde la 
cabina, haba visto una puerta delantera al otro lado, detrs del asiento del 
acompaante. La mayora de las casas rodantes tena dos puertas, pero este 
modelo antiguo tena tres. Con todo, no convena intentarlo por ah por la 
misma razn que no convena atacarlo a l: podra verla, hacerle perder el 
equilibrio, dispararle sin darle tiempo a pararse.
     En fin, an conservaba una ventaja: l no saba que la llevaba a bordo.
     Si no poda abrir una puerta y saltar a tierra, si tena que matarlo, 
esperara all, escondida detrs del hueco del comedor; sorprendera al 
desgraciado, lo destripara, pasara por encima de su cuerpo y saldra por la 
puerta delantera. Poco antes haba estado dispuesta a matarlo; slo era 
cuestin de hacerse a la idea otra vez.
     El motor haca vibrar el piso hasta entumecerle a medias el trasero. 
Lstima que no se lo entumeca del todo; la alfombra no era mullida, y 
empez a dolerle el hueso dulce. Se hamac hacia los costados, luego hacia 
adelante y atrs; el alivio duraba unos segundos. El dolor se extendi hacia 
la columna vertebral, y la leve incomodidad se intensific. El asunto se 
volva serio.
     Veinte minutos, media hora, cuarenta minutos, una hora, ms de una 
hora: para soportar la agona, se puso a pensar en cmo escapara cuando 
el asesino detuviera la marcha y se levantara de la butaca. Se concentr. 
Pens en los detalles. Imagin diversas variantes. Al final, el dolor desplaz 
al pensamiento.
     El interior de la casa rodante era muy fresco y no llegaba calor al 
escaln de la puerta. Las vibraciones del motor y los neumticos 
transmitidas a travs de las suelas repiqueteaban implacables sobre sus 
talones. Estir los dedos, temerosa de que los pies fros y doloridos y los 
msculos entumecidos de las pantorrillas le provocaran calambres cuando 
llegara el momento de entrar en accin.
     Una hilaridad desconcertante, casi desesperada, se apoder de ella. 
Qu me importa la pena, pens. Qu me importa la justicia. Slo quiero una 
silla acolchada donde apoyar el trasero, y calentarme los pies, aunque me 
cueste la vida.
     La prolongada inmovilidad no slo la agotaba fsicamente sino que 
empezaba a hundirla en la depresin. En la casa, a la primera seal de la 
presencia del intruso y antes de que l llegara al cuarto de huspedes, 
Chyna comprendi que el movimiento era la clave de la seguridad. Ahora el 
movimiento era la clave de la seguridad psquica al proporcionarle una 
distraccin. Pero las circunstancias la obligaban a permanecer inmvil y a la 
espera. Tena demasiado tiempo para pensar... y sus pensamientos eran 
profundamente perturbadores.
     Cay en una angustia tal, que le brotaron lgrimas... y fue entonces 
cuando comprendi que la verdadera causa del sufrimiento no eran el 
trasero o la espalda doloridos ni los pies ateridos. El dolor verdadero era el 
del corazn, la angustia que se haba visto obligada a reprimir desde que 
hall a Paul y Sarah, desde que detect el olor vagamente amoniacal del 
semen en el dormitorio de Laura y vio los destellos de luz en los eslabones 
de los grilletes. El dolor fsico era un dbil pretexto para el llanto.
     Si se atreviera a llorar por autocompasin, entonces desatara un 
torrente por Paul, por Sarah, por Laura, por el puto, jodido, infeliz gnero 
humano, lgrimas de impotencia porque la esperanza conquistada con tan 
duro esfuerzo acabara en una pesadilla. Se tapara la cara con las manos y 
entre sollozos intiles elevara a Dios la pregunta ms frecuente de todas: 
Por qu, por qu, por qu, por qu, por qu?
     Entregarse al llanto: qu fcil, y sobre todo, qu satisfaccin. El llanto 
egosta de la derrota no slo le permitira desahogar el corazn henchido de 
pena sino liberarse de la necesidad de pensar en nada o en nadie. El alivio 
anhelado estaba a su alcance con slo confesar que el duro esfuerzo para 
comprender era una dolorosa vivencia que no vala la pena. Al or sus 
sollozos, el asesino frenara bruscamente y la encontrara acurrucada en el 
pozo del escaln. La atontara de un golpe en la cabeza, la arrastrara al 
dormitorio, la violara sobre el cadver de su amiga; el terror superara todo 
lo que haba conocido hasta entonces, pero sera breve. Y definitivo. La 
liberara de una vez y para siempre de los porqus, de la tortura de caer una 
y otra vez de la frgil esperanza al pozo conocido de la depresin.
     Haca mucho tiempo, acaso la noche en que cumpli ocho aos y la 
cucaracha frentica corri por todo su cuerpo, haba comprendido que 
mucha gente elega el papel de vctima. De nia haba sido incapaz de 
expresar este concepto con palabras y de comprender por qu tanta gente 
optaba por el martirio; ya mayor, haba aprendido a reconocer el odio a uno 
mismo, el masoquismo, la debilidad.
     El martirio no siempre es algo que nos reserva el destino; a veces, 
incluso con cierta frecuencia, nos sucede por propia voluntad.
     Ella siempre haba rechazado el papel de vctima, haba optado por 
resistir y contraatacar, por aferrarse a la esperanza, la dignidad y la fe en el 
futuro. Pero el papel de vctima era atractivo porque liberaba de la 
responsabilidad y la angustia. El miedo se volva abatimiento y resignacin; 
el fracaso no generaba culpa sino, por el contrario, una sensacin 
reconfortante de autocompasin.
     Parada precariamente sobre una cuerda afectiva floja, no saba si sera 
capaz de conservar el equilibrio o si se dejara caer.
     El vehculo aminor la marcha una vez ms. Se desviaba hacia la 
derecha. Ms despacio. Tal vez iba a detenerse en la banquina.
     Prob el picaporte una vez ms. Saba que la puerta estaba trabada, 
pero repiti la operacin porque, al fin y al cabo, era incapaz de rendirse sin 
pelear.
     El conductor tom una pendiente suave sin dejar de aminorar la 
velocidad.
     A pesar del dolor en los muslos y las pantorrillas, pero con alivio para 
su trasero, Chyna se alz apenas lo suficiente para asomarse del hueco.
     La nuca del asesino, la cosa ms detestable que haba visto en su vida, 
le provoc un nuevo acceso de furia. Debajo de ese hueso cncavo lata un 
cerebro pletrico de fantasas degeneradas. Qu exasperante que ese 
hombre estuviera vivo, y Laura, muerta. Que estuviera ah tan complacido, 
tan feliz con el recuerdo de la sangre derramada, de los ruegos de clemencia 
que eran msica en sus odos. Que volviera a contemplar una puesta de sol 
o saborear un durazno o aspirar el aroma de una flor. Para Chyna, el crneo 
de ese hombre evocaba el terso caparazn quitinoso de un insecto; sera tan 
fro al tacto como una cucaracha bajo su mano.
     Ms all del conductor y del parabrisas, en la cima ya cercana de la 
cuesta, apareci una estructura vaga, imposible de identificar. Los altos 
faroles de vapor de sodio echaban una turbia luz amarillenta.
     Otra vez se agazap detrs del hueco del comedor. Tom la cuchilla.
     Haban llegado a la cima. Nuevamente en terreno llano, la casa rodante 
an aminoraba su marcha.
     Gir de espaldas a la puerta y se acomod en el pozo. El pie izquierdo 
en el escaln inferior, el derecho en el superior. La espalda apretada contra 
la puerta, agazapada en la sombra donde no llegaba la luz de la lmpara 
sobre la mesa, se prepar para abalanzarse sobre l, si atravesaba la casa 
rodante y le daba la oportunidad.
     Con un suspiro de sus frenos de aire, el vehculo por fin se detuvo.
     Dondequiera que se hallaran, tal vez habra gente en las cercanas. 
Gente que pudiera socorrerla.
     Pero, estaran lo suficientemente prximas para or sus gritos?
     Y aunque los oyeran, no llegaran a tiempo. Antes llegara el asesino, 
pistola en mano.
     Tal vez no era ms que un parador al costado de la ruta: un 
estacionamiento, unas cuantas mesas de madera, un cartel de advertencia 
sobre los peligros de no apagar bien una fogata, un par de retretes. Quiz se 
haba detenido para hacer sus necesidades en el retrete pblico o en el de la 
casa rodante. En esa quietud total de las tres de la maana, probablemente 
era el nico vehculo en el lugar; en ese caso, aunque gritara hasta perder la 
voz, nadie acudira en su ayuda.
     Se apag el motor.
     Silencio. Ninguna vibracin en el piso.
     Ahora que el vehculo se haba detenido, Chyna temblaba. La depresin 
se haba desvanecido. Tena espasmos en el estmago. Estaba asustada. 
Porque quera vivir.
     Hubiera preferido que l bajara y le diera la oportunidad de escapar, 
pero lo ms probable era que usara el retrete de su vehculo en lugar del 
pblico. Pasara junto a ella. Ya que no haba fuga posible, quera que 
sucediera de una buena vez.
     Se pregunt absurdamente qu brotara de l al clavarle el cuchillo: 
sangre... o esa porquera que rezumaba una cucaracha aplastada?
     Esperaba or los movimientos del hijo de puta, sus pisadas fuertes que 
retumbaran al pisar una junta floja en el piso, pero el silencio era total. Tal 
vez slo estiraba los brazos, alzaba los hombros entumecidos, se masajeaba 
la robusta nuca para aliviar el cansancio del viaje.
     O quiz s la haba descubierto por el espejo retrovisor, haba visto su 
cara a la luz del comedor, fra como la Luna. Se levantara de su butaca, 
caminara sigilosamente, evitando los crujidos del piso porque saba dnde 
pisar. Entrara en el hueco del comedor. Se inclinara sobre el panel. 
Disparara a quemarropa a la figura agazapada en el pozo. Directamente a la 
cara.
     Chyna mir hacia su izquierda, al panel del hueco. Desde esa posicin 
no alcanzaba a ver la lmpara colgada sobre el centro de la mesa sino slo 
su resplandor. Se pregunt si el ngulo de aproximacin le permitira verlo o 
si una silueta surgira de pronto del hueco para hacer fuego.
     
     
     


     
     
4
     Intensidad.
     l cree que la vida hay que vivirla con intensidad. Sentado detrs del 
volante, cierra los ojos y se masajea la nuca.
     No quiere eliminar el dolor. Lleg por su propia cuenta y se ir solo con 
el tiempo. Nunca toma esos analgsicos de mierda.
     Su intencin es disfrutar plenamente del dolor. Las yemas de sus dedos 
tocan un punto sensible a la izquierda de la tercera vrtebra cervical y lo 
oprimen hasta que el dolor le provoca destellos de luz grises y blancos en la 
oscuridad detrs de los prpados, como fuegos artificiales en un mundo 
incoloro.
     Muy agradable.
     El dolor no es sino parte de la vida. Si uno lo abraza, el sufrimiento le 
provocar una satisfaccin difcil de comprender. Ms importante an, al 
conocer el dolor propio es ms fcil disfrutar del dolor ajeno.
     Dos vrtebras ms abajo encuentra un punto an ms sensible, un 
tendn o msculo inflamado, un bultito maravilloso justo debajo de la piel 
que, bajo la presin, provoca una punzada de dolor que se extiende al 
hombro y el trapecio. Lo masajea suavemente, con la ternura de un amante, 
entre gemidos, y luego lo oprime con fuerza hasta que el dolor se vuelve tan 
intenso y grato que debe chupar aire entre sus dientes apretados.
     Intensidad.
     Sabe que no vivir para siempre. El tiempo que le es dado para habitar 
ese cuerpo es limitado y precioso; por consiguiente, no debe derrocharlo.
     No cree en la reencarnacin ni en ninguna de las promesas habituales 
de resurreccin que ofrecen las grandes religiones del mundo, aunque a 
veces intuye que se aproxima una revelacin de importancia colosal. Est 
dispuesto a aceptar la posible existencia del alma inmortal y la eventual 
exaltacin de su espritu. Pero esa apoteosis no ser obra de la gracia divina 
sino de sus propias acciones audaces; si se vuelve un dios, ser porque ha 
optado por vivir como tal: sin miedo, sin remordimientos, sin lmites, con 
todos sus sentidos acentuados hasta la exasperacin.
     Cualquiera puede aspirar el perfume de una rosa y disfrutarlo. Pero 
durante mucho tiempo, l se ha preparado para sentir la destruccin de su 
belleza cuando la aplasta en un puo. Si en ese momento tuviera una rosa, 
si pudiera masticar los ptalos, sentira el sabor no slo de la flor sino 
tambin de su rojez, como el dorado de una ranncula o el prpura de un 
jacinto. Percibira el sabor de la abeja que la hubiera penetrado en su tarea 
inacabable de polinizacin, el de la tierra que la nutri, el del viento que la 
acarici durante el verano en que creci.
     No ha conocido a nadie capaz de comprender la intensidad de su 
percepcin del mundo ni su anhelo de una intensidad an mayor. Con su 
ayuda, Ariel tal vez lo comprender algn da. Claro que por ahora carece de 
la madurez necesaria para alcanzar esa revelacin.
     Un ltimo masaje en la nuca. El dolor. Suspira. Toma un impermeable 
plegado sobre el asiento del acompaante. Todava no llueve, pero antes de 
entrar debe ocultar su ropa manchada de sangre.
     Hubiera podido mudarse de ropa antes de abandonar la casa de los 
Templeton, pero le encanta vestir estas prendas. La ptina lo excita.
     Se levanta del asiento del conductor, se para detrs del respaldo y se 
pone el impermeable.
     Se lav las manos en el fregadero de la cocina de los Templeton, 
aunque hubiera preferido conservarlas manchadas. Puede ocultar su ropa 
debajo de un impermeable, pero esconder las manos no es tan fcil.
     Jams usa guantes. Hacerlo equivaldra a reconocer un miedo a la 
detencin, que l no siente.
     Pese a que sus huellas dactilares estn registradas en los archivos de 
varias reparticiones federales y estaduales, las que deja en la escena del 
crimen jams coincidirn con las de sus legajos. Todas las organizaciones 
del mundo estn obsesionadas por la informatizacin, y la polica no es la 
excepcin; ltimamente todos los Bancos de huellas dactilares estn 
digitalizados para acelerar la bsqueda y el procesamiento. Pero es ms fcil 
manipular un archivo electrnico que uno convencional porque se puede 
operar desde grandes distancias. Cul es la necesidad de entrar como un 
ladrn en un archivo de alta seguridad, si se puede penetrar como un 
fantasma en sus computadoras desde el otro extremo del continente? 
Gracias a su inteligencia, destreza y conexiones ha podido modificar los 
datos.
     Los guantes, aunque fueran los quirrgicos de ltex, constituiran una 
intolerable barrera a las sensaciones. Le gusta deslizar la mano sobre el 
vello dorado del muslo de una mujer, apreciar lentamente la textura de la 
piel erizada contra su palma, saborear el ardor de la piel y luego el 
desvanecimiento gradual del calor. Cuando mata, le es absolutamente 
esencial palpar la humedad.
     Las huellas registradas bajo su nombre en diversos archivos son las de 
Bernard Petain, un joven infante de marina muerto trgicamente hace varios 
aos en Camp Pendleton durante las maniobras militares. Las huellas que 
deja en la escena del crimen, con frecuencia pintadas con sangre, no 
coinciden con registro alguno, sea militar, de la Polica Federal o del 
Departamento de Trnsito.
     Se abrocha el impermeable, alza las solapas y estudia sus manos. Tres 
uas estn sucias. Ser grasa o tierra; no despertarn sospechas.
     A pesar del impermeable de nailon negro con forro para el fro l puede 
oler la sangre que mancha su ropa, pero los dems no poseen tanta 
sensibilidad.
     Sin embargo, al contemplar los restos de suciedad bajo sus uas evoca 
los gritos, la bella msica en la noche, la casa de los Templeton, que 
reverbera como una sala de conciertos y nadie que la escuche aparte de l y 
los viedos sordos.
     Si alguna vez lo descubren en la escena del crimen, las autoridades 
tomarn sus huellas, descubrirn sus manipulaciones con las computadoras 
y finalmente lo vincularn con una larga lista de asesinatos no resueltos. 
Pero eso no le preocupa. Jams lo apresarn con vida ni lo llevarn a juicio. 
Despus de su muerte, todo lo que descubran sobre sus actividades slo 
dar mayor lustre a su nombre.
     Se llama Edgler Foreman Veiss. Con las letras de su nombre se puede 
hacer una larga lista de palabras que trasuntan poder: DIOS, DEMONIO, 
FIERA, IRA, DRAGN, SALVE, SEMEN, FRAGOR, MIEDO, FIRME, VERME, 
entre otras. Tambin se pueden formar palabras con resonancias msticas: 
AVERNO, VENERO, GRANDIOSO, REGIO, MAGIA, SAVIA. A veces, lo ltimo 
que escucha la vctima es una frase formada con palabras de su lista. Su 
preferida, que repite con frecuencia, es: DIOS ES MIEDO.
     Sea como fuere, es ocioso detenerse en el problema de las huellas y 
otras pruebas porque nunca lo atraparn. Tiene treinta y tres aos. Disfruta 
de esto desde hace mucho tiempo y nunca ha estado en peligro.
     Saca la pistola de la consola abierta entre las butacas del conductor y el 
acompaante. Es una Heckler & Koch P7.
     Antes haba vuelto a llenar el cargador de trece proyectiles. Ahora le 
quita el silenciador porque no tiene planes de visitar otra casa esta noche. 
Adems, los disparos probablemente daaron los deflectores, lo cual reduce 
el efecto del silenciador y le quita precisin al tiro.
     A veces fantasea sobre situaciones inverosmiles; por ejemplo, que un 
grupo policial de choque lo rodeara e interrumpiera sus juegos. Con su 
experiencia y conocimientos, la confrontacin decisiva sera intensa en grado 
sumo.
     Si un solo secreto explica el xito de Edgler Veiss, es su conviccin de 
que los avatares del destino no son ni buenos ni malos, que ninguna 
vivencia es cualitativamente mejor que otra. Ganar veinte millones de 
dlares a la lotera no es ms deseable que verse rodeado por un grupo de 
choque; una confrontacin a tiros con la autoridad no es ms de temer que 
ganar tanto dinero. El valor de una vivencia no depende de las 
consecuencias positivas o negativas que tendr en su vida sino de su mero, 
glorioso poder, la virulencia, la ferocidad, la magnitud y el grado de las 
sensaciones que produce. S, la intensidad.
     Veiss deja el silenciador en la consola entre las butacas.
     Guarda la pistola en el bolsillo derecho del impermeable.
     No prev problemas. Sin embargo, jams anda desarmado. La 
precaucin nunca est de ms, y por otra parte, uno nunca sabe cundo se 
presentar una oportunidad imprevista.
     Se sienta nuevamente, retira las llaves del encendido y verifica que el 
freno de mano est colocado. Abre la puerta y sale de la casa rodante.
     Los ocho surtidores son de autoservicio. Ha estacionado junto a la hilera 
exterior. Debe presentarse en la caja de la estacin de servicio para pagar 
por adelantado e identificar el surtidor que utilizar para que el empleado lo 
encienda.
     La noche respira. En las alturas, un viento fuerte empuja los nubarrones 
desde el noroeste hacia el sudeste. A nivel del suelo, una brisa fra sopla 
entre los surtidores, silba junto a la casa rodante y aprieta los faldones del 
impermeable contra las piernas de Veiss. El local -rojo ladrillo abajo, paneles 
de aluminio arriba, escaparates llenos de mercadera- est al pie de las 
laderas sembradas de pinos inmensos. El viento barre sus ramas con una 
voz hueca, antigua, desolada.
     Hay poco trnsito en la ruta 101. Pasa un camin, hendiendo el viento 
con un extrao alarido jursico.
     Un Pontiac con patente del estado de Washington est estacionado 
junto a la hilera interior de surtidores, bajo los faroles amarillos de vapor de 
sodio. No hay otro vehculo a la vista aparte de ste y la casa rodante. El 
auto lleva un autoadhesivo en el parachoques trasero: LOS ELECTRICISTAS 
SABEMOS ENCHUFARLA.
     En el techo del edificio hay un cartel de nen rojo colocado de manera 
tal, que resulta perfectamente visible desde la carretera: ABIERTO LAS 24 
HORAS. El rojo es la calidad del sonido que hacen los camiones al pasar por 
la ruta. Vistas bajo el resplandor, sus manos lucen como si no se las hubiera 
lavado.
     Veiss se acerca a la puerta de vidrio, que se abre para dar paso a un 
hombre con una gran bolsa de papas fritas y un cartn con seis latas de 
Coca Cola. Un tipo gordito de patillas largas y bigote grueso.
     Seala al cielo y farfulla un "se viene la tormenta" al pasar junto a 
Veiss.
     Me alegro dice Veiss.
     Le gustan las tormentas. Disfruta al conducir bajo la lluvia, y cuanto 
ms torrencial, mejor. Con rayos que caen y rboles que crujen y el 
pavimento resbaladizo como el hielo.
     El tipo de bigote se aleja hacia el Pontiac.
     Al entrar en la tienda, Veiss se pregunta qu hace un electricista de 
Washington en una ruta deL norte de California a estas horas de la noche.
     Dos vidas se cruzan brevemente y generan la posibilidad de un 
desenlace dramtico que a veces se realiza y a veces no; es algo que 
siempre despierta su curiosidad. Un hombre se detiene a cargar 
combustible, se demora para comprar papas fritas y gaseosas, hace un 
comentario sobre el clima a un extrao... y sigue viaje. El extrao podra 
seguir al hombre hasta su auto y levantarle la tapa de los sesos. Al hacerlo 
correra un riesgo, pero no sera excesivo; podra actuar con gran discrecin. 
La supervivencia del hombre obedece a un mandato misterioso o carece por 
completo de significado; Veiss no se decide por una alternativa u otra.
     Si el destino no existiera, habra que inventarlo.
     El pequeo local es pulcro y clido, est bien iluminado. A la izquierda 
de la puerta, hay tres gndolas que exhiben la mercadera habitual de la 
ruta: toda clase de golosinas, medicamentos de venta libre, revistas, 
novelas baratas, postales, chucheras para colgar del espejo retrovisor, y 
comidas enlatadas para los mochileros y la gente como Veiss, que viaja en 
casas rodantes. Contra la pared del fondo, estn las heladeras repletas de 
latas de cerveza y gaseosas, as como toda clase de helados. A la derecha 
de la puerta, est el mostrador con dos cajas, y detrs de ste la 
administracin, vedada al pblico.
     Hay dos empleados de guardia; los dos son hombres. ltimamente 
nadie quiere trabajar solo de noche en un lugar as... y con razn.
     El tipo que atiende la caja es un pelirrojo de unos treinta aos, pecoso, 
con una marca de nacimiento de casi cinco centmetros de dimetro, rosada 
como el salmn crudo, en el centro de la frente plida. La marca tiene la 
forma casi exacta de un feto en el tero materno, como si un gemelo muerto 
durante la gestacin hubiera dejado su imagen fosilizada en la cara del 
hermano sobreviviente.
     El cajero pelirrojo lee una novela. Mira a Veiss y sus ojos son grises 
como la ceniza, pero claros y penetrantes. 
     Qu necesita, seor?
     Surtidor siete dice Veiss.
     La radio emite msica country. Alan Jackson canta sobre la medianoche 
en Montgomery, el viento, un bho, el fro y la soledad, el fantasma de Hank 
Williams. 
     Cmo quiere pagar? pregunta el cajero.
     Si llego a pagar un centavo ms con mi tarjeta de crdito, los del 
Banco me van a mandar los perros dice Veiss, y pone un billete de cien 
sobre el mostrador. Calculo unos sesenta dlares.
     La cancin, la marca de nacimiento, los misteriosos ojos grises del 
cajero despiertan en Veiss una alucinante sensacin de que algo va a 
suceder. Algo excepcional.
     Pagando las deudas de Navidad como todo el mundo? dice el 
cajero al marcar la cuenta en la registradora. 
     S, y no voy a terminar de pagarlas antes de la prxima Navidad, qu 
joder.
     El otro empleado est sentado en un taburete junto al mostrador. No 
atiende una caja sino que hace cuentas o el inventario... en fin, el papeleo.
     Veiss no lo haba mirado antes, y al hacerlo descubre el motivo de la 
sensacin misteriosa.
     Se viene la tormenta le dice al segundo hombre. El hombre alza la 
vista de los papeles desplegados sobre el mostrador. Tiene poco ms de 
veinte aos, al menos uno de sus padres es asitico y es realmente 
atractivo. No. Ms que atractivo. Pelo renegrido, tez dorada, ojos lquidos 
como el aceite y profundos como pozos. Sus bellas facciones transmiten una 
ternura que lo hacen parecer afeminado... pero no del todo.
     Ariel lo hallara fascinante. Es justamente su tipo. 
     Tal vez nieve en las montaas dice el asitico. Si es que va en esa 
direccin.
     Veiss se vuelve hacia el cajero, que est contando el vuelto:
     Espere, que necesito provisiones. Antes voy a llenar el tanque.
     Sale rpidamente por temor a que adviertan su excitacin y se asusten.
     Aunque no ha pasado ms de un minuto dentro del local, la noche 
parece mucho ms fra que antes de entrar. Estimulante. Percibe la 
fragancia de los pinos y las pceas, incluso la de los lejanos abetos, inhala el 
verdor de las colinas densamente arboladas, a sus espaldas, detecta el olor 
penetrante de la lluvia que se avecina, el ozono de los relmpagos que an 
no han cado, el miedo de los animalitos que tiemblan en sus madrigueras 
previendo la tormenta.
     Una vez segura de que el asesino haba salido de la casa rodante, 
Chyna atraves el vehculo, agazapada, la cuchilla en la mano.
     Las cortinas sobre las ventanas del comedor y la Balita no permitan ver 
el exterior. Al mirar por el parabrisas, vio que se haba detenido en una 
estacin de servicio.
     No tena la menor idea de dnde estaba el asesino. Haba salido apenas 
un minuto antes. Tal vez estaba afuera, a corta distancia de la puerta.
     No lo haba odo retirar la tapa del tanque de gasolina ni introducir la 
manguera del surtidor. Por la posicin del vehculo, evidentemente cargaba 
combustible por el lado derecho del vehculo, de manera que all estara.
     Chyna tema seguir adelante sin saber dnde estaba l, pero el miedo a 
seguir en la casa rodante era an ms fuerte. Se sent en la butaca del 
conductor. Los faros estaban apagados y el panel de instrumentos estaba 
oscuro, pero el resplandor de la lmpara del hueco la volva totalmente 
visible desde el exterior.
     En la hilera contigua, un Pontiac se apartaba del surtidor. Sus luces 
traseras rojas se alejaron rpidamente. Por lo visto, la casa rodante era el 
nico vehculo en la estacin de servicio.
     Las llaves no estaban en el encendido. De todas maneras, no hubiera 
intentado ponerlo en marcha. sa era una alternativa a la cual recurrir en el 
viedo, donde no haba nadie en las cercanas. Aqu habra empleados... y 
clientes que salieran de la ruta.
     Abri la puerta, se crisp al or el chasquido, salt a tierra y tropez. La 
cuchilla cay de su mano como si estuviera engrasada y se desliz 
estrepitosamente por el pavimento.
     Segura de que el asesino la haba odo y se abalanzaba sobre ella, 
Chyna se par enseguida. Gir a izquierda y a derecha, las manos 
extendidas en un gesto ftil de defensa. Pero no haba seales del devorador 
de araas en la playa iluminada.
     Cerr la puerta, busc la cuchilla sobre el pavimento circundante, no la 
hall... y por un instante qued paralizada al ver a un hombre que sala del 
local, a unos quince o veinte metros. Como vesta un impermeable largo, en 
un principio Chyna pens que no poda ser el asesino, pero entonces record 
haber odo el inexplicable frufr de una tela poco antes de que l saliera de 
la casa rodante. Entonces lo supo.
     Slo poda ocultarse detrs de uno de los surtidores en la hilera 
siguiente, pero estaba a diez metros, entre ella y el local, y deba cruzar un 
tramo ancho y bien iluminado de pavimento. Adems, l se acercaba a la 
misma hilera desde el otro lado, llegara antes que ella y la descubrira.
     Si tratara de bordear la casa rodante, l la vera y se preguntara de 
dnde haba salido. En su psicosis seguramente haba un elemento de 
paranoia, e irnicamente dara por sentado que ella haba estado en el 
vehculo. La perseguira. Implacablemente.
     Apenas lo vio salir del local, Chyna se arroj boca abajo. Segura de que 
la hilera de surtidores ocultara cualquier movimiento al ras del suelo, rept 
hasta ocultarse debajo de la casa rodante.
     El asesino no grit ni ech a correr. No la haba visto. Desde su 
escondite, lo vio cuando se acercaba. La luz amarillenta era tan brillante, 
que le permiti reconocer las botas de cuero negro, el mismo par que haba 
contemplado desde abajo de la cama del cuarto de huspedes unas horas 
antes.
     Senta el asfalto fro bajo sus muslos, vientre y senos. Chupaba el calor 
de su cuerpo a travs de los jeans y el buzo de algodn, y empez a 
temblar.
     Oy que el asesino retiraba el pico de la manguera de su receptculo y 
quitaba la tapa del tanque de gasolina en un costado de la casa rodante. 
Calculando que tardara unos cuantos minutos en alimentar a semejante 
monstruo, empez a salir del escondite antes de or que el pico entrara en la 
boca del tanque.
     Tendida en el suelo, de pronto divis la cuchilla. Sobre el asfalto. A tres 
metros del parachoques delantero. El filo reluca bajo la luz amarilla.
     Ya sala a descubierto, pero antes de que pudiera enderezarse oy un 
taconeo de botas sobre el pavimento. Ech una mirada atrs: el asesino 
evidentemente haba sujetado el gatillo del surtidor con la grapa de 
regulacin porque ya se alejaba.
     Frentica y lo ms furtivamente que pudo, retrocedi hasta ocultarse 
debajo del vehculo. Oy el chapoteo de la gasolina al entrar en el tanque.
     El asesino borde el lado derecho y la trompa de la casa rodante hasta 
llegar a la puerta del conductor. Pero no la abri. Se detuvo. Inmvil. Luego 
se acerc a la cuchilla, se inclin y la recogi.
     Chyna contuvo el aliento aunque le pareca imposible que el asesino 
intuyera el significado de la cuchilla. Nunca la haba visto. No poda saber 
que provena de la casa de los Templeton. Por inslito que fuera encontrar 
una cuchilla en el camino de entrada a una estacin de servicio, poda haber 
cado de cualquier vehculo que pasara.
     Tom la cuchilla, volvi a la casa rodante y entr, sin cerrar la puerta.
     Sobre la cabeza de Chyna, los pasos sobre el piso de acero resonaban 
como tambores en la selva. Le pareci que se haban detenido en la zona del 
comedor.
     Veiss no suele ver presagios o augurios donde pone la mirada. Un 
halcn solitario que cruza la faz de la Luna a medianoche no le har pensar 
en el desastre inminente ni en la buena fortuna. Un gato negro que cruza su 
camino, un espejo que se rompe mientras su imagen est reflejada en l, la' 
noticia del nacimiento de un ternero bicfalo, nada de eso lo conmueve. Est 
convencido de que forja su propio destino y de que la trascendencia 
espiritual, si es que existe, resulta de actuar con audacia y vivir 
intensamente.
     No obstante, est perplejo. La gran cuchilla posee una cualidad 
totmica, una aureola casi mgica. La coloca con cuidado sobre la mesada 
de la cocina, donde la luz echa una ptina hmeda sobre el filo del arma.
     Al recogerla del pavimento, la hoja estaba fra, pero el mango estaba 
levemente tibio, como si anticipara el calor de su mano.
     Llegado el momento utilizar esa hoja descartada por motivos 
incomprensibles para ver qu sensaciones experimenta al clavrsela a 
alguien. Pero ahora no le es til para el trabajo que est por emprender.
     Aunque tiene la Heckler & Koch P7 bien guardada en el bolsillo derecho 
del impermeable, le parece que no est a la altura de la situacin.
     Los dos muchachos detrs del mostrador no se encuentran en el teatro 
de guerra de un mercado de la gran ciudad, pero son inteligentes y sin duda 
tomaron sus precauciones. Ni siquiera los barrios como Beverly Hills y Bel 
Air -poblados por actores ricos y astros retirados del ftbol americano- son 
lugares seguros para sus residentes ni estn a salvo de stos. Estos 
muchachos seguramente tienen un arma de fuego para protegerse y saben 
usarla. Para dominarlos deber intimidarlos con un arma de grueso calibre.
     Abre un armario a la izquierda del horno. All hay una escopeta 
Mossberg calibre 12 de cao recortado con mecanismo de corredera y cabo 
de pistola, montada sobre un par de grampas a resorte en un anaquel. 
Suelta las grampas y coloca el arma sobre la mesada.
     El cargador tubular ya est lleno de proyectiles calibre 12. A pesar de 
que no es miembro del Automvil Club, Edgler Veiss est preparado para 
casi cualquier contingencia cuando viaja.
     En el armario hay una caja de cartuchos de escopeta que conserva 
abierta para alcanzarlos con facilidad. Toma unos cuantos y los coloca sobre 
el mostrador junto a la Mossberg, aunque es probable que no los necesite.
     Se desabrocha rpidamente el impermeable, pero no se lo quita. 
Transfiere la pistola del bolsillo exterior derecho a un bolsillo interior derecho 
cosido al forro. All coloca tambin los cartuchos sueltos.
     De un cajn de la cocina toma una pequea cmara Polaroid. La guarda 
en el bolsillo de donde acaba de retirar la Heckler & Koch P7. De su billetera 
toma una instantnea de su ntima amiga Ariel y la guarda en el bolsillo 
junto con la cmara.
     Con su navaja de quince centmetros -que est pegajosa debido al uso 
que le dio en la casa de los Templeton- rasga el forro del bolsillo izquierdo. 
Luego arranca los restos de la tela. Si pusiera monedas en ese bolsillo, 
caeran derecho al piso. Coloca la escopeta bajo el saco e introduce la mano 
izquierda en el bolsillo roto para sostenerla. El dispositivo es eficaz. Est 
convencido de que no despertar sospechas.
     Se pasea por la casa rodante para ensayar sus pasos. Camina 
libremente, sin golpearse las piernas con la escopeta.
     Acaso no ha hecho suyas la agilidad y la destreza de la araa en la 
casa de los Templeton?
     No le importa herir al cajero de ojos cenicientos y marca de nacimiento, 
pero deber tener cuidado para no dejar marcas en el rostro del joven 
caballero asitico. Necesita buenas fotografas para mostrrselas a Ariel.
     Sobre su cabeza, el asesino aparentemente estaba ocupado en la zona 
del comedor. El piso cruja bajo sus desplazamientos.
     Desde donde estaba no poda ver al exterior, salvo que hubiera 
recogido las cortinas. Con suerte, Chyna podra escapar a la libertad.
     Estudi la alternativa de permanecer bajo el vehculo hasta que llenara 
el tanque y se alejara. Despus llamara a la polica.
     Pero haba encontrado la cuchilla; seguramente meditaba sobre el 
hallazgo. Aunque pareca imposible que comprendiera su significado o 
dedujera que ella estaba ah, a esas alturas la embargaba un miedo casi 
sobrenatural y la conviccin irracional de que si permaneca all l acabara 
por descubrirla.
     Se arrastr hasta quedar al descubierto, se alz a medias, ech una 
mirada a la puerta abierta y luego a las ventanillas laterales. Las cortinas 
estaban en su lugar.
     Ms animada, se irgui y cruz hasta la hilera interior. Se detuvo entre 
dos surtidores a echar una mirada atrs: el asesino no haba salido del 
vehculo.
     Sali de las tinieblas a la brillante luz fluorescente y escuch los acordes 
melanclicos de la msica country: Vio a los dos empleados detrs del 
mostrador a la derecha y estuvo a punto de decir: "Llamen a la polica", pero 
al echar una mirada a travs de la puerta de vidrio que se haba cerrado a 
sus espaldas vio que el asesino sala de la casa rodante y se diriga al local 
aunque no haba terminado de llenar el tanque.
     Tena los ojos clavados en el suelo. No la haba visto. Chyna se alej de 
la puerta.
     Los dos hombres clavaron sus ojos en ella.
     Si les peda que llamaran a la polica, le preguntaran por qu, y no 
haba tiempo para discusiones; tampoco para llamar.
     Por favor, no le digan que estoy aqu dijo, y sin darles tiempo a 
responder, se alej por un pasillo entre dos gndolas altas hacia el fondo del 
local.
     Al salir del pasillo para ocultarse detrs del extremo de la gndola, 
Chyna oy el ruido de la puerta y los pasos del asesino. Una rfaga de 
viento entr con l y luego la puerta se cerr.
     El cajero pelirrojo y el caballero asitico de hmedos ojos nocturnos lo 
miran extraados, como si supieran algo que no deberan saber, y poco falta 
para que l alce la escopeta y los reviente sin ms trmite apenas pasa la 
puerta. Pero piensa que los ha interpretado mal, que simplemente estn 
fascinados porque, despus de todo, presenta una figura imponente. La 
gente suele intuir su poder excepcional y que lleva una vida ms rica que la 
suya. En las fiestas es el centro de atencin y atrae a muchas mujeres. Su 
magnetismo ha atrado a estos hombres como a muchos otros. Adems, si 
los liquida de entrada, sin decir palabra, se priva del placer de la 
estimulacin previa.
     La voz de la radio ya no es la de Alan Jackson. Veiss inclina la cabeza 
hacia la msica:
     Me encanta Emmylou Harris. Nadie canta esto con tanto sentimiento 
como ella.
     Es buena dice el pelirrojo. El tipo, antes tan extrovertido, se ha 
vuelto hosco.
     El asitico no abre la boca. Insondable en su templo zen de pasteles, 
chocolates, manes, palitos salados y galletitas.
     Me encantan las canciones que hablan del hogar y la familia dice 
Veiss.
     Est de vacaciones? pregunta el pelirrojo. 
     Diablos, viejo, yo siempre estoy de vacaciones. 
     Tan joven y ya jubilado?
     Lo que quiero decir responde Veiss es que la vida siempre es una 
fiesta si uno sabe vivirla. Estuve de cacera.
     Por esta zona? Qu animal est de temporada? 
     El asitico, mudo pero atento, toma una salchicha de Viena de un 
estante y le quita el envoltorio plstico sin apartar la vista por un instante.
     No tienen la menor sospecha de que les queda menos de un minuto de 
vida, y su estolidez bovina es un deleite para Veiss. En el fondo, es bastante 
gracioso. Cmo van a abrir los ojos en el momento del estampido.
     Pasa por alto la pregunta del cajero y pregunta: 
     A usted le gusta la caza?
     Lo mo es la pesca dice el pelirrojo. 
     Qu aburrido dice Veiss.
     Es la mejor manera de entrar en contacto con la naturaleza. Un 
botecito en el lago, el agua serena. 
     Veiss menea la cabeza.
     Sus ojos no muestran nada.
     El pelirrojo parpadea, desconcertado: 
     Los ojos de quin?
     Son ojos de pescado, no? Chatos, como si fueran de vidrio. Joder.
     Nadie dice que sean bonitos. Pero no hay nada ms delicioso que un 
salmn fresco o una buena fritura de truchas.
     Edgler Veiss escucha la msica y deja que lo miren. Profundamente 
conmovido por la cancin, piensa en la soledad del camino, en la nostalgia 
del amante lejos de su casa. Es un hombre sensible.
     El asitico muerde una punta de la salchicha. Mastica con delicadeza; 
los msculos de sus mandbulas casi no se contraen.
     Veiss decide que llevar el resto de la salchicha a Ariel. Podr posar su 
boca donde el asitico tuvo la suya. Ese momento ntimo con el joven tan 
bello ser su obsequio a la joven.
     No veo la hora de volver a casa, donde me espera mi Ariel dice. 
Bonito nombre, no?
     Muy bonito dice el pelirrojo. 
     Y le sienta bien.
     Su esposa? pregunta el pelirrojo. Su cordialidad no es natural 
como lo fue cuando Veiss entr a pedirle que habilitara el surtidor nmero 
siete. S, est inquieto y trata de ocultarlo.
     Es el momento de sobresaltarlos y ver su reaccin. Tiene alguno de 
ellos la menor intuicin de la catstrofe que les espera?
     Nooo dice Veiss. Por ahora no quiero atarme. Ms adelante, tal 
vez. Adems, Ariel tiene diecisis aos. No est preparada.
     Se quedan sin respuesta. Diecisis aos, la mitad que l. Diecisis, una 
menor. El camino a la crcel.
     El riesgo es enorme, excitante. En cualquier momento puede aparecer 
otro cliente y elevar la apuesta. 
     La cosa ms bonita que vern antes de llegar al paraso dice Veiss, 
y se relame. Me refiero a Ariel. 
     Saca la Polaroid del bolsillo y la pone sobre el mostrador. Los 
empleados la miran.
     Un ngel, nada menos dice Veiss. Cutis de porcelana. Te quita el 
aliento. Te hace vibrar el escroto como una cuerda de contrabajo.
     Con mal disimulada repugnancia, el cajero mira el tablero de los 
surtidores a la izquierda de la caja: 
     Sus sesenta dlares acaban de entrar en el tanque dice.
     No me interprete mal dice Veiss. Nunca la toqu... de esa 
manera. La tengo encerrada en el stano desde hace un ao, donde puedo 
verla cuando se me da la gana. Espero que la muequita madure, alcance el 
grado exacto de dulzura.
     Lo miran con ojos vidriosos, de pescado. l saborea sus expresiones.
     Sonre y suelta una carcajada antes de aadir: 
     Oigan, los asust, no?
     No le devuelven la sonrisa, y el pelirrojo dice, hosco: 
     Le doy el vuelto o va a comprar algo ms?
     Veiss pone cara de consternacin. Casi logra ruborizarse:
     Bueno, no se ofenda. Me gusta hacer chistes, sorprender a la gente.
     Yo tengo una hija de diecisis y no le veo la gracia dice el pelirrojo.
     Veiss se vuelve hacia el asitico:
     Cuando voy de cacera, me llevo algn trofeo. Como el torero se lleva 
las orejas y el rabo, entiendes? A veces, slo una foto. Regalos para Ariel. 
Le gustarn muchsimo.
     Alza la Mossberg envuelta con el impermeable como una bandera negra 
de luto, la aferra con las dos manos, derriba al pelirrojo del taburete e 
introduce otro proyectil en la recmara.
     El asitico. Ay, esos ojazos. Ningn pescado tendra esa mirada.
     Mientras el pelirrojo se derrumba, el joven caballero asitico de ojos 
divinos mete una mano bajo el mostrador en busca del arma.
     No lo hagas dice Veiss, o te meto los cartuchos en el culo.
     Pero el asitico alza el revlver, un Smith & Wesson Chiefs Special.38, 
de modo que Veiss le apunta y dispara a quemarropa, directo al pecho para 
no estropear esa cara perfecta. El joven vuela del taburete y el revlver se 
le cae sin darle tiempo a disparar.
     El pelirrojo chilla.
     Veiss abre la puerta del mostrador y pasa al sector del personal.
     El cajero pelirrojo que tiene una hija de diecisis aos esperndolo en 
casa est replegado sobre s mismo como si imitara la marca de nacimiento 
fetal sobre su frente, abrazndose para contener sus tripas. En la radio, 
Garth Brooks canta Thunder Rolls. El cajero chilla y llora al mismo tiempo. 
Los gritos reverberan en las ventanas de vidrio blindado, el disparo an 
retumba en los odos de Veiss y en cualquier momento podra entrar un 
cliente. Es un momento dolorosamente intenso.
     El siguiente disparo remata al cajero.
     El asitico agoniza, inconsciente. Felizmente, su cara est intacta.
     Como un peregrino genuflexo ante un santuario, Veiss pone rodilla en 
tierra para escuchar el ltimo suspiro ronco del moribundo. Un susurro como 
el aleteo de alas de un insecto. Se inclina para inhalar el aliento del otro, 
respira profundamente. Ha hecho suyo algo de la belleza y la elegancia del 
asitico, transmitido por el olor de la salchicha.
     A la cancin de Brooks sigue A Boy Named Sue, ese viejo tema de 
Johnny Cash, que es tan tonto que podra echar a perder el clima. Veiss 
apaga la radio.
     Al cargar el arma, estudia la zona detrs del mostrador y ve un panel 
de interruptores. Todos tienen rtulos para indicar las respectivas luces. 
Apaga todas las luces exteriores, incluso el cartel de nen rojo sobre el 
techo que dice: ABIERTO LAS 24 HORAS.
     Pese a que apaga las luces fluorescentes del techo, la oscuridad no es 
total. Todava queda el misterioso resplandor de las luces detrs de las 
puertas de vidrio blindado de los exhibidores refrigerados de bebidas. En 
una pared hay un reloj iluminado que promociona la cerveza Coors. Sobre el 
mostrador, una lmpara cuello de cisne ilumina los papeles del caballero 
asitico.
     No obstante, las tinieblas son densas y el comercio parece desierto. 
Difcilmente entrar algn cliente desde la ruta.
     Desde luego, algn ayudante del sheriff del distrito o un patrullero de la 
polica caminera podra acercarse a investigar por qu ese comercio que 
nunca cierra est cerrado. Por eso, Veiss no pierde un instante en acometer 
las ltimas tareas.
     Acurrucada de espaldas contra el panel de la gndola, lo ms lejos 
posible del mostrador de los cajeros, Chyna se sinti delatada por la luz del 
exhibidor a su derecha y amenazada por las sombras a su izquierda. En el 
silencio que sobrevino despus de los disparos y la cesacin de la msica, 
tuvo la certeza de que el asesino oira su respiracin anhelante, temblorosa. 
Pero era tan capaz de contener sus temblores como un conejo acechado por 
un lobo.
     Tal vez la protegera el ronroneo de los compresores en las heladeras y 
los freezers. Quera asomarse a uno y otro lado de la gndola, pero le 
faltaba coraje. Tena la conviccin irracional de que al hacerlo se encontrara 
cara a cara con el devorador de araas.
     Haba pensado que ningn golpe podra ser tan duro como el hallazgo 
de los cadveres de Paul y Sarah -y luego el de Laura-, pero esto era peor. 
Esta vez haba presenciado los asesinatos, tan de cerca, que los gritos, 
adems de taladrarle los odos, le haban golpeado el pecho como 
puetazos.
     Supona que el asesino robara la tienda, pero para eso no era necesario 
matar a los empleados. Claro que en su caso la necesidad no era un factor 
decisivo. Los haba matado porque le proporcionaba placer. Porque estaba 
en un pico de excitacin y tena calentura.
     Tena la sensacin de haber quedado atrapada en una noche sin fin. 
Una avera en la maquinaria csmica, los engranajes trabados. Las estrellas 
clavadas a sus puestos. El amanecer no llegara. Y del cielo glido descenda 
un fro pavoroso.
     Un destello repentino le hizo alzar las manos defensivamente frente a 
su cara. Luego se dio cuenta de que se haba producido en el otro extremo 
del local. Se repiti.
     Edgler Veiss no es un cazador, como le dijo al cajero pelirrojo, sino un 
exquisito coleccionista de bellas imgenes. La mayora las registra con la 
cmara de su imaginacin, pero algunas con la Polaroid. Los recuerdos de 
gran belleza alegran diariamente sus pensamientos y constituyen la base de 
sus sueos gratificantes.
     Cada destello del flash parece demorarse en los ojazos del empleado 
asitico, que resplandecen como si su espritu atrapado detrs de las 
crneas buscara escapar de los despojos agonizantes.
     Una vez, en Nevada, Veiss haba matado a una morena increble, con 
una carita comparada con la cual Claudia Schiffer y Kate Moss parecan un 
par de viejas brujas.
     Antes de hacerla pedazos, le haba tomado seis fotografas. Con sus 
amenazas haba logrado hacerla sonrer en tres de ellas; su sonrisa era 
deslumbrante. Durante los tres meses que siguieron a ese episodio, recort 
y comi un retrato cada treinta das, y en cada ocasin, la destruccin de 
esa belleza le caus una excitacin violenta. Haba sentido la sonrisa de ella 
en su vientre, como un calor radiante, y se saba ms hermoso por el hecho 
de contenerla.
     No recuerda el nombre de la morena. Los nombres no tienen la menor 
importancia.
     Sin embargo, debe conocer el nombre del joven caballero asitico para 
describirle el episodio a Ariel. Deja la Polaroid, da vuelta el cadver y retira 
la billetera del bolsillo del pantaln.
     Alza su registro de conductor a la luz de la lmpara cuello de cisne para 
leer el nombre: Thomas Fujimoto. Veiss decide llamarlo Fuji. Como el 
monte.
     Guarda el registro en la billetera y sta en el bolsillo. No toma el dinero 
del muerto. Tampoco se llevar el dinero de la caja registradora... salvo los 
cuarenta dlares del vuelto. No es un ladrn.
     Tomadas las tres fotografas, debe cumplir su promesa a Fuji para 
demostrar que es hombre de palabra. Ser un asunto molesto, pero tambin 
divertido.
     Ahora debe ocuparse del sistema de seguridad, que ha filmado todo el 
incidente. Sobre el marco de la puerta est montada una cmara de vdeo 
que apunta al mostrador de los cajeros.
     Edgler Foreman Veiss no tiene el menor deseo de aparecer en los 
noticiarios de televisin. La vida intensa es prcticamente incompatible con 
la vida en la crcel.
     Chyna haba dominado su respiracin, pero su corazn lata con tanta 
violencia, que le trastornaba la visin, y el pulsar de las cartidas le 
provocaba choques elctricos en la garganta.
     Convencida nuevamente de que deba buscar la salvacin en el 
desplazamiento, se asom a la luz para echar una mirada al pasillo frente a 
las heladeras. El asesino no estaba a la vista, pero un ruido delataba sus 
movimientos: un crujido como el de una rata entre las hojas muertas de 
otoo.
     Con el estmago crispado en un espasmo de terror, gate hacia la luz 
de las heladeras, buscando en los estantes a su derecha algn objeto que le 
sirviera como arma. Sin la cuchilla se senta indefensa.
     No haba cuchillos en venta. Los objetos exhibidos eran llaveros de 
fantasa, alicates para las uas, peines de bolsillo, lpices hemostticos, 
paquetes de toallitas perfumadas, servilletas para limpiar anteojos, mazos 
de naipes y encendedores descartables.
     Extendi el brazo para tomar un encendedor. No saba si le servira para 
defenderse, pero a falta de una lmina de acero afilada, el fuego era lo nico 
que tena al alcance de la mano.
     Las luces fluorescentes del techo parpadearon y se encendieron. La luz 
repentina la paraliz.
     Mir hacia el otro extremo del local. El asesino no estaba a la vista, 
pero su sombra agazapada, proyectada contra una pared, se agrand hasta 
un tamao colosal y despus se redujo al alejarse como la de una mariposa 
nocturna al revolotear frente a un reflector.
     Veiss enciende las luces un instante para echar una mirada a la cmara 
de vdeo montada sobre la puerta principal.
     Por supuesto, la cinta delatora no est dentro de la cmara. Si fuera tan 
fcil, hasta esos ladrones tarados que se ganan la vida asaltando estaciones 
de servicio y quioscos seran lo suficientemente vivos como para treparse a 
un taburete, retirar la cinta y llevrsela o destruirla. La cmara enva la 
imagen a una videograbadora oculta en otro lugar del edificio.
     Como el sistema fue instalado despus de la construccin, el cable de 
transmisin no est amurado. Es un toque de suerte para Veiss, porque si el 
cable estuviera oculto, la bsqueda llevara demasiado tiempo. Ni siquiera 
corre por encima del cielo raso de ladrillos antiacsticos. Est a la vista, 
engrampado a la pared modular; conduce al compartimiento detrs del 
mostrador de los cajeros, y de all, a travs de un agujero de un centmetro 
de dimetro en la pared, a otro cuarto.
     Tambin hay una puerta de acceso a ese cuarto. Resulta ser una oficina 
con escritorio, archiveros de metal gris, una pequea caja fuerte con 
combinacin y armarios de frmica smil madera.
     Afortunadamente, la grabadora no est dentro de la caja fuerte. El 
cable de transmisin atraviesa la pared, recorre una distancia de unos dos 
metros sujeta por grampas y desciende hasta uno de los armarios. No han 
tratado de ocultarla.
     Abre las puertas superiores del armario, no encuentra lo que busca; 
abre las de abajo. Hay tres aparatos, uno encima del otro.
     La cinta zumba en la grabadora de ms abajo y la luz del botn 
RECORD est encendida. Oprime el de STOP, luego el de EJECT y guarda el 
casete en el bolsillo del impermeable.
     Tal vez se la exhiba a Ariel. No ser de primera calidad porque el 
sistema es anticuado, la tecnologa obsoleta. Pero la audacia de su actuacin 
impresionar a la querida nia aunque haya quedado grabada en blanco y 
negro, con exceso de luz, en una cinta demasiado utilizada. Hay un telfono 
sobre el escritorio. Lo desconecta del cable que conduce a la caja en la pared 
y destroza el aparato con un par de culatazos.
     Alrededor de las ocho o nueve habr un cambio de turno. Cuando 
lleguen los empleados de la maana, dentro de cuatro o cinco horas, Veiss 
ya estar lejos. Pero no conviene facilitarles el llamado a la polica. Si sus 
planes sufren algn trastorno, si algo lo demora aqu o en la ruta, le vendr 
bien esa media hora adicional adquirida mediante la destruccin de los 
telfonos.
     Junto a la puerta hay un tablero del cual penden ocho llaves, cada una 
con su rtulo. Excepto por esta lamentable interrupcin del servicio, el 
establecimiento atiende las veinticuatro horas del da... pero la puerta 
principal tiene llave. La toma de su gancho.
     Nuevamente en el compartimiento detrs del mostrador de los cajeros, 
despus de cerrar la puerta de la oficina, Veiss baja un interruptor; las luces 
fluorescentes del techo parpadean y se apagan.
     De pie en la penumbra, respira por la boca, se lame los labios y las 
encas, saborea el olor agrio y persistente de la plvora. Le agrada el roce de 
las tinieblas contra su cara y el dorso de sus manos; las sombras son tan 
erticas como las manos pequeas, temblorosas.
     Bordea los cadveres, va al mostrador y toma solamente sus cuarenta 
dlares de la caja registradora.
     El Smith & Wesson Chief's Special .38 del joven asitico est sobre el 
mostrador, en el crculo de luz de la lmpara cuello de cisne donde Veiss lo 
puso cuidadosamente hace unos minutos. Es tan incapaz de robarlo como de 
llevarse dinero que no le pertenece.
     La salchicha mordisqueada por el asitico tambin est sobre el 
mostrador. Desgraciadamente, le haba quitado el envoltorio; por lo tanto, 
no le sirve.
     Veiss toma otra salchicha del exhibidor, muerde el extremo del 
envoltorio de plstico y desliza la carne tubular de su interior. Introduce en 
el envoltorio la salchicha ms corta (la que fue mordida por el asitico); 
cierra el plstico y lo guarda en el bolsillo junto con el videocasete... para 
Ariel.
     Paga la salchicha que se lleva y toma el cambio de la caja registradora.
     Sobre el mostrador hay un telfono. Lo desconecta y destroza el 
aparato con la culata de su arma.
     Ahora va de compras.
     Chyna se tranquiliz al apagarse las luces, se asust al escuchar los 
golpes y aguz los sentidos en el silencio subsiguiente.
     Haba abandonado el pasillo iluminado por las heladeras para volver a 
su escondite en el extremo de la gndola, donde abri sigilosamente el 
envoltorio de cartn y plstico del encendedor descartable. Cuando las luces 
fluorescentes del techo estaban encendidas y la llama no poda delatarla; 
haba probado el encendedor, que funcionaba.
     Aferr la pattica arma e implor que el asesino terminara lo que 
estaba haciendo (tal vez saqueando la caja registradora) y se fuera de una 
buena vez, por Dios. No quera tener que enfrentarlo con un Bic de butano. 
Si la descubra, tal vez podra aprovechar su momentneo desconcierto para 
quemarle un poco la cara -acaso encender su pelo- sin darle tiempo a 
reaccionar. Pero no, lo ms probable era que con sus reflejos tan 
sobrenaturales, tan rpidos, le arrancara el encendedor antes de que ella 
pudiera hacerle dao.
     Aunque lo quemara, tendra escasos segundos para huir. Dolorido, la 
perseguira y esas piernas largas seran muy giles. El desenlace de la 
carrera dependera de cul era la fuerza motriz mayor: el terror de ella o la 
furia demencial de l.
     Escuch movimientos, el chirrido de la puerta del mostrador, pasos. 
Casi mareada por el miedo tan prolongado, se reanim enormemente al 
escuchar que los pasos se alejaban.
     Entonces advirti que los pasos se dirigan hacia la puerta principal del 
local. Hacia ella.
     Acuclillada con la espalda contra el panel del extremo de la gndola, no 
poda determinar la posicin del asesino. Estaba en el primero de los tres 
pasillos cerca del frente del local? En el pasillo central a la izquierda de ella?
     No.
     En el tercer pasillo. A su derecha.
     Pasaba las heladeras. Lentamente. No como si hubiera advertido su 
presencia y se dispusiera a derribarla. An en cuclillas, Chyna se alz pero 
sin erguirse del todo y gir a su izquierda para entrar en el pasillo central. El 
resplandor de las heladeras en el pasillo contiguo se reflejaba en los ladrillos 
del cielo raso pero no iluminaba demasiado. La mercadera estaba sumida en 
las sombras.
     Avanzaba hacia el mostrador de los cajeros -gracias a Dios por las 
suelas de goma- cuando record el envoltorio del encendedor Bic. Lo haba 
dejado en el piso all donde se haba acuclillado detrs del extremo de la 
gndola.
     l no dejara de verlo; acaso lo pisara. Tal vez pensara que algn 
ratero haba descartado el envoltorio para ocultar mejor el encendedor en su 
bolsillo. O quiz s saba.
     Acaso la intuicin le era tan fiel como a Chyna. Si la intuicin era el 
susurro de Dios, tal vez un dios distinto y menos benvolo que Dios guiaba 
sutilmente a un hombre como este.
     Volvi, se asom por la esquina y recogi el paquete vaco. El plstico 
rgido cruji entre sus dedos temblorosos, pero fue un ruido dbil y, 
afortunadamente, fue disimulado por las pisadas de l.
     El asesino ya iba por la mitad del tercer pasillo cuando ella empez a 
recorrer el segundo. Pero l se tomaba su tiempo, mientras ella correteaba 
lo ms rpido que poda; lleg al extremo de su pasillo antes que l al del 
suyo.
     En este extremo no haba un panel como en el otro sino una estantera 
metlica giratoria con libros de bolsillo, y Chyna casi choc con ella al doblar 
la esquina. Se detuvo a tiempo, la borde y pas al pasillo contiguo.
     En el piso haba una fotografa Polaroid: un retrato en primer plano de 
una joven muy bella de unos diecisis aos y larga cabellera rubia platinada. 
La expresin de la adolescente era impasible, pero no plcida; haba en sus 
rasgos una impavidez fingida, como si sus sentimientos reales fueran tan 
explosivos que la destruiran si les diera rienda suelta. Los ojos desmentan 
sutilmente esa pose serena; abiertos, atentos, penosamente expresivos, 
eran espejos de un alma atormentada, embargada por la furia, el miedo y la 
desesperacin.
     Deba de ser el retrato que haba mostrado a los empleados. Ariel. La 
chica del stano.
     Ariel y ella no se parecan en nada, pero Chyna tena la impresin de 
que no era una fotografa lo que miraba sino su propia imagen en un espejo. 
Reconoci en ella un pavor afn al miedo que haba llenado su infancia, una 
desesperacin conocida, una soledad profunda y fra como el ocano polar.
     Los pasos del asesino la devolvieron al presente. A juzgar por el ruido, 
ya no estaba en el tercer pasillo. Haba doblado la esquina en el extremo del 
local y volva por el pasillo central.
     Se acercaba despreocupadamente por el mismo lugar que Chyna 
acababa de recorrer.
     Qu mierda est haciendo?
     Hubiera querido retener la fotografa, pero no se atrevi. La dej en el 
piso, en el lugar donde la haba encontrado.
     Borde la estantera de libros para entrar en el tercer pasillo, que el 
asesino acababa de abandonar, y dirigirse nuevamente hacia el extremo de 
la gndola; all se apoy, lejos de las puertas de vidrio de las heladeras 
iluminadas a su izquierda por miedo a que el resplandor proyectara una 
sombra delatora sobre el cielorraso.
     Cuando estaba en movimiento, an escuchaba las fuertes pisadas del 
asesino, pero no poda determinar la direccin de sus desplazamientos. Sin 
embargo, si se detena para orientarse, l la pescara al descubierto si se le 
ocurra volver a ese pasillo. Al doblar la esquina en el extremo del pasillo, 
casi esperaba chocar con l y caer en sus manos.
     No estaba ah.
     En cuclillas, Chyna apoy la espalda contra el panel del extremo, 
precisamente su punto de partida. Con mucha cautela, puso el envoltorio del 
encendedor Bic en el piso, entre sus pies, el mismo lugar de donde lo haba 
recogido menos de un minuto antes.
     Aguz el odo. No oy pasos. No haba otro ruido ms que el ronroneo 
de los motores de las heladeras.
     Tom el encendedor y pos la yema del pulgar sobre el chispero, lista 
para lanzar la llama.
     Veiss guarda dos paquetes de galletitas con queso y mantequilla de 
man, una bolsita de manes pelados y dos chocolates con almendras en los 
bolsillos del impermeable, los mismos donde lleva la pistola, la Polaroid y el 
videocasete.
     Calcula mentalmente el gasto. Como no quiere perder ms tiempo 
buscando el vuelto en la registradora, redondea la cifra y deja el monto 
correspondiente sobre el mostrador.
     Despus de recoger la fotografa cada de Ariel, se demora un instante 
mientras absorbe la atmsfera del eplogo. Una sala en la que acaba de 
morir gente posee un clima especial: como esos segundos de silencio en el 
teatro despus de que cae el teln sobre una representacin perfecta y 
antes de que estalle la ovacin; una sensacin de triunfo, pero tambin la 
conciencia solemne de la eternidad suspendida como la gota de agua fra en 
el extremo de una estalactita de hielo. Cuando cesan los gritos y los charcos 
de sangre empiezan a coagular, llega el momento en que Edgler Veiss puede 
apreciar mejor las consecuencias de sus acciones audaces y saborear la 
discreta intensidad de la muerte.
     Finalmente abandona la tienda. Corre el cerrojo con la llave rotulada 
que haba tomado del tablero.
     Afuera, en una esquina del edificio, hay un telfono pblico. El cable 
blindado es difcil de cortar, de manera que golpea el receptor contra la caja 
cinco, diez, veinte veces, hasta que el plstico se raja y aparece el 
micrfono. Lo arranca, lo arroja al suelo y lo aplasta minuciosamente con el 
taco de la bota. Luego cuelga el receptor inutilizado de la horquilla.
     La tarea est cumplida. El interludio, aunque gratificante, fue 
inesperado y ha demorado sus planes. Tiene una gran distancia que 
recorrer. No est cansado. Haba dormido durante toda la tarde anterior y 
hasta avanzada la noche antes de visitar a los Templeton. Sin embargo, no 
quiere perder ms tiempo. Anhela su hogar. Hacia el norte, los relmpagos 
revolotean entre las densas capas de nubes; todava no son rayos de verdad 
sino pulsaciones de luz. La inminencia de una gran tempestad le es grata. A 
nivel del suelo, donde se desarrolla la vida, el tumulto y el conflicto son 
elementos fundamentales del clima humano, y por razones que no puede 
comprender, la visin de la violencia en los planos superiores jams deja de 
reconfortarlo. Aunque no teme a nada, a veces la visin de un cielo sereno -
despejado o nublado- le provoca una conmocin inexplicable, y en las 
noches despejadas, cuando el cielo est tachonado de estrellas, prefiere no 
contemplar esa inmensidad.
     Esta noche no hay estrellas a la vista sino cmulos tenebrosos de nubes 
acosadas por un viento fro, surcadas por efmeros relmpagos, preadas de 
diluvios.
     Veiss cruza rpidamente la playa hacia la casa rodante, ansioso por 
continuar el viaje hacia el norte, ir al encuentro de la tormenta inminente, 
encontrar el mejor lugar de la noche donde caen los rayos destructores, el 
viento doblega los rboles y la lluvia barre la tierra. Agazapada junto al 
panel del extremo de la gndola, Chyna haba escuchado que la puerta se 
abra y cerraba, pero no se atreva a creer que el asesino habapartido y 
que su martirio haba terminado. Haba contenido el aliento a la espera de 
que la puerta se abriera otra vez y los pasos se acercaran.
     Pero al or el roce y el chasquido de la llave seguido por el del cerrojo, 
haba avanzado por el pasillo central, agazapada y sigilosa como una gata, 
porque tena la certeza irracional de que l, aun desde afuera, oira el menor 
ruido.
     Al llegar al extremo exterior del pasillo se haba detenido bruscamente 
cuando una serie de mazazos violentos estremeci las paredes del local. No 
tena la menor idea de qu era lo que golpeaba con tanta furia.
     Cesaron los mazazos. Chyna titube, se irgui y se asom por el 
extremo de la gndola hacia la derecha, hacia la puerta de vidrio y las 
ventanas del frente del local. Apagadas las luces exteriores, los surtidores 
estaban sumidos en tinieblas tan densas como el fondo de un ro de aguas 
turbias.
     Al principio no vio al asesino, que envuelto en su impermeable negro, 
era parte de la noche. Pero entonces l se puso en marcha, abrindose paso 
en las tinieblas hacia la casa rodante.
     Aun si mirara atrs, no podra verla en el tenue resplandor del local. Sin 
embargo, al salir Chyna al descubierto entre las entradas de los tres pasillos 
y el mostrador de los cajeros, su corazn lata fuertemente.
     La fotografa de Ariel haba desaparecido. Ojal pudiera convencerse de 
que no exista.
     En ese momento, los empleados que se haban negado a delatar su 
presencia eran ms importantes que Ariel o el asesino. El rugido de la 
escopeta y el cese de los alaridos sobrecogedores la haban convencido de 
que estaban muertos. Pero deba asegurarse. Si por algn milagro uno de 
ellos todava se aferraba a la vida, si ella pudiera convocar en su ayuda a la 
polica y los paramdicos, pagara en parte su deuda.
     No haba podido hacer absolutamente nada para detener al sanguinario 
hijo de puta; en su pavor, se haba limitado a ocultarse y a rogar con fervor 
que no la viera. Las nuseas se agitaron en su estmago como una sopa de 
ostras fras, a la vez que la embargaba una repugnante sensacin de 
regocijo por estar viva entre tantos muertos. Aunque comprensible, su 
alborozo le causaba vergenza, y por su propio bien como el de los 
empleados, rog que an pudiera salvarlos.
     Abri la puerta del mostrador, y el chillido de una bisagra penetr hasta 
la mdula de sus huesos.
     La lmpara cuello de cisne le proporcion un poco de luz.
     Los dos hombres yacan en el piso. 
     Ah dijo. Y aadi: Dios.
     Ya no podra ayudarlos, y al volverse, su vista se nubl.
     Sobre el mostrador, en medio del crculo de luz, haba un revlver. Lo 
mir, incrdula, parpadeando para contener las lgrimas.
     Evidentemente perteneca a uno de los empleados. Haba escuchado la 
conversacin entre el asesino y los dos hombres; record vagamente una 
advertencia perentoria, acaso de soltar un arma. Esta arma.
     La tom, la aferr con las dos manos... el peso le dio nimos.
     Si el asesino volviera, ya no estara indefensa sino preparada para 
recibirlo porque saba manejar armas. Algunos de los amigos ms alienados 
de su madre eran tiradores expertos, gente llena de odio con una luz 
extraa en la mirada, que en algunos era seal de consumo de drogas, pero 
en otros slo apareca cuando hablaban de su consagracin absoluta a la 
verdad y la justicia. En un pramo de Montana, cuando Chyna tena doce 
aos, una mujer llamada Doreen y un hombre llamado Kirk la haban 
instruido en el manejo de la pistola, aunque sus brazos delicados saltaban 
hacia cualquier lado con el retroceso. Con paciencia, le haban enseado a 
dominarla y le haban asegurado que llegara a ser un soldado de verdad, 
orgullo de la causa.
     Chyna haba aceptado las lecciones de tiro, no para militar en tal o cual 
causa noble sino para protegerse de la gente rara que rodeaba a su madre, 
los que caan en furias demenciales provocadas por las drogas... y los que 
queran saciar en ella sus deseos perversos. Era demasiado joven para 
buscar sus atenciones, demasiado decente para alentarlas... pero gracias a 
su madre, no era tan ingenua como para engaarse acerca de sus 
verdaderas intenciones.
     Con el revlver del empleado muerto en la mano, se volvi hacia el 
telfono y vio que estaba destruido. 
     Mierda.
     Volvi rpidamente por la puerta del mostrador a la parte pblica del 
local, y de ah, a la puerta principal. La casa rodante an estaba estacionada 
junto a la hilera exterior de surtidores. Sus faros estaban apagados.
     Al principio no vio al asesino... pero entonces apareci bordeando la 
parte posterior de la casa rodante, y su impermeable desabrochado 
flameaba como una capa al viento.
     Aunque estaba a unos veinte metros de ella, seguro que no podra verla 
en la puerta. Ni siquiera miraba hacia ella, pero Chyna retrocedi.
     Aparentemente, haba colocado el pico de la manguera en el dispositivo 
del surtidor, y cerrado el tanque de combustible. Iba hacia la puerta junto al 
volante.
     La intencin original de Chyna haba sido llamar a la polica para 
informar que el asesino se diriga hacia el norte por la ruta 101. Pero ahora, 
buscar un telfono, comunicarse con la polica y hacerle comprender el 
problema, le dara a l por lo menos una hora de ventaja. Eso le permitira 
elegir entre las diversas rutas que intersectaban la 101. Podra seguir hacia 
el norte en direccin a Oregon, hacia el este en direccin a Nevada... si no 
se desviaba hacia la costa, viraba al sur y bordeaba el Pacfico para perderse 
en el laberinto urbano de San Francisco. Cuanto ms se alejara antes de que 
se emitiera un pedido de captura en todas las direcciones, ms difcil sera 
encontrarlo. Cruzara rpidamente el lmite del condado y poco despus 
acaso el del estado, y el paso a otra jurisdiccin policial complicara la 
bsqueda.
     Y pensndolo bien, era muy poca la informacin que poda brindarle a la 
polica. No saba con certeza si la casa rodante era azul o verde... o de otro 
color, porque slo la haba visto en la oscuridad y luego bajo el resplandor 
amarillo de las luces de vapor de sodio de la estacin de servicio, que 
alteraban los colores. No conoca la marca ni haba visto la matrcula.
     El asesino escapaba.
     Sin apuro, confiado en que no haba peligro inminente, subi a la casa 
rodante y cerr la puerta.
     Va a escapar. Dios. No, esto no puede ser, no puedo permitirlo. No 
puede escapar, lo que les hizo a Laura y a los dems no debe quedar 
impune... sobre todo, no puedo permitir que se lo haga a otros. Dios mo, 
deja que le nieta un tiro en la cabeza a ese hijo de puta degenerado de 
mierda.
     Se acerc otra vez a la puerta. Haca falta una llave para correr el 
cerrojo. Ella no tena la llave.
     Si haca estallar el vidrio de un tiro, l lo oira. A pesar de la distancia y 
el rugido del motor, lo oira.
     Una vez que pasara la puerta, estara demasiado lejos para dispararle. 
A quince o veinte metros, de noche, con un arma corta, los surtidores 
cortndole la visual... No, era imposible. Tena que acercarse, ir derecho a la 
casa rodante, apoyar el cao en la ventanilla.
     Pero si el asesino oa su disparo al reventar la puerta, y la vea salir de 
la tienda, no le dara la menor oportunidad de acercarse, y entonces l sera 
nuevamente el perseguidor, la seguira por toda la estacin de servicio y 
dondequiera que fuese, y su escopeta era un arma ms eficaz que el 
revlver.
     Se encendieron los faros de la casa rodante. 
     No...
     Corri al mostrador, pas la puerta, borde los cadveres y fue a la 
puerta trasera.
     No poda faltar una salida posterior. Lo exigan la conveniencia, adems 
del cdigo de seguridad para casos de incendio.
     La puerta se abri a las tinieblas. Por lo que poda determinar, no haba 
ventanas. Tal vez era un depsito de provisiones o un bao. Cruz el 
umbral, cerr la puerta a su espalda para evitar que la luz entrara en el 
local, tante la pared a su izquierda y al palpar un interruptor encendi la 
luz, a pesar del riesgo.
     Se encontraba en una oficina estrecha. El telfono sobre el escritorio 
estaba destrozado.
     En la pared opuesta a la de la entrada haba otra puerta. No tena 
cerradura. Seguramente era un retrete.
     A su izquierda, en la pared trasera del edificio, haba una puerta 
metlica provista de dos cerrojos con pestillo manual. Corri los cerrojos 
para abrir la puerta y una poderosa rfaga de viento fro invadi la oficina.
     Detrs del edificio, haba una playa pavimentada de unos seis metros 
de ancho, y ms all se alzaba una ladera abrupta densamente poblada de 
rboles, sombras inquietas en la noche tormentosa. A la luz de una lmpara 
de seguridad protegida por una jaula de alambre vio dos autos 
estacionados; probablemente pertenecan a los empleados.
     Entre insultos al asesino, Chyna gir a la derecha, hacia la esquina ms 
prxima a la puerta, la dobl a la carrera y pas los retretes pblicos. Nunca 
en su vida haba atacado fsicamente a nadie, pero ahora estaba dispuesta a 
matar y tena la certeza de que lo hara sin titubear, sin piedad, con espritu 
vengativo, porque l le haba dado fuerzas para ello. Le haba infundido esa 
furia animal ciega, y lo peor era que le haca bien, le haca tanto bien esa 
rabia despus del miedo y la impotencia, era tan dulce ese zumbido de la 
sangre en las venas, tan estimulante esa sensacin de fuerza bestial... Esa 
sed de sangre que se haba apoderado de ella, lejos de causarle pavor, le 
gustaba y saba que le gustara an ms cuando llegara a la casa rodante y 
le disparara a travs de la ventanilla, abriera la puerta y le disparara otra 
vez aunque ya sangrara profusamente, lo arrastrara de su asiento al suelo y 
vaciara el cargador en su cuerpo para que nunca ms saliera de cacera.
     Dobl la segunda esquina y lleg al frente del local. La casa rodante se 
alejaba de los surtidores.
     La persigui, corri como nunca en su vida contra un viento resistente 
que le arrancaba lgrimas de los ojos, y sus pasos retumbaban sobre el 
asfalto.
     Dios mo, djame atraparlo, repeta en lugar de Dios mo, djame 
escapar de l, y Dios mo, deja que lo mate, en lugar de Dios mo, no dejes 
que me mate.
     La casa rodante aceler. Ya abandonaba la zona de los surtidores hacia 
la rampa de ciento cincuenta metros que conduca a la autopista.
     No podra alcanzarla. El asesino escapaba.
     Se detuvo y se par con los pies bien separados. Tena el revlver en la 
diestra. Lo alz, lo tom con las dos manos, los brazos extendidos, los codos 
trabados. La posicin del tirador. Todas las chicas buenas deban aprenderla 
para cuando llegara la revolucin.
     Los latidos de su corazn eran una sucesin de explosiones que le 
sacudan los brazos y le impedan apuntar. Adems, la casa rodante ya 
estaba demasiado lejos. Errara el tiro por muchos metros. Y aun si tuviera 
suerte, el proyectil hara impacto en la pared trasera, lejos del conductor. 
Estaba fuera de su alcance, a salvo, y se alejaba tan tranquilo.
     No haba nada que hacer. Buscara ayuda, encontrara un telfono, 
llamara a la polica local lo antes posible para reducir en lo posible la 
ventaja del asesino... pero ahora y aqu no haba nada que hacer.
     Slo que s haba algo que hacer, por ms que ella quisiera lavarse las 
manos del asunto, porque dijo en voz alta:
     Ariel...
     Diecisis aos. La cosa ms bonita que vern antes de llegar al paraso. 
Un ngel. Cutis de porcelana. Te quita el aliento. Encerrada en el stano 
desde hace un ao. Nunca la toqu... de esa manera. Espero que la 
muequita madure, alcance el grado exacto de dulzura.
     Vino a su mente el retrato de Ariel, tan claro y ntido como en la 
fotografa Polaroid que haba tenido en la mano. La expresin de placidez 
asumida con tanto esfuerzo. Los ojos que expresaban angustia.
     Un rato antes, al escuchar la conversacin entre el asesino y los 
empleados, Chyna supo con certeza que no bromeaba, que deca la verdad. 
El degenerado revelaba sus secretos, confesaba sus peores crmenes y 
disfrutaba al hacerlo porque saba que los hombres iban a morir, que no 
podran denunciarlo. No hubiera necesitado ver la foto para saberlo.
     Ariel. Esos ojazos. La angustia.
     Concentrada en su propia supervivencia, Chyna haba reprimido sus 
pensamientos sobre la nia cautiva. Y al hallar el revlver se haba 
convencido de que slo quera matar al hijo de puta, volarle la tapa de los 
sesos, porque no haba sido del todo capaz de afrontar la verdad.
     La verdad era que no se atreva a matarlo porque despus quiz sera 
imposible descubrir el paradero de Ariel, o tardaran tanto en llegar all que 
la chica morira de inanicin encerrada en la celda del stano. Si la tena en 
su casa, seguramente encontraran la direccin en su documento de 
identidad; pero tal vez la haba encerrado en un lugar remoto al que l, slo 
l, poda conducirlos. Chyna haba perseguido al asesino para herirlo y 
entregarlo a la polica, que sabra arrancarle el paradero de Ariel. Si hubiera 
podido dar alcance a la casa rodante, hubiera tratado de abrir la puerta, 
herir al degenerado en las piernas, correr junto a la casa hasta herirlo 
apenas lo necesario para obligarlo a detener la marcha. Pero se haba 
ocultado esa verdad a s misma porque tratar de herirlo era mucho ms 
peligroso que dispararle a la cabeza a travs de la ventanilla, y si hubiera 
reconocido que eso era lo que deba hacer, acaso le hubiera faltado coraje 
para correr tan rpidamente y esforzarse hasta el lmite.
     La casa rodante cargada de cadveres, conducida por un sujeto cuyo 
nombre bien pudiera ser Legin, se alejaba por la rampa de acceso a la ruta 
101. El infierno sobre ruedas: nada menos.
     En algn lugar del mundo, l tena una casa y esa casa tena stano y 
en ese stano estaba encerrada desde haca un ao una nia de diecisis 
aos, llamada Ariel, intacta pero prxima a ser violada, viva pero no por 
mucho tiempo.
     Ella existe susurr Chyna al viento. Las luces traseras desaparecan 
en la noche. Frentica, ech una mirada a su alrededor. No haba ayuda a la 
vista en ese pramo desierto. Ni una luz en la vecindad. Slo los rboles y la 
noche. Hacia el norte, ms all de un par de colinas, haba un punto 
luminoso, pero quin saba qu era, y adems estaba demasiado lejos para 
llegar a pie.
     Desde el sur apareci un camin detrs de un par de faros 
deslumbrantes, pero no se detuvo en la estacin de servicio a oscuras. Pas 
con un alarido; el conductor no haba visto a Chyna.
     La pesada casa rodante ya llegaba al final de la rampa.
     Entre sollozos de impotencia, de furia, de miedo por una chica 
desconocida, de desesperacin por la culpa que sentira si la chica muriera, 
Chyna volvi la espalda a la casa rodante. Cruz las hileras de surtidores. 
Borde el edificio por donde haba venido.
     Durante su infancia nadie le haba tendido una mano solidaria. Nadie se 
conmova al verla atrapada, aterrada, indefensa.
     En su imaginacin, la instantnea Polaroid se converta en uno de esos 
hologramas que muestran imgenes distintas segn el ngulo desde el que 
se lo mire. A veces mostraba la cara de Ariel, a veces la suya.
     Mientras corra, rogaba que no fuera necesario volver a entrar. 
Registrar los cadveres.
     Parpadeaban los relmpagos remotos, acompaados por truenos que 
retumbaban como un taconeo de botas en el hueco de la escalera de un 
stano. El viento azotaba con fuerza creciente los rboles negros en las 
laderas abruptas detrs del edificio.
     El primer auto era un Chevrolet blanco. Un modelo de diez aos atrs. 
La puerta sin traba.
     Cuando se sent detrs del volante, chillaron los resortes de la butaca 
gastada y un envoltorio de golosina o algo parecido cruji bajo sus pies. El 
olor a tabaco rancio era insoportable.
     Las llaves no estaban en el encendido. Ni detrs de la pantalla para sol. 
Ni debajo del asiento del conductor. No estaban en el auto.
     El otro auto era un Honda de modelo ms reciente que el Chevy. Ola a 
desodorante de limn y las llaves estaban sobre un platillo en la consola.
     Dej el revlver sobre el asiento del acompaante, al alcance de la 
mano; no quera soltarlo. Desde que era adulta, siempre haba confiado en 
la prudencia y la astucia para evitar el peligro. No haba tomado un arma 
desde que abandon a su madre, a los diecisis aos. Ahora no poda 
imaginar la vida sin un arma a su alcance; desalentada, pens que siempre 
sera as en lo sucesivo.
     El motor se encendi al instante. Los neumticos chillaron y dejaron 
manchas de caucho al arrancar. Se alz humo bajo las ruedas, el auto sali 
disparado detrs del edificio y cruz la playa de los surtidores como una 
bala.
     La rampa de acceso a la ruta estaba desierta. La casa rodante haba 
desaparecido.
     En ese tramo, la 101 era una autopista de cuatro carriles por mano, sin 
conexin entre ambas. La casa rodante no poda haber cruzado a la mano 
contraria. El asesino slo poda dirigirse al norte, y su ventaja era escasa. No 
poda estar lejos.
     Chyna inici la persecucin.
     
     
     
     


     
     
5
     A las cuatro de la maana, el trnsito en la direccin contraria es 
escaso, pero cada par de faros murmura entre los finos vellos de los odos 
de Edgler Veiss. Es un sonido agradable, distinto del rugido pasajero de los 
motores y el silbido oscilante de los neumticos de otros vehculos sobre el 
pavimento.
     Mientras conduce, come un chocolatn. La suavidad del chocolate al 
derretirse sobre su lengua le recuerda la msica de Angelo Badalamenti, y la 
msica de Badalamenti evoca en l la tersura de un ptalo escarlata, que a 
su vez despierta el recuerdo intensamente sensual del sabor fresco y seco 
de los hongos silvestres; que durante varios segundos anula por completo el 
sabor del chocolate.
     Atento al murmullo de los faros que se acercan, sumido en la libre 
asociacin de estmulos sensoriales con recuerdos, Veiss es feliz. Vive con 
mucha ms intensidad que la mayora de los mortales; es un caso aparte. 
Libre de tonteras y de falsas emociones, su mente percibe lo que otras ni 
siquiera sospechan. Comprende la naturaleza del mundo, el propsito de la 
existencia y la verdad detrs de la Gran Mentira; este conocimiento lo hace 
libre, y porque es libre es feliz.
     La naturaleza del mundo es la sensacin. Nadamos a la deriva en un 
ocano de estmulos sensoriales: movimiento, color, textura, forma, calor, 
fro, sinfonas naturales de sonido, infinitos aromas, sabores que superan la 
capacidad humana de clasificacin. Nada perdura sino lo sensorial. Los seres 
vivos mueren. Las grandes ciudades no perduran. El metal se corroe y la 
piedra se erosiona. A lo largo de las eras, cambia la forma de los 
continentes, las cordilleras desaparecen, los mares se secan. Algn da se 
autodestruir el sol y entonces el planeta entero desaparecer. Pero aun en 
los abismos del espacio exterior, en ese vaco profundo que no transmite el 
sonido, hay luz y oscuridad, fro, movimiento, forma, y la perspectiva 
pavorosa de la eternidad.
     El nico fin de la existencia es acoger las sensaciones y gratificar los 
apetitos a medida que se presentan. Edgler Veiss sabe que las sensaciones 
no son buenas ni malas en s mismas y que todas las vivencias sensoriales 
merecen ser experimentadas. Los valores positivos y negativos no son sino 
interpretaciones humanas de estmulos de valor neutro, y por consiguiente, 
son tan perdurables -es decir, tan deleznables- como los seres humanos 
mismos. Disfruta del sabor ms amargo como de la dulzura de un durazno 
maduro; a veces mastica unas cuantas aspirinas, no para aliviar la jaqueca 
sino para disfrutar del incomparable sabor del remedio. Cuando se lastima 
nunca siente miedo porque el dolor es para l otra forma de placer; le 
fascina hasta el sabor de su propia sangre.
     Edgler Veiss no sabe con certeza si existe el alma inmortal, pero tiene la 
conviccin plena de que, de ser as, uno no nace provisto de ella como de 
ojos y odos. Cree que el alma, si existe, se acrecienta a la manera de un 
arrecife de coral, que crece mediante la sedimentacin de innumerables 
esqueletos calcreos de plipos marinos. Pero uno no construye el arrecife 
del alma con los cadveres de plipos sino mediante la acumulacin 
incesante de sensaciones, a lo largo de la vida. Veiss lo ha meditado mucho: 
si uno quiere dotarse de un alma poderosa -de un alma a secas-, debe 
volverse receptivo a todas las sensaciones, sumergirse en ese ocano sin 
fondo de los estmulos sensoriales que es nuestro mundo, y vivenciarlo todo, 
sin contemplaciones sobre el bien y el mal, sin miedo y con gran fortaleza. 
Si tiene razn en sus convicciones, l mismo est construyendo lo que bien 
podra ser el alma ms compleja, enrevesada -incluso barroca- e importante 
que jams hubiera alcanzado ese nivel de existencia.
     La Gran Mentira dice que conceptos tales como amor, culpa y odio son 
reales. Si encierras a Veiss en un cuarto con un sacerdote y les muestras un 
lpiz, ambos coincidirn sobre su color, dimensiones y forma. Si les vendas 
los ojos y colocas bajo sus narices una rama de canela, ambos la 
reconocern. Pero si les muestras a una madre que mima a su beb, el 
sacerdote slo ver amor, mientras que Veiss ver a una mujer que disfruta 
de las sensaciones que le provoca el beb: el aroma del jabn, la suavidad 
de su cutis rosado, las redondeces sin duda agradables de su rostro sin 
marcas, la musicalidad de su gorjeo; su aparente indefensin y su 
dependencia la gratifican profundamente. El gran intelecto humano trae 
consigo una maldicin: la gran mayora de los miembros de la especie 
anhelan ser ms de lo que son. Veiss sabe que en el fondo los hombres y las 
mujeres no son sino animales; inteligentes, por cierto, pero animales al fin; 
reptiles que evolucionaron a partir del primer pez con patas que sali del 
mar primigenio. Sabe que los motivan y conforman solamente los estmulos 
sensoriales, pero son incapaces de reconocer la primaca de la sensacin 
fsica sobre el intelecto y la emocin. Los asusta la conciencia "reptiliana" 
interior, sus necesidades y apetitos, y tratan de inhibir sus sensaciones 
mediante embustes tales como amor, culpa, odio, coraje, lealtad y honor.
     Tal es la filosofa de vida del seor Edgler Veiss. l ama su naturaleza 
de reptil. Su gloria es la acumulacin inigualada de sensaciones. Es una 
filosofa funcional que obliga a quien la profesa a despojarse de los valores 
ntidos que inhiben al creyente, as como de las contradicciones 
vergonzantes de la tica circunstancial, que caracterizan tanto al ateo 
moderno como a aquel cuya religin es la poltica.
     La vida es. Veiss vive. En eso se resume todo. Mientras se dirige al 
norte por la ruta 101 y mordisquea otro chocolatn, Veiss piensa, no por 
primera vez, en la similitud de texturas entre el chocolate blando y la sangre 
al coagular.
     Recuerda el silencio sedante del charco de sangre alrededor de la 
seora Templeton antes de que l lo perturbara al abrir la ducha.
     Con el recuerdo del repiqueteo hueco de la ducha, viene la conciencia 
de la fra lluvia an contenida por la tormenta inminente hacia la cual se 
dirige.
     Ve el parpadeo de un relmpago entre las nubes y reconoce el sabor del 
ozono.
     Por encima del ronroneo montono del motor de la casa rodante oye un 
trueno, y el ruido tambin evoca una imagen cristalina: los ojos del joven 
asitico que se abren ms, ms y ms tras el primer estampido de la 
escopeta. Incluso en el abismo sin aire entre las galaxias: la luz y las 
tinieblas, color, textura, movimiento, forma y dolor. La carretera empez a 
ascender, bordeada por bosques densos. En una curva amplia, los faros del 
Honda barrieron las laderas pobladas de abetos y pinos. Tal vez ms 
adelante habra secoyas.
     Chyna apret el acelerador. Si no recordaba mal, era la primera vez en 
su vida que violaba el lmite de velocidad. Jams la haban multado por una 
infraccin de trnsito, pero en ese momento su mayor deseo era que un 
polica caminero la obligara a detenerse.
     Su legajo inmaculado de conductora se deba a que siempre optaba por 
la moderacin en todos los rdenes de la vida, incluso la velocidad al 
conducir. Al reflexionar sobre las catstrofes ajenas haba llegado a la 
conclusin de que la supervivencia dependa en gran medida de la 
moderacin, y sta era la palabra que defina su vida, as como la palabra fe 
defina la de una monja o poder la de un poltico. Rara vez beba ms de un 
vaso de vino, jams usaba drogas, no practicaba deportes peligrosos, 
consuma una dieta baja en grasas, sal y azcar, evitaba los vecindarios 
considerados peligrosos, jams expresaba opiniones polmicas, y en 
general, pasaba inadvertida... siempre en aras de seguir adelante, de 
sobrevivir.
     Contra todas las probabilidades haba sobrevivido a los sucesos de las 
ltimas horas. El asesino ni siquiera estaba enterado de su existencia. Lo 
haba logrado. Era libre. Todo haba terminado. Lo inteligente, lo prudente, 
lo cuerdo -lo propio de Chyna- era dejarlo escapar, dejar que se alejara, 
correrse a la banquina, detener el auto, entregarse a los temblores que 
reprima con tanto esfuerzo y dar gracias a Dios porque estaba viva e 
intacta.
     Mientras conduca, discuta consigo misma para convencerse de que la 
adolescente encerrada en el stano, Ariel, la de la cara angelical, no era 
verdadera. La chica de la foto ya estaba muerta. El cuento de que la tena 
encerrada en el stano era la fantasa de un degenerado, una versin 
psicpata de un cuento de hadas, la princesita en un stano, un juego para 
desconcertar a los dos empleados. 
     Mentirosa... se llam a s misma.
     La chica de la foto estaba viva y encerrada en alguna parte. Ariel no era 
una fantasa. Ariel era Chyna; eran la misma persona, porque todas las 
chicas extraviadas son la misma chica, unidas en el martirio.
     Apret el acelerador con fuerza, el Honda lleg a la cresta de una loma 
y entonces apareci la vieja casa rodante bajando la larga pendiente, a unos 
ciento cincuenta metros de ella. Contuvo el aliento un instante y lo solt con 
un: "Oh, Jess".
     Se acercaba a velocidad excesiva. Levant el pie del acelerador.
     Cuando lleg a unos setenta metros de la casa rodante pudo igualar su 
velocidad. Dej que se alejara un poco, y rog que l no lo hubiera 
advertido.
     El asesino conduca a unos setenta y cinco u ochenta kilmetros por 
hora, una velocidad prudente en ese tramo en que la calzada se volva ms 
estrecha y no haba separacin medianera. l no tendra motivos para 
pensar que Chyna deba pasarlo ni para sospechar de ella si no lo haca; a 
esa hora soolienta, no todos los californianos estaban devorados por la 
prisa o eran presas de temeridad suicida.
     A esa velocidad moderada, sin necesidad de concentrarse 
exclusivamente en la ruta, Chyna registr el interior del auto en busca de un 
telfono celular. Le pareca difcil encontrar uno en el auto de un empleado 
nocturno de estacin de servicio, pero ltimamente la mitad del gnero 
humano pareca tener telfono porttil; no haca falta ser vendedor o agente 
inmobiliario o abogado. Tante en la consola. Luego en la guantera. Luego 
bajo el asiento. Desgraciadamente, su pesimismo estaba justificado.
     Por la mano contraria pasaba el trnsito en direccin al sur: un camin 
inmenso con un conductor con pie de plomo seguido de muy cerca por un 
Mercedes y, de bastante lejos, por un Ford. Chyna se concentr en los autos 
con la esperanza de cruzarse con un patrullero.
     Si eso suceda, llamara la atencin de los policas con la bocina y luego 
movera el coche de un lado a otro del camino para que la vieran en su 
espejo retrovisor. Si no alcanzaba a tocar bocina ni lograba atraer su 
atencin con el slalom, girara en u y perseguira al patrullero, aunque as 
perdera de vista la casa rodante.
     Por el momento, no tena esperanzas de cruzarse con la polica.
     El asesino tena toda la suerte del mundo. Su confianza era 
desconcertante. Tal vez la confianza era la clave de su buena suerte... 
aunque incluso una persona como Chyna, con los pies tan firmemente 
plantados sobre la tierra, poda dejarse llevar por la supersticin para 
atribuirle poderes tenebrosos, sobrenaturales.
     No. l slo era un hombre.
     Y ahora ella tena un revlver. No estaba indefensa. Lo peor haba 
pasado.
     Los rayos surcaban el cielo boreal, pero ya no era un parpadeo plido o 
difuso entre las capas de nubes. Eran brillantes como si el sol mismo se 
abriera paso desde el otro lado de la noche.
     Los destellos estroboscpicos parecan estremecer la casa rodante como 
si la ira divina estuviera a punto de destruirla junto con su conductor.
     Pero en este mundo, el justo castigo era atributo de hombres y mujeres 
mortales. Dios reservaba Sus castigos para la otra vida; Chyna lo 
consideraba una crueldad de Su parte.
     Detrs de los relmpagos, venan los truenos. Pero eso era todo. La 
lluvia segua embotellada en las alturas de la noche.
     Esperaba pasar algn puesto de la polica caminera donde pudiera pedir 
ayuda, pero no haba ninguno. El pueblo ms cercano -donde tal vez tendra 
la suerte de pasar una comisara o cruzarse con un patrullero- era Eureka, 
que distaba de ser una metrpoli y adems estaba a una hora.
     De nia, se ocultaba debajo de una cama o en el fondo de un armario, 
en un tejado o en las ramas ms altas de un rbol, en un granero invernal o 
en una playa tibia, hasta que se disiparan las rabias y las pasiones de los 
adultos. En esas ocasiones, era presa del terror, pero tambin tena 
paciencia, y un distanciamiento de la realidad del tiempo que era propio del 
zen. Esta vez se senta devorada por la impaciencia. Quera ver a ese 
hombre atrapado, engrillado, acosado por la justicia, castigado. Lo deseaba 
con desesperacin, sin un minuto ms de demora, sin darle tiempo a matar 
otra vez. Lo que estaba en juego no era su propia supervivencia sino la de 
una adolescente desconocida. La sorprenda -la inquietaba sentir un afecto 
tan intenso por una desconocida.
     Tal vez siempre haba posedo esa cualidad pero no haba vivido una 
situacin que la obligara a reconocerla. Pero no. No poda engaarse. Diez 
aos atrs no hubiera seguido a la casa rodante. Ni cinco aos atrs. Ni el 
ao pasado. Tal vez ni siquiera ayer.
     En su interior se haba operado un cambio profundo, pero la causa no 
era la carnicera que haba presenciado unas horas antes en casa de los 
Templeton. Tena una conciencia visceral de que la desconcertante 
metamorfosis se haba producido a lo largo de mucho tiempo, como la 
alteracin lenta del curso de un ro: a travs de cambios imperceptibles de 
grado, da tras da. Bruscamente, la supervivencia no le bastaba; cedi el 
ltimo terrapln, se desplaz la ltima piedra, el ro cambi de curso.
     Sus propios sentimientos la asustaban. El afecto sin pensar en las 
consecuencias.
     Los rayos, ms feroces que nunca, iluminaron secoyas tan inmensas, 
que parecan torres de catedral. Detrs de los fogonazos venan truenos tan 
atroces como los desplazamientos de una falla geolgica. Se abrieron los 
cielos y cay la lluvia.
     Al principio, las gotas eran gordas y lechosas a la luz de los faros, como 
si la noche fuera una araa sin luz de la cual pendan infinitos caireles de 
cristal de roca. Se estrellaban sobre el parabrisas, el techo, el asfalto.
     En la ruta, delante de ella, la casa rodante se desvaneca en medio del 
aguacero.
     En segundos, las gotas se volvieron ms pequeas y a la vez ms 
abundantes. Adquirieron un color gris plata a la luz de los faros; ya no caan 
perpendicularmente sino en ngulo, arrastradas por las fuertes rfagas.
     Chyna puso los limpiaparabrisas a mxima velocidad, pero la casa 
rodante se alejaba cada vez ms a medida que la tormenta se haca ms 
fuerte. Lejos de reducir la velocidad a medida que desmejoraba el tiempo, el 
asesino aceleraba.
     Temerosa de perderlo de vista por un solo instante, Chyna redujo la 
distancia a unos sesenta metros. La preocupaba que l interpretara 
correctamente su maniobra y se diera cuenta de que lo perseguan.
     No aparecan faros en su espejo retrovisor. El psicpata de la casa 
rodante haba impuesto a la carrera un ritmo que nadie sino Chyna tratara 
de igualar.
     En la carretera desierta, se senta tan sola como poco antes dentro de 
su matadero sobre ruedas.
     Pero cuando el paso del tiempo amenazaba con transformar los carriles 
desiertos de la ruta y las deprimentes cataratas de lluvia en algo ms 
montono que amenazante, el asesino la sorprendi. Aminor apenas la 
marcha y sin usar las luces de giro vir a la derecha por una rampa de 
salida.
     Chyna se retras un poco, temerosa de despertar sus sospechas al 
tomar la misma salida. No haba otro auto a la vista y sera imposible pasar 
inadvertida. Pero no le quedaba alternativa.
     Cuando Chyna lleg al final de la rampa, la casa rodante haba 
desaparecido en la lluvia y la bruma, pero ella la haba visto girar a la 
izquierda. En realidad, el camino de dos carriles tena una sola mano, hacia 
el oeste, y un cartel indicaba que se encontraba dentro del Parque de 
Secoyas Humboldt.
     Ms adelante haba tres poblaciones: Honeydew, Petrolia y Capetown. 
Jams las haba odo nombrar; seguramente eran caseros, sin polica a la 
vista.
     Se inclin sobre el volante, entrecerr los ojos para mirar a travs del 
parabrisas empapado y entr en el parque, ansiosa por alcanzar al asesino 
porque quiz viva en uno de esos caseros o cerca de ellos. Era prudente 
dejarlo alejarse por un minuto para que l no pensara que lo seguan. Pero 
deba darle alcance antes de que llegara al otro lado del parque y tal vez 
saliera del camino y se metiera en una senda privada.
     A medida que el camino serpenteaba entre los rboles gigantescos, la 
lluvia caa con menos fuerza sobre el Honda. La tormenta no haba 
amainado en absoluto, pero los inmensos bastiones de las secoyas protegan 
al pavimento de la fuerza del diluvio.
     Este camino estrecho y sinuoso no les permita mantener la misma 
velocidad que la ruta 101. Adems, el asesino aparentemente haba decidido 
que no necesitaba andar a tanta velocidad, acaso porque se haba alejado de 
los muertos en la estacin de servicio. Chyna tard menos de un minuto en 
alcanzarlo, pues marchaba debajo del lmite de velocidad.
     Advirti que la casa rodante no tena matrcula. California -y tal vez 
otros estados- no entregaba placas provisorias para vehculos recientemente 
adquiridos, y se poda andar sin ellas hasta que el Departamento de 
Vehculos de Motor las enviara por correo. O quizs el asesino las haba 
quitado antes de ir a la casa de los Templeton ante la alternativa de cruzarse 
con un testigo con buena memoria.
     Chyna levant el pie del acelerador, mir el velocmetro... y vio una luz 
roja. El indicador de combustible apuntaba a la marca de vaco.
     Se haba concentrado tanto en la casa rodante y el pavimento 
resbaladizo, que no saba cundo se haba encendido. Tal vez haba cinco o 
seis litros en el tanque... o tal vez estaba consumiendo el ltimo medio litro.
     Sera imposible seguir al asesino hasta su base de operaciones.
     Las secoyas no transmiten sensacin de grandeza, ni de belleza, ni de 
paz; tampoco la intemporalidad de la naturaleza. Las secoyas expresan 
poder.
     Mientras conduce, Edgler Veiss baja la ventanilla e inspira 
profundamente el aire fro impregnado del aroma de las secoyas, el aroma 
del poder. El aroma le infunde ese poder que acrecienta el suyo.
     Las secoyas tienen poder porque ningn otro rbol iguala su grandeza, 
porque son antiguos -algunos de estos ejemplares nacieron siglos antes que 
Jesucristo-, porque su extraordinaria corteza, gruesa como una armadura y 
rica en tanino, los vuelve casi invulnerables a los insectos, las plagas y el 
fuego. Perduran mientras perece todo lo que los rodea; hombres y animales 
pasan entre ellos y jams vuelven; las aves se posan en lo ms alto y 
parecen ms libres que los seres arraigados en la tierra y las rocas, pero 
tarde o temprano, al detenerse su corazn, caen de las gruesas ramas o 
revolotean desde el cielo, y los rboles an se alzan majestuosos; en el 
suelo umbro de estas arboledas, helechos y rododendros que huyen del sol 
florecen ao tras ao, pero su inmortalidad es ilusoria porque tambin ellos 
mueren, y en los restos descompuestos crecen nuevas generaciones de su 
especie. Cristo, prncipe de la paz y profeta del amor, muri en una cruz de 
encina, pero durante toda Su vida ni uno de estos rboles fue derribado por 
tormenta alguna; la paz les importaba un bledo, el amor les era 
desconocido, pero perduraban. Afanndose en su interminable cosecha, la 
Muerte echa sombras frenticas entre las secoyas indiferentes, un parpadeo 
incesante que se posa sobre sus troncos colosales y las afecta tanto como la 
luz del fuego afecta a las piedras de la chimenea.
     El poder es vivir mientras otros perecen ineluctablemente. El poder es 
serena indiferencia al sufrimiento ajeno. Es alimentarse de la muerte ajena, 
as como las poderosas secoyas se nutren de los restos putrefactos de 
aquello que tuvo una vida efmera. Esto tambin forma parte de la filosofa 
de vida de Edgler Foreman Veiss.
     A travs de la ventanilla abierta, aspira el aroma de las secoyas, y las 
molculas de su fragancia se adhieren a las molculas superficiales de sus 
pulmones; su sangre oxigenada toma el poder de los milenios, lo transporta 
al corazn, de all hasta sus miembros, infundindoles fuerza y energa.
     El poder es Dios, Dios es la naturaleza, la naturaleza es poder, y el 
poder est en l.
     Su poder aumenta sin cesar.
     Si adorara algo, sera un fervoroso pantesta, creera que 
absolutamente todo es sagrado, cada rbol y cada flor y cada brizna de 
hierba, cada pjaro y cada cucaracha. ltimamente abundan los pantestas, 
y l estara a sus anchas si se uniera a ellos. Si todo es sagrado, nada lo es. 
Por eso le gusta el pantesmo. Si la vida de un nio vale lo mismo que la de 
una margarita o una lechuza de campanario, Veiss puede matar a una nia 
con la misma frialdad con que pisara un alacrn, sin mayor inhibicin moral 
y con placer considerablemente mayor.
     Pero no adora nada.
     Al finalizar una curva y entrar en una recta bordeada por secoyas de 
dimetro mayor que el de las que haba visto hasta el momento, los huesos 
blancos de los rayos perforan la piel negra del cielo. El aire se estremece con 
el rugido de los truenos semejantes a un bramido de furia.
     Llevado por la lluvia, el olor de los relmpagos impregna la noche. 
Ahora son dos los aromas poderosos que se le ofrecen: relmpagos y 
secoyas, electricidad y tiempo, calor feroz y resistencia imperturbable. Lo 
aspira profundamente, con placer.
     El desvo por el camino vecinal entre las secoyas, bordeando la costa 
hasta volver a la ruta 101 al sur de Eureka, lo demorar entre media y una 
hora; esto depende de la velocidad que pueda alcanzar y de la fuerza de la 
tormenta. Pero aunque est ansioso por volver a la casa donde lo espera 
Ariel, no puede resistir el poder de las secoyas.
     Un par de faros aparece en su espejo lateral. Un auto. Un vehculo lo 
haba seguido por la carretera durante casi una hora, pero sin tratar de 
acercarse. ste debe de ser otro, porque el conductor, ms agresivo que el 
de la ruta, viene a gran velocidad, empeado en reducir la distancia entre 
ambos.
     El conductor del auto -un Honda- pasa imprudentemente a la mano 
contraria para adelantarse a la casa rodante aunque en ese tramo est 
prohibido. No hay trnsito y estn en una recta, pero el Honda no tendr 
tiempo para terminar la maniobra antes de llegar a la siguiente curva 
cerrada, y adems el pavimento es resbaladizo y traicionero.
     Veiss reduce la velocidad.
     El veloz Honda se coloca a la par.
     Al echar una rpida mirada a travs del parabrisas, Veiss apenas 
alcanza a vislumbrar a la persona detrs del volante porque la lluvia y los 
limpiaparabrisas entorpecen la visin. Apenas una mancha roja: una camisa 
o un suter. Una mano plida sobre el volante. La mueca delgada indica 
que es probable que sea una mujer. Aparentemente, est sola. Entonces el 
auto se adelanta, el parabrisas queda fuera de su vista y slo alcanza a ver 
el techo.
     Se acercan rpidamente a la curva. Veiss reduce an ms la velocidad.
     A travs de su ventanilla abierta, escucha el alarido del Honda 
acelerado. La tremenda potencia del motor es algo pattico en comparacin 
con la majestuosidad de las arboledas: como el zumbido de un mosquito 
furioso en medio de una manada de elefantes.
     Con un esfuerzo mnimo, tan pequeo que no acelerara su pulso, 
podra girar el volante bruscamente a la izquierda, embestir el Honda con la 
casa rodante y sacarlo del camino. El auto volcara y explotara, o bien 
chocara de frente contra un tronco de secoya de seis metros de dimetro.
     La tentacin es fuerte.
     Sera un espectculo gratificante.
     Le perdona la vida a la conductora del Honda porque en ese momento 
su estado de nimo no le pide sensaciones brutales sino sutiles. Los frutos 
de esta expedicin tan gratificante no slo han sido la destruccin de la 
familia en el Valle de Napa, segn su intencin original, sino tambin de ese 
joven que haca autostop y que ahora pende en su armario como el 
aficionado al amontillado, de Poe, en el nicho de una bodega, adems de los 
dos empleados de la estacin de servicio. Est saciado. El arrecife del alma 
no se construye con sensaciones repetitivas sino con vivencias variadas. En 
este momento, su espritu no clama por la msica tenebrosa de la sangre y 
las brutales caricias de los alaridos; quiere aspirar la humedad de la lluvia, 
palpar la masa colosal de los rboles, escuchar las frescas oscilaciones de los 
helechos ocultos en la noche.
     Frena para reducir bruscamente la velocidad.
     El Honda pasa como un rayo, alzando una gran estela de agua sucia. 
Entra en la curva con un destello de luces de freno: rojo en la tormenta 
negra, destellos rojos en la corteza gris de las inmensas conferas, rastros 
apocalpticos rojos sobre el pavimento. Y desaparece. Nuevamente solo al 
volante de su arca, en su mundo incoloro de lluvia gris, sombras negras y 
deslumbrantes haces blancos, Edgler Veiss puede comulgar en paz con las 
secoyas y extraer de ellas una parte de su poder. Piensa en Cristo sobre su 
cama vertical de madera de encina, y sonre al recordar que los mansos 
recibirn la tierra por heredad. l no aspira a heredad alguna. Es un fuego 
incontenible, poderoso y ardiente; consumir los colores del mundo, hasta el 
ltimo tomo de sensacin que pueda ofrecerle y dejar un reino de cenizas. 
Que los mansos reciban cenizas por heredad.
     Al adelantarse a la casa rodante a tal velocidad que no pudo impedir 
que el Honda cruzara la doble lnea amarilla en la curva, Chyna temi que el 
motor sediento de combustible se ahogara y la dejara parada. La luz roja de 
advertencia, una vez vista, era un resplandor constante en su visin 
perifrica aunque no mirara el panel de control. Pero el Honda segua su 
marcha confiada, impulsado por los restos de combustible o el humo o quin 
saba qu magia.
     Su plan requera tomar distancia del asesino para ganar tiempo. Aceler 
lo ms que pudo sobre el pavimento engrasado por la lluvia.
     Tras una curva, el camino estrecho se enderez, descendi por una 
pendiente suave, tom otra curva, ascendi y descendi otra vez. A pesar 
de estos accidentes espordicos, el terreno era casi montono en su 
descenso gradual hacia el Pacfico, unos pocos kilmetros al oeste. Los 
terraplenes de tierra blanda que flanqueaban el camino ms all de las 
banquinas frustraban sus propsitos. Pero entonces el camino baj al nivel 
del bosque circundante, y al entrar en una recta en pendiente casi 
imperceptible hall las circunstancias ideales.
     Calcul que le llevaba un minuto de ventaja, acaso un minuto y medio 
si no haba acelerado despus de dejarla pasar. Un minuto sera suficiente.
     Aunque redujo la velocidad a cuarenta y cinco kilmetros por hora, 
tena la sensacin de que atravesaba el bosque como un blido. Redujo la 
velocidad a cuarenta, tan maravillada como desconcertada por su alarde de 
herosmo. Se sali del camino, vol sobre la banquina derecha, salt sobre 
una acequia de desage y choc frontalmente contra la poderosa base de 
una gran secoya. Estall el faro izquierdo, el paragolpes absorbi el impacto, 
se arrug y se desprendi como estaba previsto por su diseador y hubo un 
breve chillido metlico.
     Gracias al cinturn de seguridad, su cuerpo no se estrell contra el 
volante ni atraves el parabrisas, pero la correa que cruzaba su pecho en 
diagonal le arranc un gruido de dolor al apretarle los senos.
     El motor segua en marcha.
     No haba tiempo para bajar a inspeccionar la trompa, y Chyna tema 
que el dao no fuera lo suficientemente espectacular para convencer al 
asesino de que haba un herido en el accidente. Cuando pasara por ah, en 
pocos segundos ms, la escena deba ser convincente. En caso contrario, si 
sospechaba de algo, su plan fracasara por completo.
     Puso la marcha atrs y se alej del rbol, que estaba intacto. El suelo 
estaba cubierto de agujas mojadas de secoya que hacan patinar las ruedas, 
pero la lluvia no haba transformado la tierra en fango. El auto cruz a los 
barquinazos sobre la acequia, que contena apenas unos centmetros de 
agua barrosa, y sali al pavimento.
     Ech una mirada hacia la cima de la pendiente suave por la que 
acababa de descender. No haba el menor indicio de un par de faros que 
entraran en la curva.
     Ya vendra. De eso no tena dudas. Faltaba poco.
     No tena tiempo para ascender siquiera un breve tramo por la 
pendiente. Pero tena que tomar impulso. Con el pie izquierdo pis el freno a 
fondo y con el derecho apret suavemente el acelerador. El motor gimi y 
luego chill. Como un potro bravo, el auto pugnaba por vencer al freno. 
Forcejeaba como un ser viviente, y Chyna se pregunt hasta qu punto 
podra acelerarlo sin correr el riesgo de matarse o quedar atrapada en una 
maraa de hierros retorcidos. Aceler un poco ms, sinti olor a quemado y 
alz el pie del freno.
     Los neumticos patinaron sobre el asfalto mojado, el Honda se 
estremeci, se precipit hacia adelante, salt sobre la zanja y se estrell 
contra el tronco. Estall el faro derecho, el metal chill, la tapa del motor se 
pleg y se abri con un sonido extraamente similar al rasguido de un 
banjo, pero el parabrisas no se rompi.
     El motor tosi. El combustible se haba agotado por fin, o bien haba 
sufrido una avera mecnica grave. Jadeando para recuperar el aliento bajo 
la brutal tensin de la correa, implorando una vez ms que no fallara el 
motor, Chyna puso la marcha atrs.
     Lo ideal era que el Honda quedara cruzado sobre el camino antes de 
que el asesino doblara la curva. Tena que obligarlo a detenerse, a bajar de 
la casa rodante. El auto baqueteado resoll, el motor casi se par pero 
bruscamente aceler, y Chyna tuvo tiempo de murmurar: "Gracias a Dios" al 
salir al pavimento.
     Maniobr para colocar el auto cruzado sobre las dos manos del camino 
pero en diagonal, con la trompa averiada apuntando hacia la cima para que 
el asesino la viera al salir de la curva.
     El motor jade un par de veces y se detuvo, pero eso ya no era 
problema. Haba colocado el auto tal como quera.
     Ahora que faltaba el ruido del motor, la lluvia pareca arreciar, 
repiqueteando con fuerza sobre el techo y el parabrisas.
     En la curva de la cima an reinaba la oscuridad. Puso el auto en cambio 
para que no rodara al levantar el pie del freno.
     Los dos faros estaban reventados, pero los limpiaparabrisas seguan 
oscilando, activados por la batera. No los apag.
     Abri la puerta, aterrada al sentirse al descubierto bajo la luz interior, y 
sac un pie del auto. Tena que alejarse del auto y ocultarse antes de que 
apareciera la casa rodante... lo que sucedera en veinte segundos, o diez, o 
en quin sabe cuntos porque no tena la menor nocin del tiempo 
transcurrido desde que sali de la curva.
     El revlver.
     No haba terminado de salir del auto cuando record el revlver. Gir su 
cuerpo, extendi el brazo... pero el arma no estaba sobre el asiento.
     Seguramente el primer choque o el segundo lo haba arrojado al piso. 
Se inclin sobre la consola entre las butacas delanteras, tante 
frenticamente en la oscuridad, palp el acero fro, el cao, incluso su dedo 
se introdujo en la boca lisa. Con un murmullo incoherente de alivio, tom el 
revlver por la culata.
     Lo aferr con fuerza y sali del Honda. Dej la puerta abierta.
     El viento y la lluvia la calaron hasta los huesos.
     En lo alto de la pendiente apareci un tenue resplandor y los troncos de 
secoya junto a la banquina de la curva empezaron a brillar como baados 
por el resplandor de una luna inesperada.
     Chyna cruz el pavimento resbaladizo a la carrera, chapote en la 
acequia y se estremeci cuando el agua helada entr en sus zapatillas. Los 
rboles de este lado del camino estaban a unos seis a diez metros de la 
banquina. Corri hacia un punto de la arboleda colosal directamente opuesto 
al monstruo contra el cual haba estrellado el Honda.
     Mucho antes de llegar al rbol ms prximo resbal sobre la alfombra 
esponjosa de agujas mojadas, cay y aterriz sobre un montn de pias de 
secoya. Los conos crujieron bajo su espina lumbar; a juzgar por la punzada 
de dolor, poco haba faltado para que se le quebrara. Hubiera preferido 
gatear hacia un escondite, pero no poda soltar el revlver y tema llenar el 
cao con barro o agujas. Se par de un salto justo cuando una luz fuerte 
ilumin la ruta y un motor rugi en la tormenta.
     La casa rodante sala de la curva.
     Se hallaba a escasos cinco metros de la carretera, una distancia 
insuficiente porque la maleza bajo las secoyas gigantes era muy rala, 
apenas unos helechos, y un poco ms tupida a mayor distancia del asfalto. 
No deba dejarse ver. Si l la viera correr a ocultarse, sera el fin. 
Afortunadamente, sus jeans eran de color azul oscuro, no era esa tela 
predesteida que refleja la luz; su suter era rojo frambuesa, lo que no era 
tan terrible como el blanco o el amarillo, y su pelo no era rubio sino negro. 
Sin embargo, se senta tan visible como si estuviera vestida de novia.
     l se concentrara en el Honda, sorprendido al verlo cruzado en el 
camino. En un principio no mirara hacia los costados del camino, y cuando 
por fin lo hiciera, su mirada ira hacia la derecha, en la direccin que 
apuntaba el Honda, no hacia la izquierda donde Chyna buscaba refugio.
     Con estos argumentos, trataba de convencerse de que estaba a salvo, 
de que no la haba visto, pero no lo consegua del todo. As lleg a la 
primera "falange" de las enormes secoyas. En vista de sus dimensiones 
colosales, le pareci extraordinario que crecieran tan prximas entre s. 
Borde el tronco corrugado de un gigante de cinco metros de dimetro, tan 
prximo a su vecino inmediato, un ejemplar an ms grande, que el espacio 
entre los dos titanes era de apenas cincuenta centmetros.
     Las ramas ms bajas estaban a cincuenta o sesenta metros del suelo y 
slo las vea cuando las iluminaban los relmpagos. De pie entre esos 
troncos, tena la sensacin de encontrarse entre las columnas de la nave de 
una catedral demasiado grande para ser terrenal; las ramas espinosas 
formaban una cpula majestuosa a quince pisos de altura.
     Desde su escondite hmedo, estrecho, espi cautelosamente la ruta.
     Ms all de la sutil filigrana de los helechos, en el resplandor plateado 
de la lluvia, se acercaban los faros de la casa rodante. Los acompaaba el 
suave silbido de los frenos de aire.
     Edgler Veiss se detiene sobre el asfalto porque la banquina no es lo 
suficientemente firme ni ancha para la casa rodante. Hay muy poco trnsito 
en la ruta panormica antes del amanecer y cuando el tiempo es tan malo, 
pero l no quiere bloquear el paso ms de lo estrictamente necesario. 
Conoce bien las leyes de trnsito de California.
     Pone el cambio en punto muerto y acciona el freno manual, pero no 
apaga el motor ni los faros. Sin ponerse el impermeable, baja de la cabina y 
deja la puerta abierta.
     La lluvia sobre el asfalto repiquetea; sobre el metal de los vehculos es 
un tintineo y en las hojas de los rboles es un coro sin palabras. Le agradan 
los sonidos de la lluvia, como el fro y el aroma feraz de los helechos y la 
tierra frtil.
     Es el mismo Honda que lo pas poco antes. No le sorprende hallarlo en 
una condicin tan lamentable, vista la imprudencia de la conductora al 
manejar a semejante velocidad.
     Es evidente que derrap sobre el pavimento y choc contra el rbol. 
Luego la conductora pudo volverlo al camino antes de que fallara el motor.
     Pero, dnde est la conductora?
     Tal vez otro automovilista que vena en sentido contrario la encontr 
herida y la llev en busca de un centro de atencin mdica. Pero no, sera 
demasiado fortuito y oportuno. Si el accidente no pudo haber sucedido hace 
ms de un par de minutos...
     La puerta del lado del conductor est abierta, y al asomarse al interior, 
Veiss ve que las llaves estn en el encendido. Los limpiaparabrisas barren el 
vidrio. Las luces traseras, la luz interior del techo y los indicadores en el 
panel estn encendidos.
     Se aleja del auto y observa el rbol hacia el cual se dirigen las huellas 
de los neumticos. La corteza muestra huellas del impacto, pero son 
superficiales.
     Desconcertado, estudia la arboleda de ese lado de la ruta.
     Posiblemente la conductora baj del auto destruido y, obnubilada por 
un golpe en la cabeza, se perdi entre las secoyas. Tal vez se hunde ms y 
ms en la arboleda primigenia, perdida y aturdida... o tal vez, abatida por 
las heridas, yace inconsciente sobre los helechos.
     Los rboles que crecen tan prximos entre s forman un laberinto de 
pasadizos estrechos donde la madera prima sobre el espacio. A medioda de 
un da radiante, apenas penetraran algunos rayos estrechos de luz, y las 
tinieblas reinaran en lo profundo del bosque, como si los cientos de miles de 
noches transcurridas desde el nacimiento de la arboleda hubieran depositado 
un residuo de sombras. Ahora, en la hora embrujada antes del alba, la 
oscuridad es tan pura, que parece un ser viviente, un depredador agazapado 
que, sin embargo, le abre sus brazos para acogerlo.
     Estas tinieblas extraas conmueven a Veiss, despiertan en l anhelos de 
vivencias que intuye estn a su alcance pero an no imagina, experiencias 
misteriosas y transformadoras que no puede visualizar ni siquiera 
nebulosamente. Entre las secoyas, en los pasadizos de corteza agrietada, en 
alguna ciudadela secreta de pasiones bestiales donde reinan tinieblas ms 
antiguas que la historia humana, lo aguarda una aventura mstica.
     Si la mujer anda vagando por el bosque, podra estacionar la casa 
rodante y buscarla. Tal vez la cuchilla que encontr en la estacin de servicio 
es un presagio, acaso su sangre est destinada a ser vertida por l con esa 
hoja. Fantasea con quitarse la ropa y penetrar desnudo en la arboleda, 
armado slo con la cuchilla y con sus instintos primitivos para acechar y 
apresarla, sentir el fro de la lluvia y la bruma sobre su piel, el aire que se 
vuelve caliente una vez que lo exhala e imparte su calor a la noche; se ve 
arrancando brutalmente la ropa de la mujer al tiempo que la derriba sobre la 
tierra del bosque. La fantasa le provoca una ereccin, pero se pregunta si la 
atacara antes con la cuchilla o con el falo... o acaso con los dientes. La 
decisin debe ser tomada en el momento de la captura y dependera de los 
atractivos de la mujer; pero est convencido de que ambos viviran una 
experiencia indita, misteriosa... e inefablemente intensa.
     Con todo, falta una hora para el amanecer, y la prudencia indica que 
debe seguir su camino. Tiene que poner mayor distancia entre l y los 
lugares donde encontr gratificacin la noche anterior.
     Para hacer bien el papel de Edgler Veiss se requiere, entre otras 
virtudes, la capacidad de reprimir las pasiones ms ardientes cuando darles 
rienda suelta entraa peligro. Si gratificara cada deseo en el instante que se 
presentara, sera menos hombre que animal... y hara mucho que estara 
muerto o encarcelado. Ser Edgler Veiss significa ser libre pero no 
imprudente, veloz pero no impulsivo. Requiere el sentido de las 
proporciones. Exige el sentido del tiempo. Joder, un sentido del ritmo como 
el de un maestro del zapateo americano. Y una linda sonrisa. Se puede 
llegar muy lejos con una sonrisa verdaderamente atractiva y el dominio de 
uno mismo.
     Contempla el bosque y sonre.
     Estacionada sobre la ruta a unos seis metros del Honda abollado, la 
casa rodante pareca ms pequea por la presencia de las secoyas.
     Mientras el asesino caminaba hacia el auto abandonado, a la luz de los 
faros de la casa rodante, Chyna avanzaba con cautela cuesta arriba por el 
bosque oscuro, en sentido paralelo a l pero en direccin contraria. Borde 
el rbol a su diestra; su mano derecha sostena el revlver mientras la 
izquierda se apoyaba en el tronco para tener estabilidad en el caso de que 
tropezara con una raz u otro obstculo. Su palma ya reconoca la trama 
repetitiva de arcos gticos formada por las profundas grietas de la corteza. 
Con cada paso incierto por esa amplia curva, creca en ella la impresin de 
que no bordeaba un rbol sino un edificio, una fortaleza sin ventanas erigida 
contra toda la furia del mundo.
     Despus de navegar un hemisferio del tronco hasta el pasadizo estrecho 
entre el rbol y su vecino, se detuvo a echar una mirada. Junto a la puerta 
abierta del Honda, el asesino contemplaba el bosque al otro lado del camino. 
La preocupaba que pasara otro automovilista sin darle tiempo a ejecutar su 
plan.
     Borde el rbol siguiente. Era an ms grande que el monstruo 
anterior, y su palma tante la trama gtica que ya conoca.
     A pesar del alarido del viento en las alturas y la llovizna que caa desde 
las ramas altas, la arboleda le pareca un buen escondite, oscuro pero no 
tenebroso, fro pero no amenazante. Aunque segua sola en su afliccin, por 
primera vez en toda la noche no se senta sola.
     En la siguiente brecha en el muro de los rboles, vio que el asesino se 
introduca en el Honda. Tena que sacar al auto averiado del camino porque 
no haba lugar para bordearlo.
     Chyna mir la casa rodante. Tal vez porque saba lo que llevaba en su 
interior -un hombre muerto encadenado en un armario, una mujer muerta 
envuelta en un sudario blanco-, le pareci tan siniestra como un artefacto de 
guerra.
     Poda permanecer oculta en la arboleda. Olvidar su plan. Dejar que l se 
fuera y seguir haciendo su vida. Esperar. Sobrevivir. Era lo ms fcil.
     La polica hallara a la chica. Ariel. De alguna manera. En algn 
momento. Sin necesidad de herosmos.
     Un acceso repentino de debilidad la oblig a apoyarse contra el tronco. 
Temblaba, sus rodillas estaban a punto de ceder. Abrumada por la 
desesperacin y el miedo.
     Las luces traseras e interiores del Honda se amortiguaron al rechinar el 
encendido del auto, que el asesino intentaba poner en marcha.
     Entonces, Chyna escuch otro ruido. Mucho ms prximo que el del 
auto. A su espalda. Un crujido, un chasquido, un bufido como el de un 
caballo asustado.
     Gir rpidamente, asustada.
     En el resplandor de la luz de la casa rodante, Chyna vio ngeles entre 
las secoyas. Al menos, eso pens por un instante. La miraban rostros 
plcidos, plidos en la oscuridad, ojos luminosos, curiosos, tiernos.
     Pero aun ese tenue resplandor bast para disipar toda esperanza de 
una presencia angelical. Tras un momento de desconcierto, reconoci a las 
criaturas: especies de alces costeros sin cornamenta.
     Eran seis en un claro de tres metros de dimetro entre la hilera exterior 
de los rboles y la profundidad del bosque, y estaban tan prximos, que 
hubiera podido alcanzarlos en tres pasos. Nobles testas erguidas, orejas 
alzadas, ojos clavados en ella.
     Los alces eran curiosos, y a pesa r de su timidez natural, parecan no 
sentir miedo.
     Una vez, su madre y ella haban pasado dos meses en una finca 
agrcola del distrito de Mendocino, donde un grupo de la resistencia, bien 
pertrechado, aguardaba el ineluctable estallido de la guerra racial que 
destruira a la nacin; en ese ambiente de juicio final, Chyna haba dedicado 
la mayor parte de su tiempo a explorar la campia, las colinas y los valles de 
singular belleza, los pinares, los campos dorados donde se alzaban robles 
aislados -enormes, majestuosos, perfilando su ramaje negro contra el cielo- 
y donde, en ocasiones, aparecan pequeas manadas de alces costeros, 
siempre lejos de los seres humanos y sus obras. Los haba acechado, no 
como un cazador sino con torpe astucia infantil, tan tmida como ellos pero 
atrada por su irresistible serenidad y placidez, un oasis de paz en un mundo 
saturado de violencia.
     Durante esos dos meses jams haba podido acercarse a menos de 
veinte o treinta metros de las manadas de alces, que ante su presencia 
huan hacia los campos y las lomas ms alejados.
     Pero ahora eran ellos los que se acercaban, cautos pero no asustados, 
como si fueran los mismos alces de su infancia, convencidos al fin de sus 
intenciones pacficas.
     Era raro encontrar alces costeros tan lejos del mar, de los prados ms 
all del bosque de secoyas, de los pastizales lozanos despus de las lluvias 
del invierno, donde abundaba la hierba para pastar. Aunque no desconocan 
el bosque, llamaba la atencin su presencia en la oscuridad lluviosa antes 
del amanecer.
     Entonces vio que haba otros aparte de la manada de seis -uno aqu, 
otro all, un tercero ms all y aun otros-, entre los rboles un poco ms 
alejados. Algunos eran apenas visibles en la arboleda umbra casi fuera del 
alcance del resplandor de los faros, pero calcul que eran doce o ms, todos 
inmviles, como si escucharan embelesados una msica fuera del alcance 
del odo humano.
     Los rayos surcaban el cielo como enormes ramas, echaban races a 
tierra, y bajo su luz efmera, Chyna pudo ver a los alces con claridad. Eran 
ms numerosos de lo que haba pensado. Entre la bruma y los helechos y las 
flores rojas de los rododendros, a la luz trmula de los rayos. Las testas 
alzadas, echando nubes de vapor por sus fosas negras. Los ojos fijos en ella.
     Mir hacia la carretera.
     El asesino haba abandonado el intento de encender el motor del Honda. 
Quit el freno manual y dej que se deslizara lentamente por la pendiente 
suave del asfalto.
     Despus de echar una ltima mirada a los alces, Chyna avanz entre 
dos secoyas.
     El asesino gir el volante a la derecha, y el auto, llevado por su propio 
impulso, describi un arco amplio y su trompa apunt cuesta abajo.
     Entre los helechos y los pastos ralos, Chyna avanz resueltamente 
hacia la ruta. La debilidad momentnea de las piernas, el momento de 
vacilacin haban quedado atrs.
     Guiado por el asesino, el Honda se desliz cuesta abajo y se detuvo 
sobre la banquina derecha.
     Podra seguirlo, dispararle en el auto o en el momento de salir. Pero ya 
estaba a unos cincuenta metros de distancia, quizs a sesenta, y ella no 
podra acercarse sin ser vista. Eliminada la ventaja de la sorpresa, tendra 
que disparar a matar, lo cual no le servira a Ariel en absoluto porque, 
muerto el hijo de puta, tendran que buscar su guarida. Tal vez nunca la 
hallaran. Adems, el degenerado sin duda tena un arma, y en un tiroteo 
Chyna no podra con l, que tena ms prctica y ms... audacia.
     No tena a quin recurrir. Como en la infancia. Bueno, no dejes que te 
vea. No te arriesgues. Espera el momento ideal. Elige t el momento para 
enfrentarlo: en la confrontacin final, t debes dominar la situacin. Arrecian 
los relmpagos, seguidos por un bramido prolongado de truenos, como si 
una gran estructura se derrumbara en lo alto de la noche.
     Lleg a la casa rodante. Ay, Dios.
     La puerta del lado del conductor estaba abierta. Ay, Dios. Jess 
querido.
     No poda hacerlo. Tena que hacerlo.
     Cuesta abajo, el Honda se deslizaba sobre la banquina con un chirrido 
de metales torcidos.
     Tena el revlver. As, la cosa era distinta. Con el revlver estaba a 
salvo.
     Quin salvar a la chica encerrada en un stano, esa chica que madura 
para saciar los apetitos del degenerado hijo de puta, esa chica como yo? 
Quin protege a las chicas aterradas, escondidas en los armarios o debajo 
de las camas? Quin las acompaa, aparte de las repugnantes cucarachas 
de las palmeras? Quin lo har si no lo hago yo? Dnde estar sino voy 
all? Por qu no hay alternativa... y por qu tantos porqus si la respuesta 
salta a la vista?
     Cuesta abajo, el Honda por fin se detuvo.
     Con la mano agobiada por el peso del revlver, Chyna entr en la 
cabina detrs del volante. Gir en la butaca del conductor, se par y 
atraves rpidamente la casa rodante, murmurando: "Jess, Dios mo", 
pensando que haca bien, que esta locura no lo era tanto porque tena el 
revlver.
     Aun as, no dejaba de preguntarse si el revlver le dara suficiente 
ventaja cuando llegara el momento de enfrentar a ese hombre.
     Claro que tal vez podra evitar la confrontacin directa. Su intencin era 
ocultarse hasta llegar a su casa y descubrir dnde ocultaba a la chica. Con 
esa informacin podra denunciarlo a la polica, que detendra al gusano y 
liberara a Ariel y...
     Y qu ms?
     Y al salvar a la chica se salvara a s misma. No saba bien de qu. De 
una vida dedicada a la mera supervivencia? Del esfuerzo tan interminable 
como vano por encontrar el sentido de las cosas?
     Qu locura, qu locura, pero ya no poda volver atrs. Y en su fuero 
interior se dijo que correr semejante riesgo era una locura menor que una 
vida cuya meta ms elevada era la supervivencia.
     Como si la impulsara el latido violento de su corazn, lleg a la puerta 
trasera de la casa rodante. La puerta cerrada de acceso al nico dormitorio.
     Dios.
     No quera entrar. Ah estaba Laura, muerta. El hombre en el armario. El 
costurero listo para ser utilizado otra vez. Dios.
     Pero no haba mejor escondite, de manera que abri, entr y cerr la 
puerta; atraves la espesa oscuridad hacia la izquierda hasta quedar de 
espaldas contra la pared.
     Tal vez l no volvera directamente a su casa. Quiz se detendra en 
algn lugar a echar una mirada a sus trofeos.
     En ese caso, lo matara apenas cruzara el umbral. Vaciara el revlver 
en su cuerpo. No correra riesgos. Muerto el asesino, tal vez no hallaran a 
Ariel. O la hallaran muerta de inanicin, una muerte exquisitamente 
dolorosa.
     Pero si el asesino entrara en el cuarto, Chyna no hara las cosas a 
medias. No tratara de herirlo y mantenerlo vivo para que lo interrogara la 
polica. No lo intentara en ese espacio tan estrecho donde l poda 
abalanzarse sobre ella. Era mucho lo que poda salir mal. Sentado en el auto 
muerto en el borde de la ruta, con las luces y los limpiaparabrisas apagados, 
Edgler Veiss medita.
     A partir de aqu se le presentan varios caminos. La vida es una mesa 
enorme cubierta de manjares variados, un vasto smorgasbord que ofrece al 
corazn vido un nmero infinito de sensaciones y vivencias... pero nunca 
como ahora. Quiere explotar la oportunidad hasta el lmite, obtener de ella 
las mayores emociones, las sensaciones ms intensas; por consiguiente, no 
debe precipitarse.
     La suerte le permiti vislumbrarla en el espejo retrovisor: haba cruzado 
el asfalto con la agilidad de un venado, haba titubeado en la puerta de la 
casa rodante antes de desaparecer en su interior.
     Debe de ser la mujer del Honda. Poco antes, cuando se le adelant, 
pudo ver la mancha roja de su suter a travs del parabrisas.
     En el accidente habr sufrido un golpe fuerte en la cabeza. Tal vez est 
obnubilada, desconcertada, asustada. Por eso no se ha acercado para pedirle 
ayuda o que la lleve a la estacin de servicio ms prxima. En medio de su 
obnubilacin, la decisin irracional de ocultarse en la casa como un polizn 
le habr parecido de lo ms sensata.
     Sin embargo, no pareca haber sufrido heridas en la cabeza ni en 
ninguna otra parte del cuerpo. Lejos de tambalearse, haba cruzado la ruta a 
pie firme. A semejante distancia, Veiss no poda ver por el espejo retrovisor 
si sangraba o no, pero su intuicin certera le dice que no est manchada de 
sangre.
     A medida que lo piensa, crece en l la conviccin de que el accidente 
fue provocado por ella.
     Pero, por qu?
     Si el motivo fuera el robo, lo hubiera abordado apenas se detuvo en la 
ruta.
     Adems, el suyo no es uno de esos vehculos espectaculares de 
trescientos mil dlares que de puro ostentosos atraen a los ladrones como la 
miel a las moscas. Es un modelo de diecisiete aos, por cierto que en 
excelente estado, pero vale bastante menos de cincuenta mil dlares. No 
tiene sentido destrozar un Honda casi flamante para desvalijar un vehculo 
anticuado que a la vista no ofrece nada de valor.
     l ha dejado la llave puesta en el encendido y el motor en marcha. Si 
hubiera querido robar la casa rodante, ya estara lejos.
     Y las mujeres solas en las rutas solitarias en plena noche no suelen 
dedicarse al robo. Semejante conducta no se ajusta a las pautas delictivas.
     Est perplejo. Profundamente.
     Los misterios no suelen rondar la vida sencilla de Edgler Veiss. Hay 
seres que pueden ser asesinados y seres que no. Algunos son ms difciles 
de matar que otros. La gratificacin es mayor en algunos casos que en 
otros. Algunos gritan, unos lloran, algunos hacen ambas cosas, y otros, en 
fin, tiemblan en silencio como si durante toda su vida hubieran previsto el 
desenlace espantoso. As pasan los das con grata naturalidad, ros de 
sensacin pura en los que rara vez navega un enigma.
     Pero la mujer del suter rojo ciertamente es un enigma, fascinante y 
misterioso como ninguno que Veiss haya conocido. Le es difcil imaginar las 
vivencias que le brindar, y la perspectiva de lo novedoso le provoca gran 
excitacin.
     Sale del Honda y cierra la puerta.
     Por un instante, contempla el bosque bajo la lluvia fra. Si la mujer est 
espindolo desde la casa rodante, quiere hacerle creer que no sospecha 
nada. Que se pregunta qu le habr sucedido a la conductora del Honda. 
Que, como buen ciudadano, est preocupado por ella y debate consigo 
mismo si conviene explorar el bosque.
     Los rayos surcan el cielo, blancos y angulosos como una carrera de 
esqueletos. Los bramidos de los truenos son tan poderosos, que le hacen 
vibrar los huesos, una sensacin que Edgler Veiss halla sumamente 
agradable. Imperturbables bajo la tormenta, varios alces aparecen entre los 
rboles y se dirigen hacia el pequeo prado de helechos. Caminan con 
majestuosa elegancia, en un silencio etreo despus de las reverberaciones 
de los truenos, los ojos brillantes en el resplandor de los faros. Ms que 
animales de carne y hueso parecen espectros.
     Dos, cinco, siete y an ms. Algunos se detienen como si posaran, otros 
caminan un poco ms, pero tambin se detienen, y hay ms de una docena 
de ellos, inmviles y todos con los ojos clavados en Veiss.
     Su belleza es sobrenatural, matarlos sera un placer inenarrable. Si 
tuviera a mano una de sus armas, matara la mayor cantidad posible antes 
de que pudieran huir.
     Cuando era nio, sus primeras vivencias fueron con animales. Empez 
con insectos, pas luego a las tortugas y las lagartijas y posteriormente a los 
gatos y a otras especies mayores. En la adolescencia, apenas obtuvo su 
licencia de conductor, empez a recorrer caminos vecinales durante la noche 
o al amanecer antes de ir al colegio en busca de venados, perros 
vagabundos, vacas y hasta caballos en los corrales, si pensaba que no haba 
riesgo.
     Al recordarlo y contemplar los alces, lo embarga la nostalgia. Su sangre 
derramada intensificara el rojo de la suya y la hara zumbar en las venas.
     Aunque tmidos y asustadizos, los alces lo miran con toda audacia. No 
parecen asustados ni inquietos ni preparados para la fuga. En verdad, tanta 
audacia le parece extraa y despierta una ansiedad rara en l.
     En fin, lo cierto es que lo aguarda la mujer del suter rojo, ms 
fascinante que todos los alces del mundo. Ya no es un chico sino un adulto, 
y los caminos vecinales del pasado ya no conducen a experiencias intensas. 
Hace mucho que Edgler Veiss abandon los juguetes.
     Vuelve a la casa rodante.
     Al acercarse, ve que la mujer no ocupa el asiento del conductor ni el del 
acompaante.
     Sube y echa una mirada atrs, pero no ve indicios de ella ni en la salita 
ni en el comedor. El saloncillo del fondo, pequeo y oscuro, tambin parece 
desierto.
     Mirando hacia adelante, pero con los ojos en el espejo retrovisor, 
levanta la tapa de la consola entre los asientos. Ah est la pistola tal como 
la dej, sin silenciador.
     Pistola en mano, gira en el asiento, se para y atraviesa la casa hacia la 
cocina y el comedor. La cuchilla hallada en la estacin de servicio est sobre 
la mesada, como antes. Abre el gabinete a la izquierda del horno: la 
Mossberg .12 est sujeta por las grampas de resorte tal como la haba 
dejado despus de matar a los dos empleados.
     No sabe si la mujer est armada. Desde esa distancia, no haba podido 
determinar si tena las manos vacas ni, ms importante an, si era lo 
suficientemente atractiva como para entretenerse antes de matarla.
     Ms atrs, pues, a travs de sus estrechos dominios, con cuidado 
especial al pasar el hueco de la mesa y el pozo de la puerta. Tampoco est 
agazapada ah.
     Al saln.
     El ruido de la lluvia. El ronroneo del motor en punto muerto.
     Abre la puerta del bao rpida y estrepitosamente; es imposible andar 
con sigilo en esa caja de resonancia con ruedas. En el diminuto bao, todo 
est como debe estar: no hay polizn alguno ni en el inodoro ni en la ducha. 
Tampoco en el pequeo armario de puerta corrediza. Slo queda por 
registrar el dormitorio.
     Parado frente a la ltima puerta cerrada, Veiss est decididamente 
fascinado por la idea de que la mujer est acurrucada all adentro, sin saber 
con quin comparte su escondite.
     No hay un hilo de luz en el umbral o el marco, de manera que sin duda 
entr a oscuras. Es evidente que no se ha sentado sobre la cama ni 
descubierto a la bella durmiente.
     Tal vez se ha deslizado junto a las paredes, a ciegas, hasta descubrir la 
puerta plegable del armario. Si Veiss abriera bruscamente la puerta, tal vez 
ella correra los paneles de vinilo para ocultarse en su interior y descubrira 
que lo que pende ah no es ropa deportiva sino un extrao cuerpo fro.
     Para Edgler Veiss, la situacin tiene gracia.
     Siente una tentacin casi irresistible de abrir la puerta de par en par, 
verla hacer una carambola contra el cadver en el armario, de ah a la cama 
para rebotar contra el cuerpo de la chica, entre alaridos al ver la cara cosida 
del chico, los grilletes de la muchacha y por fin al propio Veiss, enloquecida 
de terror, girando como una bola de billar humana.
     Claro que a continuacin deber ocuparse de ella sin demora, averiguar 
quin es y qu hace all.
     Edgler Veiss comprende que no quiere poner fin a esta vivencia preada 
de misterios. Le agrada prolongar el suspenso y meditar sobre el enigma.
     Despus de los ltimos trajines empezaba a sentir cansancio. Pero estos 
sucesos inesperados le han infundido nuevas energas.
     Desde luego, este proceder entraa algunos riesgos. Pero el que vive 
intensamente no puede evitarlos. El riesgo hace a la esencia de una vida 
intensa.
     Retrocede sigilosamente de la puerta del dormitorio. Va al bao, entra 
con estrpito, orina y hace correr agua para hacerle creer a la mujer que 
entr en la casa no en busca de ella sino para hacer sus necesidades. 
Mientras siga creyendo que su presencia ha pasado inadvertida, proceder a 
llevar a cabo los planes que la trajeron hasta aqu; ser interesante ver qu 
se propone.
     Vuelve a la cabina y al pasar por la cocina se detiene a servirse un caf 
del termo de dos litros sobre la mesada junto a los quemadores. Enciende 
un par de luces para ver mejor el interior por el espejo retrovisor.
     Se sienta detrs del volante y bebe un sorbo de caf: caliente, negro y 
amargo, como a l le gusta. Coloca la taza en el soporte que ha instalado en 
el tablero.
     Deja la pistola en la consola abierta entre los asientos, sin seguro y 
culata arriba. Le bastar un segundo para tomarla, girar en el asiento y 
matar a la mujer antes de que pueda acercarse, sin perder el control del 
vehculo.
     Pero no cree que intente atacarlo, al menos en lo inmediato. Si sa 
fuera su intencin, ya se hubiera abalanzado sobre l.
     Qu extrao.
     Por qu? Y ahora, qu? dice en voz alta para saborear el 
dramatismo de una situacin tan peculiar. Y ahora, qu? Qu pasar? 
Quin es? Sorpresa, sorpresa.
     Bebe otro sorbo de caf. El aroma le recuerda la textura rugosa de una 
tostada quemada.
     Los alces se han ido.
     Una noche llena de misterios.
     El viento creciente azota los helechos. Flores de rododendro de color 
rojo brillante salpican la noche como pruebas de delitos.
     El bosque est intacto. Esos oscuros colosos verticales contienen el 
poder del tiempo.
     Veiss pone el cambio y suelta el freno manual. Adelante.
     Al pasar el Honda averiado, echa una mirada por el espejo retrovisor. 
La puerta del dormitorio est cerrada. La mujer se oculta.
     Ahora que la casa rodante vuelve a andar, quizs ella se arriesgar a 
encender una luz y conocer a sus compaeros de viaje.
     Edgler Veiss sonre.
     Ha realizado muchas expediciones, pero sta es la ms interesante y 
emocionante. Y todava no ha terminado. Sentada en el piso, en la 
oscuridad, Chyna apoy la espalda contra la pared. El revlver estaba a su 
lado. Estaba intacta y viva.
     Chyna Shepherd, intacta y viva susurr. Era un ruego y a la vez una 
broma.
     En su infancia rezaba con frecuencia y fervorosamente por conservar 
esa doble bendicin -la virtud y la vida en oraciones tan incoherentes y 
confusas como frenticas. Con el tiempo, empez a temer que Dios 
estuviera cansado de sus ruegos interminables, harto de su incapacidad para 
cuidarse y evitar los problemas, y decidiera que haba agotado su cuota de 
compasin divina. Despus de todo, Dios tena que ocuparse del universo 
entero, lleno de borrachos y locos, con el demonio haciendo de las suyas por 
todas partes, volcanes que entraban en erupcin, marineros que 
naufragaban, gorriones que caan. A los diez u once aos, consciente de que 
Dios estaba ocupadsimo, haba reducido sus ruegos incoherentes para los 
momentos de terror al siguiente mensaje: "Dios, soy Chyna Shepherd, estoy 
en nombraba el lugar donde se hallaba y te ruego, por favor, 
consrvame intacta y viva". Poco despus, comprendi que Dios, por ser 
Dios, sabra dnde se hallaba, y entonces redujo an ms su oracin: "Dios, 
soy Chyna Shepherd, por favor consrvame intacta y viva". Por fin, 
convencida de que Dios estaba exasperado con semejante abuso de Su 
tiempo y misericordia, la redujo a una frase telegrfica: "Chyna Shepherd, 
intacta y viva". En momentos de crisis tendida bajo una cama, oculta 
detrs de la ropa colgada en un armario o entre las telaraas y el polvo y el 
olor a madera podrida de una buhardilla o, una vez, tendida sobre los 
excrementos de rata del stano de una casa vieja, haba susurrado las 
cinco palabras o las haba salmodiado en silencio, una y otra vez, sin pausa 
(Chyna-Shepherd-intacta-y-viva), no por temor a que Dios no la escuchara 
por estar ocupado con otros asuntos sino para recordar que El estaba ah, 
haba recibido su mensaje y la cuidara, si ella tena paciencia. Cuando 
pasaba la crisis, cuando el terror negro ceda y su corazn frentico volva a 
latir clara y serenamente, repeta las cinco palabras pero en un tono distinto, 
no como un ruego de salvacin sino como un informe de situacin: Chyna-
Shepherd-intacta-y-viva, as como un marinero en guerra informara a su 
capitn que el buque haba sobrevivido al bombardeo enemigo: "Presentes y 
sin bajas, mi capitn". Estaba presente; no era una baja y transmita su 
reconocimiento a Dios con las mismas cinco palabras, segura de que l 
percibira la diferencia de tono y comprendera. La pequea Chyna lo tomaba 
a broma, incluso en ocasiones haca una venia militar al presentar su 
informe porque consideraba que Dios, por ser Dios, tena sentido del humor.
     "Chyna Shepherd, intacta y viva."
     En el dormitorio de la casa rodante, lo repiti una vez ms como 
informe de situacin y ruego fervoroso de que la salvara del ataque brutal 
que la aguardaba.
     "Chyna Shepherd, intacta y viva."
     En la infancia detestaba su nombre, salvo cuando rezaba por su 
salvacin. Era una palabra real escrita con un error de ortografa estpido y 
frvolo, y cuando los chicos se burlaban de ella no saba cmo defenderse. Le 
pareca no slo frvolo sino incluso cruel y hasta perverso que su madre, 
llamada sencillamente Anne, escogiera para ella un nombre como Chyna. 
Durante la mayor parte de su embarazo, Anne haba vivido en una comuna 
de extremistas defensores del ambiente -el infame Ejrcito de la Tierra-, que 
crea que la defensa de la naturaleza justificaba cualquier grado de violencia. 
Colocaban trampas en los rboles para provocar heridas a los leadores. 
Incendiaron dos mataderos sin dejar salir a los serenos, saboteaban la 
maquinaria de la construccin en barrios de viviendas que ganaban terreno 
a los bosques, y mataron a un cientfico de Stanford porque usaba animales 
en sus experimentos de laboratorio. Bajo la influencia de estas amistades, 
Anne Shepherd haba pensado en una serie de nombres para su hija: 
Hyacinth, Meadow, Ocean, Sky, Snow, Rain, Leaft, Butterfly.. Pero cuando 
lleg el momento de dar a luz, ya haba abandonado al Ejrcito de la Tierra. 
Llam a su hija Chyna en homenaje a la China porque, como le dijo un da: 
"Mi amor, un da comprend que China es el nico pas de la Tierra donde 
hay justicia social, y me pareci un nombre hermoso". No recordaba por qu 
haba cambiado la i por la y, pero lo cierto era que en esa poca era socia de 
un laboratorio, envasaba pldoras estimulantes de metanfetamina en 
paquetes de cinco dlares y tena lagunas mentales porque probaba la 
mercadera con cierta frecuencia. A la joven Chyna le gustaba su nombre 
cuando rezaba, porque pensaba que Dios la recordara fcilmente, no la 
confundira con los millones de Mary, Caroline, Linda, Heather, Tracy y Jane.
     Con el tiempo, su nombre dej de gustarle o disgustarle. Era un nombre 
como cualquier otro.
     Haba aprendido que su identidad -la persona verdadera- no tena nada 
que ver con su nombre y poco que ver con la vida que haba llevado con su 
madre durante diecisis aos. Haba conocido el odio y la lujuria, escuchado 
toda clase de obscenidades, presenciado crmenes, pero nada de eso era 
culpa suya, como no lo eran los deseos que sentan por ella ciertos amigos 
de su madre. No la definan ni su nombre ni las vivencias vergonzosas; era 
una persona constituida por sueos y esperanzas, aspiraciones, amor propio 
y constancia. No era arcilla para que otros la modelaran; era una roca, y con 
sus propias manos esculpira su personalidad.
     Lo haba comprendido as el ao anterior, al cumplir los veinticinco. No 
haba sido una revelacin fulminante sino gradual, as como en un baldo van 
apareciendo las plantas rastreras y un buen da, como por milagro, la tierra 
parda aparece alfombrada con hojas verdes y diminutas flores azules. Los 
conocimientos ms valiosos son los que se adquieren con duro esfuerzo, 
aunque despus parezca que fue fcil adquirirlos.
     La vieja casa rodante se desplazaba despacio en la noche, cruja como 
una puerta cerrada largo tiempo, haca "tictac" como un reloj demasiado 
oxidado para registrar fielmente cada segundo hacia el amanecer.
     Qu locura, qu locura haberse metido en semejante viaje. Pero adnde 
ira, si no.
     Toda su vida anterior la haba conducido hasta ah.
     El coraje irreflexivo no era privativo del campo de batalla... ni de los 
hombres.
     Empapada, aterida, aterrada... y por primera vez en su vida, en paz 
consigo misma.
     Ariel... susurr.
     Una chica en las tinieblas reconfortaba a otra.
     
     
     


     
     
6
     Edgler Veiss sale del bosque de secoyas y se introduce en un amanecer 
lluvioso, al principio de color gris plomo y luego algo ms plido, a travs de 
prados costeros teidos con los mismos ttricos matices metlicos que el 
cielo, de vuelta a la ruta 101, nuevamente bosques pero de pinos y abetos, 
del distrito Humboldt al Del Norte, tramos cada vez ms solitarios y 
finalmente abandona la 101 para enfilar hacia el nornordeste.
     Al principio mira con frecuencia el espejo retrovisor, pero la puerta del 
dormitorio permanece cerrada y la mujer parece sentirse a sus anchas con 
los cadveres, o acaso con el desconocimiento de su presencia. La luz del 
amanecer no penetra en su escondite, cuya ventana est sellada con una 
placa de madera.
     Veiss es un conductor de primera y muy veloz, incluso con mal tiempo. 
Uno suele hacer mejor las cosas que ms disfruta; por eso Edgler Veiss es 
un asesino tan eficiente, y suma al entusiasmo su aficin por el 
automovilismo, en lugar de limitarse a salir de cacera a una distancia 
razonable de su hogar.
     En la ruta, con paisajes que cambian sin cesar, Edgler Veiss recibe un 
flujo constante de nuevas sensaciones visuales. Desde luego, para un 
hombre con sentidos tan exquisitamente agudos y semejante capacidad 
para construir hologramas mentales, un bello paisaje puede ser tambin un 
sonido musical. Una fragancia que penetra por la ventanilla es una sensacin 
olfativa y a la vez tctil: el dulce aroma de las lilas es como el roce del 
aliento de una mujer sobre la piel. Acomodado en la butaca de su casa 
rodante, navega por un mar de sensaciones profundas que lo acarician 
constantemente, as como el agua acaricia el casco de un submarino 
sumergido.
     Entra en el estado de Oregon. Las montaas vienen a l y lo introducen 
en sus fortalezas.
     Bajo la lluvia persistente, las densas arboledas son ms grises que 
verdes; verlas es como morder un trozo duro de hielo, un sabor metlico 
leve pero agradable, un fro que entumece los labios.
     Casi no mira por el espejo retrovisor. Esa mujer es un misterio, de la 
clase de enigmas que no se resuelven por el mero deseo de desentraarlos. 
Tarde o temprano se delatar, y la intensidad de la vivencia depender de 
sus propsitos y de los secretos que posee.
     La espera es un deleite.
     Durante las ltimas horas de su viaje, Veiss mantiene la radio apagada, 
aunque no por temor de que la msica disimule los pasos de la mujer en la 
casa rodante. En realidad, no suele escuchar la radio mientras conduce. Su 
mente guarda una vasta discoteca de su msica preferida: los gritos y 
chillidos, las oraciones susurradas, los alaridos delgados como el papel, los 
ruegos de piedad entrecortados por sollozos, y por ltimo, el estmulo 
ertico de la desesperacin final.
     Al salir de la autopista para tomar una ruta estadual, recuerda a Sarah 
Templeton bajo la ducha, los gritos y los jadeos desesperados en busca de 
aliento, con la boca llena de una esponja lavavajillas y los labios sellados por 
cinta engomada. Nada de lo que ofrece la radio, de Elton John a Garth 
Brooks, pasando por Pearl Jam y Sheryl Crow -e incluso Mozart o 
Beethoven-, se compara con esa msica interior.
     Conduce por la ruta lluviosa hasta el camino privado que lleva a su 
casa. La entrada tiene un portn de seguridad flanqueado por pinos y 
maleza espinosa.
     El portn es de caos de acero y alambre de pas sostenido por postes 
de acero inoxidable hundidos en cimientos de hormign. Lo abre un motor 
elctrico de control remoto; Veiss oprime un botn en el control que toma de 
la consola y observa complacido cmo el portn gira majestuosamente hacia 
el interior.
     Entra en su propiedad, frena de nuevo, baja la ventanilla y apunta el 
extremo transmisor del control hacia atrs. Antes de seguir, observa el 
cierre del portn por el espejo retrovisor.
     El camino es casi tan largo como el de los viedos de la familia 
Templeton. Su propiedad abarca veintids hectreas adyacentes al extenso 
permetro de un bosque fiscal. l no es tan rico como los Templeton; la 
tierra aqu es mucho ms barata que la del Valle de Napa.
     Aunque el camino no est pavimentado, hay poco barro y difcilmente 
se quedar atascado. El mantillo es apenas una capa delgada de tierra sobre 
el esquisto. Hay baches, pero sta no es una gran metrpoli como Nueva 
York.
     Veiss conduce por una pendiente suave entre hileras de altos pinos, 
abetos, algunas pceas, y luego los rboles ralean hacia la cima pelada de la 
loma. El camino descendente describe una curva elegante hacia un pequeo 
valle en cuyo extremo se encuentra la casa, y detrs de sta, las colinas se 
alzan entre la lluvia torrencial y la bruma matinal.
     Siente su corazn henchido de gozo al contemplar su hogar. All lo 
aguarda pacientemente su Ariel.
     La casa de dos plantas es pequea pero slida, de troncos unidos por 
cemento. Los viejos troncos se han vuelto negros bajo las sucesivas capas 
de alquitrn; con el tiempo, el cemento ha adquirido un color tabaco, salvo 
las manchas pardas y grises de los arreglos recientes.
     La casa fue construida a fines de la dcada de 1920 por el propietario 
de una empresa maderera familiar, mucho antes de que las ordenanzas 
causaran la ruina de las empresas pequeas, y de que el gobierno prohibiera 
la tala de rboles en las tierras fiscales. La electricidad lleg en los aos 40.
     Edgler Veiss compr la casa seis aos atrs. Luego reacondicion las 
instalaciones elctricas y sanitarias y ampli el bao de la planta alta. Con 
sus propias manos, y en absoluto secreto, remodel por completo el stano.
     Algunas personas diran que la casa est demasiado aislada del mundo, 
lejos de los supermercados y los multicines. Pero para Veiss, cuyos vecinos 
seran incapaces de comprender la naturaleza de sus placeres, el aislamiento 
relativo es el requisito a la hora de comprar bienes races.
     Con todo, en una tarde o noche estival, sentado en una mecedora de 
madera en el porche, contemplando el patio y las flores silvestres en los 
campos desbrozados por el maderero y sus hijos, o la gran cpula 
tachonada de estrellas, el ms temeroso de los ciudadanos reconocera que 
la soledad posee una cierta seduccin.
     Cuando el tiempo es bueno, Veiss cena y bebe cerveza en el porche. 
Cuando se aburre del silencio de la montaa, se permite escuchar las voces 
de los que estn enterrados en el campo: los ruegos, los lamentos, una 
msica ms hermosa que cualquier otra.
     Adems de la casa hay un pequeo granero no porque el propietario 
original cultivara la tierra despus de talar los rboles sino porque criaba 
caballos y lo usaba como establo. Es una tpica estructura de madera sobre 
cimientos de hormign y pared trasera de piedra. Los aos de lluvia, viento 
y sol han depositado una ptina plateada sobre las paredes laterales de 
cedro, que Veiss halla hermosa.
     Como l no tiene caballos, utiliza el establo como cochera.
     Sin embargo, esta vez no lleva el vehculo hasta ese lugar sino que lo 
estaciona junto a la casa. All est la mujer de quien deber ocuparse 
enseguida. Prefiere estacionar afuera y espiar desde la casa el desarrollo de 
los acontecimientos.
     Mira por el espejo retrovisor. Todava no hay seales de ella.
     Veiss apaga el motor, pero no los limpiaparabrisas, y aguarda a que 
aparezcan sus centinelas. La maana de fines de marzo est animada por la 
lluvia oblicua y el viento que sacude las cosas, pero nada se mueve por 
propio impulso.
     Los centinelas estn entrenados para no abalanzarse ciegamente sobre 
los vehculos, y cuando entra un intruso a pie saben que deben contenerse 
hasta que llegue a un punto de donde no podr escapar. Ellos saben que el 
sigilo es tan importante como la furia bestial, que el asalto ms eficaz es 
precedido por una quietud absoluta que infunde en la presa una falsa 
confianza.
     Por fin aparece la primera cabeza negra, esbelta como un proyectil si no 
fuera por las orejas erguidas; casi se arrastra al asomarse por la esquina 
trasera de la casa. Renuente a asomar su cuerpo, el perro estudia la escena 
para asegurarse de que ha comprendido bien. 
     Perfecto susurra Veiss.
     En el rincn ms prximo del establo, entre la pared de cedro y el 
tronco invernal de un arce pelado, aparece otro perro. Bajo la lluvia es 
apenas la sombra de una sombra.
     Veiss no hubiera advertido la presencia de los centinelas si no hubiera 
sabido dnde mirar. Su notable dominio de s mismos es testimonio de la 
destreza del entrenador.
     Otros dos perros rondan por ah, tal vez detrs de la casa rodante o 
arrastrndose por la maleza donde l no puede verlos. Son doberman de 
entre cinco y seis aos, en la plenitud de sus facultades.
     Veiss no les ha recortado las orejas ni el rabo como suele hacerse a 
estos perros, porque siente afinidad con los depredadores de la naturaleza.
     l percibe el mundo como cree que lo perciben los animales: la 
naturaleza elemental de su visin, sus necesidades, la importancia de la 
sensualidad pura. Son sus hermanos.
     El perro junto a la esquina de la casa sale al descubierto, y el del 
establo se hace ver bajo las ramas negras del arce. El tercer doberman 
aparece desde el gran tronco semipetrificado de un cedro talado aos atrs, 
tapado ahora por una maraa de murdago.
     Conocen la casa rodante. Aunque la visin no es su fuerte, 
probablemente les basta para reconocer a su amo a travs del parabrisas. 
Su sentido del olfato, veinte mil veces ms agudo que el de un ser humano 
normal, sin duda les permite reconocer su olor a pesar de la lluvia y de que 
est dentro del vehculo. Pero no menean el rabo ni dan muestra alguna de 
alegra porque todava estn en sus puestos.
     El cuarto perro permanece oculto, pero los otros tres se acercan 
cautelosos bajo la lluvia y en medio de la bruma. Testas erguidas, orejas 
puntiagudas apuntando hacia adelante.
     Su disciplinado silencio, su indiferencia a la tormenta, le recuerdan a 
Veiss la manada de alces entre las secoyas la noche anterior, atentos y 
espectrales. Claro que ante la presencia de otro que no fuera su adorado 
amo, estas criaturas no reaccionaran con la timidez del alce sino que 
inmediatamente destriparan al infeliz.
     Para su propia sorpresa, el zumbido de los neumticos y el movimiento 
del vehculo acabaron por adormecer a Chyna. So con casas extraas en 
que la geometra misteriosa de los cuartos cambiaba incesantemente.
     Entre esos muros viva un ser vido y famlico que le susurraba 
rdenes a travs de los ventiletes y los tomacorrientes.
     La despert el suspiro de los frenos. De inmediato cay en la cuenta de 
que poco antes la casa rodante se haba detenido por unos momentos y 
luego haba reanudado la marcha; la primera parada no la haba despertado 
del todo. Ahora, aunque estaban en marcha y evidentemente el asesino 
segua sentado detrs del volante, Chyna tom el revlver del piso, se par 
de un salto y apoy la espalda contra la pared, crispada y atenta.
     La inclinacin del piso y el ruido forzado del motor indicaban que el 
vehculo marchaba cuesta arriba. Lleg a una cresta e inici el descenso.
     Luego se detuvo, y el motor se apag por fin. No haba otro ruido que el 
de la lluvia. Aguard los pasos.
     Aunque saba que estaba despierta, le pareca estar soando, rgida en 
la oscuridad, y con el murmullo de la lluvia que se transformaba en voces 
que susurraban desde las paredes.
     Con deliberada lentitud, Edgler Veiss se pone el impermeable y guarda 
la Heckler & Koch P7 en un bolsillo. Retira la escopeta Mossberg del gabinete 
de la cocina, por si la mujer decide explorar la casa rodante despus de su 
salida. Apaga las luces.
     Cuando se baja sin prestar atencin a la lluvia fra, los tres perros 
corren hacia l y el cuarto aparece detrs del vehculo. Trmulos de 
entusiasmo por su regreso, se contienen para no mostrarse negligentes en 
presencia del amo.
     Momentos antes de partir en su expedicin, Edgler Veiss haba colocado 
a los doberman en estado de ataque al pronunciar la palabra Nietzsche. 
Estarn preparados para matar a cualquiera que entre en la propiedad hasta 
que l pronuncie la palabra Seuss, y entonces se volvern unos perritos tan 
cariosos y juguetones como cualquier otro... salvo, claro, que alguien 
cometa la imprudencia de atacar al amo.
     Apoya la escopeta contra el costado de la casa rodante y extiende los 
brazos hacia los perros. Se acercan, vidos, para husmear sus dedos. 
Husmean, jadean, lamen, lamen, s, s, lo han echado de menos.
     Se acuclilla para colocarse a su altura, y entonces los perros no pueden 
contener su alegra. Crispan las orejas, sus flancos delgados tiemblan de 
placer, gimen de felicidad, se apretujan entre ellos, vidos de que los 
acaricie, los palmee, les rasque la cabeza.
     Viven en una gran perrera detrs del granero, de la que pueden salir y 
entrar a voluntad. En invierno est climatizada para asegurar su bienestar y 
salud.
     Hola, Muenster. Cmo ests, Liederkranz? Tilsiter, viejo, esos 
dientes s que meten miedo. Te portaste bien, Limburger?
     Al escuchar sus nombres, su jbilo es tan grande, que se tiraran de 
espaldas y mostraran la panza, pataleando en el aire y mostrando los 
dientes... si no estuvieran de guardia. Veiss se divierte al contemplar esa 
pugna entre el entrenamiento y la naturaleza del animal, una dulce agona 
que hace que dos de ellos se orinen de puro nerviosos.
     Edgler Veiss ha instalado en la perrera un sistema de surtidores 
elctricos automticos que, en su ausencia, sirven porciones determinadas 
de comida a cada doberman. El reloj del sistema posee una batera de apoyo 
que le permite seguir operando durante cortes breves de energa. Si el corte 
se prolonga, los perros pueden vivir de la caza; los prados circundantes 
abundan en ratones del campo, conejos y ardillas, y los doberman son 
depredadores feroces. Un dispositivo por goteo alimenta su bebedero 
comn, pero si ste falla, sabrn encontrar el camino a un arroyo prximo 
que cruza la propiedad.
     La mayora de las expediciones de Edgler Veiss son de fin de semana o 
tres das, a lo sumo de cinco, y los perros tienen provisiones para diez das 
sin contar los conejos, los ratones y las ardillas. Constituyen un sistema de 
seguridad eficiente y fiable: nunca un cortocircuito, un detector de 
movimientos averiado, un contacto magntico oxidado... jams una falsa 
alarma.
     Y cunto lo aman esos perros; ningn chip de computadora, ningn 
cable o cmara o sensor infrarrojo de calor demostrara esa lealtad sin 
reservas. Huelen las manchas de sangre en sus jeans y en su chaqueta, 
hunden las esbeltas cabezas bajo el impermeable y lo olfatean con avidez, 
detectan no slo la sangre sino tambin el hedor persistente del terror que 
exudaron sus vctimas cuando las tuvo en sus manos, el dolor, la 
impotencia, la relacin sexual que tuvo con la mujer llamada Laura. Esta 
mezcolanza de olores penetrantes excita a los perros a la vez que alimenta 
su respeto por Veiss. Se les ha enseado a matar no slo para conseguir 
alimento sino tambin en defensa propia; se les ha inculcado un dominio 
frreo de s mismos a la vez que se les ha enseado a matar por placer, 
para satisfacer a su amo. Son conscientes de que el salvajismo de su amo es 
igual al suyo. Y a diferencia de ellos, Veiss no necesit que se lo inculcaran. 
Su enorme respeto por Edgler Veiss aumenta an ms; gimen y se 
estremecen y sus ojos sentimentales lo contemplan arrobados.
     Veiss se para. Toma la escopeta y cierra estrepitosamente la puerta de 
la casa rodante.
     Los perros se abalanzan sobre l, se pelean por sus favores, sin dejar 
de estar atentos a cualquier amenaza a su amo que pueda salir de la lluvia.
     En voz muy baja, para que la mujer en la casa rodante no pueda 
escucharlo, Veiss dice:
     Seuss...
     Los perros alzan la cabeza para mirarlo, inmviles. 
     Seuss... repite.
     Ya no estn en estado de ataque, y por lo tanto, no se lanzarn sobre 
un eventual intruso para despedazarlo. Se estremecen como para 
despojarse de la tensin, luego dan unas vueltas por ah con aire vagamente 
perplejo, husmean la hierba y los neumticos delanteros del vehculo.
     Son como matones de la mafia que, luego de perpetrar una masacre, se 
reencarnan y descubren para su perplejidad que son contadores pblicos en 
su nueva vida.
     Desde luego, si algn visitante intentara atacar al amo, acudiran en su 
defensa aunque l no tuviera tiempo para gritar la palabra Nietzsche. Las 
consecuencias no seran agradables de ver.
     Estn entrenados para buscar ante todo la garganta. Luego mordern la 
cara para infligir el mayor dolor y espanto: los ojos, la nariz, los labios. 
Luego la entrepierna. El vientre. Despus de matar, no dejarn a su presa; 
se ocuparn de ella hasta que no quede la menor duda de que la obra est 
consumada.
     Un hombre armado con una escopeta no podra liquidarlos a todos 
antes de que al menos uno de ellos le hundiera los colmillos en la garganta. 
Los disparos no los alejan ni los asustan en absoluto. Ese hipottico hombre 
alcanzara a liquidar a lo sumo a dos antes de que los otros dos lo 
derribaran.
     Cucha! dice Veiss.
     Esa palabra es la seal de ir a la perrera. Los cuatro parten en forma 
simultnea, pero no ladran porque el amo les ha inculcado el silencio.
     En otras circunstancias, Veiss los conservara a su lado para que 
disfrutaran de su compaa en la casa e incluso se amontonaran como un 
cubrecama negro y pardo mientras l duerme durante toda la tarde. Los 
mimara y acariciara porque son tan buenos perros. Merecen su 
recompensa.
     Sin embargo, la mujer del suter rojo no le permite tratar a los perros 
como lo hara habitualmente. Su presencia visible la inhibira; tal vez se 
quedara escondida en la casa rodante por miedo a salir.
     Debe darle libertad de accin. Mejor dicho, la ilusin de la libertad.
     Siente curiosidad por ver qu har.
     Debe de tener alguna finalidad, alguna motivacin para sus actos 
inslitos. Todo el mundo tiene algn propsito.
     El propsito de Veiss es satisfacer sus apetitos a medida que aparecen, 
buscar experiencias cada vez ms desmesuradas, sumergirse 
profundamente en las sensaciones.
     Cualquiera que sea el propsito que la mujer cree tener, Veiss sabe que 
en definitiva no ser otro que el de servir a sus propios fines. Es una 
esplendorosa variedad de sensaciones poderosas y exquisitas envueltas en 
piel humana, un paquete preparado exclusivamente para su goce... como un 
chocolatn en su envoltorio de papel plateado o una salchicha en su sobre de 
plstico.
     El ltimo doberman desaparece a la carrera detrs del granero. Todos 
estn en su perrera.
     Veiss camina sobre la hierba mojada hacia la vieja casa de troncos y 
sube los escalones de piedra que llevan al porche. Aunque lleva la Mossberg 
.12 tomada de la culata, se esfuerza por parecer despreocupado ante la 
posibilidad de que la mujer haya salido del dormitorio para mirarlo por una 
ventanilla.
     La mecedora de madera est guardada hasta la primavera.
     Varios caracoles que han dejado su rastro de baba plateada sobre las 
tablas mojadas de la galera tantean el aire con sus gelatinosas antenas 
semitransparentes mientras arrastran sus conchas espiraladas en sus 
misteriosas bsquedas. Veiss evita cuidadosamente pisarlos. Un adorno 
mvil pende de las tablas empotradas en el alero del tejado, en un rincn 
del porche. Est compuesto por veintiocho diminutas conchillas marinas 
blancas, algunas con la cara interior de bello color rosado; la mayora son de 
forma espiralada y todas son relativamente exticas.
     El mvil no sirve como campanilla porque la mayora de sus notas son 
sordas. Recibe a Veiss con un tintineo atonal, pero l sonre porque tiene un 
valor... bueno, no sentimental, pero s nostlgico.
     La bella pieza de artesana popular perteneca a una mujer joven que 
viva en las afueras de Seattle, en Washington. Abogada de treinta y dos 
aos, tena suficiente xito en su profesin como para vivir sola en una casa 
propia en un barrio residencial. Esta mujer combativa, capaz de valerse por 
s misma en la ultracompetitiva profesin legal, haba decorado su 
dormitorio de manera inslita por lo frvola e incluso infantil: una cama con 
dosel rosado bordeado de encaje; cubrecama tambin rosado con volantes 
almidonados; una gran coleccin de ositos de peluche; cuadros de casitas de 
campo decoradas con enredaderas y rodeadas de jardines sembrados de 
prmulas, y varios mviles de conchas marinas.
     La haba gozado muchsimo en ese dormitorio. Luego la haba llevado 
en la casa rodante a lugares remotos para gozar an ms. Por qu?, le 
haba preguntado ella, y l haba respondido: Porque yo soy as. Esa era su 
verdad y su razn de ser.
     Edgler Veiss no recuerda su nombre, pero s evoca con placer muchos 
de sus atributos. Algunas partes de su cuerpo eran rosadas y tiernas y 
tersas como el interior de algunas de esas conchillas marinas. Conserva un 
recuerdo excepcionalmente vvido de sus manos pequeas, casi tan 
delgadas y delicadas como las de una nia.
     Esas manos lo haban fascinado. Embrujado. Jams haba percibido 
tanta vulnerabilidad como al tomar entre las suyas esas manos pequeas, 
trmulas y sin embargo tan fuertes. Ah, s, casi se haba desmayado de 
placer.
     Al colgar el mvil en la galera, como recuerdo de la abogada, le haba 
agregado una pieza. Sigue ah, colgada de un hilo verde: su esbelto ndice, 
reducido a huesos pero an elegante, las tres falanges desde el nudillo hasta 
el extremo, entrechocndose con las conchillas y los diminutos abanicos 
bivalvos y las caracolas cnicas y las espirales similares a las casitas de los 
caracoles de tierra. Clin-clin. Clin-clin.
     Abre la puerta principal y entra en la casa. La cierra pero sin trabarla 
para que la mujer pueda entrar, si lo desea.
     Quin sabe qu har?
     Su conducta es tan asombrosa como enigmtica. Lo excita.
     Veiss sale del vestbulo oscuro a la escalera estrecha encajonada a la 
izquierda. Sube de a dos escalones por vez, la mano sobre la balaustrada de 
roble, a la planta alta. Un pasillo corto conduce a dos dormitorios y un bao. 
Su dormitorio es el de la izquierda.
     En la intimidad de su cuarto, deja la Mossberg sobre la cama y va a la 
ventana que mira al sur, decorada con cortinas azules bordeadas de negro. 
No necesita correrlas para ver su vehculo estacionado frente a la casa. Los 
paos no se juntan del todo y le basta acercar el ojo al espacio de cinco 
centmetros entre ambos para ver la casa rodante en su totalidad.
     Si no sali del vehculo inmediatamente detrs de l, lo cual es muy 
dudoso, la mujer sigue ah. El ngulo visual le permite ver el interior de la 
cabina: no est en ninguno de los dos asientos de adelante.
     Saca la pistola del bolsillo y la deja sobre la cmoda. Se quita el 
impermeable y lo arroja sobre el cobertor de felpa prolijamente extendido 
sobre la cama.
     Vuelve a la ventana, pero an no hay seales de la mujer misteriosa 
escondida en la casa rodante all abajo.
     Cruza con rapidez el pasillo para ir al bao. Azulejos blancos, pintura 
blanca, sanitarios blancos, herrajes de bronce con perillas de cermica 
blanca. Todo est deslumbrante. No hay una sola mcula en el espejo.
     A Edgler Veiss le gusta mantener el bao impecablemente limpio y 
deslumbrante. Aos atrs, en otra vida, haba vivido en Chicago con su 
abuela, incapaz de mantener el bao como l pretenda. Por fin, en un 
acceso de exasperacin incontenible, haba matado a la vieja perra. Tena 
once aos cuando la acuchill.
     Introduce la mano detrs de la cortina de la baera y gira el grifo del 
agua fra. Como no piensa ducharse, prefiere no derrochar agua caliente.
     Abre el grifo al mximo, y el ruido de la lluvia al caer sobre la baera de 
fibra de vidrio se vuelve atronador. Sabe por experiencia que reverbera por 
toda la casa; a pesar del repiqueteo de la lluvia sobre el tejado, el ruido es 
mucho ms estruendoso que el de la ducha en el bao de Sarah Templeton, 
y se oye en la planta baja.
     En un estante sobre el lavabo hay una radio reloj. La enciende y alza el 
volumen.
     Est sintonizada en una emisora de Portland que difunde noticias las 
veinticuatro horas. Mientras se baa y se arregla, Veiss siempre escucha las 
noticias, no porque sienta el menor inters en los ltimos sucesos polticos o 
culturales sino porque casi todos los boletines hablan de cmo la gente se 
mata o se mutila: guerras, terrorismo, estupros, asaltos, asesinatos. Y 
cuando esas muertes no bastan para ocupar a los periodistas, la naturaleza 
siempre da una mano con un tornado, un huracn, un gran terremoto o una 
epidemia de bacterias asesinas.
     A veces, al escuchar las noticias, mientras los boletines despiertan 
gratos recuerdos de sus propias hazaas homicidas, comprende que l 
tambin es una fuerza de la naturaleza: un huracn, una tormenta elctrica, 
un asteroide que se precipita desde el vaco para destruir un planeta, una 
destilacin de toda la ferocidad humana en un solo cuerpo. Poder elemental. 
La idea le agrada.
     Pero en esta ocasin, las noticias no servirn para crear el clima que 
busca. Gira rpidamente el dial en busca de una emisora de msica. Take 
the A Train, por Duke Ellington.
     Perfecto.
     Escuchando esa msica orquestal, evoca destellos de luces en cristales 
tallados y burbujas luminosas en una copa de champagne, aromas de 
ctricos frescos. Palpa las notas en el aire, algunas que brillan hasta estallar 
como pompas de jabn, otras que rebotan de su cuerpo como miles de 
bolitas de caucho, otras que crujen como hojas secas al viento otoal: es 
una msica sumamente tctil, exuberante y excitante.
     El ritmo del swing tranquilizar sutilmente a la mujer. En su fuero 
interno no podr creer que le suceder algo desagradable con semejante 
msica de fondo. Perfecto.
     Vuelve enseguida al dormitorio y a la ventana de la que se alej hace 
menos de un minuto.
     La lluvia cae y se desliza sobre el vidrio.
     Frente a la entrada, la casa rodante sigue como antes.
     La mujer debe de estar en el interior. No es probable que salga 
bruscamente y corra desesperada; ms bien lo har con cautela, descender 
y titubear junto a la puerta. Si hubiera salido mientras Veiss estaba en el 
bao, sin duda estara agazapada junto a la casa rodante, orientndose, 
observando el panorama. Desde su puesto, l ve casi todo el vehculo, salvo 
parte del lado izquierdo y del posterior. La mujer no est a la vista.
     La espero, seorita Desmond dice, recordando al personaje de Gloria 
Swanson en El ocaso de una vida. Esa pelcula lo conmovi profundamente 
cuando la vio por televisin. Tena trece aos y haba pasado un ao en 
psicoterapia por el asesinato de su abuela. Tena conciencia de que Norma 
Desmond era la villana de la tragedia, que se era el papel asignado por el 
guionista y el director... pero l la haba admirado, la haba amado. Su 
egosmo era emocionante, como heroico era su egocentrismo. Jams haba 
visto un personaje tan autntico en una pelcula. As era la gente una vez 
despojada de la hipocresa, detrs de toda la chchara sobre el amor, la 
compasin y el altruismo; todos eran como Norma Desmond, pero se 
negaban a reconocerlo. A Norma le importaba un carajo el resto del mundo, 
y someta a todos a su frrea voluntad aun cuando ya no era ni joven ni 
bella ni famosa, y cuando no pudo doblegar al personaje de William Holden 
en la medida que lo deseaba, directamente tom un revlver y lo mat, un 
acto tan fuerte, tan audaz, que esa noche el joven Edgler no pudo dormir de 
la emocin. Se haba preguntado qu sentira al conocer a una mujer 
superior y tan autntica como Norma Desmond... y someterla, matarla, 
hacer suyos su fuerza y su egosmo.
     Tal vez la mujer misteriosa sea como Norma Desmond. Audacia no le 
falta. Veiss no termina de comprender qu diablos est haciendo, qu 
pretende. Cuando se entere de sus motivaciones, tal vez no sea en absoluto 
como Norma Desmond. Pero al menos ya le brinda una experiencia indita e 
interesante.
     La lluvia. El viento. La casa rodante.
     Termina Take the A Train y empieza String of Pearls. Edgler Veiss apoya 
los labios en la cortina y murmura:
     La espero, seorita Desmond.
     Cuando el asesino hubo salido estrepitosamente de la casa rodante, 
Chyna esper durante un largo rato en el dormitorio oscuro, escuchando el 
canto monocorde de la lluvia.
     En un principio se dijo que eso era lo ms prudente. Escuchar. Esperar. 
Asegurarse. Cerciorarse.
     Pero acab por reconocer que se haba acobardado. Durante el viaje 
hacia el norte, desde Humboldt, su ropa se haba secado, pero an tena 
fro, y el origen de los escalofros era el hielo de la duda que le atenazaba las 
tripas.
     El devorador de araas haba desaparecido, y para Chyna era preferible 
permanecer en la oscuridad con dos cadveres a salir sin saber si tendra 
que afrontarlo. Saba que l volvera, que el dormitorio no era un lugar 
seguro, pero durante un largo rato, los sentimientos pudieron ms que las 
certezas.
     Cuando por fin sali de su parlisis, se abalanz hacia la puerta del 
dormitorio con audacia temeraria, como si temiera que la menor vacilacin 
inducira una nueva y definitiva inmovilidad. Abri la puerta de un tirn, 
entr en el pasillo con el revlver listo para disparar (porque tal vez el 
asesino degenerado todava estaba ah), sigui avanzando ms all del bao 
y el hueco del comedor hasta la salita, donde se detuvo a menos de dos 
metros del asiento del conductor.
     La nica luz era un resplandor grisceo que penetraba por la claraboya, 
detrs, y por el parabrisas, pero bastaba para ver que el asesino no estaba 
ah. Estaba sola.
     Afuera, frente a la casa rodante, se extenda un patio empapado por la 
lluvia, unos cuantos rboles de los que chorreaba el agua, y una senda tosca 
que conduca a un granero desvencijado.
     Chyna se acerc a la ventanilla de la derecha, apart un borde de la 
cortina sucia y vio una casa de troncos, a unos seis metros. Manchadas por 
el tiempo y por muchas manos de creosota, empapadas por la lluvia, las 
paredes brillaban como una piel oscura de serpiente.
     Aunque no tena la menor certeza de nada, dio por sentado que era la 
casa del asesino. En la estacin de servicio haba dicho que volva a casa 
despus de la "cacera", y todo lo que haba dicho a los empleados pareca 
ser verdad, incluso y sobre todo las frases sarcsticas sobre la joven 
Ariel.
     El asesino tena que estar ah.
     Se adelant para inclinarse sobre el asiento del conductor. Las llaves no 
estaban en el encendido. Tampoco estaban en la caja de la consola.
     Se sent en la butaca del acompaante, donde, a pesar de la lluvia 
torrencial que caa sobre las ventanillas, se sinti horriblemente expuesta. 
Explor la consola, la guantera, los sobres de ambas puertas y el hueco bajo 
los asientos, pero no hall nada que revelara la identidad o dato alguno del 
asesino.
     No tardara en volver. Por alguna razn desquiciada, se haba tomado 
muchas molestias y haba corrido grandes riesgos para traer los cadveres, 
y era improbable que los dejara en la casa rodante por mucho tiempo.
     Aunque la lluvia oscureca todo, tuvo la impresin de que las cortinas de 
la planta baja de ese lado de la casa estaban corridas. Por consiguiente, el 
asesino no la vera salir de la casa rodante si echaba una mirada casual a la 
ventana. Las ventanas de la planta alta eran ms difciles de ver, pero 
tambin parecan tener cortinas.
     Al entreabrir la puerta, una rfaga helada penetr por la brecha como 
una pualada. Chyna sali y cerr la puerta tratando de no hacer ruido.
     El cielo estaba cubierto de nubes espesas y turbulentas.
     Las laderas boscosas se alzaban detrs de la casa, hilera tras hilera 
hasta desaparecer en la bruma perlada. Detrs, se insinuaban las montaas, 
cuyos picos ocultos por las nubes seguramente estaban cubiertos de nieve a 
principios de la primavera.
     Corri hasta los escalones de lajas y subi al porche para guarecerse de 
la lluvia, pero sta era tan torrencial, que nuevamente la empap. Apoy la 
espalda contra la pared tosca.
     Dos ventanas flanqueaban la puerta principal; las cortinas de la ms 
prxima estaban cerradas.
     Msica en el interior. Msica con swing.
     Contempl los prados y una senda que los cruzaba desde la casa hasta 
desaparecer detrs de la cresta de una loma. Tal vez esa senda de tierra 
conduca hacia otras casas ms all de la loma, donde encontrara gente 
dispuesta a ayudarla.
     Pero, quin la haba ayudado en todos esos aos? Record que se 
haba despertado cuando la casa rodante se detuvo por un instante; por lo 
tanto, haba atravesado un portn. Pero el camino, aunque privado, deba de 
terminar en una va pblica donde podra pedir ayuda a los vecinos o a los 
automovilistas que pasaran. La cima de la cuesta estaba a unos trescientos 
metros de la casa. Tendra que cruzar mucho terreno antes de pasar 
inadvertida desde la casa.
     Si el asesino la vea, probablemente le dara alcance antes de que ella 
pudiera salir de la propiedad.
     An no tena la certeza de que sa fuera su casa. Y si lo era, no saba si 
Ariel estaba ah. Si acuda a las autoridades y no hallaban a Ariel, tal vez el 
asesino no les dira dnde encontrarla.
     Tena que cerciorarse de que estaba en el stano. Pero si la joven 
estaba ah y Chyna volva con la polica, encontraran al asesino atrincherado 
en la casa. Se necesitara un grupo de asalto para desalojarlo... y eso le 
dara tiempo para matar a Ariel y suicidarse.
     Ms an, tena la casi certeza de que se sera el desenlace en caso de 
intervencin policial. l comprendera que era el fin de su libertad, de sus 
juegos, que no habra ms diversin y que slo le restaba un ltimo alarde 
apocalptico de su demencia.
     Chyna no soportaba la idea de perder a esa chica en peligro tan poco 
tiempo despus de perder a Laura, de haberle fallado a Laura. Intolerable. 
No poda fallarle a la gente como otros a ella durante toda su vida. La 
esencia de las cosas no estaba en las clases y los textos de sicologa sino en 
los afectos, el sacrificio duro, la fe, la accin. No quera correr estos riesgos. 
Quera vivir... pero para otro, adems de para s.
     Y ahora, por lo menos tena un revlver. Y la ventaja de la sorpresa.
     Anteriormente, en casa de los Templeton, en la casa rodante y en la 
estacin de servicio haba contado con el factor sorpresa, pero no haba 
estado en posesin de un arma.
     Entonces comprendi que debata consigo misma, se convenca de 
seguir el camino ms peligroso de todos, inventaba excusas para entrar en 
la casa. Entrar era una locura total, por Dios, la idea ms descabellada que 
se le pudiera ocurrir a nadie, por Dios, pero tena que encontrar un 
fundamento racional para la decisin ya tomada.
     Al salir de la casa rodante, la mujer empua un revlver en la diestra. 
Parece un Chief's Special .38.
     A muchos polizontes les gusta esa arma. Pero la mujer no se desplaza 
como un polica ni empua el arma como lo hara un agente... sin embargo, 
es evidente que tiene algn conocimiento de cmo usarla.
     No, decididamente no es miembro de una fuerza de seguridad. Es otra 
cosa. Algo enigmtico.
     Nadie haba despertado tanta curiosidad en Edgler Veiss como esta 
jovencita corajuda, esta aventurera misteriosa. Es algo verdaderamente 
especial.
     Apenas ella corre de la casa rodante al porche y desaparece de su vista, 
Veiss se aparta de la ventana que da al sur para mirar por la que tiene vista 
hacia el este. Tambin tiene una cortina azul, que l aparta levemente. No 
hay seales de la joven.
     Veiss contiene el aliento y espera, pero ella no se aleja por la senda 
hacia el este. Despus de unos treinta segundos de espera, se convence de 
que la mujer no va a huir.
     Si hubiera tratado de huir, lo hubiera decepcionado muchsimo. No 
parece la clase de persona que huye. Es audaz. l quiere que lo sea.
     Si huyera, l le echara los perros con instrucciones de detenerla, no de 
matarla. Entonces, la interrogara a su antojo.
     Pero es ella quien lo persigue a l. Por razones que no puede imaginar, 
entrar en la casa a buscarlo. Armada con un revlver.
     Tendr que ser cuidadoso. Pero s que est pasando un buen rato. El 
revlver acenta la intensidad del juego. El porche est justamente debajo 
de su ventana, pero no puede ver a la joven debido al alero. La mujer 
misteriosa est all. l siente su proximidad, tal vez directamente debajo de 
sus pies.
     Toma la pistola de la cmoda y camina sigilosamente sobre la alfombra 
hasta la puerta abierta. Va al pasillo, lo recorre con rapidez y se detiene en 
lo alto de la escalera. Alcanza a ver el descanso, no la sala, pero aguza el 
odo.
     Si ella abre la puerta principal, l se enterar porque una de las 
bisagras hace un ruido seco y spero. No es fuerte, pero s peculiar. Como 
est atento a ese ruido de la herrumbre, ni el repiqueteo de la lluvia sobre el 
tejado ni el tronar de la ducha en la baera ni In the Mood por la radio 
podrn disimularlo del todo.
     Qu locura. Pero lo hara. Por Ariel. Por Laura. Pero tambin por ella. 
Acaso sobre todo por ella misma. Tantos aos de esconderse bajo las 
camas, en los armarios, en buhardillas tenebrosas... basta de eso. Tantos 
aos de arreglrselas, de mantener la cabeza gacha, de pasar inadvertida... 
ahora tena que hacer algo o reventar. Desde el da en que naci, haba 
vivido en una prisin -incluso despus de abandonar a su madre-, una 
prisin de miedo y vergenza y expectativas abandonadas, y estaba tan 
acostumbrada a llevar esa vida limitada, que ni siquiera vea los barrotes. La 
rabia justiciera la haba liberado y estaba embriagada de libertad.
     Se alz un viento fro y las rfagas de lluvia barrieron el porche. Se 
entrechocaron las caracolas de un mvil, con un ruido atonal e irritante.
     Chyna se desliz frente a la ventana tratando de no pisar los caracoles 
que se arrastraban sobre el piso de la galera. Las cortinas estaban corridas.
     La puerta principal estaba cerrada, pero no trabada. La abri 
lentamente. Una de las bisagras chirri.
     La pieza musical termin, y a continuacin Chyna oy dos voces que 
venan del interior de la casa. Se detuvo en el umbral, pero enseguida se dio 
cuenta de que era un anuncio publicitario. La msica vena de la radio.
     Tal vez el asesino conviva con otras personas, aparte de Ariel y la 
sucesin de vctimas o cadveres que traa de sus excursiones. A Chyna le 
pareca inconcebible que lo aguardaran una esposa e hijos, una suerte de 
familia Simpson sictica, pero se conocan algunos casos de asesinos 
psicpatas que trabajaban en equipo; como el Estrangulador de Los ngeles 
de unas dcadas atrs, que result ser una pareja de hombres.
     En fin, las voces por la radio no le hacan mal a nadie. Alz el revlver 
frente a su cuerpo y entr. El viento que penetr por la puerta chifl en la 
casa y agit la pantalla suelta de una lmpara, de modo que la joven cerr 
la puerta para que no la delatara.
     Las voces de la radio venan de una escalera encajonada a su izquierda. 
Decidi no perder de vista el paso sin puerta hacia la escalera por si bajaban 
otros ruidos aparte de las voces.
     El cuarto principal de la planta baja ocupaba todo el ancho de la casa, y 
lo que vio, a la luz ttrica que entraba por las ventanas, no tena nada que 
ver con lo que haba previsto. Haba sillones tapizados en cuero verde oliva, 
con escabeles; un sof tapizado en tela escocesa con patas en forma de 
bolas; mesas rsticas de roble, y una biblioteca con unos trescientos 
volmenes. En el hogar de piedra haba herrajes de bronce reluciente, y 
sobre la repisa, un reloj antiguo con dos ciervos alzados sobre sus patas 
traseras. El decorado era totalmente masculino, pero no agresivo: no haba 
cabezas de ciervo o de oso con ojos de vidrio en las paredes ni cuadros con 
escenas de cacera ni fusiles a la vista, y el cuarto pareca cmodo y 
acogedor. En lugar del desorden -indicio consabido de una mente 
gravemente trastornada-, reinaba la pulcritud. En lugar de la mugre, el 
aseo; a pesar de la oscuridad, era evidente que el cuarto estaba libre de 
polvo. No reinaba el hedor de la muerte sino los olores del lustramuebles 
con aroma a limn y del desodorante de ambientes aromatizado con pino, 
adems de un agradable olor a lea carbonizada en la chimenea.
     El locutor de la radio describa con entusiasmo los servicios de una 
firma de contadores y las delicias de cierta marca de pasteles; su voz 
reverberaba en la escalera. El asesino haba elevado el volumen en exceso, 
pens Chyna, como si tratara de disimular otros ruidos.
     S que haba otro ruido, similar al de la lluvia pero distinto; tard unos 
segundos en reconocerlo: una ducha. Por eso l haba elevado tanto el 
volumen de la radio. Escuchaba msica mientras se duchaba.
     Tena suerte. Mientras el asesino estuviera en la ducha, ella podra 
buscar a Ariel sin correr el riesgo de que la descubriera.
     Cruz rpidamente la sala hacia una puerta entornada, la pas y se 
hall en una cocina. Azulejos amarillos, alacenas de pino rstico. Piso de 
vinilo gris con pintitas amarillas, verdes y rojas. Bien fregado. Cada cosa en 
su lugar.
     Estaba empapada, y el agua que chorreaba de su pelo y sus pantalones 
ensuciaba el piso impecable.
     Sujeto al costado de la heladera haba un calendario con la hoja del mes 
de abril a la vista, y decorado con la foto de un gatito blanco y uno negro 
cuyos deslumbrantes ojos verdes espiaban desde un gran ramo de lilas.
     La normalidad de la casa era aterradora: las superficies deslumbrantes, 
el aseo, los detalles acogedores, la sensacin de que su morador caminaba 
de da por las calles y pasaba por un ser humano a pesar de las atrocidades 
cometidas.
     No haba que pensar en eso.
     Deba desplazarse. En el movimiento estaba la seguridad.
     Pas la puerta trasera. A travs de los cuatro paneles de vidrio de la 
mitad superior, vio otro porche, un jardn, un par de rboles grandes y el 
granero.
     No haba separacin arquitectnica entre la cocina y el comedor; entre 
ambos ocupaban unos dos tercios del ancho de la casa. La mesa era 
redonda, de pino oscuro, sostenida por una gruesa pata central; las cuatro 
sillas de pino de respaldo recto tenan almohadones atados al asiento y el 
respaldo.
     Volvi a orse msica en la planta alta, pero era ms suave en la cocina 
que en el living. Un aficionado a la msica swing hubiera reconocido la 
meloda.
     El ruido de la ducha, en cambio, era ms fuerte en la cocina que en el 
living porque los caos pasaban por la pared trasera de la vieja casa. El 
agua que corra del bao de la planta alta haca un ruido hueco al pasar por 
las caeras de cobre. Adems, el cao no estaba bien sujeto y aislado 
porque en algn lugar vibraba contra una saliente de la pared; un 
repiqueteo rpido: tat-tat-tat-tat-tat.
     Cuando cesara ese ruido, sabra que se acababa el tiempo en que 
estaba a salvo en la casa. El silencio le indicara que le quedaba un minuto 
de gracia o a lo sumo dos, mientras l se secaba.
     Chyna mir alrededor en busca de un telfono, pero slo vio la toma. Si 
hubiera encontrado el telfono, se hubiera tomado el tiempo de llamar a 
emergencias, si es que exista ese servicio en... en donde diablos se 
encontrara... en ese pramo. El resto de la bsqueda sera menos 
exasperante si supiera que en poco tiempo recibira ayuda.
     En el extremo del comedor que daba hacia el norte, haba otra puerta. 
Aunque el asesino se duchaba en la planta alta, gir la perilla con el mayor 
sigilo y titube al cruzar el umbral.
     El cuarto era lavadero y depsito a la vez. Un lavarropas. Un secarropas 
elctrico. Cajas y botellas de productos de limpieza prolijamente apiladas en 
dos estantes abiertos; se perciba olor a detergente y leja.
     El ruido del agua y el repiqueteo del cao eran an ms fuertes que en 
la cocina.
     A la izquierda, haba otra puerta: pino rstico color verde limn. La 
abri y se encontr con una escalera que conduca a un stano negro. Su 
corazn lati con fuerza.
     Ariel... susurr, pero no hubo respuesta porque se lo haba dicho a 
s misma ms que a la chica.
     No haba ventanas all abajo. Ni un batiente u orificio de ventilacin que 
dejara pasar el menor rayo de la luz turbia de la tormenta. Una mazmorra 
oscura.
     Pero si el degenerado tena a una chica encerrada ah, qu extrao que 
la puerta no tuviera candado. Slo tena un cerrojo de resorte, de los que se 
abren girando una perilla.
     Desde luego, la cautiva poda estar encerrada en un cuarto sin 
ventanas, mucho ms abajo, o tal vez engrillada. Ariel quiz no poda ganar 
la escalera y la puerta de la planta baja aunque las ausencias del asesino le 
dieran tiempo para tratar de aflojar las ligaduras. Por eso el asesino confiaba 
en que era innecesario colocar un obstculo adicional a la fuga durante su 
ausencia.
     Con todo, era raro que no previera la posibilidad de que un ladrn 
entrara en la casa durante su ausencia, bajara al stano y descubriera a la 
chica secuestrada.
     Dada la evidente antigedad de la casa, la tosquedad de la construccin 
y la ausencia de dispositivos de alarma a la vista, Chyna dudaba que hubiera 
un sistema de seguridad. Con tantos secretos que proteger, el asesino 
tendra que haber instalado en el acceso al stano una puerta de acero, 
inviolable como la de la caja de seguridad de un Banco.
     Tal vez la ausencia de dispositivos de seguridad indicaba que la 
muchacha, Ariel, no estaba all.
     Chyna se apresur a descartar la idea. Tena que encontrar a Ariel.
     Se asom por la puerta, tante la pared en busca del interruptor y 
encendi la luz. Se encendieron lmparas en el descanso superior y en el 
stano.
     La escalera era abrupta, de un solo tramo, con escalones de hormign 
sin revestimiento. Su construccin pareca mucho ms reciente que la del 
resto de la casa; tal vez era un aadido relativamente nuevo.
     El impulso veloz del agua en las caeras y el repiqueteo del cao suelto 
en la pared indicaban que el asesino an estaba en la ducha, donde 
eliminaba los ltimos rastros de sus crmenes. Tat-tat-tat...
     Ariel... susurr, un poco ms fuerte que antes. No hubo respuesta 
en el aire inmvil.
     Ms fuerte: 
     Ariel... 
     Nada.
     Chyna no quera descender al pozo sin ventanas, sin otra salida que la 
escalera, aunque la puerta no tuviera candado. Pero no haba manera de 
evitar el descenso si quera cerciorarse de que Ariel estaba ah. Tat-tat-
tat-tat-tat...
     Era la situacin consabida; aunque la infancia haba quedado atrs y 
ella era adulta y supuestamente dominaba sus circunstancias y todo estaba 
bien, siempre terminaba en lo mismo: sola, enloquecida de miedo, sola, a 
punto de meterse en un lugar cerrado, ttrico, estrecho, sin salida, 
sostenida tan slo por una esperanza irracional, en medio de un mundo 
indiferente donde nadie se preguntaba por ella y adnde habra ido a parar.
     Aguzando el odo para detectar el menor cambio de ruido en el agua y 
la vibracin de la caera, Chyna baj de a un escaln por vez, la mano 
izquierda sobre el pasamanos de hierro. La derecha empuaba el revlver 
con tanta fuerza, que le dolan los nudillos.
     Chyna Shepherd, intacta y viva dijo con voz trmula. Chyna 
Shepherd, intacta y viva.
     Cuando iba por la mitad de la escalera, se volvi para mirar atrs. Las 
huellas de sus zapatillas hmedas llegaban hasta el descanso superior, que 
pareca estar a trescientos metros, tan lejos como la casa lo estaba de la 
cima de la colina.
     Alicia atraviesa la madriguera del conejo para hundirse en un mundo sin 
maravillas.
     Por la puerta abierta entre el comedor diario y el lavadero, Edgler Veiss 
escucha la voz de la mujer misteriosa que llama a Ariel. Est a pocos metros 
de l, ms all de las mquinas de lavar y secar, de manera que no cabe la 
menor duda sobre el nombre que sali de su boca. Ariel.
     Atnito, boquiabierto, parpadea en medio del aroma del detergente y el 
repiqueteo sordo de la caera de cobre en la pared. La voz reverbera en su 
cerebro.
     Es imposible que conozca la existencia de Ariel. Pero la llama otra vez, 
elevando un poco la voz. Bruscamente, Edgler Veiss se siente 
espantosamente violado, oprimido, espiado. Echa una mirada a las ventanas 
de la cocina y el comedor a la espera de encontrarse con bellos rostros 
desconocidos, de mirada torva, apretados contra los vidrios. Slo ve la lluvia 
y la ttrica luz gris, pero no se disipa su angustia.
     Esto ya no es entretenido. En absoluto.
     El misterio se ha vuelto demasiado profundo. Veiss est alarmado.
     Es como si la mujer no hubiera salido del Honda sino que hubiera 
atravesado una barrera invisible entre las dimensiones para llegar desde un 
mundo distinto de ste, donde lo espiaba constantemente y en secreto. El 
sabor es netamente sobrenatural, con una textura de ultratumba; el olor del 
detergente se troca por el del incienso quemado, y el aire enrarecido est 
lleno de presencias invisibles.
     Temeroso y acosado por las dudas, emociones hasta entonces 
desconocidas por l, Edgler Veiss entra en el lavadero a la vez que alza la 
Heckler & Koch P7. Su dedo empieza a oprimir el disparador.
     La puerta del stano est abierta. La luz de la escalera est encendida.
     La mujer no est a la vista. Suelta el disparador.
     En las raras ocasiones en que invita a alguien a cenar o a una reunin 
de trabajo en su casa, siempre deja un doberman en el lavadero. El perro 
dormita ah, silencioso. Pero si algn invitado se acercara, el perro lo alejara 
con gruidos.
     Cuando el amo est ausente, los doberman patrullan el terreno 
constantemente y nadie puede acercarse a la casa, y mucho menos al 
stano.
     Veiss no ha instalado una cerradura en la puerta de la escalera por 
temor a que se trabe mientras l est ah abajo, absorto en sus juegos. 
Desde luego, una cerradura accionada con llave evitara semejante 
catstrofe. l mismo no puede imaginar que tal mecanismo pueda averiarse 
y dejarlo encerrado; no obstante, la sola idea lo preocupa tanto, que jams 
ha corrido ese riesgo.
     A lo largo de los aos, ha visto muchas casualidades en el mundo y a 
muchas personas morir a causa de ellas. Un atardecer de fines de junio, 
cuando viajaba hacia Reno, Nevada, por la Autopista 80, se le haba 
adelantado un Mustang descapotable conducido por una muchacha rubia. 
Vesta shorts y blusa blancos y su larga cabellera dorada flotaba al viento. 
Embargado por un fuerte deseo de destruir esa hermosa cara, haba 
acelerado la casa rodante hasta el lmite, pero el Mustang era ms veloz y la 
aventura pareca condenada al fracaso. A medida que la autopista penetraba 
en las sierras, la casa rodante haba perdido velocidad y el Mustang haba 
desaparecido de su vista. Aunque pudiera colocarse a la par, haba 
demasiado trnsito demasiados testigos para intentar sacarla del 
camino. Entonces, uno de los neumticos del Mustang haba reventado. Iba 
a tal velocidad, que el auto casi hizo un trompo, oscil de un carril al otro 
mientras los neumticos echaban humo azul al patinar sobre el asfalto, pero 
finalmente la mujer pudo dominarlo y salir a la banquina. Veiss se detuvo a 
darle una mano, que ella acept con gratitud. Era una chica sonriente, 
seductoramente tmida, una linda chica que llevaba una cruz de oro colgada 
de una cadenita y luego haba llorado amargamente y lo haba excitado al 
resistir la entrega de su virtud y al apartar su cara de los diversos 
instrumentos puntiagudos que l le acercaba, nada ms que una joven 
alegre y llena de vida que iba a Reno cuando la casualidad la entreg en sus 
manos.
     Y si un neumtico puede reventar, por qu no se ha de trabar una 
cerradura?
     La casualidad da, pero tambin quita.
     Edgler Veiss vive con intensidad, pero no sin precaucin.
     Ahora resulta que una mujer que llama a Ariel ha entrado en su vida 
como un neumtico reventado, y Veiss no sabe si el destino la ha puesto en 
sus manos o a l en las suyas.
     Recordando el revlver y deseando tener un doberman a mano, cruza el 
lavadero hasta la puerta del stano. Desde abajo le llega la voz de la mujer:
     Chyna Shepherd intacta y viva.
     Aunque Veiss no suele ser supersticioso, lo embarga una sensacin 
sobrenatural como nunca ha experimentado antes. Le arde el cuero 
cabelludo, se le erizan los pelos de la nuca, su mano aprieta la empuadura 
de la pistola. Titubea y se asoma por la puerta abierta para echar una 
mirada a la escalera.
     La mujer est en uno de los ltimos escalones. Con una mano se toma 
del pasamanos, con la otra sostiene el revlver.
     No es polica. Es una aficionada.
     No obstante, podra ser el "neumtico reventado" en la vida de Edgler 
Veiss, y l est nervioso, agitado, sumamente deseoso de averiguar quin es 
pero la seguridad es ms importante que la curiosidad.
     Pasa por la puerta al descanso superior. Aunque est muy cerca, ella no 
lo oye porque todo es hormign, nada cruje bajo los pies.
     Le apunta al centro de la espalda. El primer proyectil la lanzar hacia 
adelante, con los brazos extendidos, sobre el piso del stano, y el segundo 
la alcanzar en el aire. l bajar a la carrera, disparando el tercero y el 
cuarto en lo posible hacia sus piernas. Luego se arrojar sobre ella, le 
apoyar el cao en la nuca y slo, slo, slo entonces, cuando tenga la 
situacin totalmente dominada, decidir si an constituye una amenaza o 
no, si puede correr el riesgo de interrogarla o si es tan peligrosa que deber 
meterle un par de proyectiles en la cabeza.
     Cuando la mujer pasa bajo la lmpara al pie de la escalera, Veiss 
alcanza a ver mejor su revlver. En efecto, es un Smith & Wesson Chiefs 
Special .38 tal como haba pensado al verlo desde la ventana del dormitorio 
en la planta alta; pero al ver la marca y el modelo se estremece como si 
hubiera recibido una descarga elctrica.
     Huele una salchicha de Viena. Recuerda un par de hmedos ojos negros 
que se abren de par en par, atnitos, aterrados y desesperados.
     Ha visto dos armas similares en las ltimas horas. La primera 
perteneca al joven caballero asitico de la estacin de servicio, que la tom 
del mostrador para defenderse pero no tuvo la oportunidad de usarla.
     Aunque el Chief's Special es un revlver notable, no es tan apreciado 
como para encontrarlo por todas partes. Edgler Veiss sabe, con la certeza de 
un zorro que sigue el rastro de un conejo en los pastizales, que el revlver 
es el mismo.
     Pese a que la mujer que baja la escalera an est llena de misterios, 
aunque su presencia no es menos asombrosa que antes, no hay nada de 
sobrenatural en ella.
     Conoce el nombre de Ariel, no porque lo haya espiado a l desde otro 
mundo, no porque sirva a una dudosa fuerza superior, sino porque estaba 
ah, en la estacin de servicio, cuando Veiss conversaba con los empleados y 
cuando los mat.
     Dnde se ocultaba, cmo l no descubri su presencia, por qu la mujer 
sinti la necesidad de perseguirlo, de dnde saca el coraje que requiere una 
aventura tan temeraria: son preguntas que la sola intuicin no contesta. 
Pero ya vendr el momento de hacrselas.
     Baja la pistola y retrocede hacia el lavadero para no ser sorprendido por 
una mirada.
     El temor desusado, la enigmtica percepcin de fuerzas sobrenaturales 
opresoras, se disipan como la niebla y por un instante lo asombra su propia 
credulidad. l, que no se hace ilusiones sobre la naturaleza de la existencia. 
l, que es tan perspicaz. l, consciente de que las sensaciones dominan 
todo. l, el ms racional de los hombres, se ha asustado.
     Casi re de semejante tontera... y al punto descarta el impulso.
     La mujer habr llegado al pie de la escalera. Permitir que explore. 
Despus de todo, por enigmticas que sean sus razones, ha venido para 
esto, y Veiss quiere ver cmo reaccionar ante sus descubrimientos. Esto 
vuelve a ser entretenido.
     Se reanuda el juego.
     Chyna lleg al pie de la escalera.
     La pared exterior de piedra y argamasa estaba a su derecha. No haba 
paso en esa direccin.
     A su izquierda haba una cmara de unos tres metros, de pared a pared 
y ancha como toda la casa. Se alej del pie de la escalera hacia ese espacio 
desconocido.
     En un extremo haba una caldera de petrleo y un gran calentador 
elctrico de agua. En el otro extremo, varios armarios metlicos altos, con 
ranuras de ventilacin en las puertas, un banco de carpintero y un cajn de 
herramientas montado sobre ruedas.
     Frente a ella, en una pared de bloques de hormign, la aguardaba una 
puerta inquietante.
     Click-fffuuum.
     Chyna gir a la derecha y estuvo a punto de disparar un tiro antes de 
darse cuenta de que el ruido vena de la caldera: el piloto elctrico encenda 
el combustible.
     Junto con el ruido de la caldera an oa la vibracin del cao. Tat-tat-
tat. Aunque ms tenue que en la escalera, todava era perceptible.
     Apenas distingua la msica que vena del bao del segundo piso, 
retazos discontinuos de melodas, sobre todo de los bronces o el lamento de 
un clarinete.
     Sin duda, la puerta del fondo daba acceso a un cuarto insonorizado 
porque estaba acolchada como la de un teatro y forrada en cuerina rojo 
oscuro dividida en cuadros por medio de ocho clavos de tapicera con las 
cabezas forradas en material al tono. El marco estaba acolchado y forrado 
con el mismo material.
     No haba candado, ni siquiera cerrojo, que le impidiera el paso.
     Al apoyar la mano en la cuerina, Chyna descubri que el acolchado era 
an ms grueso de lo que pareca. La madera estaba revestida por casi cinco 
centmetros de espuma de goma.
     Tom la gran manija de acero inoxidable en forma de u. Al tirar de ella, 
oy el roce de la puerta forrada en cuerina sobre el umbral. El calce era 
perfecto: apenas la puerta se apart del marco y se rompi el sello, oy un 
susurro similar al que se produce cuando se abre un frasco de manes 
cerrado al vaco.
     La puerta tambin estaba acolchada por dentro. Su grosor total 
superaba los doce centmetros.
     Ms all del umbral haba un cuarto de cinco metros cuadrados con 
cielo raso bajo, que pareca un ascensor, salvo porque todas las superficies, 
menos el piso, estaban acolchadas. Cubra el piso una alfombra de caucho 
como las que revisten las cocinas de los restoranes para comodidad de los 
cocineros, que trabajan de pie durante muchas horas seguidas. A la luz 
tenue de la bombilla colocada en una cavidad del cielo raso, vio que el 
material no era cuerina sino algodn gris de textura rugosa.
     La peculiaridad del lugar acentu su miedo, pero al mismo tiempo crey 
comprender el propsito del vestbulo acolchado, y su estmago se revolvi 
con un leve ataque de nuseas.
     En la pared opuesta a la de la puerta abierta por Chyna, haba otra 
puerta. Tambin estaba acolchada e instalada en un marco acolchado.
     sta s tena cerraduras. El abultado acolchado gris rodeaba dos 
robustas cerraduras con cilindro de bronce. Sera imposible abrirla sin las 
llaves.
     Entonces vio un pequeo panel acolchado instalado en la misma puerta; 
colocado a la altura de los ojos, meda aproximadamente quince centmetros 
por veinte y tena una perilla. Se pareca al panel deslizante sobre la mirilla 
en la robusta puerta de una celda penitenciaria de mxima seguridad.
     Tat-tat-tat...
     El asesino se demoraba en la ducha. Pero en realidad, Chyna no haba 
pasado ms de tres minutos en la casa; slo pareca mucho ms. Si l 
quera darse un bao prolongado, an demorara mucho ms.
     Tat-tat...
     Hubiera querido mantener abierta la puerta exterior a la vez que 
entraba en el vestbulo y abra la mirilla, pero la distancia era excesiva. 
Deba permitir que la puerta se cerrara a sus espaldas.
     En el preciso instante en que la puerta acolchada roz el marco tambin 
acolchado con un susurro de cuerina gastada, Chyna dej de or la vibracin 
del cao.
     El silencio era tan denso, que casi no oa su propia, agitada, respiracin. 
Bajo el acolchado, las paredes seguramente estaban revestidas por varias 
capas de aislante acstico.
     Y si el asesino haba terminado su ducha en el preciso instante en que 
se cerr la puerta? En ese caso, se estaba secando. O se haba puesto una 
salida de bao sin secarse. Y ya bajaba la escalera.
     Con un miedo que le cortaba el aliento, abri la puerta.
     Tat-tat-tat... y el ruido del agua corriendo por el cao bajo alta 
presin.
     Solt un ruidoso suspiro de alivio. An estaba a salvo.
     Est bien, tranquila, sigue adelante, averigua si la chica est ah y luego 
decidirs cmo proceder.
     Con renuencia, permiti que la puerta se cerrara. De nuevo desapareci 
el ruido de la vibracin del cao.
     Le faltaba el aliento. Tal vez la ventilacin del vestbulo era insuficiente, 
pero la aislacin de las paredes acolchadas, sumada a la escasa circulacin 
de aire, provocaba una atmsfera irrespirable similar a la de un cuarto lleno 
de humo.
     Chyna desliz el panel acolchado de la mirilla en la puerta interior.
     Ms all, apareci una luz rosada.
     La mirilla tena gruesas rejas para proteger a quien miraba de un asalto 
por parte de lo que hubiera en el interior.
     Chyna acerc la cara a la mirilla y vio una cmara grande, casi de las 
mismas dimensiones que la sala bajo la cual estaba situada. Algunos 
sectores de ese ambiente estaban en tinieblas y la luz provena de tres 
lmparas con pantallas de tela con flecos; las bombillas rosadas eran de 
unos cuarenta vatios cada una.
     En la pared trasera haba dos paos de brocado rojo y dorado colgados 
de varillas de bronce, como si cubrieran sendas ventanas, pero no haba 
aberturas bajo tierra; el brocado era una mera decoracin para darle al 
cuarto un aspecto ms acogedor. En la pared de la izquierda, apenas rozada 
por la luz, haba un tapiz rado: mujeres de vestidos largos y sombreros 
tpicos cabalgaban a sentadillas en un prado, entre la hierba y las flores 
cerca de un bosquecillo primaveral.
     El mobiliario inclua un silln mullido adornado con antimacasar; una 
cama matrimonial cuya cabecera blanca estaba decorada con una escena 
imposible de distinguir bajo la escasa luz; bibliotecas talladas con hojas de 
acanto; armarios con puertas de mainel; una mesita con guarnicin tallada, 
flanqueada por dos sillas estilo Directorio forradas con una tela floreada, y 
una heladera. Haba un enorme guardarropa de madera oscura con 
aplicaciones florales vidriadas agrietadas, una pieza vieja sin ser una 
autntica reliquia, bella aunque algo golpeada. Frente a una mesa de 
tocador con espejo de tres hojas en marco tubular dorado haba un taburete 
tapizado. En un rincn apartado, un inodoro y un lavabo.
     Por inslito que fuera ese cuarto subterrneo, como un depsito de 
trastos para la escenografa de Arsnico y encaje antiguo, de lejos lo ms 
chocante era la coleccin de muecas. Muequitas de mejillas regordetas, 
duendecillos, peponas y de muchas otras variedades, viejas y nuevas, de un 
metro de altura o ms pequeas que un frasco de crema, vestidas con 
paales, ropa de esqu, lujosos vestidos de novia, overoles a cuadros, ropa 
de cowboy y de tenis, piyamas, faldas hawaianas, quimonos, trajes de 
payaso, camisones, uniformes marineros. Atestaban los anaqueles, espiaban 
desde las puertas de vidrio de algunos armarios, hacan equilibrio sobre el 
guardarropa y la heladera, estaban sentadas o paradas en el piso junto a las 
paredes. Otras estaban amontonadas en un rincn o al pie de la cama, los 
brazos y las piernas rgidamente torcidos en ngulos extraos, las cabezas 
inclinadas como si los cuellos estuvieran rotos; parecan ser cadveres 
alegremente ataviados, aguardando el transporte al crematorio. Entre 
doscientos y trescientos rostros brillaban bajo la luz suave o lucan lvidos 
como fantasmas en las sombras, de porcelana sin vidriar o vidriada, de tela 
y de madera y de plstico. Los ojos de vidrio, hojalata, botones, tela o 
cermica pintada reflejaban la luz, brillaban alegremente bajo las lmparas o 
se perciban ttricos como brasas desde los rincones alejados.
     Por un instante, Chyna casi pens que las muecas realmente vean -
salvo algunas aparentemente enceguecidas por cataratas de luz rosada- y 
que en sus ojos aterradores haba destellos de conciencia. Aunque ninguna 
se mova o desplazaba la mirada, pareca rodearlas un efluvio vital. 
Emanaban un poder sobrecogedor, como si el asesino fuera un brujo que 
hubiera robado las almas de sus vctimas para encerrarlas en esas figuras. 
Entonces, en la quietud del cuarto, una sombra que apareci en las tinieblas 
result ser la cautiva, y cuando la luz la ilumin, las muecas perdieron su 
misteriosa magia. Chyna jams haba visto una nia tan bella (ms bella que 
en la instantnea Polaroid), con una cabellera lacia y radiante de un 
encantador tono castao bajo la luz rosada aunque en realidad era rubia 
platinada. Erguida, esbelta, garbosa, posea una belleza etrea, angelical; no 
pareca una nia real sino una visin portadora del mensaje de la redencin, 
el pesebre, la esperanza y la estrella.
     Llevaba mocasines negros, medias blancas tres cuartos, falda azul o 
negra y una blusa blanca de mangas cortas con vivos oscuros en el cuello y 
el bolsillo del pecho, como el uniforme de un colegio de monjas.
     Sin duda, el asesino la provea de la ropa que deseaba que usara, y 
Chyna comprendi al instante por qu prefera esa clase de indumentaria. 
Aunque su fsico indicaba que tena diecisis aos, la ropa la haca lucir an 
ms joven; con sus brazos esbeltos, manos y muecas delicadas, bajo esa 
luz, el pdico uniforme le daba el aspecto de una nia de once aos lista 
para recibir el sacramento de la confirmacin el prximo domingo, ingenua y 
pura.
     La belleza y la pureza atraen a los psicpatas porque se sienten 
compelidos a mancillarlas. Deshonrada la inocencia, destrozada la belleza, la 
bestia deforme puede sentirse superior a la persona codiciada. Cada vez que 
muere un ser hermoso y puro y su cadver se pudre bajo tierra, el mundo 
se parece un poco ms al paisaje interior del asesino.
     La chica se sent en el silln.
     Sostena un libro. Lo abri, volvi algunas pginas y empez a leer.
     Aunque era imposible que no hubiera odo que se deslizaba el panel de 
la mirilla, no alz la vista. Aparentemente dio por sentado que el visitante 
slo poda ser el devorador de araas.
     Embargada por una emocin que le estruj el corazn y la sorprendi 
con su intensidad, Chyna dijo: 
     Ariel...
     El nombre atraves la mirilla y cay en un vaco sin aire que no 
transmita la voz ni creaba el menor eco. Era evidente que la celda de la 
joven estaba revestida con varias capas de aislante acstico, tal vez ms 
gruesas que las del vestbulo, y semejante esfuerzo para contener sus gritos 
y alaridos pareca indicar que el asesino sola tener invitados en su casa. Tal 
vez a cenar. Acaso a beber cerveza y mirar ftbol por televisin. Que se 
atreviera a hacerlo era una prueba ms de su extravagante audacia.
     Pero lo que hizo estremecer a Chyna fue la idea de que pudiera tener 
amigos, no degenerados como l, sino gente que se horrorizara al descubrir 
a la chica en el stano y enterarse de que su forma de esparcimiento 
consista en masacrar a familias enteras. En la vida cotidiana pasaba por un 
ser humano. Haba gente que se rea de sus chistes. Le peda consejo. 
Comparta sus penas y alegras con l. Tal vez iba a misa. No sola ir a 
bailar los sbados a la noche, deslizarse con garbo sobre la pista llevando a 
una mujer sonriente entre sus brazos al comps de la misma msica que 
escuchaban todos?
     Chyna elev la voz: 
     Ariel...
     La chica no alz la vista.
     Ms fuerte, gritando a travs de la mirilla en la puerta acolchada:
     Ariel!
     En la silla, con las recatadas rodillas muy juntas, el libro sobre el 
regazo, la cabeza inclinada sobre las hojas, la cara casi totalmente oculta 
detrs de los mechones de pelo, Ariel pareca sorda... o una chica oculta en 
el fondo de un ropero, aislndose de los gritos de adultos borrachos y 
drogados, aislndose ms y ms hasta hundirse en un espacio propio, 
profundo, silencioso, inaccesible para los dems.
     Cuando Chyna era nia, en ciertas ocasiones no le bastaba ocultarse de 
su madre y sus amistades ms peligrosas para sentirse a salvo. A veces las 
discusiones se volvan demasiado violentas, las fiestas demasiado 
bulliciosas; el caos de ruidos y risas histricas e insultos se volva un 
torbellino que la alcanzaba en su escondite, su miedo creca hasta escapar a 
todo control, y entonces pensaba que le estallara el corazn o le explotara 
la cabeza. En esos momentos, buscaba lugares ms acogedores, atravesaba 
el fondo del armario para entrar en tierra de Narnia de la que hablaba C. S. 
Lewis en sus hermosos libros, o para visitar al Principito en su planeta o 
perderse en reinos maravillosos inventados por ella. Siempre volva de esas 
evasiones. Pero a veces se deca que sera hermoso quedarse en ese lugar 
remoto donde su madre y sus amigos jams podran hallarla por ms que la 
buscaran. En esos reinos exticos sola haber peligros, pero tambin haba 
amigos de verdad, de una lealtad que no exista de este lado del armario 
mgico.
     Al observar a travs de la mirilla a la chica en el sof, Chyna tuvo la 
certeza de que se haba refugiado en un lugar remoto, tan distinto de este 
mundo horroroso como fuera posible. Despus de un ao de vivir en este 
pozo miserable y de padecer las atenciones del degenerado que viva arriba, 
tal vez se haba alejado tanto por los caminos de la aventura interior, que 
sera difcil -acaso imposible- hacerla volver.
     En ese momento, la chica alz la vista del libro para contemplar 
fijamente algo que no era el rostro de Chyna en la mirilla ni objeto alguno 
del cuarto sino que estaba en un mundo que no era ste. Aunque la luz 
rosada era muy escasa, Chyna vio que los ojos de la nia estaban 
extraviados y su mirada era tan rara como la de las muecas que la 
rodeaban.
     El asesino haba dicho a los empleados de la estacin de servicio que no 
haba tocado a Ariel "de esa manera", y Chyna le crey. Porque despus de 
despojarla de su inocencia sentira la necesidad de destruir su belleza; y 
luego la matara. El hecho de que siguiera viva indicaba que estaba intacta.
     Pero da tras da, mes tras mes de horror, la nia sobrellevaba un 
suspenso agotador a la espera de que el pervertido hijo de puta decidiera 
que estaba "madura", de su asalto brutal, su aliento agrio en la cara, sus 
manos calientes y obsesivas, su peso irresistible para someterla a todas las 
sevicias y humillaciones. Su cuarto no tena salida; no poda huir al techo, a 
la playa, a la buhardilla, al hueco bajo la escalera, a las ramas ms altas del 
rbol.
     Ariel...
     Tal vez su refugio estaba en las pginas del libro que tena en las 
manos. Funcionaba en este mundo, se acicalaba y alimentaba y baaba y 
vesta, pero viva en otra dimensin.
     Con el corazn a flote en un mar de pena agitado por una tormenta de 
furia, Chyna acerc la cara a la mirilla: 
     Aqu estoy, Ariel. Aqu estoy. No ests sola.
     La mirada de Ariel no sali de su mundo onrico y su inmovilidad no era 
menor que la de las muecas. 
     Soy tu guardiana, Ariel. Conmigo estars a salvo. 
     A medida que la chica segua su camino largo y sinuoso hacia el corazn 
de su Ninguna Parte particular, sus manos se relajaron hasta soltar el libro. 
Este se desliz hasta caer al suelo con un ruido sordo, reducido a un susurro 
mnimo por las paredes y cielorraso especiales que lo absorbieron. 
Inconsciente de haber dejado caer el libro, permaneci totalmente inmvil.
     Soy tu guardiana repiti Chyna, mientras se preguntaba por qu 
haba elegido justamente esas palabras. Tema por Ariel ms que por ella 
misma, y su corazn lata ms aceleradamente que nunca.
     Tu guardiana...
     Lgrimas ardientes alteraban su visin, la entorpecan, pero no poda 
darse el lujo de llorar. Parpade con fuerza hasta expulsarlas y aclarar su 
visin.
     Se alej de la puerta interior y abri la exterior de un empujn furioso.
     Tat-tat-tat-tat-tat...
     Al ir del vestbulo aislado a la entrada del stano, el ruido del agua en el 
cao le pareci ms fuerte que antes. Tat-tat-tat...
     Quizs haba pasado un minuto frente a la mirilla de la puerta 
acolchada.
     El loco degenerado hijo de puta segua en la ducha, desnudo e 
indefenso. Y ahora que Chyna saba dnde estaba Ariel, no era necesario 
que la polica lo obligara a conducirlos hasta ella.
     Qu placer sentir el peso del revlver en su mano. Qu embriaguez.
     Si pudiera liberar a Ariel y sacarla de ah, lo hara en lugar de optar por 
la violencia. Pero no tena la llave y le costara trabajo derribar la puerta.
     Tat-tat-tat...
     No tena alternativa. Fue hasta la escalera del stano.
     El acero azul fulguraba en su mano.
     Aunque l terminara de ducharse y cortara el agua antes de que Chyna 
llegara, estara desnudo e indefenso envuelto en su toalla y ella entrara en 
su bao, le disparara a quemarropa, vaciara el cargador en su cuerpo, el 
primer disparo derecho a su corazn podrido, y por lo menos un tiro en la 
cara para rematarlo. Nada de riesgos, no seor. Usar todas las balas, 
apretar el disparador hasta que el martillo chasqueara al caer en la 
recmara vaca. Poda hacerlo. Matar al degenerado, matarlo una y otra vez, 
matarlo bien muerto. Poda hacerlo y lo hara.
     Subi la empinada escalera, pisando las huellas hmedas que haba 
dejado al descender: Chyna Shepherd que no se ocultaba, que sala del 
pozo, intacta, viva, abandonaba Narnia por ltima vez.
     Tat-tat-tat...
     Anticipando sus prximos pasos, Chyna se pregunt si no era 
conveniente disparar a travs de la cortina del bao -si era una cortina, no 
un cerramiento de vidrio-, porque si no lo haca, tendra que empuar el 
revlver con una mano mientras apartaba la cortina o la puerta con la otra. 
Sera peligroso porque una debilidad inesperada y desalentadora ya se 
extenda a travs de los dedos hacia las muecas. El violento temblor de los 
brazos la obligaba a aferrar el revlver con las dos manos para no dejarlo 
caer.
     Su corazn vibraba como el cao de cobre ante la perspectiva de 
enfrentar al homicida loco aunque estuviera desnudo e indefenso, cuando 
lleg al descanso superior y entr en el lavadero.
     No podra disparar a travs de la cortina porque no sabra si lo haba 
herido o no. Sera un disparo a ciegas, no directo a la cabeza o el corazn.
     Pas el secador y el lavarropas, la fragancia del detergente, hasta la 
puerta de la cocina. Al cruzar el umbral, comprendi tardamente el 
significado de ese indicio importante en el descanso superior de la escalera 
del stano: huellas hmedas ms grandes que las suyas, entre las suyas, 
superpuestas a las suyas, dejadas momentos antes por l.
     Llevada por su propio impulso, irrumpi en la cocina y el asesino carg 
desde la derecha, desde el comedor diario. Era grande, fuerte, un monstruo, 
ni desnudo ni indefenso, porque la ducha no haba sido ms que una 
artimaa.
     l era gil, pero ella lo era un poco ms. Trat de estrellarla contra las 
alacenas, pero lo esquiv, alz el revlver a menos de un metro de su cara, 
apret el disparador y el martillo chasque como una ramita bajo los pies al 
caer en la recmara vaca.
     Retrocedi hasta chocar de espaldas contra la heladera; el calendario de 
los gatitos y las lilas cay a sus pies.
     El asesino se abalanzaba sobre ella.
     Apret el disparador y el revlver volvi a chasquear, lo cual era 
imposible mierda- porque el empleado de la estacin de servicio no tuvo la 
menor oportunidad de disparar antes de que la escopeta lo hiciera pedazos. 
El cargador tendra que estar lleno.
     Era la primera vez que vea la cara del asesino. Hasta entonces slo 
haba vislumbrado la nuca o la coronilla y una vez su cara de perfil, pero 
desde lejos. No era, como haba pensado, una cara redonda de labios 
plidos y mandbula saliente. Era un hombre hermoso, de ojos azules en 
bello contraste con su pelo oscuro -ni un destello de locura en sus ojos 
claros-, rasgos ntidos y una linda sonrisa.
     Sonriendo, corra hacia ella cuando dispar por tercera vez y el martillo 
cay nuevamente en la recmara vaca. Sonriendo, le arranc el revlver de 
la mano con tanta violencia, que Chyna pens que su dedo se haba 
quebrado al salir del guardamonte. Chill de dolor.
     El asesino retrocedi, el arma en la mano, los ojos brillantes de 
emocin:
     Eso s que fue divertido.
     Chyna se acurruc contra la heladera, pisoteando las cabezas de los 
gatitos.
     Yo saba que era el mismo revlver dijo l. Y si me equivocaba? 
Ahora tendra un agujero grandote en medio de la cara, no es as, 
muchachita?
     Desfalleciente, mareada de terror, mir con desesperacin alrededor en 
busca de un arma, pero no haba nada a mano.
     Un agujero grandote repiti, encantado por su propio chiste.
     Tal vez haba cuchillos en alguna alacena, pero no saba en cul de los 
cajones.
     Intenso... dijo, mirando el revlver con una sonrisa.
     Haba una pistola sobre el mrmol de la cocina, junto al fregadero, lejos 
de su alcance. Chyna no poda creerlo. Haba bajado con un arma, pero en 
lugar de usarla la haba dejado ah y se haba abalanzado sobre ella con las 
manos vacas.
     Eres una mujer atractiva.
     Apart los ojos de la pistola para que l no se diera cuenta de que la 
haba visto. Pero no poda engaarse, porque nada se le pasaba por alto, 
nada.
     Le apunt con el revlver.
     Estabas en la estacin de servicio anoche.
     Aunque jadeaba con desesperacin, a Chyna le pareca que no entraba 
una gota de aire en sus pulmones. Su respiracin era rpida y agitada, 
corra peligro de agotarse y estaba furiosa consigo misma, furiosa, porque l 
estaba ah tan tranquilo.
     S que estabas ah, en alguna parte, y s que encontraste el Chiefs 
Special despus de que me fui. Lo que no alcanzo a entender es por qu 
ests aqu.
     Tal vez podra llegar a la pistola antes que l. Era una probabilidad en 
un milln. En dos millones, en tres... Joder, convncete, es imposible.
     A un metro y medio de ella, apuntndole a la nariz, la voz burbujeante 
de jbilo, el asesino prosigui:
     Pero aunque saba que era el arma del asitico, me met en la boca 
del lobo. Tuve suerte. Y t?
     Era prcticamente imposible llegar al arma, pero no tena alternativa. 
Nada que perder.
     Oye, nia, mrame cuando te hablo dijo l con cierto fastidio. Crees 
que tendrs suerte? Tanta como yo? 
     Tratando de no mirar la pistola, reacia a mirar esos ojos excesivamente 
normales, clav la vista en el cao del revlver, logr mascullar un "no" y 
tuvo la impresin de que la palabra reverberaba en el cao: no...
     Veamos si tienes tanta suerte. 
     No.
     Arrisgate, mi amor. Veamos si tienes suerte dijo, y apret el 
disparador.
     Aunque el arma haba fallado tres veces, Chyna estaba segura de que le 
explotara en la cara porque as pareca ser su suerte, y se crisp.
     Click.
     S que tienes suerte. Ms que yo, aunque no lo creas. 
     Chyna no entenda nada. Slo poda concentrarse en la pistola junto al 
fregadero, la ltima, milagrosa oportunidad.
     Cuando Fuji quiso apuntarme con la pistola dijo el asesino, no 
escuchaste lo que le promet?
     La charla y la serenidad del degenerado amilanaban a Chyna mucho 
ms que la perspectiva de ser herida, azotada, violada, torturada para 
arrancarle respuestas. Lo que menos esperaba era tener que hablar con l, 
por amor de Dios, como si acabaran de compartir un viaje ameno por las 
rutas, unas lindas vacaciones matizadas por un par de sucesos inesperados.
     Lo que le promet a Fuji fue: "No lo intentes o te meto las balas en el 
culo" dijo, sin dejar de apuntarle. Yo siempre cumplo mis promesas. Y 
t?
     Por fin la charla haba logrado atrapar su atencin.
     Con tan poca luz y tanta sangre por todas partes, estabas asqueada y 
no quisiste mirar. Por eso no te diste cuenta de que le haba bajado los 
pantalones a Fuji.
     Tena razn. Despus de comprobar que los empleados estaban 
muertos, haba apartado la vista y bordeado sus cuerpos.
     Llegu a meterle cuatro balas dijo.
     Cerr los ojos. Los abri al instante. No quera verlo, siniestro y 
hermoso, con esa linda sonrisa, las manchas de sangre en la ropa y la 
mirada plcida. Pero no se atreva a apartar la mirada.
     Chyna Shepherd, intacta y viva.
     Le met cuatro balas prosigui, y las cuatro saltaron de vuelta 
para afuera. Los gases posmortem, entiendes. Fue ridculo, o ms bien 
gracioso, pero te dars cuenta de que tena demasiada prisa para meter la 
quinta.
     Tal vez era lo mejor. Una vuelta ms de ruleta rusa y por fin la paz 
anhelada, basta de devanarse los sesos para tratar de entender por qu 
haba tanta crueldad en el mundo si la bondad era mucho ms conveniente.
     Esta arma carga cinco balas dijo.
     El cao la miraba como la cuenca vaca de un ojo y Chyna se pregunt 
si vera el fogonazo y oira el estampido o si la noche del cao se volvera su 
propia noche sin tener conciencia de la transaccin.
     Entonces el asesino apunt a otra parte y dispar. El estampido sacudi 
las ventanas, el plomo atraves la puerta de una alacena sobre la pared ms 
prxima y saltaron astillas de pino y de platos rotos.
     An volaban las astillas cuando Chyna tom un cajn y lo sac de la 
alacena. Era tan pesado, que casi cay de su mano, pero con la fuerza de la 
desesperacin lo arroj a la cabeza del asesino y el contenido se derram 
mientras se alzaba hacia su frente.
     Cucharas, tenedores, cuchillos que se entrechocaban en el aire y 
lanzaban destellos bajo la luz fluorescente, llovieron sobre l y sobre el piso. 
Sorprendido dio un salto atrs hacia la mesa del comedor diario.
     Mientras el asesino se tambaleaba desconcertado,
     Chyna se abalanzaba hacia el mrmol. En el momento que escuch el 
estrpito del cajn al caer, su mano empu la pistola. Vio un punto rojo en 
el cao de acero que probablemente indicaba que el seguro no estaba 
puesto, como en otros modelos de pistola que haba conocido, y no tena 
que preocuparse de que hubiera vacos como en el tambor del revlver 
porque si haba una sola bala en el cargador, una sola, Dios mo, estara en 
la recmara y a tan corta distancia un tiro sera suficiente.
     Pero tena el ndice rgido e hinchado y cuando trat de introducirlo en 
el guardamonte se estremeci de dolor. Alzada por la marea negra de las 
nuseas, se tambale mientras intentaba meter el dedo medio.
     Patinando sobre el piso entre el tintineo de cubiertos desparramados, el 
asesino alcanz a Chyna antes de que pudiera girar y disparar. Descarg un 
brazo sobre el de ella y le aplast la mano sobre el mrmol.
     En un movimiento reflejo, su dedo apret el disparador. La bala impact 
en la pared detrs del fregadero, saltaron astillas de cermica amarilla que 
llovieron sobre su cara y tal vez la hubieran dejado ciega si no hubiera 
cerrado los ojos a tiempo.
     l le descarg el borde de la mano en la sien, y la oscuridad explot 
detrs de sus ojos como astillas de vidrio negro al estallar, y luego le dio un 
puetazo en la nuca.
     No recordaba haber cado, pero estaba tendida sobre el piso de la 
cocina, contemplando desde la altura de una cucaracha el revoltijo catico 
de los cubiertos sobre el vinilo. Muy interesante. Cucharas grandes como 
palas. Tenedores grandes como tridentes. Los cuchillos eran lanzas.
     Las botas del asesino. Botas negras. Movindose de aqu para all.
     Obnubilada, crey que estaba en la casa de los Templeton en el Valle de 
Napa, oculta debajo de la cama del cuarto para huspedes. Pero no haba 
cubiertos desparramados por el piso del dormitorio, y cuando se concentr 
en la vajilla de acero inoxidable, sus pensamientos se aclararon.
     Voy a tener que lavarlos antes de guardarlos dijo el asesino.
     Andaba por la cocina, recoga la vajilla minuciosamente, juntaba las 
cucharas con las cucharas, los cuchillos con los cuchillos.
     Chyna descubri con sorpresa que poda mover el brazo, pesado como 
una rama gruesa de rbol y rgido como si el rbol estuviera petrificado. 
Pero logr apuntar al asesino y hasta doblar el ndice dolorido, tragndose el 
dolor y el sabor amargo que lo acompaaba.
     La pistola no dispar.
     Otra vez apret el disparador, nuevamente no hubo estampido y 
entonces se dio cuenta de que su mano estaba vaca. No tena la pistola.
     Qu extrao.
     Haba un cuchillo al alcance de su mano. Era un cuchillo de mesa con 
borde aserrado, de los que sirven para untar mantequilla o cortar un pollo 
bien cocido o reducir habas al tamao de un bocado, pero no son el 
instrumento idneo para apualar a alguien y matarlo. Claro que un cuchillo 
era un cuchillo, mejor que nada, y lo empu sigilosamente.
     Ahora slo restaba reunir fuerzas para pararse. Extraada, comprob 
que no poda erguir la cabeza. Nunca se haba sentido tan cansada.
     Haba recibido un golpe tremendo en la nuca. Se pregunt si la haba 
desnucado.
     Se neg a llorar. Tena el cuchillo.
     El asesino se acerc, se inclin, tom el cuchillo de su mano. Le 
asombr que resbalara entre sus dedos a pesar de que lo aferraba con 
ferocidad, como si no fuera un cuchillo sino una astilla de hielo.
     Prtate bien dijo l, y le golpe la coronilla con el plano de la hoja.
     Reanud el aseo.
     Tratando de no pensar en las heridas de su espalda, Chyna tom un 
tenedor.
     l se volvi para quitrselo.
     No dijo como si tratara con un cachorrito caprichoso. No.
     Hijo de puta dijo, consternada al orse farfullar. 
     Bah, palabras.
     Degenerado hijo de puta.
     Ay, qu boquita dijo con desdn. 
     La puta que te pari.
     Te voy a lavar la boca. 
     La concha de tu madre. 
     As te educ tu madre? 
     No la conoces.
     Esta vez le golpe el cuello con el canto de la mano. Tendida en la 
oscuridad, Chyna escuchaba la risa alegre y remota de su madre, las voces 
de hombres desconocidos. Vidrios que se rompan. Insultos. Truenos y 
viento. Palmeras azotadas por el viento de Cayo Hueso. La risa se alter. Se 
volvi burlona. Estampidos que no eran truenos. Y la cucaracha de las 
palmeras que corra sobre sus piernas desnudas y su espalda. Otro tiempo. 
Otro mbito. En el reino borroso de los sueos, el puo frreo de la 
memoria.
     
     
     
     
     
     


     
     
7
     Alrededor de las nueve de la maana, despus de ocuparse de la mujer 
y lavar la vajilla, Edgler Veiss suelta a los perros.
     En la puerta trasera, la puerta principal y su dormitorio hay botones 
que, al oprimirlos, hacen sonar un timbre suave en la perrera detrs del 
granero. La palabra "cucha" enva a los doberman a dormir ah; el timbre los 
llama a patrullar la propiedad.
     Oprime el botn junto a la puerta de la cocina y se acerca a la gran 
ventana junto a la mesa a contemplar el patio trasero.
     El cielo sigue cubierto de densos nubarrones grises que ocultan los 
montes Suskiyou, pero ha dejado de llover. Las ramas inclinadas de los 
pinos gotean constantemente. La corteza empapada de los rboles caducos 
es negra; las ramas -algunas cubiertas por los primeros brotes frgiles de la 
primavera, otras todava desnudas son negras como el carbn, como si 
hubieran sido quemadas.
     Algunos dirn que la escena se ha vuelto pasiva una vez que han 
pasado el bramido del trueno y el fogonazo del relmpago, pero Edgler Veiss 
sabe que el eplogo de la tempestad es tan potente como su apogeo. Est en 
armona con esta clase de poder, el poder sereno del crecimiento que el 
agua brinda a la tierra.
     Los doberman aparecen detrs del granero. Caminan juntos un tramo y 
luego se separan en distintas direcciones.
     En este momento no estn preparados para atacar. Perseguirn y 
detendrn a cualquier intruso, pero no lo matarn. Slo buscarn la sangre 
cuando Veiss pronuncie la palabra Nietzsche.
     Uno de los perros Liederkranz- entra en la galera trasera y contempla 
a su amo con adoracin. Menea la cola una vez y otra, pero est de guardia 
y slo se permite esa muestra de afecto breve y austera.
     Liederkranz vuelve al patio trasero. Erguido, alerta, vuelve la cabeza 
sucesivamente al sur, al oeste y al este. La baja, olfatea la hierba mojada y 
cruza el jardn sin dejar de husmear. Sus orejas se aplanan contra su crneo 
al concentrarse en un olor, el rastro de una posible amenaza a su amo.
     En ocasiones, para gratificar a los doberman y mantenerlos atentos, 
Veiss suelta a una cautiva para que la cacen los perros. Renuncia as al 
placer de matarla, pero el espectculo es entretenido.
     Protegido por su guardia pretoriana cuadrpeda, Veiss sube al bao y 
abre la ducha de agua caliente. Disminuye el volumen de la radio, pero la 
deja sintonizada en el programa de msica swing.
     Mientras se quita la ropa sucia, nubes de vapor desbordan la cortina de 
la baera. La humedad acenta la fragancia de las manchas oscuras en su 
ropa. Desnudo, durante varios minutos hunde la cara en los jeans, la 
camiseta, la chaqueta, aspira profundamente y luego husmea con delicadeza 
los exquisitos matices, uno tras otro, mientras lamenta no poseer un olfato 
como el de sus perros, veinte mil veces ms agudo que el suyo.
     No obstante, los aromas lo devuelven a la noche que acaba de 
terminar. Nuevamente oye la suave detonacin de la pistola silenciada, los 
gritos ahogados de terror y los trmulos ruegos de piedad en la noche 
serena de la casa de los Templeton. Huele la locin corporal con aroma de 
lilas que la seora Templeton haba aplicado a su piel antes de acostarse, el 
sachet desodorante en el cajn de la ropa interior de la hija. Evoca el sabor 
de la araa. Por ms que lo lamente, debe lavar esa ropa porque esa noche 
tiene que presentarse como el hombre comn y corriente que no es, y esta 
licantropa al revs necesita tiempo para que la transformacin resulte 
convincente. Y por eso, en el momento en que el clarinete de Benny 
Goodman ataca One O'clock Jump, Veiss se sumerge en el agua muy 
caliente, se frota vigorosamente con una esponja embebida en jabn con un 
perfume de hierbas para eliminar los olores penetrantes del sexo y la muerte 
que podran asustar a las ovejas. Jams deben sospechar que el pastor tiene 
colmillos largos en el hocico y una cola gruesa bajo su disfraz de guardin 
del rebao. Se demora en el bao, le hace coro a la radio, se lava el pelo 
dos veces con champ y lo trata con un acondicionador de aroma fuerte. Se 
cepilla las uas. Posee un cuerpo armonioso, esbelto y musculoso. Disfruta 
al enjabonarse, al acariciar los contornos esculturales de su cuerpo bajo sus 
manos jabonosas; se siente como la msica, como los aromas del jabn, 
como el sabor de la crema batida. La vida es. Veiss vive.
     Al salir de la noche de Cayo Hueso y los truenos tropicales, un 
resplandor fluorescente hiri sus ojos turbios. Al principio pens que su 
corazn lata con tanta violencia por miedo a Jim Woltz, el amigo de su 
madre; que apoyaba la cara contra el piso bajo la cama de su casa sobre la 
playa. Entonces, record al asesino y la cautiva.
     Estaba sentada en una silla, el cuerpo recostado sobre la mesa redonda 
en el comedor diario adyacente a la cocina con armarios de pino. Con la cara 
vuelta hacia la derecha, vea la galera y el patio traseros a travs de una 
ventana.
     El asesino haba quitado un almohadn de otra silla para colocarlo bajo 
su cabeza a fin de que no le doliera por apoyarla sobre la madera. Tanta 
atencin la hizo estremecer.
     Trat de erguir la cabeza, pero una punzada de dolor la atraves desde 
la nuca hasta la mejilla izquierda. Estuvo a punto de desmayarse y pens 
que era preferible no darse prisa para levantarse.
     Sus movimientos provocaron un tintineo de cadenas, seal de que la 
decisin de levantarse tal vez no dependa de ella. Tena las manos sobre el 
regazo, y cuando quiso alzar una, la otra la sigui porque estaban 
esposadas.
     Trat de separar los pies: un grillete una sus tobillos. A juzgar por el 
estrpito metlico que provocaban sus movimientos, haba otros 
impedimentos.
     En el exterior, una forma negra como el holln cruz el jardn a los 
saltos, subi los escalones y cruz la galera. Al llegar a la ventana se alz, 
pos las patas en el marco y clav los ojos en ella. Un doberman pinscher.
     Ariel aprieta el libro abierto contra sus senos como si fuera un escudo, 
las manos abiertas sobre las tapas. Est sentada en el gran silln, las 
piernas recogidas bajo su cuerpo, la nica mueca perfecta entre todas las 
que atestan la habitacin.
     Edgler Veiss est sentado en el taburete frente a ella. Se ha aseado 
bien; lavado el cuerpo y el pelo, afeitado y peinado, puede presentarse en 
cualquier ambiente; cualquier madre, al ver a su hija tomada del brazo de 
l, pensara que se ha ganado la lotera. Viste mocasines sin medias, 
pantalones nuticos de algodn beige con cinturn de cuero trenzado y 
camisa de cambray verde claro. Vestida con su uniforme escolar, Ariel luce 
muy bien. Veiss observa complacido que ha cumplido la orden de asearse en 
su ausencia. No es fcil para ella, ya que slo puede pasarse una esponja 
por el cuerpo y lavar su bellsima cabellera en el lavabo.
     Otras antes que ella haban ocupado esa habitacin construida por l, 
pero ninguna durante ms de dos meses. Antes de conocer a Ariel, su 
espritu tan seductor e independiente, jams haba imaginado que 
conservara a un husped durante tanto tiempo. Por consiguiente, pareca 
innecesario instalar una ducha.
     La haba visto por primera vez en una fotografa publicada en un diario. 
Cuando cursaba tercer ao en Sacramento, la nia prodigio diriga el equipo 
que haba ganado una competencia acadmica para estudiantes secundarios 
de toda California. Pareca tan tierna. El diario tembl entre sus manos 
cuando vio la foto, y l supo que deba viajar a Sacramento a conocerla. 
Mat al padre de un tiro. La madre posea una gran coleccin de muecas, 
unas compradas, otras hechas por ella. Veiss la mat a golpes con un 
mueco de ventrlocuo cuya gran cabeza de arce tallado era tan efectiva 
como un garrote.
     Ests ms hermosa que nuncale dice a Ariel, y el aislante acstico 
amortigua la voz, que parece salir de un atad donde estuviera enterrado en 
vida.
     Ariel no responde, ni siquiera reconoce su presencia. Permanece en el 
estado mudo del que nunca ha salido en ms de seis meses de encierro.
     Te ech de menos.
     ltimamente no fija los ojos en l sino en un punto arriba y a un 
costado de su cabeza. Si l se levantara del taburete y se desplazara para 
colocarse en su lnea visual, aun as ella mirara arriba y a un costado de l, 
aunque Veiss no percibira el menor movimiento de sus ojos.
     He trado algunas cosas para mostrarte.
     De una caja de zapatos junto al taburete toma dos fotografas Polaroid. 
Ella no las tomar ni volver sus ojos para mirarlas, pero Veiss sabe que 
examinar esos recuerdos cuando l se vaya.
     Por ms que finja, no ha huido de este mundo del todo. Se enfrentan en 
un juego muy complejo con apuestas altsimas, y ella es una jugadora 
diestra.
     La primera foto es de una seora llamada Sarah Templeton, tal como 
era antes de ser ma. Era cuarentona, pero muy atractiva. Una mujer 
preciosa.
     El silln es tan mullido, que el borde del almohadn forma una especie 
de estante frente a Ariel, donde Veiss puede colocar la fotografa.
     Preciosa... repite.
     Ariel no parpadea. Es capaz de mirar fijamente sin parpadear durante 
lapsos muy largos. A veces Veiss teme que eso les haga mal a sus 
espectaculares ojos azules; las crneas requieren mucha lubricacin. Desde 
luego, si pasa demasiado tiempo sin parpadear y sus ojos se resecan, la 
irritacin har brotar las lgrimas espontneamente.
     Mira, sta es otra fotografa de Sarah, despus de que acab con ella 
dice el seor Veiss, y coloca el segundo retrato sobre el almohadn. 
Como vers, si te decides a hacerlo, aqu ya no est preciosa. La belleza no 
dura. Las cosas cambian.
     Toma otras dos fotos de la caja de zapatos.
     sta es Laura, la hija de Sarah. Antes. Y despus. Como ves, era 
hermosa. Como una mariposa. Pero la mariposa es slo un gusano con alas, 
sabes.
     Coloca las instantneas sobre el almohadn y de nuevo hunde la mano 
en la caja.
     ste era el padre de Laura. Ah, y aqu tenemos a su hermano... y a la 
esposa del hermano. Pura casualidad. 
     Por ltimo saca las tres Polaroid del joven caballero asitico y la 
salchicha a la que le falta un bocado.
     Se llama Fuji. Como la montaa en Japn.
     Veiss coloca dos de las tres fotos sobre el almohadn. 
     Me llevar una de ellas. Para comrmela. Entonces ser Fuji, con el 
poder del Oriente y el poder de la montaa, y cuando llegue el momento de 
ocuparme de ti, percibirs al chico y la montaa en m y a muchas otras 
personas con todo su poder. Ser muy emocionante para ti, Ariel, tanto que 
cuando acabe, no te importar estar muerta.
     Edgler Veiss no suele hacer discursos tan largos. Por naturaleza es un 
hombre lacnico. Sin embargo, a veces la belleza de la muchacha lo impulsa 
a extenderse.
     Le muestra la salchicha.
     El bocado que falta lo comi Fuji antes de que yo lo matara. La carne 
lleva rastros secos de su saliva. Podrs saborear su silencioso poder, su 
naturaleza inescrutable. 
     Coloca la salchicha sobre la silla.
     Volver despus de la medianoche. Iremos a la casa rodante para que 
veas a Laura, la verdadera Laura, no su retrato. La traje para que conozcas 
el destino que aguarda a las cosas lindas. Y tambin a un joven, que haca 
autostop junto a la ruta. Le mostr tu retrato y no me gust su actitud. No 
se mostr respetuoso. Su mirada era lasciva. No me gust lo que dijo sobre 
ti. Por eso le cos los labios y tambin le cos los ojos... por la manera en que 
mir tu retrato. Te excitar saber lo que le hice. Podrs tocarlo... y tambin 
a Laura.
     Veiss no aparta la vista de su cara, a la espera de un tic, un temblor, 
una alteracin sutil de la mirada, cualquier indicio de que lo est 
escuchando. Sabe que lo escucha, pero es astuta, sabe mantener esa 
actitud imperturbable, fingir una indiferencia catatnica.
     Si consigue provocarle un mnimo estremecimiento, un tic, en poco 
tiempo la quebrantar por completo, la har aullar como un paciente 
desorbitado en lo ms profundo del manicomio. Le fascina observar esos 
accesos de demencia, escuchar los alaridos.
     Pero esta chica es fuerte, posee una sorprendente fuerza interior. 
Perfecto. Presenta un desafo digno de l. 
     Desde la casa rodante iremos al prado con los perros, Ariel, y podrs 
observar mientras entierro a Laura y el chico. Tal vez para entonces se 
habr despejado el cielo y saldrn las estrellas y la Luna.
     Ariel permanece acurrucada en el silln con su libro, la mirada remota, 
los labios apenas separados, una chica profundamente inmvil.
     Oye, antes de que me olvide, te traje otra mueca. De una linda 
boutique en Napa, California, que vende artesanas locales. Una mueca de 
trapo de lo ms ingeniosa. Te gustar. La traer ms tarde.
     Veiss se levanta del taburete para inspeccionar rpidamente el 
contenido de la heladera y los estantes que hacen las veces de alacena. Hay 
provisiones para tres das ms y l la reabastecer maana.
     Comes muy poco dice en tono acusador. Eres una desagradecida. 
Te he instalado heladera, microondas, agua fra y caliente. Tienes todo lo 
necesario para vivir bien. Deberas comer.
     Las muecas no son ms imperturbables que la chica.
     Perdiste un kilo, tal vez ms. Todava no afecta tu belleza, pero no 
puedes perder ms peso.
     Ella mira al vaco como a la espera de que aprieten un botn para 
hacerle reproducir los mensajes grabados. 
     No creas que podrs ayunar hasta quedar demacrada y fea. No 
escapars de m, Ariel. Si es necesario, te atar y te alimentar a presin. 
Te har tragar un tubo de caucho y te meter comida para bebs en el 
estmago. La verdad, creo que me gustara. Te gusta la papilla de arvejas? 
O de zanahorias, o de manzana? Da lo mismo, ya que no sentirs el 
sabor... salvo que vomites. 
     Contempla su pelo sedoso, su cabellera de oro rojo a la luz tenue. La 
percibe con sus cinco sentidos intensos, se baa en el esplendor sensual de 
ese pelo, en los sonidos y aromas y texturas que le transmite. Un solo 
estmulo despierta en l tantas asociaciones, que si quisiera podra pasar un 
da entero contemplando un solo pelo, una gota de lluvia, porque abrira 
ante l todo un mundo de sensaciones.
     Vuelve al silln y mira a la chica.
     Ella no lo reconoce, y aunque l se ha colocado en su lnea visual, sus 
ojos se han desplazado a un punto arriba y a un lado de su cabeza, sin que 
Veiss advirtiera cundo sucedi.
     Es enigmticamente esquiva.
     Tal vez te arrancara unas palabras si te prendiera fuego. Qu te 
parece? Ehe? Unas gotas de fluido para encendedor en esa cabellera 
dorada y... fffuuum!
     No parpadea.
     O veremos si los perros te destraban la lengua.
     Ni un temblor, ni un tic, ni un estremecimiento. Qu chica increble.
     Veiss se inclina y aproxima su cara a la de ella hasta apoyar la punta de 
la nariz contra la suya.
     Sus ojos estn frente a frente... pero ella no lo mira. Parece mirar a 
travs de l como si no fuera un hombre de carne y hueso sino un espectro 
que no termina de detectar. No es el viejo ardid de dejar que se pierda la 
mirada; es algo infinitamente ms astuto que Veiss no termina de 
comprender.
     Con la nariz contra la suya, Veiss murmura: 
     Iremos al prado despus de las doce. Enterrar a Laura y al chico que 
haca autostop. Y tal vez a ti con ellos, una tumba para tres. Estarn 
muertos y t estars viva. Hablaras, Ariel? Suplicaras?
     No hay respuesta. Espera.
     Su respiracin es serena. Estn tan prximos, que siente las 
exhalaciones tibias que rozan sus labios como anticipos de futuros besos.
     Tambin ella debe de sentir el roce de su aliento. Aunque l le causa 
miedo y tal vez asco, al mismo tiempo lo encuentra seductor. No tiene la 
menor duda. Todo el mundo se siente atrado por los malos.
     Tal vez saldrn las estrellas.
     Esos ojos azules, brillantes, insondables... 
     O luz de la Luna susurra.
     Las argollas de acero que rodean los tobillos de Chyna estn unidas por 
una cadena gruesa. Otra cadena, mucho ms larga que la primera y sujeta a 
sta por un cao, rodea las gruesas patas de la silla y los tirantes entre 
stas, pasa entre sus pies, rodea esa especie de barril gordo que sostiene la 
mesa y vuelve al cao. No hay un tramo de cadena suelta que le permita 
levantarse. Y aunque pudiera hacerlo, debera cargar sobre su espalda la 
propia silla, cuya forma y peso la obligaran a mantenerse inclinada como un 
gnomo jorobado. Ya erguida, no podra apartarse de la mesa a la que est 
encadenada.
     Sus manos estn esposadas por adelante. Una cadena que une las 
esposas de acero est entrelazada con los tirantes del respaldo de la silla 
detrs del cojn. Es lo suficientemente larga para permitirle apoyar los 
brazos sobre la mesa, si lo desea.
     Sentada con los dedos entrelazados, inclinada hacia adelante, 
contemplaba el ndice rojo e hinchado de su mano derecha, y esperaba.
     El dedo lata, le dola la cabeza, pero el dolor de la nuca se haba 
calmado. Saba que volvera en menos de veinticuatro horas, ms agudo que 
antes, como el martirio demorado de los azotes.
     Claro que si para entonces segua con vida, el dolor de la nuca sera la 
menor de sus preocupaciones.
     El doberman se haba alejado de la ventana. Chyna haba visto dos 
perros juntos en el jardn, deambulando de aqu para all, husmeando la 
hierba y el aire, aguzando los odos y alejndose otra vez: evidentemente 
eran guardianes.
     La noche anterior, Chyna haba utilizado la furia para superar el terror 
que amenazaba paralizarla, pero ahora descubra que la humillacin era un 
remedio an ms efectivo para el miedo. La humillacin no se deba a su 
incapacidad para defenderse, al hecho de estar encadenada; lo peor era que 
no haba cumplido su promesa a la chica en el stano.
     Soy tu guardiana. Conmigo estars a salvo.
     La imagen del vestbulo acolchado y la mirilla en la puerta interior volva 
una y otra vez a su memoria. La chica entre las muecas no haba dado la 
menor seal de haber escuchado la promesa. Pero a Chyna la perturbaba la 
certeza de haber despertado una falsa esperanza, de que la chica se sentira 
ms traicionada y abandonada que nunca y que se hundira an ms en su 
Otro Mundo privado.
     Soy tu guardiana.
     Pensndolo bien, tanta soberbia en ella, adems de asombrosa era un 
autoengao perverso. En sus veintisis aos de vida nunca haba salvado a 
nadie de nada. No era una herona, un personaje de novela policial con una 
pizca de angustia existencial y un par de debilidades seductoras, capaz de 
competir con la sagacidad de Sherlock Holmes y la audacia de James Bond, 
el agente 007. Conservar la vida, la estabilidad mental y la salud afectiva le 
haba significado un duro esfuerzo. Era una muchacha extraviada que 
andaba a ciegas en busca de una revelacin o resolucin que probablemente 
ni siquiera exista, pero que estaba detrs de esa mirilla y prometa liberarla.
     Soy tu guardiana.
     Separ las manos. Las puso sobre la mesa, las desliz sobre la madera 
como si quitara las arrugas de un mantel y con su gesto tintinearon las 
cadenas.
     Al fin y al cabo, no era una combatiente ni paladn de nadie; trabajaba 
de camarera. Lo haca bien y obtena buenas propinas porque en diecisis 
aos de vida en el mundo perverso de su madre haba aprendido que uno de 
los medios para sobrevivir era congraciarse con la gente. Con los clientes del 
restorn se mostraba encantadora, amable, siempre dispuesta a quedar 
bien. Pensaba que la relacin entre el comensal y la camarera era ideal por 
ser breve, formal, por lo general muy corts y no requera mostrar la propia 
intimidad.
     Soy tu guardiana.
     Obsesionada con su propia proteccin a toda costa, era cordial con las 
dems camareras, pero jams buscaba entablar amistad con ellas. La 
amistad entraa entrega y los riesgos consiguientes. Haba aprendido a 
rechazar la entrega que la volva vulnerable a la traicin y al dolor.
     A lo largo de los aos haba tenido relaciones afectivas slo con dos 
hombres. Haba querido a ambos y amado al segundo, pero la primera 
relacin haba durado once meses, y la ltima, trece. Un amor digno de ese 
nombre requera algo ms que entrega; obligaba a desnudar el alma, 
compartir la vida, crear un vnculo de intimidad afectiva. Le era difcil revelar 
los hechos de la infancia vividos con su madre, en parte porque senta 
vergenza al evocar su absoluta indefensin. Ms importante an, haba 
asumido la verdad brutal de que su madre no la haba querido, tal vez era 
incapaz de amarla a ella o a nadie. Y qu aprecio poda sentir un hombre 
por ella, a quien ni siquiera su propia madre haba querido?
     Era consciente de la irracionalidad de su actitud, pero la conciencia no 
la liberaba. Comprenda que no era responsable de lo que le haba hecho su 
madre, pero dijeran lo que dijeren los terapeutas en sus libros y sus 
programas radiales, la comprensin no era condicin suficiente para la cura. 
Diez aos despus de haberse liberado del control de su madre, Chyna 
todava crea que hubiera podido evitar los sucesos tenebrosos de esos aos 
turbulentos, si ella hubiera sido una buena chica, digna de ello. Soy tu 
guardiana.
     Nuevamente puso las manos sobre la mesa. Se inclin hasta apoyar la 
frente sobre los pulgares y cerr los ojos.
     Laura Templeton haba sido su nica amiga ntima. Chyna haba 
deseado muchsimo esa relacin, pero no la haba buscado; la haba 
necesitado desesperadamente, pero haba hecho muy poco para alentarla. 
Haba sido un testimonio de la vivacidad, la perseverancia y la abnegacin 
de Laura frente a la cautela y las reticencias de Chyna, un producto de su 
corazn amoroso y su extraordinaria capacidad de amar. Y Laura estaba 
muerta.
     Soy tu guardiana.
     En la habitacin de Laura, bajo la mirada de Freud, Chyna se haba 
arrodillado junto a la cama y haba susurrado al odo de su amiga engrillada: 
Te sacar de aqu. Dios, qu dolor al recordarlo. Te sacar de aqu. Sinti 
tanto asco de s misma, que se le revolvi el estmago. Buscar un arma, 
haba prometido. Laura, generosa hasta la muerte, la haba alentado a huir, 
a escapar. No mueras por m, haba dicho. Pero Chyna haba respondido: 
Volver.
     Entonces, volvi el dolor, se abalanz sobre su corazn como una gran 
ave negra, y ella estuvo a punto de permitir que sus alas la envolvieran, 
buscando vidamente el extrao solaz de esas garras carniceras... hasta que 
comprendi que usaba el dolor para expulsar a la humillacin. El dolor no 
dejaba lugar para el asco.
     Soy tu guardiana.
     Aunque el empleado no haba disparado el revlver, debera haberlo 
verificado. Debera haberlo sabido. De alguna manera. De algn modo. No 
poda saber qu haba hecho Veiss con los proyectiles, pero debera haberlo 
sabido.
     Laura siempre le deca que era demasiado rigurosa consigo misma, que 
jams terminara de sanar, si segua infligiendo magulladuras nuevas sobre 
las viejas con su interminable autoflagelacin.
     Pero Laura estaba muerta.
     Soy tu guardiana.
     La humillacin de Chyna ferment hasta volverse vergenza.
     Y si la humillacin era un buen medio para inhibir el terror, la vergenza 
era mejor an. La vergenza no poda convivir con el miedo aunque una 
estuviera engrillada en la casa de un asesino sdico sin que nadie en el 
mundo estuviera enterado. Su presencia ah pareca servir a los fines de la 
justicia.
     Entonces oy ruido de pasos. Alz la cabeza y abri los ojos.
     El asesino entr desde el lavadero; evidentemente vena de ver a la 
chica en el stano.
     Sin decirle una palabra a Chyna, sin una mirada, como si no existiera, 
fue a la heladera, sac un paquete de huevos y lo puso sobre el mrmol. 
Rompi ocho huevos en un tazn y arroj las cscaras a la basura. Puso el 
tazn en la heladera y procedi a pelar y picar una gran cebolla morada. 
Haca ms de doce horas que no coma y Chyna descubri con desazn que 
estaba famlica. Jams haba aspirado un aroma ms grato que el de la 
cebolla, y se le hizo agua la boca. Qu crueldad, sentir hambre despus de 
ver tanta sangre y ver morir a la nica amiga ntima que tuvo en su vida.
     El asesino ech la cebolla picada en un tazn, le coloc la tapa y lo puso 
en la heladera junto al de los huevos. Luego rall un trozo de queso cheddar 
en otro recipiente.
     Era rpido y diestro en la cocina y pareca disfrutar lo que haca. 
Trabajaba con gran prolijidad. Despus de cada tarea se lavaba las manos 
con agua y jabn y se las secaba con una toalla, no con el pao de secar los 
platos.
     Finalmente, se acerc a la mesa del comedor diario. Se sent frente a 
Chyna, tranquilo y confiado y con todo el aire de un estudiante universitario, 
con sus pantalones nuticos, cinturn trenzado y camisa de cambray.
     En cuanto a Chyna, la vergenza, en lugar de consumirla, se haba 
desvanecido por el momento. En su lugar la embarg una extraa mezcla de 
furia sorda y amarga desazn.
     Bueno, s que tienes hambre dijo l, y despus de conversar un 
poco, preparar omelettes de queso, y tostadas. Pero antes, debes ganarte 
el desayuno. Quiero saber quin eres, dnde te ocultaste en la estacin de 
servicio y por qu ests aqu.
     Lo mir con odio, y l sonri.
     No creas que podrs ocultarme nada.
     Prefera irse al infierno antes de decir una sola palabra.
     Te dir lo que voy a hacer continu l. Te matar de todas 
maneras. Todava no s cmo lo har. Probablemente delante de Ariel. Ella 
ha visto cadveres, pero nunca ha estado presente en ese momento para 
escuchar el ltimo alarido, ver ese derramamiento brusco de sangre.
     Chyna trat de mantener los ojos clavados en l, de no mostrar 
debilidad.
     Ya decidir qu hago contigo, pero si no hablas, ser mucho ms 
doloroso para ti. Hay ciertas cosas que yo disfruto y que puedo hacerte en 
vida o despus de muerta. Si colaboras, te matar antes.
     Chyna trat vanamente de encontrar un destello de demencia en sus 
ojos. Tan azules, tan alegres.
     Y bien?
     Degenerado hijo de puta.
     Me aburres. No lo esperaba de ti dijo, sonriendo. 
     S por qu le cosiste los ojos y la boca.
     Aj, lo encontraste en el armario.
     Lo violaste antes de matarlo o mientras lo matabas. Le cosiste los 
ojos porque te vio y le cosiste la boca porque tienes vergenza de lo que 
hiciste y miedo de que se lo cuente a alguien aunque est muerto.
     La verdad es que no tuve relaciones con l dijo, imperturbable.
     Mientes.
     Pero en todo caso, no me dara vergenza confesarlo. Crees que soy 
un patn? Todos somos bisexuales, no? A veces siento deseos de un 
hombre y con algunos les he dado rienda suelta. Es una sensacin distinta, 
nada ms. 
     Gusano.
     S lo que te propones dijo sin perder la calma.
     Evidentemente lo encontraba divertido. 
     No lo conseguirs. Esperas que tal o cual insulto me haga estallar. 
Crees que soy un psicpata fronterizo, que explotar si encuentras el insulto 
preciso, si insultas a mi madre o blasfemas contra el Seor. Y que entonces 
me dar un ataque de furia y te matar de una buena vez y punto.
     Aunque no haba sido totalmente consciente de lo que haca, Chyna 
comprendi que el asesino tena razn. El fracaso, la vergenza y la 
impotencia al hallarse engrillada la haban sumido en una desesperacin que 
no haba querido asumir. Senta menos asco de l que de s misma y se 
preguntaba si despus de todo no era una cobarde, una perdedora, como su 
madre.
     Pero no soy un psicpata. 
     Y qu eres, si no?
     Bueno... digamos que soy un aventurero homicida. O tal vez la nica 
persona lcida que hayas conocido en tu vida.
     Prefiero llamarte gusano. 
     Se inclin hacia ella:
     Deja que te explique. Si no me dices quin eres, si no respondes a 
todas mis preguntas, te tallar la cara con una navaja ahora mismo. Por 
cada pregunta que no contestes, te cortar un pedazo: el lbulo de la oreja, 
la punta de tu linda nariz. Te tallar como una mscara africana de madera.
     Su tono no era amenazante sino desapasionado, y ella saba que lo 
hara sin contemplaciones.
     Me tomar un da entero, y te volvers loca mucho antes de morir.
     Est bien.
     Est bien qu? La conversacin o la navaja? 
     La conversacin.
     As me gusta.
     Estaba dispuesta a morir si no haba ms remedio, pero no tena 
sentido sufrir ms de lo necesario. 
     Cmo te llamas?
     Shepherd. Chyna Shepherd. C-h-y-n-a. 
     Aj, no era una especie de letana. 
     Cmo?
     Qu nombre raro. 
     Te parece?
     No juegues con mi paciencia, Chyna. Contina. 
     Est bien. Pero, no me daras algo de beber? Estoy deshidratada.
     Fue hasta el grifo y llen un vaso con agua. Aadi tres cubos de hielo. 
Ya se lo acercaba, pero se detuvo. 
     Podra agregarle una rodaja de limn.
     Ella se dio cuenta de que no bromeaba. Haba vuelto de la cacera y le 
costaba cierto esfuerzo despojarse del papel del cazador salvaje para asumir 
el del contador o empleado administrativo o agente inmobiliario o mecnico 
de automviles o el que fuere cuando se haca pasar por un tipo normal. 
Algunos psicpatas eran capaces de asumir una personalidad falsa ms 
convincente que la mejor interpretacin del ms genial de los actores, y este 
hombre pareca ser uno de sos, aunque despus de la matanza 
desenfrenada necesitaba un perodo de ajuste para recordar los modales y 
los convencionalismos de la sociedad civilizada.
     No, gracias respondi.
     No es molestia dijo cordialmente. 
     As est bien.
     Puso el vaso sobre un posavasos de cermica con base de corcho. 
Luego se sent frente a ella.
     Aunque le repugnaba la mera idea de beber de un vaso tocado por l, 
realmente estaba deshidratada. Tena la boca reseca y le dola la garganta.
     Obligada por las esposas, tom el vaso con las dos manos.
     Saba que l la miraba en busca de seales de miedo. El agua no se 
derram del vaso. El vidrio no choc contra sus dientes.
     En verdad, haba dejado de sentir miedo, al menos por el momento, 
aunque ms tarde probablemente lo sentira. Seguro que s. Por el 
momento, su paisaje interior era un desierto bajo un cielo encapotado: una 
desolacin que entorpeca los sentidos, con destellos de relmpagos furiosos 
en un horizonte remoto.
     Vaci la mitad del vaso antes de dejarlo.
     Hace un momento, cuando entr, tenas la cabeza apoyada sobre las 
manos dijo el asesino. Estabas rezando?
     Pens antes de responder: 
     No.
     No tiene sentido que mientas.
     No miento. Es verdad, no estaba rezando. 
     Pero a veces lo haces.
     A veces, s. 
     Dios es miedo. 
     No respondi.
     "Dios es miedo..." Puedes formar esa frase con las letras de mi 
nombre.
     Comprendo. 
     "Semilla de dragn." 
     Con las letras de tu nombre... 
     As es. Y "horno de ira". 
     Qu juego interesante.
     Los nombres son interesantes. El tuyo es pasivo. Tu nombre, el de un 
pas. Y Shepherd... buclico, vagamente cristiano. Tu nombre me hace 
pensar en un campesino asitico vigilando sus ovejas en una ladera... o un 
Cristo de ojos rasgados que convierte a los paganos. Sonri, divertido por 
su propia chchara. 
     Pero no es el nombre adecuado. No eres una persona pasiva.
     Lo he sido durante casi toda mi vida. 
     De veras? Anoche no fuiste pasiva. 
     Es verdad asinti. Pero antes, s.
     Mi nombre es poderoso. Edgler Foreman Veiss. Lo deletre. No 
me llamo Edgar sino Edgler. Suena filoso, otra palabra que est en mi 
nombre. Y Veiss... si lo alargas, es como el silbido de una serpiente.
     Demonio.
     As es. Est en mi nombre... demonio. 
     Enfado.
     Pareca complacido de que entrara en su juego. 
     Eres hbil, sobre todo porque lo haces sin lpiz y papel.
     Vaso dijo. Tambin est en tu nombre.
     Demasiado fcil. Y tambin semen. Vaso y semen, hembra y macho. 
Se te ocurre un buen insulto, Chyna? 
     En lugar de responder, tom el vaso y bebi el resto del agua. Los 
cubos chocaron fros contra sus dientes.
     Bien, ya te mojaste el garguero dijo Veiss. Ahora me hablars de 
ti. Recuerda... eso o la navaja.
     Chyna le cont todo a partir del momento en que oy un grito cuando 
estaba sentada en el cuarto de huspedes de la casa de los Templeton. Lo 
recit en tono monocorde, no porque lo deseara sino porque descubri que 
no poda hablar de otra manera. Trat de introducir alguna inflexin, infundir 
vida en sus palabras... no pudo.
     Edgler Veiss la asustaba menos que el sonido de su propia voz al relatar 
los hechos de la vspera. Le pareca escuchar una voz ajena, la de una 
persona perdida y derrotada.
     Trat de convencerse de que no estaba vencida, de que an quedaba 
una esperanza y de que acabara con ese asesino degenerado, aunque no 
saba cmo. Pero no haba conviccin en su voz interior.
     A pesar del tono timorato de Chyna al relatar los sucesos, Veiss estaba 
fascinado. Al principio su pose era indolente y despreocupada, pero cuando 
ella termin, estaba inclinado sobre la mesa.
     La interrumpi varias veces con preguntas. Y al final qued sumido en 
un silencio meditabundo.
     Ella no soportaba mirarlo. Pleg las manos sobre la mesa, cerr los ojos 
y apoy la frente sobre sus pulgares alzados y unidos como el marco de una 
puerta gtica, tal como Veiss la haba encontrado al atravesar el lavadero. 
Tampoco rezaba. La oracin requiere una dosis de esperanza que le faltaba 
en ese momento.
     Al cabo de unos minutos, oy que Veiss apartaba la silla de la mesa. 
Escuch sus movimientos, los ruidos caractersticos de un cocinero en 
cualquier cocina.
     Le lleg el aroma de la mantequilla derretida y de las cebollas 
rehogadas.
     El relato le haba quitado el apetito, y el olor de las cebollas no se lo 
devolvi.
     Lo extrao es que no sent tu olor en lo de los Templeton dijo Veiss.
     Puedes hacerlo? pregunt sin alzar la cabeza. Tienes el olfato 
de un perro?
     Casi siempre dijo. No estaba ofendido, y hablaba con la mayor 
seriedad. 
     Y seguramente habrs hecho algn ruido durante la noche. Nadie es 
tan sigiloso, ni siquiera t. Debera haber odo tu respiracin.
     Oy el ruido vigoroso de un batidor en un tazn con huevos.
     Luego lleg el olor de las tostadas.
     En una casa en silencio, donde todos estaban muertos, tus 
movimientos debieron provocar corrientes de aire, como un aliento fresco en 
mi nuca, algo que agitara el vello de mis manos. Cada movimiento tuyo tuvo 
que provocar un cambio de textura al rozar mis ojos. Y cuando atraves un 
espacio que acababas de ocupar, deb percibir el desplazamiento del aire 
provocado por tu paso.
     Estaba totalmente loco. Tan atractivo con su camisa de cambray, sus 
hermosos ojos azules, su pelo oscuro peinado hacia atrs para despejar la 
frente, el hoyuelo en la mejilla izquierda, pero lleno de pstulas y chancros 
por dentro.
     Sucede que mis sentidos son sumamente agudos. 
     Abri un grifo. Ella no necesit mirar para darse cuenta de que lavaba el 
batidor. No lo dejara sucio.
     Mis sentidos son tan agudos porque me entrego a las sensaciones 
prosigui. Podramos decir que ellas son mi religin.
     Escuch un siseo mucho ms fuerte que el de las cebollas y percibi 
otro aroma.
     Pero fuiste invisible para m. Como un espritu. Qu es lo que te hace 
distinta de los dems?
     Te parece que lo soy? murmur Chyna con amargura, casi sin 
separar los labios de la mesa. Aqu, encadenada?
     Aunque Chyna haba apenas murmurado y pareca imposible que la 
oyera por encima del chisporroteo de los huevos y las cebollas, Veiss dijo:
     S, tienes razn.
     Despus, cuando llev los platos a la mesa, ella alz la cabeza y movi 
las manos.
     No te obligar a comer con las manos. Te dar un tenedor porque doy 
por sentado que comprendes que es imposible tratar de clavrmelo en un 
ojo.
     Ella asinti. 
     As me gusta.
     Sobre su plato haba una omelette gruesa de cuatro huevos que 
rezumaba queso cheddar, y una porcin de cebollas rehogadas. La cubran 
tres tajadas de tomate maduro y un poco de perejil picado. A los costados, 
dos tostadas enmantecadas, prolijamente cortadas en diagonal.
     Le sirvi ms agua con hielo.
     Aunque momentos antes haba estado famlica, la joven sinti asco a la 
sola vista de la comida. Saba que deba comer, de modo que picote la 
omelette y mordisque un trozo de tostada. Pero no podra vaciar el plato.
     Veiss coma con buen apetito, pero prolijamente y sin hacer ruido. Sus 
modales eran irreprochables y despus de cada bocado se limpiaba los 
labios con una servilleta.
     Chyna estaba sumergida en su mundo gris, y cuanto ms disfrutaba 
Veiss de su desayuno, ms seca le pareca a ella su propia omelette.
     Seras muy atractiva si no estuvieras tan ajada y sudorosa, con la 
cara sucia y el pelo enredado por la lluvia. Una verdadera belleza debajo de 
tanta mugre. Creo que ms tarde te baar.
     Chyna Shepherd, intacta y viva.
     Despus de una nueva pausa qued atnita al orle decir:
     Intacta y viva.
     Saba que no haba pronunciado la frase en voz alta. 
     Intacta y viva repiti Edgler Veiss. No es lo que dijiste... cuando 
bajabas en busca de Ariel?
     Lo mir, incapaz de responder. 
     Lo es?
     Por fin: 
     S. 
     Me llam la atencin. Dijiste tu nombre y esas tres palabras. En ese 
momento no lo entend porque no saba que te llamabas Chyna Shepherd.
     Ella apart la vista hacia la ventana. Un doberman rondaba por el patio.
     Rezabas?
     En su desconsuelo, Chyna haba pensado que no poda sentir ms 
miedo, pero se equivocaba. La lucidez de ese hombre era aterradora... y ella 
no terminaba de entender por qu.
     Volvi su vista del doberman a los ojos de Veiss, y por un breve 
instante, vio su perro interior, tenebroso e implacable.
     Rezabas? insisti. 
     S.
     En tu corazn, Chyna, en lo ms ntimo de tu corazn, crees que 
Dios existe? S sincera, no conmigo sino contigo misma.
     Anteriormente, hasta hace poco, haba tenido apenas la suficiente 
conviccin para responder "S". Ahora call. 
     Y si Dios existe prosigui Veiss, sabe l que t existes?
     Tom otro bocado de la omelette. Le pareci ms grasienta que antes. 
Se atragant con la mezcla empalagosa de huevos, queso y mantequilla. 
Dej el tenedor. No poda ms. Haba comido apenas un tercio de la 
omelette. Veiss limpi su plato y bebi una taza de caf sin ofrecerle a 
Chyna, sin duda porque crey que ella intentara arrojrselo a la cara.
     Se te ve tan melanclica... dijo Veiss. 
     No respondi.
     Te sientes vencida, no? Le fallaste a la pobre Ariel, a ti misma y 
tambin a Dios, si es que existe.
     Qu hars conmigo? pregunt. En realidad quiso decir: Por qu 
me haces esto, por qu no me matas de una vez y se acab?
     Todava no lo he decidido dijo Veiss. Sea lo que fuere, tiene que 
ser especial. Me doy cuenta de que eres distinta, aunque t no lo creas, y lo 
que hagamos juntos deber ser... intenso.
     Ella cerr los ojos y se pregunt si podra volver a Narnia despus de 
tantos aos.
     Todava no s qu quiero hacer contigo, pero sobre Ariel no tengo la 
menor duda. Quieres saber qu har con ella?
     No, ya era demasiado vieja para creer en armarios mgicos y esas 
cosas.
     La voz de Veiss le lleg desde su gris interior, como si habitara ah 
tanto como en el mundo real.
     Te hice una pregunta, Chyna. Recuerdas lo que te dije? Si no 
contestas... te arranco un pedazo de la cara. Quieres saber qu har con 
Ariel?
     Es que ya lo s.
     S, pero slo en parte. El sexo, es evidente. Es una hembra apetitosa. 
No la he tocado, pero lo har. Creo que es virgen. Cuando todava tena voz 
deca que era virgen, y no pareca una chica mentirosa.
     All afuera estaba el desierto, y en lo alto, el planeta del Principito con 
su flor.
     Quiero escuchar su llanto, su desolacin. Quiero oler la pureza de sus 
lgrimas. Quiero palpar la exquisita textura de sus gritos, conocer su olor 
limpio y el sabor de su terror. Eso es lo mejor. Siempre.
     Aunque Chyna se esforz por verlos, no aparecieron ni el desierto ni el 
planeta. El piloto y el Principito se haban ido para siempre, se los haba 
llevado la odiosa muerte que pone fin a todas las cosas. Y de alguna 
manera, eso era tan triste como el destino que haba sufrido Laura y ahora 
le aguardaba a ella.
     A veces llevo a una al cuarto en el stano... siempre con el mismo fin.
     No quera escucharlo. Las esposas no le permitan taparse las orejas. Y 
si lo hubiera intentado, l le hubiera atado las manos a los tobillos para 
obligarla a escuchar.
     Las vivencias ms intensas de mi vida han transcurrido en ese cuarto, 
Chyna. No me refiero al sexo ni a los golpes ni a los tajos. Eso lo dejo para 
despus, para el postre. Antes les provoco un colapso gradual; eso es lo 
intenso.
     Una morsa le apretaba el pecho; apenas poda respirar.
     Durante un da o dos, creen que van a enloquecer de terror, pero se 
equivocan. Se necesita ms de un par de das para perder el juicio, para 
volverse total e irrevocablemente loco. Ariel es mi sptima cautiva. Las 
dems se aferraron a la razn durante varias semanas. Una se derrumb al 
cabo de dieciocho das; tres aguantaron un mes entero.
     Chyna abandon la bsqueda del desierto esquivo y lo mir a los ojos.
     La tortura psicolgica es mucho ms interesante y difcil de aplicar 
que la fsica, aunque sta tambin puede ser emocionante dijo Veiss. La 
mente es mucho ms resistente que el cuerpo, el desafo es muchsimo 
mayor. Y cuando la mente se quiebra, te juro que escucho un crack mucho 
ms fuerte que el de un hueso al quebrarse... y cmo retumba.
     Trat de ver la conciencia animal en sus ojos, la que haba vislumbrado 
momentos antes. Necesitaba verla. 
     Cuando se quiebran, algunos se revuelcan por el piso, tienen 
convulsiones, se desgarran la ropa. Se arrancan el pelo, se araan la cara, 
se muerden hasta sangrar. Vieras con cunto ingenio se automutilan. Lloran 
y lloran, durante horas, das enteros, incluso mientras duermen. Ladran 
como perros, Chyna, y chillan y agitan los brazos como si creyeran que son 
capaces de volar. Tienen alucinaciones, las cosas que ven son mucho ms 
aterradoras que yo mismo. Algunos hablan en lenguas extraas. Eso se 
llama glosolalia. Conoces ese estado? Es fascinante. Parece un idioma de 
verdad, pero es un galimatas, un balbuceo lastimero o delirante. Algunos 
pierden el control de los esfnteres y se revuelcan en sus excrementos. Es un 
poco desagradable, pero fascinante: la condicin humana ms rastrera, que 
la mayora de la gente slo asume en el momento de la demencia.
     Por ms que se esforzaba, Chyna no vea la bestia en sus ojos, 
solamente la placidez celeste y la vigilante negrura de la pupila, y ya no 
estaba segura de haberla visto. No era mitad hombre, mitad lobo, una 
criatura que caa en cuatro patas a la luz de la Luna llena. Era algo peor: 
apenas un hombre, y aunque habitaba el extremo del espectro de la 
crueldad humana, era nada ms que un hombre.
     Algunos se refugian en el silencio catatnico prosigui Veiss, como 
Ariel. Pero siempre los saco de ese estado. Ariel es de lejos la ms 
obstinada, pero por eso la ms interesante. La quebrantar, y cuando 
escuche su crack, ser como ningn otro. Glorioso. Intenso.
     La experiencia ms intensa es la compasin dijo Chyna sin saber 
cmo le haba llegado esa frase a la mente. Pareca un ruego, y no quera 
que l pensara que rogaba por su vida. En lo ms profundo de su 
desesperacin, no se rebajara ante l.
     Veiss sonri y por un instante pareci un muchachito, un aficionado a 
los juegos de palabras y las travesuras inocentes, un coleccionista de 
figuritas deportivas, un ciclista o aeromodelista o monaguillo los domingos. 
Crey que l haba sonredo al escucharla, que le diverta su ingenuidad, 
pero no fue eso lo que demostraron sus palabras.
     Me parece... que quiero que ests conmigo cuando quiebre a Ariel. En 
lugar de matarte ante sus ojos para darle el empujn final, buscar otra 
manera de hacerlo. Y t lo vers.
     Dios, Dios.
     Eres estudiante de sicologa, no? Casi una licenciada en sicologa. Ah 
ests, juzgndome severamente, segura de que mi mente es aberrante, 
como dicen ustedes, y que sabes lo que pienso. Pues bien, sera tan 
interesante ver cmo este pequeo experimento refuta las teoras modernas 
de cmo opera la mente. No te parece? Cuando quiebre a Ariel, t podrs 
escribir una monografa que slo yo leer. Me interesan tus observaciones 
profesionales.
     Dios mo, nunca suceder. Jams ser testigo de eso. Aunque estoy 
engrillada, encontrar la manera de suicidarme antes de que me lleve a ese 
cuarto a ver cmo termina de destruir a esa hermosa chica. Me morder las 
muecas, me tragar la lengua, me tirar por la escalera para desnucarme... 
algo har. Cualquier cosa.
     Consciente de que la haba sacado de la negra desazn para sumirla en 
el horror, Veiss sonri... y volvi su atencin al plato.
     Comers algo ms? No.
     Bueno, lo comer yo.
     Apart su plato vaco y acerc el de ella, con tenedor y todo. Cort un 
trozo de la omelette fra, se lo llev a la boca y profiri un suave gemido de 
placer. Lenta, sensualmente, Veiss desliz el tenedor entre sus labios 
apretados y extendi la lengua para lamerlo.
     Sent tu sabor en el tenedor dijo. Tu saliva sabe deliciosa... 
aunque un poquito amarga. Ser porque tienes el estmago revuelto.
     No poda escapar cerrando los ojos, de modo que lo mir devorar el 
resto del desayuno.
     Entonces quiso hacerle una pregunta: 
     Anoche... por qu te comiste la araa? 
     Por qu no?
     Esa no es una respuesta.
     Al contrario, es la mejor respuesta a cualquier pregunta.
     Dame otra, aunque no sea la mejor. 
     Te dio asco?
     Pregunto por curiosidad.
     Sin duda, te parece una experiencia negativa... comer una araa 
viscosa que mueve las patitas. 
     Seguro.
     No existen las experiencias negativas, Chyna. Slo las sensaciones. La 
sensacin pura no admite juicios de valor.
     Claro que s.
     Si eso crees, naciste fuera de tu siglo. La araa tena un sabor 
interesante y ahora la comprendo mejor por haberla absorbido. Sabes 
cmo aprenden los platelmintos?
     Los platelmintos?
     No me digas que una chica tan preparada como t no hizo el curso de 
biologa elemental. Ciertos platelmintos aprenden gradualmente a recorrer 
un laberinto...
     Ella record, y lo interrumpi:
     Y si los reduces a polvo y se lo das de comer a otro grupo de 
platelmintos, el segundo grupo recorre el laberinto en el primer intento.
     Muy bien, as es. Asinti, feliz. 
     Absorben el conocimiento junto con la carne.
     No tuvo que detenerse a pensar cmo formulara la siguiente pregunta, 
porque era imposible halagarlo o insultarlo.
     Diablos, de veras crees que despus de comer una araa sabes lo 
que significa ser una araa y posees todos sus conocimientos?
     Claro que no, Chyna. Habra que estar loco para tomarlo en sentido 
tan literal. Estara encerrado en un hospicio, hablando con una multitud de 
amigos imaginarios. Lo que digo es que gracias a mis sentidos 
extraordinariamente agudos, absorb de la araa una cualidad inefable de 
aracnidad que t no eres capaz de comprender. Acentu mi conciencia de la 
araa como un cazador diminuto maravillosamente concebido, una criatura 
de poder.
     Araa es una palabra poderosa, sabes, aunque no la puedo formar con 
las letras de mi nombre. Vacil, meditabundo, antes de agregar: Pero su 
nombre en ingls, spider, se puede formar con las letras de tu nombre.
     Ella no se molest en recordarle los dichosos errores de ortografa de su 
madre. Con las letras de Chyna Shepherd slo se poda formar la palabra 
spyder.
     Y corr un riesgo al comer la araa, lo cual lo hizo ms fascinante an 
prosigui Veiss. Slo un entomlogo sabe si determinada especie es 
venenosa o no. Hay una especie de araa pequea, marrn, que es muy 
peligrosa. La picadura en la mano no es nada... pero tuve que aplastarla 
rpidamente contra el paladar para que no me picara la lengua.
     Te gusta correr riesgos. 
     Se encogi de hombros. 
     As es como soy. 
     Siempre en el filo.
     Otra palabra en mi nombre asinti.
     Y si te hubiera picado la lengua?
     El dolor es lo mismo que el placer, pero distinto. Cuando aprendes a 
disfrutarlo, vives feliz.
     El valor del dolor es neutro?
     Claro que s. Es una sensacin. Ayuda a fortalecer el arrecife del 
alma... si es que existe.
     No entendi a qu se refera con eso del "arrecife del alma" y no 
pregunt. Estaba harta de l. Harta del miedo y tambin del odio. Le haca 
preguntas para tratar de comprender, como lo haba hecho durante toda su 
vida, y estaba mortalmente cansada de buscarle un significado a todo. 
Jams comprendera por qu ciertas personas cometen innumerables 
crueldades pequeas o algunas grandes, y el esfuerzo por comprender 
haba agotado sus fuerzas, dejndole un vaco interior fro y gris.
     Veiss seal su dedo ndice hinchado y tumefacto: 
     Seguramente te duele. Y tambin la nuca.
     Lo peor es la jaqueca. Y no encuentro ningn placer en esto.
     Bueno, no es fcil ensearte el camino hacia la luz y probar que ests 
equivocada. Se necesita tiempo. Pero hay una leccin menor, fcil de 
aprender...
     Se puso de pie y se acerc a un estante de especias instalado en la 
pared ms all de la alacena. Entre los pequeos frascos y latas de tomillo, 
clavo de olor, eneldo, nuez moscada, aj picante, jengibre, mejorana y 
canela, haba uno de aspirinas.
     No las tomo para aliviar la jaqueca porque me gusta saborear el 
dolor. Pero tengo aspirinas a mano porque de vez en cuando me gusta 
masticar una. Me gusta el sabor.
     Es horrible.
     Es amargo, nada ms. Los sabores amargos se vuelven tan 
agradables como los dulces una vez que aceptas que cualquier vivencia, 
cualquier sensacin, es digna de ser experimentada.
     Llev el frasco de aspirinas a la mesa. Lo dej al alcance de su mano... 
y se llev el vaso con agua. 
     Gracias, no quiero.
     Aprende a aceptar la amargura.
     No mir el frasco.
     Como quieras dijo Veiss. Recogi los platos. Aunque la 
atormentaban varios dolores, Chyna se neg a tomar la aspirina. Tal vez era 
irracional, pero estaba convencida de que al mascar un par de comprimidos, 
aunque slo fuera por su efecto analgsico, entrara en alguno de los 
recintos alucinantes de la locura de Edgler Veiss. Por ningn motivo quera 
cruzar ese umbral, aunque conservara un pie fuertemente anclado en el 
mundo real.
     l lavaba los platos, tazones y todos los dems utensilios. Era eficiente 
y prolijo, usaba agua muy caliente y grandes cantidades de detergente 
lquido con aroma a limn.
     Quedaba una pregunta que Chyna no poda dejar de hacer, y por fin 
tom aliento:
     Por qu los Templeton? Por qu justamente ellos? No me parece 
que fuera pura casualidad, porque pasabas por ah y viste luz y entraste.
     No fue casualidad asinti mientras fregaba la sartn con una 
esponja de plstico. Hace un par de semanas, Paul Templeton vino por 
aqu, una cuestin de negocios, y resulta...
     Lo conocas?
     No. Como deca, vino a la ciudad, la cabecera del distrito, por una 
cuestin de negocios y cuando sacaba una tarjeta de su portadocumentos, 
cayeron unas fotos, de esas tamao carn que la gente suele tener, y lo 
ayud a recogerlas. Una era de su esposa, la otra de Laura. Pareca tan... 
pura, tan virginal. "Qu bonita", dije y Paul se puso hablar como el pap 
chocho que era. Que estaba a punto de recibirse de psicloga, promedio 
ocho en las calificaciones, de todo. Que la echaba de menos aunque haca 
seis aos que se haba ido a la universidad y que no vea la hora de que 
llegara fin de mes porque iba a pasar un fin de semana largo en casa. No 
dijo que llevara a una amiga.
     Un accidente. Una foto cada. Una conversacin casual, entre 
desconocidos.
     Era tan arbitrario, que le quit el aliento. No poda soportarlo.
     Entonces, al contemplar a Veiss, que secaba el mrmol y enjuagaba los 
trapos y fregaba la pileta, Chyna tuvo la sensacin de que el destino de la 
familia Templeton no haba sido arbitrario. Esas muertes violentas eran obra 
de un hado maligno, una espiral inexorable que conduca a la noche eterna, 
como si ellos hubieran vivido y nacido slo para complacer a Edgler Veiss.
     Y tuvo la sensacin de que tambin ella haba nacido y vivido con tanto 
esfuerzo nada ms que para proporcionarle un momento de placer perverso 
a este depredador sin alma.
     Su violencia era aterradora, no porque causaba dolor y miedo, 
derramaba sangre, dejaba un tendal de cadveres mutilados. El dolor y el 
miedo eran relativamente breves en comparacin con los dolores y las 
angustias normales de la vida. La sangre y los cadveres eran el eplogo. Lo 
ms terrorfico era que despojaba a esas vidas inconclusas de su significado, 
se impona a s mismo como propsito primordial de su existencia, no les 
robaba el tiempo sino la plenitud.
     Sus pecados fundamentales eran la envidia -de la belleza, la felicidad- y 
la soberbia al someter el mundo a su concepcin de la creacin, los mayores 
entre todos los pecados, las transgresiones con las que haba tropezado el 
diablo -antes uno de los arcngeles- y haba sido expulsado del Cielo.
     Al secar los platos, los tazones y los cubiertos, tomndolos del 
escurridor para colocarlos en sus estantes o cajones correspondientes, 
Edgler Veiss luca limpio y sonrosado como un beb apenas salido de la 
baera, inocente como un nonato. Ola a jabn, a una buena locin para 
despus de afeitarse y a detergente lquido aromatizado con limn. Pero a 
pesar de todo, Chyna tuvo la sensacin irracional de que en cualquier 
momento expedira olor a azufre.
     Todas las vidas conducan a una serie de epifanas discretas -o al menos 
a la oportunidad para que sucedieran-, y Chyna se sinti embargada por una 
nueva ola de dolor al pensar en este aspecto siniestro de los viajes truncos 
de los Templeton. Su bondad, que hubiera beneficiado a otros. El amor que 
tenan para brindar. Las cosas que hubieran comprendido en sus corazones.
     Concluido el aseo, Veiss se acerc a la mesa.
     Tengo un par de cosas que hacer arriba y afuera... y despus debo 
dormir cuatro o cinco horas. Tengo que descansar antes de ir a trabajar.
     Se pregunt cul era su trabajo, pero no en voz alta. Tal vez se refera 
a su trabajo de verdad... o bien a su asalto obstinado a la razn de Ariel. En 
este caso, Chyna no quera enterarse.
     Cuando te muevas en la silla, ten cuidado. Las cadenas pueden rayar 
la madera.
     Dios me libre de estropear tan lindos muebles. 
     La mir fijamente durante medio minuto.
     Si eres tan estpida como para creer que puedes soltarte, oir el 
ruido de las cadenas y vendr a obligarte a estar quieta. No te gustar.
     No respondi. Encadenada de pies y manos, la posibilidad de escapar 
era inconcebible.
     Y aunque te liberaras de la mesa y las sillas, no podras correr. Hay 
perros all afuera y estn entrenados para atacar.
     S, los vi.
     Aun sin las cadenas, te alcanzaran y mataran antes de que te 
alejaras diez pasos de la puerta.
     Le crea, pero no comprenda su insistencia.
     Una vez solt a un joven en el patio. Corri hacia el rbol ms 
cercano y cuando trep hasta ponerse a salvo, slo tena una mordedura 
grave en la pantorrilla derecha y otra menor en el tobillo izquierdo. Se sent 
en una rama y pens que estara a salvo por un rato mientras los perros 
rondaban all abajo, pero tom un fusil 22, sal a la galera y le dispar a la 
pierna. Cay del rbol y los perros lo liquidaron en menos de un minuto.
     Chyna no respondi. En ciertos momentos, le pareca que la 
comunicacin con este ser odioso era menos posible que hablar de la belleza 
de la msica de Mozart con un tiburn. Era uno de esos momentos.
     Anoche fuiste invisible para m. Aguard.
     Su mirada la recorri minuciosamente como si buscara un eslabn 
suelto en las cadenas o una argolla abierta en las esposas, invisible hasta 
entonces.
     Como un espritu...
     A ella le pareca imposible adivinar los pensamientos de semejante ser, 
pero... por Dios, la idea de dejarla a solas le provocaba una cierta inquietud. 
No poda imaginar por qu.
     Tranquilita? 
     Asinti.
     As me gusta.
     Fue a la puerta que daba de la cocina a la sala. Pero ella tena que 
pedirle algo:
     Antes de que te vayas... 
     Se volvi para mirarla. 
     Podras llevarme al bao?
     No tengo ganas de ponerme a soltar las cadenas. Si quieres orinar, 
hazte encima. De todos modos te baar ms tarde. Y puedo comprar 
almohadones nuevos.
     Abri la puerta y desapareci.
     Chyna estaba resuelta a no caer en la humillacin de sentarse sobre sus 
excrementos. Tena ganas de orinar, pero todava no era grave. Ms tarde 
sera un problema.
     Qu extrao que a pesar de todo fuera capaz de evitar una humillacin 
y pensar en el futuro.
     En el medio de la sala, Edgler Veiss se detiene a escuchar a la mujer en 
la cocina. No escucha el tintineo de cadenas. Espera. No hay ruido. El 
silencio es perturbador.
     No termina de comprenderla. Sabe mucho sobre ella... pero sigue 
siendo un misterio.
     Engrillada, totalmente sometida a su poder, sin duda no puede ser su 
"neumtico reventado". Huele a derrota Y desesperacin. En el tono sumiso 
de su voz, ve el gris de las cenizas y palpa la textura de un sudario. Est 
muerta en vida y resignada a ello. Con todo...
     Entonces, oye un tintineo de cadenas. No es fuerte, como si hiciera un 
intento enrgico por liberarse de sus ataduras. Es un mero cambio de 
posicin... acaso ha juntado las piernas para contener las ganas de orinar. 
Edgler Veiss sonre.
     Sube a su cuarto. Toma un telfono del estante en la pared del fondo 
del clset. Vuelve al dormitorio, enchufa el aparato en la toma de la pared y 
hace un par de llamadas para informar a quien corresponde que ha vuelto 
de sus tres das de vacaciones e ir a trabajar esa noche. Aunque confa en 
que durante su ausencia los doberman jams permitirn que nadie se 
acerque a la casa, Veiss esconde sus dos telfonos en sendos clsets. En el 
caso sumamente improbable de que un intruso lograra escapar de los perros 
y entrar en la casa, no podra pedir ayuda por telfono.
     ltimamente Edgler Veiss ha pensado en el peligro que representan los 
telfonos celulares. Es difcil imaginar a un ladrn frustrado con un telfono 
porttil o llamando a la polica desde una casa en la cual se ha encerrado por 
miedo a los perros guardianes, pero se han visto cosas ms extraas an. Si 
la noche anterior Chyna Shepherd hubiera encontrado un telfono celular en 
el Honda del empleado, no sera ella quien estara encadenada en ese 
momento.
     La revolucin tecnolgica del fin del milenio ofrece muchas comodidades 
y grandes oportunidades, pero no carece de peligros. Gracias a su destreza 
con las computadoras, Veiss ha alterado sus huellas digitales archivadas en 
diversas agencias, y as pudo entrar en la casa de los Templeton a disfrutar 
plenamente la sensualidad de sus vivencias, sin temor. Pero un telfono 
celular en manos de quien no corresponde y en el momento inadecuado 
podra conducirlo a la vivencia ms intensa de su vida: la ltima. A veces 
deseara haber vivido en la poca ms sencilla de Jack el Destripador, o del 
magnfico Ed Gein, quien inspir Psicosis, o del asesino en serie Richard 
Speck; anhela ese mundo menos complejo de las dcadas anteriores, de 
campos de caza menos frecuentados por gente como l.
     En la pelea febril por la audiencia, al destacar al mximo cada noticia 
baada en sangre, al convertir a los asesinos en personajes clebres para 
luego idolatrarlos, los medios electrnicos pueden haber inspirado a otros 
individuos lcidos como l. Pero al mismo tiempo han alarmado al rebao. 
Muchas ovejas aprendieron a mantener los ojos bien abiertos y a correr a la 
menor seal de peligro.
     Con todo, no le falta diversin.
     Despus de hablar por telfono, Veiss va a la casa rodante. Las 
matrculas, los bulones y las tuercas que las sujetan al vehculo, y el 
destornillador estn en un cajn de la cocina pequea.
     Por distintos medios, generalmente dos o tres semanas antes de la 
expedicin, Edgler Veiss escoge a sus vctimas principales, como hizo con la 
familia Templeton. Y aunque a veces trae a una presa viva al cuarto del 
stano, generalmente se aleja de los lmites de Oregon para reducir al 
mnimo las probabilidades de que sus dos vidas -la del buen ciudadano y la 
del aventurero homicida- se crucen en el momento menos conveniente. 
(Aunque no emple ese mtodo para llegar hasta Laura Templeton, ha 
descubierto que la "navegacin" clandestina por los inmensos archivos 
informticos del Departamento de Vehculos Motorizados de la vecina 
California es un mtodo excelente para localizar mujeres atractivas. El DVM 
archiva las fotos carn de los registros de conductor juntamente con la edad, 
estatura y peso de cada mujer. Con esos datos, l puede descartar a las 
candidatas inaceptables, tales como las abuelas fotognicas y las mujeres 
gordas de cara delgada. Y aunque algunas dan como direccin un apartado 
postal, la mayora da su domicilio particular, y a partir de entonces, slo es 
cuestin de procurarse un par de mapas buenos.) Cerca del final del viaje, a 
unos setenta kilmetros de la residencia escogida, quita las matrculas de la 
casa rodante. Luego se aleja rpidamente de la escena de sus juegos, y 
cuando se descubre el eplogo, slo podran rastrearlo si algn vecino de la 
vctima hubiera visto la casa rodante y, aunque le pareciera totalmente 
inocente, su vista se hubiera posado en las matrculas y justo -maldito 
"neumtico reventado"- tuviera memoria fotogrfica. Por eso no vuelve a 
colocarlas hasta volver a Oregon.
     Si un agente de trnsito lo detuviera por exceso de velocidad u otra 
infraccin, Veiss se mostrara sorprendido por la ausencia de las matrculas y 
dira que alguien las rob con Dios sabe qu fines. Es buen actor; su 
desconcierto es convincente. Si pudiera hacerlo sin correr gran riesgo, 
matara al agente. Y si no se presentara esa oportunidad, saldra enseguida 
del atolladero apelando a la cortesa profesional.
     Se sienta en cuclillas y sujeta una de las matrculas al marco delantero 
correspondiente.
     Uno a uno, los perros se acercan, husmean sus manos y su ropa, acaso 
decepcionados porque huelen a locin para despus de afeitarse y 
detergente para la ropa. Tienen avidez de afecto, pero estn de guardia. 
Ninguno se demora, cada uno vuelve a su puesto despus de una palmada 
en la cabeza, un tirn de oreja, una palabra de afecto.
     Bien, muy bien dice Veiss a cada uno. Bien, bien. 
     Termina de colocar la matrcula delantera, se para, se despereza y echa 
una mirada a su territorio.
     A nivel del suelo ya no hay viento. El aire est inmvil, hmedo. Huele a 
hierba mojada, tierra, hojas muertas y bosques de pinos.
     Despus de la lluvia empieza a despejarse la bruma de las estribaciones 
y las laderas bajas detrs de la casa. An no aparecen los picos de la 
cordillera occidental ni el manto de nieve que todava cubre las laderas ms 
altas. Pero sobre su cabeza y hacia el este, donde no hay bruma, las nubes 
no son negras de tormenta sino grises, de un suave color topo, y un fuerte 
viento de altura las empuja hacia el sudeste. Como le ha dicho a Ariel, a 
medianoche saldrn las estrellas y tal vez incluso la Luna para iluminar los 
ojos glaucos de Laura, muerta.
     Edgler Veiss bordea la casa rodante para colocar la matrcula trasera... 
y descubre huellas extraas en el camino de entrada. Al contemplarlas, su 
cara se ensombrece.
     El camino es de ripio, pero la lluvia torrencial trae el barro del jardn 
circundante. Aqu y all ha formado una gruesa piel, no fangosa sino oscura 
y densa.
     En la piel de barro hay huellas de cascos, acaso de un ciervo. Un ciervo 
grande. Ha cruzado el camino ms de una vez.
     Observa un lugar donde se ha detenido a piafar.
     No hay huellas de neumticos en el barro porque las ha borrado la 
lluvia que caa cuando l lleg a casa. Evidentemente, el ciervo dej su 
rastro despus de la tormenta.
     Se agazapa junto a las huellas y palpa el barro fro con los dedos. 
Percibe la dureza y tersura de los cascos que dejaron las huellas.
     Una especie de ciervo habita las colinas y los montes cercanos. Sin 
embargo, es raro que se aventuren hasta la propiedad de Edgler Veiss 
porque tienen miedo de los doberman.
     Esto es lo ms extrao: hay slo huellas de cascos, no de las patas de 
los perros.
     Ha entrenado a los doberman para que se concentren en los intrusos 
humanos y en lo posible no molesten a los animales silvestres. En caso 
contrario, stos podran distraerlos en un momento crucial para la vida de su 
amo. Jams atacarn a una ardilla, un conejo, un mapache -y tampoco a un 
ciervo-, salvo que los obligue el hambre. Ni siquiera lo perseguirn para 
entretenerse.
     No obstante, los perros tomarn debida cuenta de los animales que 
crucen su camino. Darn rienda suelta a su curiosidad en la medida en que 
lo permita su entrenamiento.
     Se hubieran acercado al ciervo, lo hubieran rodeado para paralizarlo de 
miedo, obligado a huir. Y despus habran cruzado el camino una y otra vez 
para husmear el rastro.
     Pero no hay una sola huella de pata entre las impresiones de los cascos.
     Veiss se frota las yemas embarradas de los dedos mientras se para y 
gira lentamente en crculo para estudiar el terreno. Los prados hacia el norte 
y ms all los lejanos bosques de pinos. El camino que va hacia el este hasta 
la loma pelada. El patio hacia el sur, otros prados y ms bosques. Por fin, el 
patio trasero, el granero, las estribaciones. El ciervo -si es que era un 
ciervo- se ha ido.
     Edgler Veiss est inmvil. Atento. Alerta. Inspira profundamente en 
busca de olores. Luego inhala por la boca a ver qu detecta con la lengua. El 
aire hmedo roza su cara como la piel fra de un cadver. Ha acentuado sus 
sentidos al mximo, y el mundo recin lavado penetra por ellos.
     No detecta el menor peligro en la maana.
     Cuando est sujetando la matrcula trasera de la casa rodante, se 
acerca Tilsiter. El perro le hociquea la nuca. Veiss le ordena que se quede. 
Cuando termina de sujetar la matrcula, se vuelve hacia Tilsiter y seala el 
rastro cercano del ciervo.
     Aparentemente, el perro no ve las huellas. O si las ve, no le interesan.
     Veiss lo conduce al olor entre las huellas. Las seala nuevamente.
     Al advertir el desconcierto de Tilsiter, Veiss le pone una mano sobre la 
cabeza y lo obliga a hundir el hocico en una huella.
     Por fin el doberman detecta un olor, husmea con avidez, alla 
suavemente... y decide que no le gusta lo que huele. Aparta la cabeza de la 
mano del amo y retrocede con aire tmido.
     Qu pasa? dice Veiss.
     El perro se relame. Aparta la vista de Veiss, estudia los prados, la 
senda, el patio. Mira brevemente a Veiss y se aleja trotando hacia el sur, a 
su puesto.
     Los rboles gotean. Se alza la bruma. Las nubes vaciadas de lluvia 
huyen hacia el sudeste.
     Edgler Veiss decide matar a Chyna Shepherd de inmediato.
     La arrastrar al jardn, la arrojar boca abajo sobre la hierba y le 
meter un par de tiros en la cabeza. Esa noche tiene que ir a trabajar y 
antes debe dormir, de manera que le falta tiempo para disfrutar de una 
muerte lenta.
     Ms tarde, cuando vuelva a casa, la enterrar en el prado mientras los 
perros observan, los insectos zumban y se cazan entre ellos en medio de los 
pastos altos. Obligar a Ariel a besar los cadveres antes de enterrarlos para 
siempre... bajo la luz de la Luna, si ha salido. Bueno, rpido, a matarla de 
una vez y a dormir.
     Al caminar veloz hacia la casa advierte que an tiene el destornillador 
en la mano, que puede ser un arma ms interesante que la pistola e 
igualmente rpida.
     Sube los escalones de piedra y cruza la galera donde el dedo de la 
abogada de Seattle pende silencioso entre las conchillas marinas en el aire 
fresco e inmvil.
     No se molesta en quitarse el barro del calzado, una violacin desusada 
de su conducta obsesiva.
     Su respiracin agitada acompaa el crujido de la bisagra al abrir la 
puerta y entrar en la casa. Despus de cerrar la puerta, lo sorprenden los 
latidos violentos de su corazn.
     Nunca tiene miedo; jams. Pero esta mujer ms de una vez le ha 
causado desasosiego.
     Da unos pasos ms hacia el interior y se detiene para dominarse. Una 
vez dentro de la casa, se pregunta por qu momentos antes le haba 
parecido que matarla era tan urgente.
     Intuicin.
     Pero su intuicin jams le ha transmitido un mensaje tan clamoroso ni 
le ha provocado semejante conflicto interior. La mujer es especial, realmente 
anhela hacer ciertas cosas con ella. Meterle dos tiros en la nuca o clavarle el 
destornillador un par de veces sera un tremendo derroche de posibilidades.
     Veiss nunca tiene miedo. Jams.
     El mismo desasosiego es un desafo a su propia autoestima. La poetisa 
Sylvia Plath -ante cuya obra siente una ambivalencia poco caracterstica de 
l- ha dicho que el mundo est gobernado por el pnico, "pnico con cara de 
perro, cara del diablo, cara de bruja, cara de puta, pnico con maysculas, 
sin cara... el mismo seor Pnico, despierto o dormido". Pero el seor Pnico 
no gobierna a Edgler Veiss y jams lo har, porque Edgler Veiss no se hace 
ilusiones sobre la naturaleza de la existencia ni tiene dudas sobre sus 
propsitos, y ningn momento de su vida requiere una reinterpretacin 
cuando llega el momento de la reflexin serena.
     Sensacin. Intensidad.
     El miedo no permite vivir con intensidad porque el seor Pnico inhibe 
la espontaneidad y la experimentacin. Por eso l no permitir que esta 
mujer llena de misterios lo asuste.
     Mientras espera que su respiracin y su ritmo cardaco vuelvan a la 
normalidad, hace girar el mango de caucho del destornillador en su palma y 
contempla el filo corto y romo en el extremo del acero.
     Apenas Veiss entr en la cocina, antes de que dijera una palabra, Chyna 
percibi que no era el hombre que haba conocido hasta ese momento. Su 
estado de nimo era distinto de los que lo haban embargado anteriormente, 
pero la diferencia era tan sutil que no supo definirla. l se acerc a la mesa 
como para sentarse, pero se detuvo. La mir, sombro y en silencio.
     En su diestra tena un destornillador. Haca girar el mango 
constantemente entre los dedos, como si apretara un tornillo imaginario.
     Haba dejado un rastro de barro seco. Haba entrado sin limpiarse los 
zapatos.
     Chyna saba que no deba romper el silencio. En esa extraa coyuntura, 
las palabras podan adquirir otros significados, y la frase ms inocente, 
provocar un estallido de violencia.
     Poco antes, deseosa de morir rpidamente, haba tratado de provocarle 
un impulso homicida. Haba pensado tambin en distintas maneras de 
suicidarse a pesar de los grilletes. Ahora cerr la boca para no enfurecerlo.
     Evidentemente, en medio de su desazn an abrigaba una esperanza 
pequea pero obstinada, oculta en el mundo gris donde era imposible verla. 
Una negacin estpida. El anhelo pattico de tener la ltima oportunidad. La 
esperanza, que siempre le haba parecido un sentimiento noble, de pronto 
se volva tan embrutecedora como la codicia febril, la lascivia srdida, un 
apetito animal de vivir a toda costa.
     Est hundida en un lugar profundo, tenebroso. 
     Anoche... dijo Veiss.
     Esper.
     Entre las secoyas... 
     Qu?
     Qu viste? 
     Cmo? 
     Viste algo extrao? 
     No.
     Seguro que s.
     Chyna mene la cabeza. 
     Los alces...
     Ah, s. Los alces... 
     Una manada. 
     S.
     No te llam la atencin? 
     Alces de la costa. Es su hbitat. 
     Parecan mansos.
     Tal vez porque estn acostumbrados a los turistas. 
     Medit su respuesta mientras haca girar el destornillador, lenta, 
incesantemente.
     Puede ser.
     Chyna vio la delgada costra de barro que cubra los dedos de su diestra.
     Ahora mismo puedo oler el almizcle, la textura de sus ojos, escuchar 
el verdor de los helechos a su alrededor, y es una cosa viscosa y fra en mi 
sangre.
     No haba respuesta posible, y ella se qued callada. Los ojos de Veiss, 
hasta entonces clavados en los de Chyna, pasaron a la punta del 
destornillador que giraba... y a sus zapatos. Mir sobre su hombro y vio el 
barro en el piso.
     No puede ser dijo.
     Dej el destornillador sobre el mrmol.
     Se quit los zapatos y los dej en el lavadero para limpiarlos ms tarde.
     Volvi, descalzo, con varias toallas de papel y una botella de lquido 
limpiador, y levant hasta el ltimo resto de barro. En la sala quit el barro 
de la alfombra con una aspiradora.
     Las tareas domsticas le llevaron casi un cuarto de hora, y al concluir, 
su estado de nimo haba cambiado nuevamente. Esas tareas parecan curar 
su melancola.
     Ahora me voy arriba a dormir dijo. Qudate quieta y no agites 
demasiado las cadenas.
     No respondi.
     No hagas ruido. Si no, vendr y te meter un metro de cadena en el 
culo.
     Asinti.
     As me gusta. 
     Sali de la cocina.
     Ahora comprenda la diferencia entre la conducta habitual de Veiss y su 
reciente estado de nimo. Por unos minutos haba flaqueado su confianza. 
Acababa de recuperarla.
     Edgler Veiss siempre duerme desnudo para facilitar sus sueos.
     En el pas de sus sueos, todos andan desnudos, tanto los que destroza 
para hundirse en su gloriosa humedad como los que corren en manada con 
l por lugares altos y sombros y bajan a la luz de la luna. El calor en sus 
sueos no slo vuelve superflua la ropa sino que cauteriza el concepto 
mismo de ropa; es ms natural que ande desnudo en el mundo de los 
sueos que en el mundo real.
     Jams tiene pesadillas. Esto se debe a que en su vida cotidiana, 
confronta las causas de sus tensiones s se ocupa de ellas. La culpa jams lo 
agobia. No juzga a los dems, y sus juicios sobre l no lo afectan. Sabe qu 
si se siente bien al hacer algo, entonces est bien. Sieteore se cuida mucho 
porque sabe que para realizarse como ser humano ante todo debe amarse. 
Por consiguiente, siempre se acuesta con la mente y el corazn serenos.
     Segundos despus de apoyar la cabeza sobre la almohada, Veiss est 
dormido. De vez en cuando, sus piernas se mueven bajo las sbanas, como 
si persiguiera algo.
     Una vez, en sueos, dice: "Pap" en tono casi reverente, y la palabra 
cuelga en el aire como una pompa de jabn... lo cual es extrao, porque a 
los nueve aos, Edgler Veiss provoc un incendio para matar a su padre.
     Aunque las cadenas hacan ruido, Chyna se inclin para recoger el 
almohadn del suelo junto a la silla. Lo puso sobre la mesa, se inclin y 
descans la cabeza sobre l.
     El reloj de la cocina indicaba las doce menos cuarto. Haba pasado ms 
de veinticuatro horas despierta, salvo cuando haba dormitado un poco en la 
casa rodante y cuando Veiss la haba golpeado hasta desmayarla.
     Aunque estaba exhausta y obnubilada por el miedo, pensaba que no 
podra dormir. Pero esperaba que al cerrar los ojos y huir en sus 
pensamientos a pocas ms gratas, tal vez podra dejar de pensar en esas 
ganas an leves pero crecientes de orinar y en el dolor de la nuca y el dedo 
ndice.
     Paseaba en medio del viento entre remolinos de ptalos rojos, 
sorprendida por su falta de miedo a la oscuridad y a los relmpagos que la 
iluminaban, cuando la despert un ruido que no era un trueno sino el de una 
tijera al cortar papel.
     Alz la cabeza del almohadn y se irgui. La luz fluorescente le provoc 
ardor en los ojos.
     Parado frente al mrmol, Edgler Veiss abra una gran bolsa de papas 
fritas.
     Te despertaste por fin, dormilona.
     Chyna mir el reloj. Las cinco menos veinte. 
     Pens que tendra que traer a la banda municipal para despertarte.
     Haba dormido casi cinco horas. Su mirada era turbia. Tena un sabor 
agrio en la boca. Su cuerpo ola mal y su piel estaba grasienta.
     No se haba orinado en sueos, y la anim una absurda sensacin de 
triunfo por no haber cado en semejante humillacin. Pero entonces 
comprendi lo pattico que era felicitarse por controlar sus esfnteres, y el 
gris interior se volvi un poco ms oscuro.
     Veiss vesta botas negras, pantalones pardos con cinturn negro y 
remera blanca.
     Sus brazos eran enormes, musculosos. No podra luchar contra 
semejantes brazos.
     Llev un plato a la mesa. Haba preparado un emparedado.
     Jamn y queso con mostaza.
     Bajo el pan asomaba el borde arrugado de una hoja de lechuga. A cada 
lado haba trozos de pepino encurtido. Tambin puso la bolsa de papas fritas 
sobre la mesa. 
     No quiero nada dijo Chyna. 
     Debes comer.
     Ella mir por la ventana al patio bajo la luz del atardecer.
     Si no comes, deber alimentarte a la fuerza. Tom el frasco de 
aspirinas y lo agit para llamar su atencin: Te gust?
     No tom.
     Quiere decir que aprendes a disfrutar del dolor. 
     Siempre ganaba l.
     Se llev las aspirinas y volvi con un vaso de agua. 
     Tienes que hacer funcionar los riones dijo con una sonrisa. Si no, 
se atrofian.
     Fue a limpiar el mrmol donde haba preparado el emparedado.
     Abusaron de ti cuando eras chico? pregunt Chyna, detestndose 
por no poder reprimir el impulso de comprender a pesar de todo.
     Veiss ri y mene la cabeza:
     Esto no es uno de tus libros universitarios, Chyna. Es la vida real.
     Contesta, de todos modos.
     No. Mi padre era contador en Chicago. Mi madre era vendedora en 
una boutique de ropa femenina. Me queran muchsimo. Me compraban 
muchsimos juguetes, ms de los necesarios, sobre todo porque yo prefera 
jugar con... otras cosas.
     Animales. 
     As es.
     Y antes de eso... con insectos o animalitos muy pequeos, como los 
peces de colores o las tortuguitas. 
     Lo dicen los libros?
     Es el primer indicio. El peor de todos. Torturar animales.
     Se encogi de hombros.
     Era divertido... ver al bicho arrastrarse para escapar del fuego dentro 
de su caparazn. Vamos, Chyna, deja esos mezquinos juicios de valor.
     Cerr los ojos. Esperaba que se fuera de una vez a trabajar.
     Bueno, pero mis viejos me amaban, crean en esa estupidez. A los 
nueve aos, provoqu un incendio. Un poco de fluido para encendedores en 
su cama y un cigarrillo encendido.
     Dios mo. 
     Otra vez con eso. 
     Por qu?
     Por qu no? replic, burln. 
     Dios.
     Quieres la otra respuesta? 
     S.
     Entonces mrame cuando te hablo. 
     Abri los ojos.
     Su mirada la atraves.
     Lo hice porque pens que empezaban a comprender.
     A comprender qu?
     Que yo era un chico especial.
     Te descubrieron con la tortuga adivin.
     No, con el gatito del vecino. Vivamos en un lindo barrio residencial. 
Todo el mundo tena mascotas. Cuando me descubrieron, dijeron que 
consultaran a un profesional. Aunque tena nueve aos, me di cuenta de 
que no poda permitirlo. No sera tan fcil engaar a un profesional. Por eso 
hubo un lindo incendio.
     Y a ti no te hicieron nada?
     Termin el aseo y se sent frente a ella:
     Nadie sospech de m. Pap fumaba en la cama. Eso dijeron los 
bomberos. Un accidente de lo ms comn. Se consumi la casa entera. Yo 
me salv por casualidad y mam gritaba y yo no poda alcanzarla, no poda 
ayudar a mi mam y tena tanto miedo. Gui un ojo. Me fui a vivir con 
mi abuela. Era una viejecita regaona, llena de reglas y pautas de conducta 
y modales que yo deba aprender. Pero no saba limpiar la casa. El bao era 
algo repugnante. Me hizo cometer mi segundo y ltimo error. La mat en la 
cocina mientras preparaba la cena. Impulsivamente, dos pualadas en cada 
rin. 
     Cuntos aos?
     La abuela o yo? pregunt con una sonrisa traviesa.
     T.
     Once. Menor de edad, inimputable. Tan chico, que nadie crey que 
haba actuado conscientemente. 
     Pero tuvieron que hacer algo contigo.
     Catorce meses en un hogar psiquitrico. Mucha terapia, muchas 
sesiones, muchsimas atenciones y mimos. Vers, sucede que haba 
liquidado a mi pobre abuelita debido al dolor reprimido despus de la muerte 
accidental de mis padres en el horrible incendio. Un da comprend lo que 
trataban de decir, y entonces perd el control y me puse a llorar. Ay, Chyna, 
cunto llor y me revolqu en los remordimientos por mi pobre abuelita. 
Recuerdo que las terapeutas y las asistentes sociales estaban encantadas 
con eso.
     Y de ah adnde fuiste a parar? 
     Me adoptaron.
     Lo mir, atnita.
     S lo que ests pensando. Es raro que adopten a un hurfano de doce 
aos. La gente prefiere a los bebs para moldearlos a su propia imagen. 
Pero yo era un chico tan hermoso, Chyna, tan bello, que pareca etreo. Me 
crees? 
     S.
     La gente busca chicos hermosos. Y con lindas sonrisas. Y yo tena un 
carcter tan dulce. Haba aprendido a disimular entre ustedes, los hipcritas. 
Jams volveran a encontrarme con un gatito lastimado o una abuela 
muerta.
     Pero quin... quin te adoptara despus de lo que pas?
     Lo haban borrado de los archivos, claro. Yo era un nio. Qu 
esperabas, Chyna, que un solo error echara a perder toda mi vida? Los 
psiquiatras y las asistentes sociales fueron el lubricante de mis ruedas. 
Siempre les estar reconocido por ese deseo dulce y sincero de creer. 
     Qu saban tus padres adoptivos?
     Que haba sufrido un trauma a raz de la muerte de mis padres, que 
por eso haba estado en terapia y que deban vigilarme por si aparecan 
seales de depresin. Se afanaron por brindarme una buena vida en la que 
la depresin jams volviera a rozarme.
     Qu fue de ellos?
     Vivimos dos aos en Chicago y despus vinimos aqu, a Oregon. Los 
dej vivir bastante tiempo, dej que fingieran amor por m. Por qu no? 
Encontraban tanto placer en engaarse. Pero a los veinte aos, cuando 
termin el college, necesitaba ms dinero del que tena y hubo otro 
accidente horrible, otro incendio en mitad de la noche. Pero haban pasado 
once aos desde el incendio en que murieron mis padres verdaderos, a 
medio continente de distancia. Haca aos que no vea a una asistente 
social, el horrible error con mi abuela no estaba en ningn archivo, as que 
nadie relacion todos los hechos.
     Estuvieron un rato en silencio.
     Finalmente, Veiss dio un golpecito con el dedo en el borde del plato:
     Come de una vez insisti. Yo comer en un restorn. Perdona que 
no te haga compaa.
     Te creo. 
     Qu cosa? 
     Que no abusaron de ti.
     A pesar de que es contrario a todo lo que te ensearon... As me 
gusta, Chyna. Sabes reconocer la verdad. Tal vez hay alguna esperanza para 
ti.
     Pero no hay manera de entenderte a ti.
     Claro que s. He asumido mi naturaleza reptiliana, Chyna. La misma 
que hay en todos nosotros desde que evolucionamos a partir del primer pez 
viscoso con patas que sali del mar. La conciencia reptiliana... todos la 
tenemos, pero ustedes tratan de ocultarla, de convencerse de que son 
mejores y ms puros de lo que realmente son. Y lo ms irnico es que si 
asumieran su naturaleza reptiliana, encontraran la libertad y la felicidad que 
buscan en vano con tanto esfuerzo.
     Golpe el plato otra vez y tambin el vaso con agua. Se par y arrim 
la silla a la mesa.
     Creo que no esperabas esta conversacin, Chyna. 
     No.
     Pensabas que yo buscara evasivas, gemira sobre el mal que me 
hicieron, me explayara en explicaciones falsas que yo mismo haba 
terminado por aceptar, te relatara cuentos truculentos de incesto. Queras 
creer que con tus preguntas hbiles sacaras a la luz mi fanatismo religioso o 
me haras confesar que escucho voces divinas. No esperabas una confesin 
tan franca. Tan honesta.
     Fue a la puerta entre la cocina y la sala y se volvi para mirarla.
     No soy un caso singular, Chyna. El mundo est lleno de tipos como 
yo... aunque no tan libres. Sabes adnde pienso que van a parar muchos 
tipos como yo?
     A pesar suyo, pregunt: 
     Adnde?
     Al mundo de la poltica. Imagina tener el poder de desatar una 
guerra, Chyna. Qu gratificante, no? Claro que en la vida pblica uno 
renunciara al placer de participar, de hundir las manos en esos maravillosos 
fluidos sucios. Tendra que darse por satisfecho con la emocin de mandar a 
miles a la muerte, con la destruccin remota. Pero creo que me adaptara. Y 
podra recibir fotos de la guerra, informes tan grficos como deseara. Y sin 
el menor peligro de ser detenido. Ms asombroso an... te levantan 
monumentos. Bombardeas un pas pequeo hasta borrarlo del mapa: hacen 
cenas en tu honor. Matas a treinta y cuatro nios en una comunidad 
religiosa, los aplastas con tanques, los quemas vivos, dices que formaban 
parte de un culto peligroso: todo el mundo te aplaude. Cunto poder. Qu 
intensidad.
     Mir el reloj.
     Las cinco pasadas.
     Terminar de vestirme y me ir. Volver lo ms temprano posible 
despus de medianoche. Mene la cabeza con tristeza: Intacta y viva. 
Te parece que eso es vida, Chyna? No, no vale la pena. Asume tu 
naturaleza reptiliana. Abraza el fro y la noche. Eso es lo que somos. 
     La dej agobiada por las cadenas, mientras el ocaso descenda sobre el 
mundo y se retiraba la luz.
     
     
     


     
     
8
     Edgler Veiss sale a la galera, cierra la puerta principal con llave y silba 
para llamar a los perros.
     El da se vuelve ms fresco hacia el atardecer y el aire es tonificante. Se 
abrocha la chaqueta.
     Desde los cuatro puntos cardinales, los doberman aparecen en el ocaso 
e irrumpen en la galera. Corren hacia Veiss, forcejean para ser cada uno el 
primero en llegar hasta l y sus enormes patas golpean pesadamente las 
tablas del piso en un fandango de jbilo canino.
     Veiss se arrodilla entre ellos y les sirve generosas porciones de afecto.
     Al igual que mucha gente, estos doberman parecen incapaces de 
comprender que el afecto de Edgler Veiss es totalmente falaz. Para l no son 
mascotas que merecen amor sino herramientas, y el afecto que les brinda es 
como el aceite de mquina para lubricar el taladro elctrico, la lijadora de 
ruano y la sierra sinfn. En las pelculas siempre es un perro el que detecta al 
licntropo en el hombre que teme a la Luna y lo recibe con un gruido; el 
perro es el primero en huir del personaje que oculta al parsito en su 
cuerpo. Pero el cine no es la vida.
     Sin duda, el engao entre l y sus perros es mutuo. Tampoco ellos 
sienten amor por l sino respeto... o miedo sublimado.
     Se para, y los perros lo miran expectantes. Horas antes, el timbre los 
haba despertado en la perrera y puesto en estado de alerta.
     Nietzsche dice.
     Los cuatro doberman se estremecen al unsono y se ponen rgidos. Sus 
orejas se alzan al escuchar la orden e inmediatamente se aplanan sobre sus 
cabezas.
     Sus ojos negros brillan en la penumbra.
     Saltan de la galera y desaparecen en distintas direcciones, preparados 
para atacar.
     Edgler Veiss se pone el sombrero y va hacia el granero donde guarda el 
auto.
     Dejar la casa rodante estacionada afuera. Ms tarde, para reducir el 
esfuerzo de cargar con los cadveres, acercar el vehculo al prado de las 
tumbas sin lpida.
     Al caminar, Veiss respira lenta y profundamente, despeja sus 
pensamientos en preparacin para el retorno a la vida cotidiana.
     Disfruta de la charada de su otra vida, en la que se hace pasar por uno 
ms en la incontable multitud de reprimidos y despistados, los que dominan 
la Tierra con mentiras y viven sumidos en la negacin, la angustia, la 
hipocresa. Es como un zorro en un corral de pollos retardados, incapaces de 
distinguir entre un depredador y uno de los suyos; un juego interesante para 
un zorro que posee sentido del humor.
     Da tras da, las veinticuatro horas, Veiss estudia a los dems con sus 
ojos, comprueba furtivamente su firmeza con un roce amistoso, aspira el 
aroma de la carne de cada uno y los selecciona como quien compra un pollo 
envasado en el mercado. No suele matar a quienes conoce cuando viste su 
personalidad pblica; slo lo hace si est seguro de que no lo descubrirn y 
si se trata de un pollo singularmente apetecible.
     Si Chyna Shepherd no hubiera trastornado su rutina, Veiss hubiera 
dedicado ms tiempo a adaptarse a su papel de tipo comn y corriente. Tal 
vez hubiera mirado un programa de concursos por televisin, ledo dos o 
tres captulos de una novela romntica de Robert James Walker y hojeado 
una revista de actualidad para recordar esas cosas que utilizan las 
muchedumbres desesperadas para anestesiarse de la conciencia de su 
verdadera naturaleza animal y la inevitabilidad de la muerte. Se hubiera 
parado frente al espejo para ensayar su sonrisa, mirarse a los ojos.
     No obstante, cuando llega al granero de cedro plateado confa en que 
volver a sumergirse en su segunda vida sin hacer olas, y que los que miren 
su laguna se tranquilizarn al ver reflejadas sus propias caras. La mayora 
de la gente dedica tanto tiempo y esfuerzo  negar su naturaleza 
depredadora, que difcilmente la reconocen en otros.
     Abre la pequea entrada junto al portn levadizo, se detiene y echa una 
mirada a la casa. Como ha dejado a la mujer en la oscuridad, no alcanza a 
ver su silueta a travs de la ventana.
     Sin embargo, hay suficiente luz en el ocaso sombro y nublado para que 
la eminente psicloga, licenciada Shepherd, lo vea caminar hacia el granero. 
Seguramente lo observa.
     Qu pensar de l al verlo con ese atavo inesperado? Ser un nuevo 
golpe para ella. Ms ilusiones destruidas. Al verlo caminar hacia su segunda 
vida y comprender que en verdad pasa por ser un ciudadano ejemplar, su 
desesperacin ser aun mayor que hasta el momento. Sabe manejar a las 
mujeres.
     Una vez que Veiss apag las luces y sali de la cocina, Chyna se ech 
hacia atrs en la silla recta de pino, lo ms lejos posible de la mesa, porque 
el olor del emparedado de jamn le daba nuseas. El jamn no estaba 
rancio; al contrario, ola bien. Pero la sola idea de comer le revolva el 
estmago.
     Haban pasado ms de veinte horas desde su ltima comida completa, 
la cena en casa de los Templeton. Los escasos bocados de omelette de 
queso fueron insuficientes para recuperar fuerzas, sobre todo despus de la 
intensa actividad fsica de la noche anterior; debera estar famlica.
     Pero comer era abrigar una esperanza, y eso era justamente lo que no 
quera. Toda su vida haba alentado esperanzas, como una idiota intoxicada 
con sus propias expectativas. Las esperanzas eran pompas de jabn; los 
sueos, vasos de cristal que se rompan en cualquier momento.
     Hasta la noche anterior crea que se haba alejado del martirio de la 
infancia, haba trepado una escalera engrasada hasta alcanzar las alturas 
excelsas del discernimiento; estaba conforme consigo y con sus logros. 
Ahora pensaba que no haba ascendido un solo peldao, que todo haba sido 
ilusin, que durante aos sus pies haban patinado sobre los mismos 
escalones engrasados, como en esas mquinas de gimnasio en las que uno 
gasta muchsima energa caminando sin cesar para acabar en el mismo 
punto donde empez. Los largos aos en el restorn, las piernas fatigadas y 
la lumbalgia despus de horas de estar de pie, los cursos exigentes en la 
Universidad de California, las noches dedicadas al estudio al regresar del 
trabajo, los innumerables sacrificios, la soledad, la brega incesante... todo 
eso la haba conducido hasta aqu, a este lugar tenebroso, a estas cadenas, 
al ocaso.
     Su gran esperanza haba sido que algn da comprendera a su madre y 
hallara buenas razones para perdonarla. Incluso haba deseado, Dios 
mediante, llegar a una tregua con ella. Jams tendran una sana relacin 
como madre e hija; tampoco seran amigas. Pero acaso alguna vez 
almorzara con Anne en un bar con vista al mar, bajo una gran sombrilla en 
la terraza, donde no hablaran del pasado sino de pelculas y el clima y de 
cmo las gaviotas revoloteaban sobre el mar azul zafiro. No habra un sano 
afecto entre ellas, pero tampoco habra odio. Ahora comprenda que si por 
algn milagro escapaba intacta y viva de sus cadenas, jams llegara al 
discernimiento soado. No volvera a acercarse a su madre.
     La crueldad y la duplicidad humanas superaban toda comprensin. No 
haba respuestas; slo pretextos. Chyna estaba perdida. Se haba hundido 
en un lugar ms extrao que la cocina de Edgler Veiss, un lugar donde las 
tinieblas eran an ms aterradoras.
     En todos esos aos jams se haba sentido totalmente perdida. 
Asustada, s. A veces desconcertada y triste. Pero en su mente llevaba un 
mapa con una ruta sealada aunque fuera de manera vaga, y crea que en 
su corazn haba una brjula que no fallara. Muchas veces haba ido a parar 
al lugar equivocado, pero nunca le haba faltado la certeza de que 
encontrara la salida, as como en los laberintos de espejos de los parques 
de diversiones siempre hay una salida entre los infinitos reflejos de uno 
mismo, las imgenes distorsionadas, las enigmticas sombras plateadas.
     Esta vez no tena el mapa. Ni la brjula.
     La vida misma era un laberinto infinito de espejos, y ella estaba perdida 
en sus pasillos sin salida, sin nade que la reconfortara o la tomara de la 
mano.
     Al reconocer por fin que nunca haba tenido madre ni la tendra y que 
su nica amiga ntima yaca muerta e la casa rodante de Edgler Veiss, Chyna 
pens en su padre, a quien jams haba visto y cuyo nombre no conoca, 
Shepherd era el apellido de su madre, que nunca se haba casado. 
     Gracias a Dios que eres ilegtima, caria sola decir Anne, porque 
por eso eres libre. Los bastardos no tienen parientes que se les adhieran 
como sanguijuelas psquicas y les chupen el alma.
     Cuando Chyna preguntaba quin era su padre, Anne responda que 
haba muerto; lo deca sin que se le humedecieran los ojos, incluso con una 
risa alegre. Se negaba a describir su aspecto, su trabajo, incluso a revelar su 
nombre.
     Cuando me enter de que estaba embarazada le dijo una vez, ya 
haba dejado de verlo. Perteneca a mi pasado. l ni siquiera sabe que 
existes.
     Chyna sola fantasear con l: que su madre haba mentido, como 
siempre, y que pap estaba vivo. Lo imaginaba como Gregory Peck en Matar 
a un ruiseor, un hombre alto de mirada tierna, voz suave, bondadoso, 
alegre, con un sentido estricto de la justicia, seguro de s y firme en sus 
convicciones. Aunque todos lo admiraban y respetaban, l no crea ser una 
persona excepcional. Y la amaba.
     Si hubiera sabido su nombre o su apellido lo hubiera pronunciado en 
voz alta. La sola mencin del nombre de su padre la hubiera reconfortado.
     Lloraba. En todas esas horas desde que haba cado en las garras de 
Veiss, las lgrimas haban asomado ms de una vez, y las haba contenido. 
Ahora no poda contener ese torrente ardiente. Se despreci por llorar... 
pero slo por un instante. Bienvenidas las lgrimas candentes, confesin de 
que no haba ms esperanzas. Quera que el llanto arrastrara consigo la 
esperanza que solamente conduca a la desilusin y el dolor. A lo largo de su 
vida turbulenta, al menos desde los ocho aos, se haba negado a soltar el 
llanto, a llorar de veras. Deba ser recia y mantener los ojos secos; slo as 
se ganara el respeto de aquellos que, al percibir la menor seal de debilidad 
en el otro, se acercaban con una luz turbia en los ojos, chacales en torno de 
una gacela herida. Pero la contencin del llanto no alejara al chacal que 
haba prometido volver despus de medianoche, y en su pecho estallaron el 
dolor y la pena de toda una vida. Sacudido por los sollozos, el pecho le 
empez a doler ms que la nuca o el dedo luxado. La garganta le arda 
terriblemente. Abrumada por las cadenas que la sujetaban a la silla, la cara 
tensa y empapada y ardiente, el estmago apretado y fro, el sabor de la sal 
en la boca, jadeando, gimiendo de desesperacin, se ahogaba con la 
conciencia de, su aterradora soledad. Temblaba sin poder contenerse, sus 
puos se crispaban dbilmente y aferraban el aire en torno de su cabeza 
como si la angustia fuera una capucha que se pudiera quitar y arrojar a un 
lado. Profundamente sola, perdida y sin amor, se hundi en un laberinto 
mental de espejos donde ni siquiera el nombre de su padre vino a 
consolarla.
     Despus de unos minutos oy el rugido de un motor. Son una bocina 
fuerte: dos trompetazos cortos y otros dos.
     Chyna alz la cabeza para mirar por la ventana: del granero sala un 
auto con los faros encendidos. Las lgrimas enturbiaban su visin. No pudo 
ver el auto que se alejaba rpidamente en la tiniebla gris, pero el conductor 
slo poda ser Veiss. Entonces el coche desapareci. El trompetazo burln de 
la bocina se haba mofado de ella, aunque no fue suficiente para despertar la 
furia. Contempl el crepsculo; qu importaba que fuera el ltimo de su 
vida. Slo importaba que haba pasado la mayor parte de sus veintisis aos 
en soledad, sin nadie con quien compartir los atardeceres, los cielos 
estrellados, la belleza turbulenta de las nubes de tormenta. Lamentaba no 
haberse brindado ms a la gente en lugar de refugiarse en su interior, en el 
armario de su corazn. Ahora que nada tena importancia y la comprensin 
no le serva para nada, se dio cuenta de que haba menos esperanzas de 
sobrevivir sola que acompaada. Conoca el rostro humano del terror, la 
traicin y la crueldad, pero no haba comprendido que el coraje, la bondad y 
el amor tambin lo posean. La esperanza no era una manufactura 
hogarea; no era un producto que uno pudiera fabricar por su cuenta como 
un mantel bordado a mano ni una sustancia que pudiera segregar en su 
aprensiva soledad como un arce segregaba su jarabe. Haba que buscar la 
esperanza en otros, brindarse a ellos, correr riesgos, abrir la fortaleza de su 
corazn.
     Ahora que lo comprenda le pareca tan sencillo, tan elemental; pero 
slo haba llegado a ese conocimiento en el momento supremo.
     Y la oportunidad para aprovecharlo haba pasado mucho antes. Estara 
tan sola en la muerte como lo haba estado en la vida. Sin embargo, al 
comprenderlo no tuvo un nuevo acceso de llanto sino que se hundi en un 
mundo tenebroso como ningn otro, un jardn interior de piedra y cenizas.
     Entonces, al mirar por la ventana, vio que algo se mova en la ltima 
luz del crepsculo. A travs de las lgrimas vio que por su tamao no poda 
ser un doberman.
     Pero si Veiss haba partido, no poda ser un hombre. Se sec los ojos 
con la manga del suter y parpade hasta que la figura misteriosa adquiri 
contornos ntidos en las sombras del crepsculo. Era un alce. Una hembra, 
puesto que no tena cuernos.
     Cruzaba despreocupadamente el jardn trasero, desde las lomas 
boscosas al oeste, y dos veces se detuvo a probar un bocado de los pastos 
suculentos. Por los meses que haba pasado en la estancia en Mendocino, 
aos atrs, Chyna saba que eran animales gregarios y siempre andaban en 
manada. Sin embargo, esta hembra pareca estar sola.
     Qu extrao que los doberman no acosaran a la intrusa, ladrando y 
gruendo, vidos de sangre. Sin duda, podan olfatearla desde los rincones 
ms alejados del terreno. No haba perros a la vista.
     As mismo, qu extrao que el alce no hubiera olfateado a los perros y 
huido velozmente, los ojos desorbitados por el terror. En el mundo natural, 
los de su especie eran presa de los pumas, los lobos y las manadas de 
coyotes; como alimento en pie para tantos depredadores, los alces eran 
cautelosos, siempre estaban alertas.
     Pero este ejemplar no mostraba la menor preocupacin por la 
proximidad de los perros. Despus de dos breves pausas para pastar en la 
hierba verde, se acerc directamente a la galera trasera sin demostrar la 
menor timidez.
     Aunque Chyna no era especialista en fauna silvestre, crey reconocer 
un alce costeo, de la misma especie que haba visto entre las secoyas. La 
piel era de color pardo grisceo, con las consabidas manchas blancas y 
negras en el cuerpo y la cara.
     Sin embargo, le pareca que ese lugar estaba demasiado lejos del mar 
como para ser un hbitat adecuado para el alce costeo o proporcionarle la 
vegetacin que constitua su dieta. Al salir de la casa rodante, haba tenido 
la impresin de estar rodeada por montaas. Ahora haba cesado de llover y 
se disipaba la bruma; hacia el oeste, donde desaparecan rpidamente los 
restos de luz del da, las siluetas negras de los picos altos se perfilaban 
contra las nubes rasgadas y el cielo de color prpura elctrico. Una cordillera 
tan imponente deba de ser un obstculo insuperable para la migracin tierra 
adentro del alce costeo del Pacfico, una especie de las tierras bajas que 
prefera las llanuras y las elevaciones suaves. Tena que ser otra especie de 
alce, aunque su color era notablemente parecido al de los animales que 
haba visto la noche anterior.
     Parada frente a la balaustrada de madera de la galera, a escasos dos 
metros de ella, la bella criatura miraba directo hacia la ventana. A los ojos 
de Chyna.
     A ella le pareca increble que el alce pudiera verla. Las luces estaban 
apagadas y la cocina estaba ms oscura que la penumbra exterior en la que 
se hallaba el animal. Desde su punto de vista, la cocina deba de estar 
oscura como el fondo de un pozo.
     No obstante, era innegable que sus miradas se encontraban. Los 
enormes ojos oscuros del alce tenan un brillo luminoso.
     Record el brusco regreso de Veiss a la cocina esa maana. Presa de 
una tensin inexplicable, jugueteaba con el destornillador y en sus ojos 
brillaba una luz extraa. La haba interrogado sobre los alces en el bosque 
de secoyas.
     Para Chyna, el inters de Veiss por aquellos alces era tan inslito como 
la presencia de ese animal que, sin ser molestado por los perros, la 
contemplaba fijamente a travs de la ventana. No ponder el misterio por 
mucho tiempo. En su estado de nimo presente, estaba dispuesta a aceptar 
cualquier vivencia y a reconocer que a veces es imposible comprender.
     A medida que el violeta profundo del cielo se tornaba ndigo y luego 
negro, los ojos del alce se volvan ms luminosos. No eran rojos, como los 
de los animales nocturnos, sino dorados.
     Al comps de su respiracin pausada, de su hocico negro y hmedo 
brotaban nubes plidas de vapor.
     Sin dejar de mirar los ojos del animal, Chyna junt las caras internas de 
sus muecas tanto como se lo permitan las esposas. Tintinearon las 
cadenas de acero: las que la sujetaban a la silla, a la mesa, al pasado.
     Record su juramento solemne de horas antes, de matarse antes que 
presenciar la destruccin mental de la joven en el stano. Haba credo que 
no le faltara coraje para morderse las venas de las muecas hasta 
desgarrarlas y morir desangrada. El dolor sera terrible, pero relativamente 
breve... y entonces sobrevendra el trnsito sooliento desde esta oscuridad 
hacia otra, que sera eterna.
     El llanto haba cesado. Sus ojos estaban secos.
     Su corazn lata con sorprendente lentitud, como en esa vigilia relajada 
que provoca un sedante fuerte.
     Alz las manos frente a la cara y las retorci hacia atrs lo ms que 
pudo, a la vez que separ los dedos para no perder de vista los ojos del 
alce.
     Acerc la boca al punto de la mueca izquierda donde deba morder. Su 
aliento tibio le acariciaba la piel fra. La luz del da se haba desvanecido por 
completo. Las montaas y el cielo formaban una nica marejada negra sobre 
el ocano de la noche, un peso colosal a punto de abatirse sobre ella.
     La cara con forma de corazn del alce era apenas visible a dos metros 
de distancia. Sin embargo, sus ojos brillaban.
     Chyna pos los labios sobre su mueca izquierda. Bajo el beso, sinti su 
pulso, firme y potente.
     Chyna y el alce inmvil se miraban fijamente en la tenebrosa oscuridad, 
y ella no supo quin haba hipnotizado al otro.
     Pos los labios sobre su mueca derecha. La misma frescura en la piel, 
el mismo pulso poderoso.
     Separ los labios y tom un pliegue de piel entre los dientes. Le pareca 
que haba suficiente tejido entre sus incisivos para provocar un desgarro 
mortal. En todo caso, el segundo mordisco o el tercero alcanzara el 
objetivo.
     A punto de morder, comprendi que el acto no requera el menor 
coraje. Al contrario. El acto de valor consista en no morder.
     Pero, qu le importaban el coraje o el valor. Un bledo. Nada tena 
importancia, salvo acabar con la soledad, el dolor, la angustiante sensacin 
de vaco e impotencia.
     Y la chica. Ariel. En esa horrible y silenciosa oscuridad.
     Por un instante, estuvo a punto de dar el mordisco fatal.
     Los latidos de su corazn eran lentos, solemnes, serenos como el agua 
profunda.
     Entonces, sin tener conciencia de haber soltado el pliegue de piel entre 
los dientes, Chyna advirti que sus labios estaban apretados contra la piel 
intacta. Bajo el beso de la vida, lata lentamente el pulso.
     El alce haba desaparecido. Desaparecido.
     Atnita, slo vio oscuridad donde antes haba estado el animal. Estaba 
segura de que en ningn momento haba cerrado los ojos; ni siquiera haba 
parpadeado. Sin embargo, deba de haber cado en trance, porque el alce 
majestuoso se haba desvanecido misteriosamente en la noche, as como la 
ayudante del mago del circo desaparece bajo el sudario negro arrojado 
sobre ella.
     Su corazn empezaba a latir rpidamente y con fuerza. 
     No susurr en la cocina tenebrosa, y esa sola palabra fue a la vez 
promesa y ruego.
     Como una rueda veloz, su corazn la arrastr de la tiniebla interior en 
la que se haba perdido, de ese paisaje sombro, hacia otro ms claro.
     No. Esta vez su voz son desafiante. No susurraba. 
     No.
     Agit las cadenas como un potro bravo al tratar de sacudirse los 
arneses.
     No, no, no. No, qu mierda.
     Su voz era tan clamorosa, que reverberaba en los planos duros de la 
heladera, en la puerta de vidrio del horno, en el mrmol de la mesada.
     Trat de apartarse de la mesa para pararse. Pero la cadena enlazaba la 
silla al barril que sostena la mesa, e impeda sus movimientos.
     Si apoyara los talones en el piso de vinilo para tratar de apartarse, 
probablemente no podra moverse. A lo sumo arrastrara la pesada mesa un 
par de centmetros. Y aunque tironeara durante toda su vida, no le 
alcanzaran las fuerzas para romper la cadena.
     An rechazaba con todas sus fuerzas la mera idea de la capitulacin. 
     No, no, carajo, no repeta una y otra vez entre dientes.
     Al inclinarse hacia adelante estir la cadena que una la argolla de la 
mueca izquierda con la de la derecha pasando por detrs de su espalda. 
Estaba entrelazada con las varillas del respaldo recto de la silla, detrs del 
almohadn. Tirone con la esperanza de or el crujido de la madera al 
quebrarse, tirone con ms y ms fuerza, y el dolor era un hierro candente 
que le atravesaba el cuello; el martirio de los golpes recibidos reapareci en 
su cuello y el costado derecho de su cara, pero no iba a permitir que el dolor 
la arredrara. Dio un tirn an ms fuerte, que seguramente ray la madera -
fuerza, fuerza- apretando la silla contra el piso con su cuerpo a la vez que la 
alzaba al tironear de las varillas una y otra vez y sus bceps se estremecan. 
Fuerza. Jadeaba de furia e impotencia mientras punzadas de dolor le 
atravesaban la nuca, los hombros y los brazos. Fuerza! Empeando todo su 
ser en el esfuerzo, apretando los dientes con tanta fuerza que le temblaban 
los msculos de las mandbulas, tirone hasta sentir el latido de las arterias 
en las sienes y aparecer destellos rojos y plateados detrs de sus prpados. 
En vano: ningn crujido de madera rota premi sus esfuerzos. La silla era 
slida, con varillas gruesas y juntas resistentes.
     Su corazn tronaba, en parte debido al esfuerzo pero tambin porque la 
embargaba la euforia de la libertad. Lo cual era absurdo, una locura total, 
porque segua engrillada y tan cerca de la libertad como en el momento de 
despertar y hallarse sujeta a la silla. Sin embargo, se senta libre, y slo era 
cuestin de que la realidad se pusiera a tono con su voluntad.
     Se puso a pensar, entre jadeos. El sudor empapaba su frente.
     Debera dejar la silla para ms adelante. Para liberarse de ella, deba 
ganar libertad de movimientos. Lo primero era liberarse de la mesa.
     No poda inclinarse lo suficiente para desenroscar la barra acoplada que 
una la cadena corta entre sus tobillos a la ms larga que enlazaba la silla 
con la mesa. Si no, hubiera sido fcil liberar sus piernas de los dos muebles.
     Si pudiera volcar la mesa, la cadena que enlazaba la base y se acoplaba 
con los grilletes de las piernas quedara suelta en el momento en que el 
barril cayera de costado. O no? Sentada en la oscuridad, no terminaba de 
visualizar la mecnica de su proyecto, pero pens que volcar la mesa era el 
primer paso.
     Desgraciadamente, la silla frente a ella, la que haba ocupado Veiss, 
constitua un obstculo que le impedira volcar la mesa. Deba apartarla, 
dejar libre el camino. Pero tanto los grilletes como el barril le impedan 
apartarla de una patada. As mismo, las cadenas que la sujetaban no le 
permitan pararse para tirar un manotazo por encima de la mesa.
     Por consiguiente, deba correr su silla y as arrastrar la mesa para 
apartarla de la silla de Veiss. Se tens la cadena que enlazaba la base. Al 
tironear, apretando los talones contra el piso, tuvo la sensacin de que el 
mueble era demasiado pesado; acaso dentro del barril haba una bolsa de 
arena para darle estabilidad. Pero en ese momento hubo un crujido y el 
barril se desliz un par de centmetros sobre las baldosas; el plato y el vaso 
con agua tintinearon sobre la mesa.
     La tarea era ms ardua de lo que haba previsto. Tuvo la sensacin de 
estar en uno de esos programas de concursos de la televisin donde los 
participantes deben realizar pruebas fsicas idiotas como romper una pila de 
ladrillos de un solo golpe. No obstante, la mesa se deslizaba con los tirones. 
Al cabo de un par de minutos de esfuerzos interrumpidos por dos pausas 
para recuperar el aliento, cej por temor a quedar atrapada contra la pared 
que separaba la cocina del lavadero; deba conservar algn margen para 
maniobrar. Aunque era difcil medir las distancias en la oscuridad, calcul 
que haba arrastrado la mesa casi un metro, ms que suficiente para 
apartarla de la silla de Veiss.
     Tratando de proteger el dedo luxado, coloc las manos esposadas bajo 
la mesa y trat de alzarla. Pesaba bastante ms que Chyna -una tabla de 
dos pulgadas, las duelas del barril, los aros de hierro negro que sujetaban 
las duelas, acaso la arena-, y sentada no poda ejercer demasiada fuerza. El 
fondo del barril se alz dos centmetros y luego otros dos. El vaso volc su 
contenido, rod hasta caer de la mesa, se hizo aicos. Aunque alentada por 
el ruido 
     Vamos! susurr, comprendi que haba subestimado el peso y la 
magnitud del esfuerzo requerido, y solt la mesa.
     Chyna flexion los msculos, tom aliento y reanud la tarea. Esta vez 
separ los pies tanto como se lo permitieron los grillos. Puso las palmas 
contra la cara inferior de la tabla de pino con los pulgares enganchados en el 
borde redondeado. Tens los msculos, los de las piernas y los de los 
brazos, para empear todo su cuerpo en el esfuerzo, alzndose centmetro 
por centmetro a medida que volcaba la mesa. Las diversas cadenas eran 
demasiado cortas para permitirle enderezarse, siquiera a medias, de manera 
que su cuerpo se alz agazapado bajo el peso de la mesa en una posicin 
rgida y torpe. La tensin en las rodillas y los muslos era tremenda, jadeaba 
y se estremeca por el esfuerzo, pero no cejaba porque cada centmetro que 
ganaba incrementaba su ventaja mecnica; usaba todo su cuerpo para hacer 
fuerza. Vamos, arriba!
     El plato con el sndwich y la bolsa de papas fritas cayeron de la mesa. 
La loza se rompi y los aicos se deslizaron sobre el piso con un ruido 
desagradablemente similar al de las ratas al huir.
     El dolor del cuello era agudsimo y le pareca que alguien enroscaba un 
sacacorchos en su clavcula derecha. Pero el dolor, lejos de detenerla, era 
una motivacin adicional. A medida que se intensificaba, Chyna se 
identificaba ms y ms con Laura y su familia, con el joven colgado en el 
ropero de la casa rodante, con los empleados de la gasolinera, con los 
muertos enterrados en el jardn. Y a medida que creca la identificacin con 
ellos, se intensificaba su deseo de martirizar a Edgler Veiss. La embargaba el 
espritu del Antiguo Testamento: nada de ofrecer la otra mejilla. Quera 
escuchar los alaridos de Veiss en el potro de los tormentos, ver cmo lo 
estiraban hasta descoyuntarlo, hasta desgarrarle los tendones. No quera 
verlo encerrado en un hospicio psiquitrico para locos peligrosos donde lo 
analizaran y aconsejaran y ayudaran a recuperar su autoestima, le 
suministraran una batera de drogas psicotrpicas, le asignaran un cuarto 
privado con televisor, lo inscribieran en torneos de naipes con otros 
pacientes y le sirvieran pavo asado en Navidad. Lejos de entregarlo a los 
cuidados amorosos de los psiquiatras y los asistentes sociales, Chyna quera 
verlo en las manos diestras de un hbil torturador, y a ver si el degenerado 
hijo de puta era capaz de aferrarse a sus ideas de que todas las vivencias 
eran igualmente vlidas y todas las sensaciones eran dignas de ser 
experimentadas. No haba ni pizca de nobleza en ese deseo ardiente, hijo 
del dolor, pero era un combustible de alta potencia que arda intensamente y 
mantena su motor en marcha.
     Calculando a ojo, le pareci que el costado del barril se haba alzado 
unos seis o siete centmetros del piso, ms o menos igual que la primera 
vez, pero a ella le quedaba mucho vigor. Plegada en forma de z invertida, 
encorvada como un gnomo maldecido por Dios, alz la mesa, las rodillas 
doloridas, los muslos crispados por el esfuerzo, el trasero ms apretado que 
el puo de un poltico al recibir un soborno en metlico. Para darse aliento, 
le habl a la mesa como a un ser vivo y consciente:
     Vamos, vamos, arriba, mierda, mierda, mierda, arriba, hija de puta, 
vamos, vamos, carajo, vamos.
     A su mente vino una escena absurda: ella era un personaje en una de 
esas pelculas en las que el muchachito bueno comprende bruscamente la 
verdad y vuelca la mesa de pquer sobre el tahr itinerante tramposo, salvo 
que ahora el drama se desarrollaba en cmara lenta, como en un western 
submarino.
     Al principio, la silla permaneci en el preciso lugar donde estaba cuando 
se levant su trasero, pero a medida que sus brazos se alzaban y estiraban, 
la cadena que una sus muecas por detrs del almohadn y entre las 
varillas empez a levantarla. Con su cuerpo alzaba la mesa por delante y la 
silla por detrs. El borde filoso de sta le lastimaba los muslos, y la tabla 
superior del respaldo ejerca una terrible presin sobre sus omplatos; toda 
la silla actuaba como una abrazadera para impedir que se enderezara.
     Pero Chyna apret su cuerpo contra la mesa inclinada, separndolo de 
la silla para enderezarlo un centmetro y luego uno ms. En el lmite de la 
fuerza y la resistencia, jadeaba rtmicamente y con fuerza: Uh, uh, uh! El 
sudor baaba su cara y le provocaba ardor en los ojos, pero en la cocina no 
haba luz, y no era necesario ver para llevar a cabo la tarea. El ardor no la 
incomodaba; era un dolor insignificante; pero senta que la tensin le 
reventara una arteria... o expulsara un cogulo de la pared de un vaso para 
lanzarlo al cerebro.
     Sinti miedo por primera vez en muchas horas, porque mientras 
forcejeaba con la mesa no poda dejar de pensar en lo que le hara Edgler 
Veiss si al volver a casa la encontraba tendida en el piso, mareada y 
aturdida por un ataque de apopleja. Con los sesos vueltos papilla, ya no 
sera un juguete complejo como hasta entonces; no estara en condiciones 
de proporcionarle a Veiss las emociones que buscaba al torturarla. Quiz 
regresara a los juegos toscos a los que someta las tortugas en su juventud. 
Tal vez la arrastrara al jardn para prenderle fuego y disfrutar vindola 
retorcerse sobre sus miembros retorcidos por el fuego.
     La mesa cay de costado con un estrpito que hizo vibrar los platos en 
la alacena y un pao de vidrio flojo en la ventana.
     Aunque se era precisamente el objetivo de sus forcejeos, el xito 
repentino ahog el grito de triunfo en su garganta. Se apoy contra el borde 
curvo de la mesa volcada y jade en busca de aliento.
     Unos segundos despus, al tratar de apartarse, descubri que la cadena 
tensa an la sujetaba al barril. Trat de liberarse de un tirn. No tuvo 
suerte.
     Cay en cuatro patas con la silla sobre la espalda y tante bajo la mesa 
volcada como si estuviera en una playa y buscara el fresco bajo una gran 
sombrilla. En medio de la oscuridad, tante el fondo del barril que serva de 
pie a la mesa, y vio que esa parte de la tarea an no haba concluido.
     Cada de costado, la mesa pareca un gran hongo cuyo tallo formaba un 
ngulo con el piso. Entorpecida por su posicin, Chyna no haba podido 
volcarla por completo para que la base apuntara hacia arriba. El fondo del 
barril, deprimido dentro del aro inferior, estaba a la vista; pero la cadena 
que la sujetaba a ella haba quedado atrapada en el ngulo formado por el 
piso y el costado de la base.
     Arrastrando la silla consigo, Chyna se alz penosamente hasta quedar 
agazapada. Extendi los brazos para enganchar los dedos en el aro metlico, 
junt fuerzas y dio un tirn.
     Aunque trat de proteger su ndice lastimado, sus manos resbalaron 
sobre el aro de hierro pintado. Estrell las puntas de los dedos de la mano 
derecha contra el fondo spero del barril, y la punzada de dolor en su ndice 
hinchado le arranc un alarido.
     Agazapada, apret la mano lastimada contra su seno a la espera de que 
cesara el dolor. Poco a poco fue disminuyendo.
     Despus de secarse las manos en las piernas de los jeans enganch 
nuevamente los dedos en el aro, titube, tirone y el barril se alz uno, dos 
centmetros. Con el pie izquierdo pate el lazo de la cadena hasta que le 
pareci que estaba suelto, y dej caer la base.
     Cay hacia atrs, siempre atada a la silla, y esta vez nada la retuvo. La 
cadena suelta reson al caer al piso: ya no la sujetaba a la mesa.
     La silla choc contra la pared que separaba la cocina del lavadero. Se 
corri de costado para apartarse de la mesa hacia la ventana, un borroso 
rectngulo gris entre la cocina oscura y la noche apenas menos oscura.
     Aunque faltaba mucho para ganar la libertad y an ms para estar a 
salvo, Chyna estaba eufrica: al menos haba dado el primer paso. Una 
jaqueca invada su frente y su sien derecha como una marejada implacable, 
y un dolor salvaje le atenazaba el cuello. Su ndice hinchado era otra fuente 
de martirios. A pesar de sus gruesas medias, senta que los grilletes le 
haban lastimado y despellejado los tobillos, y le arda la mueca izquierda, 
lastimada por las esposas al tratar de quebrar las varillas del respaldo. Le 
dolan las coyunturas, le ardan los msculos debido al esfuerzo que les 
haba exigido, y una puntada en su flanco izquierdo tironeaba como una 
aguja enhebrada con alambre al rojo vivo... pero sonrea.
     Al llegar a la ventana dej que las patas de la silla se posaran en el 
piso. Se sent.
     Mientras disminua el latido frentico de su corazn, se apoy en el 
almohadn del respaldo, y en medio de sus jadeos, para su propia sorpresa, 
se larg a rer. Era una risa cristalina, infantil, un gorjeo de felicidad y a la 
vez de distensin de los nervios.
     Con la manga de algodn se sec el sudor que le irritaba los ojos. Alz 
las manos esposadas para apartar los mechones hmedos de pelo que caan 
sobre su frente.
     Cuando se le escapaba un gorjeo un poco ms suave, por el rabillo del 
ojo derecho detect un movimiento en la ventana. Se volvi, feliz: El alce, 
pens.
     Un doberman la miraba fijamente.
     No haba luna, pocas estrellas asomaban tras las nubes desgarradas, y 
el perro era negro como el alquitrn. Pero lo vea con nitidez porque su 
hocico puntiagudo estaba a escasos centmetros de su cara, separado de ella 
solamente por el vidrio. Sus ojos retintos eran fros e implacables; su 
mirada, fija y vidriosa como la de un tiburn. Curioso, rozaba el vidrio con 
su hocico hmedo.
     El doberman solt una especie de silbido, perceptible a travs del vidrio, 
que no era plaidero ni quejoso: era un aullido suave, perfectamente a tono 
con la luz asesina que iluminaba sus ojos.
     Chyna haba dejado de rer.
     El perro se dej caer y desapareci de su vista. Chyna escuch el 
retumbar hueco de sus patas sobre las tablas al cruzar rpidamente la 
galera, sus quejidos nerviosos en contrapunto con un gruido pendenciero. 
El perro reapareci, apoy sus grandes patas delanteras en la repisa de la 
ventana y la mir una vez ms a los ojos. Agitado, mostr sus enormes 
dientes en gesto de amenaza, sin ladrar ni gruir.
     Tal vez el estrpito del vaso al hacerse aicos en el piso o el de la mesa 
al volcarse haban llegado al patio cuando el perro andaba por ah. Acaso el 
perro se encontraba frente a la ventana desde mucho antes, escuchando la 
voz de Chyna que maldeca sus ataduras o se daba aliento; sin duda, haba 
escuchado su risa. Los perros tenan mala vista; ste slo poda ver su cara, 
no el desorden en la cocina. Pero posean un sentido del olfato descomunal, 
as que tal vez la bestia haba detectado el olor de la transpiracin a travs 
del vidrio... y eso la haba alarmado.
     La ventana, que meda aproximadamente dos metros de ancho por uno 
y medio de altura, estaba dividida en dos paneles deslizantes. Desentonaba 
con la arquitectura original de la casa; tal vez formaba parte de una 
remodelacin ms reciente. Si hubiera estado compuesta por pequeos 
paneles de vidrio separados por varillas robustas de madera, Chyna se 
hubiera sentido mucho ms tranquila. Pero cualquiera de los vidrios era lo 
suficientemente grande para dejar pasar al nervioso doberman, si decidiera 
romper el vidrio y abalanzarse sobre ella.
     Seguramente no sucedera. Los perros estaban adiestrados para 
patrullar el terreno, no para tomar la casa por asalto.
     Los dientes descubiertos brillaban vagamente en la penumbra como 
perlas grisceas en una sonrisa amplia, sardnica.
     Para evitar cualquier gesto brusco que pudiera azuzarlo, Chyna aguard 
a que el doberman se dejara caer del alfizar antes de inclinarse y recoger el 
excedente de cadena que amenazaba con hacerla tropezar. Escuchando los 
pasos del perro que iba y vena por la galera, se alz a la posicin de gnomo 
giboso que le impona la pesada silla. Recorri lentamente la cocina, siempre 
cerca de las paredes y los muebles, tanteando lo mejor posible con las 
manos esposadas, con una de las cuales sostena la cadena. Arrastraba los 
pies, no porque la obligaran los grilletes sino para apartar los fragmentos de 
vidrio y loza y no pisarlos.
     Junto a la puerta que daba a la sala encontr el interruptor de la luz, 
pero vacil antes de encenderla y ech una mirada a la ventana. El 
doberman la espiaba; era mejor dejar la cocina a oscuras.
     Sin embargo, deba registrar los cajones, de manera que encendi la luz 
del cielo raso. En la ventana, el doberman se sobresalt, aplast las orejas 
contra el crneo, las irgui nuevamente y clav su mirada en ella.
     Chyna dej de prestar atencin al perro. Se inclin en la medida en que 
se lo permitan las cadenas, alzando la silla sobre la espalda. Trat de 
alcanzar el cao acoplador que una el grillete de los tobillos con la cadena 
larga que haba rodeado el pie de la mesa y an estaba enlazada con los 
travesaos de la silla. Pero aunque se haba liberado de la mesa, las cadenas 
le impedan alcanzar el acople.
     Volvi a las alacenas. Abri los cajones uno por uno para examinar su 
contenido.
     Al pasar la toma del telfono en la pared, se detuvo a contemplarla, 
impotente. Si Edgler Veiss llevaba una vida aparte de la del "aventurero 
homicida", si tena trabajo y algn tipo de vida social para encubrir su 
verdadera naturaleza, seguramente tena telfono; la toma no era un mero 
hueco en la pared abierto por los propietarios originales de la casa. El 
telfono estara oculto en alguna parte.
     Pero si bien en una vida era un psicpata asesino furioso sin el menor 
control de sus actos, en la otra que le serva de fachada era un hombre 
minucioso y cuidadoso al extremo. El agente del caos, que reduca las vidas 
ajenas a escombros, conservaba sus propios asuntos en perfecto orden y 
evitaba los errores.
     Chyna abri un par de puertas para estudiar el interior de las alacenas, 
pero slo encontr ollas, sartenes, platos y vasos. Abandon la bsqueda del 
telfono al comprender que Veiss, despus de tomarse la molestia de 
desenchufarlo y ocultarlo, seguro lo haba escondido en otra parte de la 
casa, en algn lugar donde difcilmente lo encontrara aunque lo buscara 
durante horas.
     Abri otros cajones. En el cuarto encontr una bandeja de plstico con 
divisiones que contena diversos utensilios culinarios pequeos.
     Pos la silla frente al cajn abierto y se sent. Afuera, el doberman 
deambulaba rpidamente de ac para all, casi corra de un extremo a otro 
de la galera, y sus gemidos eran ms fuertes que antes. Chyna no 
comprenda el motivo de su agitacin, pues en lugar de romper vidrios y 
derribar muebles, ella examinaba con cuidado los cajones, evitaba sacudir 
las cadenas y hacer cualquier gesto que pudiera alarmar al perro. ste 
aparentemente se haba dado cuenta de que ella intentaba escapar, pero era 
imposible que un mero animal comprendiera la situacin en toda su 
complejidad. Un mero animal. Sin embargo, en su agitacin, corra de un 
extremo a otro de la galera, volva a mirar por la ventana, clavaba en ella 
sus feroces ojos negros y pareca decir: Puta roosa, aljate de los cajones!
     Tom del cajn un sacacorchos con mango de madera, estudi la 
espiral puntiaguda, lo descart. Un destapador de botellas. No. Un 
pelapapas. Menos. Un rallador de limn. Tampoco. Hall un robusto par de 
pinzas de ocho pulgadas que Veiss probablemente utilizaba para sacar 
aceitunas o encurtidos de frascos de boca angosta. Las hojas eran 
demasiado gruesas para introducirlas en las pequeas cerraduras de las 
esposas, de manera que tambin las descart.
     Entonces encontr lo que buscaba: una brocheta de acero de quince 
centmetros de longitud, de las que se usan para sujetar las alas del pavo 
para asarlo. Haba una docena, sujetas por un elstico. Al sacar una, 
comprob que era rgida, fina y puntiaguda, con un ojo en el otro extremo. 
Haba otras ms cortas, para pollos.
     La visin de un suculento pavo asado trajo consigo el aroma. Se le hizo 
la boca agua, su estmago solt un gruido que le hizo lamentar no haber 
comido siquiera unos bocados del emparedado de jamn y queso que Veiss 
le haba preparado.
     Tom la brocheta entre el pulgar y el dedo mayor de la diestra para no 
usar el ndice hinchado, e introdujo la punta en la cerradura de la argolla 
izquierda. Al tantear con la brocheta en busca del mecanismo de la 
cerradura, escuch una serie de chasquidos.
     Record una pelcula en la que un psicpata asesino, el gran genio 
criminal de su poca, improvisaba una llave de esposas con un tanque de 
bolgrafo y un clip. En quince segundos, o tal vez diez, se quit las esposas, 
a continuacin someti a los dos guardias, los mat y le arranc la cara a 
uno de ellos para usarla como disfraz, si bien para la ciruga no us la llave 
improvisada sino una navaja. A lo largo de los aos, Chyna haba visto 
muchas pelculas en las que un prisionero tan inexperto como ella abra 
rpidamente un par de esposas o grilletes.
     Diez minutos despus, la argolla izquierda estaba tan cerrada como al 
comienzo.
     Las pelculas muestran cualquier cosa dijo en voz alta. En su 
impotencia, su mano empez a temblar y perdi el control. El alfiler se 
agitaba en vano dentro de la estrecha cerradura.
     En la galera, el perro no se paseaba tan rpidamente como antes, pero 
an estaba nervioso. Dos veces ara la puerta, una vez con cierto 
entusiasmo, como si pretendiera atravesar la madera.
     Chyna tom el alfiler con la mano izquierda y trat de abrir la pulsera 
derecha. Clic, chac, clic, chac. Absorta en su tarea, sudaba tan 
profusamente como en sus forcejeos con la mesa.
     Por ltimo, arroj el alfiler al suelo. Ping, ping, rebot sobre el piso y un 
fragmento de vidrio.
     Si ella hubiera sido un psicpata asesino y el gran genio criminal de su 
poca, tal vez se habra liberado rpidamente. Pero slo era una camarera y 
estudiante de sicologa.
     A pesar de los obstculos que suponan la cordura y el respeto por la 
ley, tal vez una herramienta ms eficaz que el alfiler le permitira quitarse 
las esposas y los grilletes de los tobillos, pero la tarea demandara varias 
horas. No poda dedicar tanto tiempo a sacudirse las cadenas y la silla 
porque una vez liberada, deba realizar varias tareas apremiantes antes del 
regreso de Veiss.
     Cerr el cajn con violencia. Alz la cadena y, con la silla atada a la 
espalda, se irgui como pudo.
     Con un estrpito digno de un caballero con armadura, Chyna fue hasta 
la puerta que daba a la sala.
     A sus espaldas, oy un chirrido espeluznante que vena de la ventana 
del comedor diario. Se volvi: el enorme doberman, frentico, araaba el 
vidrio con las dos patas. El rechinar de sus uas sobre el vidrio era tan 
estremecedor como el de una tiza sobre el pizarrn.
     Su intencin haba sido pasar de la cocina a la sala, a la luz que se 
derramaba de un cuarto a otro, pero el perro la haba asustado. Mientras 
trataba de abrir las esposas, el perro se haba serenado un poco, pero ahora 
estaba tan nervioso como antes. Chyna apag los tubos fluorescentes del 
techo con la esperanza de calmarlo antes de que decidiera atravesar el 
vidrio.
     Chuic-chuic-chuic. Garras, vidrio. Chuic-chuic.
     Cruz el umbral y al salir de la cocina cerr la puerta para aislar los 
chirridos. Y tambin al perro, por si el hijo de puta estaba tan loco como 
para atravesar la ventana.
     Tante la pared. Evidentemente, las llaves de luz estaban al otro lado 
de la sala, junto a la puerta principal. La oscuridad pareca ms densa que 
en la cocina. Las cortinas estaban cerradas en uno de los ventanales que 
daban a la galera delantera. El otro era un vago rectngulo gris por donde 
entraba tan poca luz como por los paneles deslizantes de la cocina.
     Inmvil, Chyna trat de orientarse y recordar la posicin de los 
muebles. Haba estado all una sola vez, por poco tiempo, y la habitacin 
estaba en penumbras. Esa maana, al entrar por la puerta principal, haba 
visto la puerta de la cocina en la pared del fondo y a su izquierda. El bello 
sof de patas esfricas tapizado con tela escocesa estaba a su derecha, lo 
cual significaba que ahora, al entrar desde el fondo de la casa, lo encontrara 
a su izquierda. El gran sof estaba flanqueado por mesas rsticas de roble, y 
sobre cada una haba una lmpara.
     Tratando de conservar esa imagen ntida en su mente, coje 
cautelosamente en la oscuridad, temerosa de tropezar con una silla, un 
escabel, acaso un revistero. Abrumada por el peso de las cadenas y la silla, 
no podra amortiguar una cada y tal vez se quebrara un tobillo o incluso 
una pierna.
     Entonces Edgler Veiss volvera a casa y se pondra furioso por el 
desorden y porque ella se haba hecho dao en lugar de conservarse sana 
para sus entretenimientos. La sometera a sus juegos infantiles o quizs 
utilizara el miembro fracturado para ensearle a disfrutar del dolor. Pero 
choc directamente con el sof y no cay. Desliz la mano por el respaldo 
tapizado y se corri hacia la izquierda hasta llegar a la mesa lateral. 
Extendi el brazo hasta palpar la pantalla de la lmpara, las varillas de 
alambre bajo la tela tensa.
     Palp el portalmpara y luego el pie de la lmpara. Cuando sus dedos 
encontraron el interruptor giratorio, tuvo la brusca certeza de que una mano 
poderosa saldra de la noche y tomara la suya, de que Veiss haba 
regresado y se encontraba a escasos centmetros de ella. Divertido, paciente 
como una inmensa araa sobre su tapizado escocs, haba escuchado sus 
forcejeos y anticipado el placer de frustrar sus esperanzas cuando llegara a 
ese punto. La luz se encendera, Veiss guiara un ojo y con una sonrisa 
dira: Intenso.
     El interruptor, fro como el hielo entre el pulgar y el ndice, le quemaba 
la piel.
     Su corazn lata frentico como las alas de un pjaro atrapado, con 
tanta fuerza, que le cortaba el aliento, y el pulso en su garganta le impeda 
tragar saliva cuando Chyna sali de su parlisis y gir el interruptor. Una luz 
suave llen la habitacin. Edgler Veiss no estaba en el sof. Ni en el silln. 
Ni en el cuarto. El aliento contenido brot como una explosin, su cuerpo se 
estremeci hasta sacudir las cadenas y se apoy en el sof hasta que, poco 
a poco, su corazn sobresaltado se seren.
     Despus de las horas grises de depresin, de muerte afectiva, el asalto 
del terror le haba dado energas. Si alguna vez sufra un ataque brutal de 
disritmia cardaca, el solo recuerdo de Veiss sera ms eficaz para poner el 
corazn en marcha que las paletas elctricas de una desfibriladora. El miedo 
era la prueba de que haba recuperado la vida y la esperanza.
     Rengue hasta la chimenea de piedra gris que ocupaba por completo 
una de las paredes de la habitacin. El profundo hogar central no estaba 
montado sobre una tarima, lo cual facilitara las cosas.
     Haba pensado en bajar al stano donde horas antes haba visto un 
banco de carpintero; seguramente no faltaran sierras entr las 
herramientas de Veiss. Pero haba descartado esa alternativa casi al 
instante.
     Bajar la escalera empinada con las manos y los tobillos sujetos por 
cadenas y una pesada silla de pino sobre la espalda sera una hazaa menos 
peligrosa que saltar el Gran Can del Colorado en motocicleta, pero sin 
duda riesgosa. Aunque confiaba en llegar al fondo sin caerse de boca y 
romperse la crisma como una cscara de huevo, ni quebrarse la pierna en 
mil fragmentos, su confianza no era total ni mucho menos. Sus fuerzas 
estaban disminuidas porque haba comido muy poco durante las ltimas 
veinticuatro horas y padecido enormes sufrimientos. Adems, el cmulo de 
dolores le quitaba estabilidad. El descenso al stano, en apariencia sencillo, 
en estas circunstancias era como si un acrbata tomara cuatro martinis 
dobles antes de caminar por la cuerda floja.
     Adems, aunque encontrara una sierra afilada lo suficientemente corta 
como para poder manejarla, tendra que colocarla en un ngulo que no le 
permitira ejercer demasiada fuerza. Para separar el grillete inferior de la 
silla, tendra que cortar los tres travesaos que unan las patas -cada uno de 
tres o cuatro centmetros de dimetro-, en los que estaba enlazada la 
cadena. Tendra que sentarse, inclinarse hacia adelante y aserrar hacia 
atrs. Y aunque la cadena superior le diera margen suficiente para 
inclinarse, lo cual era dudoso, apenas alcanzara a raspar la madera. Con 
suerte, terminara de cortar el tercer travesao a fines de la primavera. 
Entonces tendra que aserrar las cinco robustas varillas del respaldo para 
soltar la cadena superior, y ni siquiera un contorsionista de circo con huesos 
de caucho podra atacarlos atado a la misma silla.
     Cortar las cadenas de acero sera imposible. Podra intentar cortarlas 
desde un ngulo ms conveniente que los travesaos entre las patas de la 
silla. Pero era difcil que Veiss tuviera una sierra para acero, y por cierto que 
Chyna careca de la fuerza necesaria.
     Deba resignarse a emplear medios ms primitivos que las sierras. Y la 
preocupaban las posibles heridas y el dolor que provocara el proceso de 
liberacin.
     Sobre la repisa del hogar, los ciervos de bronce estaban congelados en 
su salto perpetuo, cuernos contra cuernos, enmarcando la cara blanca del 
reloj.
     Eran las siete y ocho minutos.
     Faltaban casi cinco horas para el regreso de Veiss. O tal vez no.
     Haba dicho que volvera lo antes posible despus de la medianoche, 
pero Chyna no tena motivos para suponer que haba dicho la verdad. Quiz 
volvera a las diez. O a las ocho. O en diez minutos.
     Rengue hasta las baldosas del hogar, que estaban a ras del piso, y fue 
hacia la derecha, pasando el cajn de lea y los herrajes de bronce, hasta 
colocarse bajo la gran repisa. La pared del costado del hogar era de piedra 
gris lisa... precisamente la superficie dura que necesitaba. Chyna se coloc 
con el flanco izquierdo hacia la piedra, torci el cuerpo lo ms que pudo sin 
girar los pies, a la manera de un atleta olmpico que se apresta a lanzar el 
disco, y se volvi hacia la derecha con todas sus fuerzas. Con ese 
movimiento arroj la silla -que estaba atada a su espalda- en direccin 
contraria a su cuerpo hasta estrellarla contra la pared. La silla choc contra 
la pared con un estrpito de matraca, rebot entre el tintinear de las 
cadenas, y el golpe le lastim el hombro, las costillas y la cadera. Repiti el 
movimiento con ms energa, pero a juzgar por el ruido, a lo sumo ray el 
barniz y le arranc un par de astillas a la silla de pino. Un centenar de golpes 
dbiles como ese tal vez acabaran por destrozar la silla, volverla astillas, 
pero mucho antes su propio cuerpo quedara reducido a una masa de carne 
sanguinolenta, huesos rotos y articulaciones descoyuntadas.
     Al sacudir la silla a la manera de un perro que menea la cola, el golpe 
careca de la fuerza necesaria. Tal como haba temido, quedaba una sola 
alternativa... y no le gustaba en absoluto.
     Chyna mir el reloj sobre la repisa. Haban pasado apenas dos minutos 
desde la ltima vez que lo haba mirado. Dos minutos no era nada si tena 
tiempo hasta la medianoche, pero era una prdida de tiempo fatal si Veiss 
ya volva a casa. Quizs en ese preciso instante vena por la ruta, doblaba 
para pasar el portn y tomaba su camino privado; el mentiroso hijo de puta 
le haba hecho creer que volvera despus de la medianoche, pero pensaba 
volver furtivamente y..
     Chyna estaba amasando una hogaza de pnico con mucha harina y 
levadura, y una sola rodaja bastara para atragantarla. Era una avidez que 
no deba satisfacer. El pnico era prdida de tiempo, derroche de energa.
     Deba conservar la calma.
     Para liberarse de la silla deba emplear su propio cuerpo como una 
suerte de ariete neumtico, lo cual le provocara mucho dolor. Ya estaba 
dolorida, pero el dolor que la esperaba sera peor -mucho ms agudo-, y eso 
le daba miedo.
     Seguramente habra otra forma.
     Escuch los latidos de su corazn y el tictac del reloj sobre la repisa.
     Si ganaba la planta alta, tal vez encontrara el telfono y podra 
comunicarse con la polica. Ellos se ocuparan de los doberman. Tendran 
llaves para abrir las esposas y los grilletes. Liberaran a Ariel. Una llamada 
bastara para quitarle todo el peso de los hombros. Pero su voz interior -esa 
vieja amiga, la intuicin- le deca que tampoco hallara el telfono en la 
planta alta. Edgler Veiss era implacablemente eficiente. El telfono estara 
en su lugar cuando l estaba en la casa, pero no cuando se ausentaba. Era 
probable que se llevara el aparato consigo cuando sala.
     La torpeza de movimientos impuesta por las cadenas y la silla poda 
provocarle una cada que la dejara lisiada. El riesgo sera aun mayor si 
deba bajar la escalera al no hallar un telfono. Adems, perdera un tiempo 
precioso.
     Volvi la espalda a la pared de piedra, se alej un par de metros, se 
detuvo, cerr los ojos y reuni todo su coraje.
     Tal vez una de las varillas del respaldo se partira hacia adelante. El 
extremo astillado atravesara el almohadn o se deslizara por el borde, se le 
hundira en la espalda y en las tripas.
     O quiz se quebrara la columna, lo cual era ms probable. Con la 
fuerza del impacto concentrado en la mitad inferior de la silla, las patas se 
estrellaran contra sus piernas; la mitad superior se alejara de ella y de 
rebote la golpeara con fuerza en la espalda o la nuca. Las varillas estaban 
sujetas al asiento y a la tabla radial de pino que serva de apoyacabeza, y 
este larguero era tan macizo, que un golpe fuerte en las vrtebras cervicales 
podra causarle mucho dao. Acabara tirada en el piso de la sala, bajo las 
cadenas y la silla, paralizada de la nuca para abajo.
     A veces meditaba en exceso sobre las posibilidades, se demoraba hasta 
lo irracional en los finales desastrosos de una situacin. Era otra 
consecuencia de haber pasado la infancia bajo los elsticos de las camas a la 
espera de que terminara la juerga o la pelea. Cuando Chyna tena siete 
aos, su madre y ella haban vivido durante algn tiempo con un hombre 
llamado Zack y una mujer llamada Memphis en un granero desvencijado en 
las afueras de Nueva Orleans y una noche haban llegado dos hombres con 
una heladera de telgopor, y menos de cinco minutos despus de su arribo, 
Memphis los haba matado. Los visitantes estaban sentados junto a la mesa 
de la cocina. Uno de ellos hablaba con Chyna y el otro destapaba una botella 
de cerveza... cuando Memphis sac un revlver de la heladera y les dispar 
a la cabeza, primero a uno y despus al otro, tan rpidamente que el 
segundo no tuvo tiempo para arrojarse al suelo antes de que le metiera un 
tiro en la cara. gil y rpida como una lagartija, Chyna huy de all, 
convencida de que Memphis se haba vuelto loca y los matara a todos. Se 
escondi detrs de una parva de heno en el altillo del granero. Durante la 
hora que transcurri hasta que los adultos la encontraron, visualiz la 
desintegracin de su propia cara bajo el impacto de una bala, con tal 
claridad que todas las imgenes -incluso las del planeta del Principito, que 
logr evocar fugazmente- estaban teidas de un rojo hmedo.
     Pero haba sobrevivido a esa noche.
     Haba pasado mucho tiempo sobreviviendo. Una eternidad.
     Y volvera a sobrevivir... o morira en el intento. Sin abrir los ojos, 
Chyna se lanz hacia atrs con toda la fuerza que le permitan los grilletes, y 
a pesar del miedo, se le cruz la idea de que deba de ofrecer un espectculo 
bastante gracioso porque tena que arrastrar los pies frenticamente para 
tomar velocidad a fin de abalanzarse con pasos de beb slo para 
fracturarse la columna. Entonces se estrell contra la piedra, lo cual no tuvo 
nada de gracioso.
     Se haba inclinado un poco para alzar las patas de la silla a fin de que 
fueran stas, no otra parte, las que recibieran el fuerte impacto inicial. Ech 
todo su peso en el golpe y con satisfaccin escuch un crrrac... y al instante 
sinti el golpe doloroso de las patas de pino en la parte posterior de sus 
piernas. Se tambale hacia adelante y, tal como haba esperado, el 
travesao la golpe de rebote en la nuca y la arroj al suelo. Cay de 
rodillas sobre las piedras del hogar con la silla sobre su espalda y tantos 
dolores en el cuerpo que no vala la pena hacer un inventario.
     Las cadenas le impedan pararse a menos que se aferrara a algo, de 
modo que gate hasta el silln ms cercano entre gruidos de dolor.
     Veiss deca que disfrutaba del dolor; ella no, pero tampoco era cuestin 
de quejarse, ya que su columna no haba sufrido dao. El dolor era mejor 
que la insensibilidad.
     Las patas de la silla y los travesaos que las unan parecan estar 
intactos. Sin embargo, a juzgar por el ruido del impacto, los haba aflojado.
     Esta vez se coloc a casi tres metros de la pared y corri con toda la 
velocidad de la que era capaz, tratando de que las patas golpearan la piedra 
en el mismo ngulo que la primera vez. Un crrrrac prolongado le indic que 
la madera se astillaba, aunque tuvo la sensacin de que eran sus huesos los 
que se rompan.
     El dolor la inund como un torrente. Una corriente fra la arrastraba 
hacia el fondo, pero la resisti con la desesperacin de un nadador que trata 
de ganar la superficie.
     Esta vez no haba cado. Sin detenerse a tomar aliento, agazapada para 
asegurarse de que las patas absorberan todo el impacto, se abalanz hacia 
la pared de piedra.
     Al despertar, tendida boca abajo frente al hogar, pens que haba 
perdido el sentido durante un par de minutos.
     La alfombra era fra y ondulante como el agua en movimiento. No 
flotaba en ella: se deslizaba sobre la superficie como el reflejo cobrizo de la 
luz del sol o como la sombra negra de una nube.
     El dolor de la nuca era espantoso. Tal vez se la haba golpeado.
     Se senta mejor cuando no pensaba en el dolor ni en sus problemas, 
cuando se dejaba llevar por la sensacin de que era apenas la sombra de 
una nube sobre la superficie clara de un ro turbulento, incorprea como las 
ondas sobre el agua, alejndose, fra y lquida, lejos, lejos... Ariel. En el 
stano. Entre las muecas impvidas. Soy la guardiana de mi hermana.
     Sin saber cmo, se alz sobre las rodillas y las manos. Oy ruidos de 
patas sobre las tablas de la galera delantera.
     Al alzarse tomada del silln, mir hacia la ventana que tena las cortinas 
corridas. Con las patas sobre el alfizar, dos doberman la miraban fijo con 
ojos amarillos que reflejaban la luz ambarina de la lmpara sobre la mesa.
     Junto a la base de la pared de piedra estaba una de las patas traseras 
de la silla. El pino torneado se haba astillado en el extremo ms grueso, el 
que lo haba unido a la cara inferior del asiento. Desde un costado y 
perpendicular a la pata, sala el travesao que la haba unido a la otra pata 
trasera.
     Haba liberado a medias la cadena inferior.
     Un perro se paseaba por la galera. El otro la miraba fijamente.
     Se llev la mano derecha a la nuca y tirone de la cadena entrelazada 
con las varillas para darle la mayor amplitud de movimiento posible a la 
mano izquierda. Luego palp bajo el apoyabrazos y el grueso asiento de pino 
en busca de las patas. Faltaba la trasera izquierda: sin duda era la que 
estaba en el piso junto a la pared. El travesao lateral sala de la pata 
delantera izquierda, pero ahora que faltaba la trasera, su otro extremo 
estaba suelto y la cadena se haba cado.
     Al tironear de la cadena superior hacia la derecha para tantear bajo el 
asiento de ese lado, descubri que la otra pata trasera se haba aflojado un 
poco. Tirone de ella y la retorci para tratar de arrancarla. Pero no poda 
hacer palanca, y la unin de la pata con el asiento estaba demasiado firme.
     No haba travesao entre las patas delanteras. Lo nico que le impeda 
soltar del todo la cadena inferior era el que una las patas del lado derecho.
     Carg nuevamente de espaldas contra la roca, con todas sus fuerzas. El 
dolor ardiente invadi todo su cuerpo y casi la hizo pedazos. Pero al 
comprobar que la pata derecha no caa, murmur: "qu mierda" y, 
negndose a desfallecer por las heridas, el agotamiento o lo que fuere, se 
tambale hacia adelante para tomar distancia y carg contra la roca. La 
madera se quebr con un crujido seco, saltaron astillas de pino por los aires 
y con un alegre tintineo la cadena inferior cay al suelo, libre por fin de la 
silla.
     Mareada, envuelta por un torbellino negro, entre temblores violentos, 
se inclin hacia adelante hasta apoyar las manos sobre el respaldo del gran 
silln de cuero. La atormentaban el dolor y el miedo a las lesiones en el 
cuerpo, las vrtebras descoyuntadas, las hemorragias internas.
     Chuicchuicchuic...
     Uno de los perros araaba la ventana. Chuicchuic...
     An no se haba liberado. Segua encadenada al respaldo y el asiento de 
la silla.
     Las cuatro varillas que unan el travesao superior con el asiento eran 
ms delgadas que los maderos entre las patas; por lo tanto, deban de ser 
ms fciles de quebrar. No haba podido evitar los golpes de las patas en la 
cara posterior de las rodillas y los muslos, pero en esta parte de la 
operacin, seguramente el almohadn del respaldo le protegera la espalda.
     El hogar estaba flanqueado por dos pilastras de piedra que llegaban 
hasta el techo y sostenan el grueso listn de madera de arce que serva de 
repisa. Eran redondeadas, y Chyna pens que la curvatura permitira 
concentrar la fuerza del golpe en dos de los listones en lugar de distribuirlo 
entre los cuatro.
     Apart el pesado soporte de los leos y los herrajes de bronce. Con el 
esfuerzo de alzarlos y empujarlos, la cabeza le empez a dar vueltas, se le 
revolvi el estmago y la atravesaron mil punzadas de dolor.
     No se atreva a pensar en lo que haca. Ms all del coraje, de la 
planificacin y del clculo, actuaba impulsada por la ciega temeridad del 
animal que busca su libertad.
     Esta vez, en lugar de agazaparse, se irgui todo lo que pudo y se 
estrell de espaldas contra la pilastra. El almohadn la protegi, pero no 
demasiado. Era tal el cmulo de contusiones, msculos desgarrados y 
huesos golpeados, que el golpe hubiera sido tremendo aun con un 
almohadn doblemente grueso, doloroso como el del martillo de caucho de 
un dentista sobre un diente cariado que requiere un tratamiento de 
conducto. Cada una de sus articulaciones era como un diente cariado. No se 
detuvo porque tema que la punzada simultnea de tantos dolores la 
arrojara al piso, la hiciera pedazos, y ya no pudiera volver a recogerse ni con 
una cuchara. Se le agotaban los recursos, la marea negra lama los bordes 
de su radio visual y para colmo se le terminaba el tiempo. Con un aullido de 
afliccin, previendo el dolor que la esperaba, se arroj hacia atrs. El crujido 
de sus huesos le arranc un alarido. Era un martirio. Pero se arroj contra la 
pilastra una y otra vez, golpeando la roca con su cuerpo entre el estrpito de 
cadenas, crujidos de madera, alaridos, Dios, aterrada por sus propios gritos 
pero incapaz de contenerlos, mientras los perros guardianes aullaban en la 
ventana.
     Se encontr nuevamente boca abajo sin saber por qu, sacudida por 
violentas arcadas de su estmago vaco, la boca llena de un sabor 
asqueroso, las manos crispadas ante la sola idea de la derrota, una criatura 
pequea y dbil y pattica, estremecindose de pies a cabeza. Pero poco a 
poco, se calmaron sus temblores, la alfombra empez a mecerse, y otra vez 
ella era la sombra de una nube que se deslizaba sobre la corriente veloz del 
agua agradable y fresca. La sombra aureolada por el sol y el agua 
insondable corran en la misma direccin, siempre en la misma direccin, 
eternamente adelante, veloces y sedosas, hacia el borde del mundo hasta 
precipitarse en el abismo negro.
     
     
     


     
     
9
     Aterrada por la presencia de los perros, Chyna se despert de un sueo 
rojo poblado de revlveres refrigerados y cabezas reventadas. No haba 
perros. Estaba sola en la habitacin y reinaba el silencio. Los doberman no 
se paseaban por la galera, y cuando pudo alzar la cabeza, no los vio en la 
ventana.
     Estaban afuera y se haban serenado al comprender que ya llegara el 
momento. Vigilaban la puerta y las ventanas. Atentos a la aparicin de una 
cara, al chasquido de una cerradura o el chirrido de una bisagra.
     El dolor era tan intenso, que a Chyna la sorprenda haber recuperado el 
sentido. Y ms la sorprenda el poder pensar con claridad.
     Entre tanto martirio se destacaba un dolor distinto y apremiante. Pero 
ste, a diferencia del tormento de los huesos y msculos, se poda aliviar 
fcilmente y sin siquiera afrontar el martirio de levantarse del piso.
     No, carajo murmur, y se sent lentamente.
     El esfuerzo de pararse reaviv dolores profundos que se haban calmado 
cuando estaba tendida en el piso: crujidos en los huesos, punzadas 
candentes en los msculos. Algunos eran tan fuertes, que la paralizaron por 
un momento y le quitaron el aliento, pero cuando termin de erguirse, 
comprendi que ninguno de sus dolores por s solo podra inmovilizarla. Y 
aunque la arredraba el cmulo de tormentos, supo que lo sobrellevara.
     Ya no tena que cargar con la silla. sta se haba reducido a fragmentos 
desparramados por el piso, y las cadenas estaban sueltas.
     Para su desconcierto, el reloj de la repisa marcaba las ocho menos tres 
minutos. La ltima vez que lo haba mirado, marcaba las siete y diez. No 
saba cunto haba demorado en liberarse de la silla, pero sospechaba que 
haba permanecido inconsciente durante media hora, por lo menos. El sudor 
de su cuerpo se haba secado, su pelo estaba apenas hmedo en la nuca: 
por lo tanto, media hora. Al caer en la cuenta del tiempo transcurrido, tuvo 
un nuevo acceso de debilidad e incertidumbre.
     Si Veiss haba dicho la verdad, faltaban cuatro horas para su regreso. 
Pero tal vez no tena tiempo suficiente para todo lo que restaba por hacer.
     Chyna se sent en el borde del sof. Libre por fin de la silla de pino, 
poda alcanzar la barra en los grilletes cortos que unan sus tobillos. Esta 
barra de acero una los grilletes con la cadena larga que haba rodeado la 
silla y el pie de la mesa. Despus de desenroscar la camisa para dejar al 
descubierto el mecanismo, se deshizo de la cadena larga.
     Los grilletes en los tobillos la obligaron a arrastrar los pies al caminar 
hacia la escalera.
     Encendi la luz y empez a subir penosamente, alzando el pie izquierdo 
y luego el derecho en cada peldao. Los grilletes le impedan alzar un pie 
por escaln y demoraban su ascenso.
     Aferraba el pasamano con las dos manos. Libre de la silla, ya no tema 
por su equilibrio, pero quedaba la posibilidad de enredarse con las cadenas.
     Al pasar el descanso a mitad de camino hacia la planta alta, los dolores, 
el miedo de caer y la presin en la vejiga le provocaron un fuerte calambre 
en el estmago. Se apoy contra la pared y aferr el pasamano, baada en 
un sudor agrio, gimiendo en su tormento. Estaba segura de que perdera el 
sentido y se desnucara al rodar por la escalera.
     Pero pas el espasmo y pudo continuar el ascenso. En poco tiempo 
lleg a la planta alta.
     Al encender la luz del pasillo superior, se hall ante tres puertas. Las de 
la izquierda y la derecha estaban cerradas, pero la del fondo estaba abierta: 
era el bao.
     All, a pesar de las esposas y los fuertes temblores, se desabroch el 
cinturn, se baj los jeans y la bombacha. Al sentarse sufri otro calambre, 
muchsimo ms intenso que el de la escalera. Encadenada a la mesa de la 
cocina, se haba contenido para negarle a Veiss la satisfaccin de verla 
reducida a semejante grado de impotencia. Ahora, a pesar de la 
desesperacin, de la necesidad de orinar para aliviar el calambre, no poda 
hacerlo y se pregunt si el hecho de contenerse durante tanto tiempo no le 
habra provocado un espasmo en la vejiga. Era posible, y la intensidad del 
calambre pareca confirmar su diagnstico. Era como si le pasaran las tripas 
por un exprimidor... pero en ese momento pas el calambre y vino el alivio.
     En medio del torrente repentino, la sorprendi su propia voz:
     Chyna Shepherd, intacta y viva y orinando. 
     Estremecida simultneamente por la risa y el llanto, la embarg una 
absurda sensacin de triunfo. Liberarse de la mesa, destrozar la silla, no 
orinarse encima: todo eso era un acto de resistencia y coraje equivalente a 
pisar la Luna con los primeros astronautas, conquistar el Polo Norte en 
medio de las colosales tormentas de nieve, asaltar las playas de Normanda 
defendidas por el poderoso ejrcito alemn. Era tan absurdo, que no poda 
contener las carcajadas; las lgrimas le baaban la cara; sin embargo, 
senta que sa era la magnitud de su triunfo. Era una victoria pequea, 
incluso pattica, pero para ella era colosal.
     Me cago en tu alma le dijo a Edgler Veiss. 
     Ya se lo dira en la cara antes de apretar el gatillo y mandarlo al otro 
mundo. Era tan intenso el dolor de los golpes, sobre todo en la espalda y en 
torno de los riones, que al levantarse mir en el inodoro a ver si haba 
sangrado. Comprob con alivio que la orina tena un color cristalino.
     Se sobresalt al mirarse la cara en el espejo. Su pelo corto estaba 
enredado y empapado de sudor. El lado derecho de su cara, a la altura de la 
mandbula, pareca manchado de tinta violeta, pero al palparlo comprob 
que era el borde de un hematoma que le abarcaba todo ese lado del cuello. 
Donde no haba hematomas o mugre, su piel estaba gris y spera, como si 
hubiera sufrido una enfermedad larga y penosa. El ojo derecho era una bola 
de fuego: en lugar del blanco, la pupila nadaba en un charco elptico de 
sangre. Tanto el ojo sanguinolento como el izquierdo, intacto, tenan una 
mirada alucinada y tan aterradora, que tuvo que apartar la vista.
     La cara en el espejo era la de una mujer que haba perdido una batalla. 
No era el rostro de una triunfadora. Chyna trat de borrar inmediatamente 
esa idea tan desalentadora. Haba visto la cara de una luchadora: no una 
sobreviviente, sino una combatiente. Todo luchador sufra algn castigo, 
tanto fsico como emocional. Sin la agona y la angustia, no haba esperanza 
de victoria.
     Arrastrando los pies, fue del bao a la puerta de la derecha del pasillo 
superior, que daba al dormitorio de Veiss. El mobiliario era sencillo y escaso. 
Una cama prolijamente tendida, cubierta con un edredn beige. Ni un 
cuadro. Ni un bibelot o adorno de ninguna clase. Libros, revistas, diarios 
abiertos en la pgina de los crucigramas: nada. El dueo de casa usaba ese 
cuarto nada ms que para dormir, no para holgazanear o vivir.
     Slo viva en el dolor ajeno, en una tormenta de muerte, en el ojo de la 
tormenta donde reinaban el orden y la serenidad mientras el viento aullaba 
a su alrededor.
     Chyna abri los cajones de la mesa de noche en busca de un revlver. 
Nada; tampoco encontr un telfono.
     El clset, de tres metros de profundidad y ancho como todo el 
dormitorio, era en realidad otro cuarto. A primera vista no encontr nada 
que pudiera serle til. Tal vez la bsqueda dara algn fruto, acaso un arma 
bien oculta. Pero slo haba armarios con muchos cajones y estantes, 
adems de cajas apiladas; el registro le tomara varias horas. La aguardaban 
tareas ms urgentes.
     Volc los cajones de la cmoda sobre el piso, pero contenan medias, 
ropa interior, remeras, suteres, un par de cinturones. Ni un revlver.
     Al otro lado del pasillo haba un estudio de trabajo de austeridad 
espartana. Paredes desnudas. Persianas impermeables a la luz, en lugar de 
cortinas. Sobre dos escritorios haba sendas computadoras, cada una 
provista de impresora lser. Pudo identificar algunos de los accesorios de 
computacin; otros le eran totalmente desconocidos.
     Entre los dos escritorios haba un silln de oficina con ruedas. No haba 
alfombra. Evidentemente, Veiss prefera dejar el piso descubierto para poder 
rodar de una mesa a la otra.
     El cuarto tan austero y utilitario despert su curiosidad, la sensacin de 
que hallara algo importante. Aunque el tiempo volaba, vala la pena 
detenerse un momento.
     Se sent en el silln y ech una mirada desconcertada alrededor. Saba 
que ltimamente todo el mundo estaba interconectado, incluso en zonas 
alejadas de las ciudades, pero era extrao encontrar un equipo de alta 
tecnologa en una casa tan remota y rstica.
     Chyna sospechaba que el equipo de Veiss poda conectarse con 
Internet, pero no haba telfono ni modem a la vista. S haba dos tomas 
para telfono en el tablero de conexiones. Una vez ms, sus minuciosas 
medidas de seguridad haban salvado a Veiss, dejndola a ella en un callejn 
sin salida.
     Qu haca l en ese cuarto?
     En uno de los escritorios haba media docena de cuadernos con anillas y 
tapas de colores; abri el primero. Estaba dividido en cinco partes, cada una 
rotulada con el nombre de una reparticin del gobierno federal. La primera 
corresponda a la Administracin de Seguridad Social. Los apuntes de Veiss 
parecan un registro del mtodo de tanteo mediante el cual haba ingresado 
en el Banco de datos de la reparticin y lo haba manipulado. La segunda 
divisin llevaba el rtulo DEPARTAMENTO DE ESTADO (OFICINA DE 
PASAPORTES), y a juzgar por los apuntes, Veiss haba iniciado un 
experimento para tratar de ingresar por una va tortuosa a los archivos 
informatizados de la agencia sin ser descubierto.
     Evidentemente, tomaba recaudos para el da en que cometiera un error 
en sus "aventuras homicidas" y necesitara cambiar de identidad.
     Sin embargo, Chyna no crea que el nico objeto de esos experimentos 
fuera alterar los archivos pblicos y obtener documentos de identidad falsos. 
La perturbaba la sensacin de que en el cuarto haba datos sobre Veiss que 
seran vitales para su propia supervivencia, si slo pudiera hallarlos.
     Dej el cuaderno y gir el silln hacia la otra computadora. Bajo la 
mesa haba un archivero con dos cajones. Abri el primero y lo encontr 
lleno de carpetas colgantes con rtulos azules; cada rtulo llevaba el apellido 
y nombre de una persona.
     Cada carpeta contena un expediente de dos hojas sobre un agente 
policial, y al cabo de una breve investigacin Chyna comprendi que esos 
agentes se desempeaban en la comisara de la zona donde se encontraba 
la casa. Cada expediente contena los datos personales del agente, su 
familia y sus asuntos personales, adems de una fotocopia de la fotografa 
de su documento de identidad.
     Crea el degenerado que toda esa informacin sobre la polica local le 
sera de utilidad el da del enfrentamiento final? Pareca un esfuerzo excesivo 
incluso para un manitico como Edgler Veiss; con todo, el exceso era su 
filosofa de vida.
     En el cajn inferior del archivero hall sobres de papel manila, cada uno 
rotulado con un apellido.
     En el primero, rotulado AMES, encontr una copia ampliada de un 
registro de conductor, de California, a nombre de Mia Lorinda Almes, una 
joven rubia y atractiva. A juzgar por la extraordinaria nitidez del documento, 
no era una fotocopia ampliada del original sino una transmisin digital 
recibida por lnea telefnica en una computadora, e impresa con una lser 
de alta definicin.
     Los artculos restantes en el sobre eran seis fotografas Polaroid de Mia 
Lorinda Almes. Las dos primeras, tomadas desde distintos ngulos, eran 
retratos en primer plano. Era hermosa. Estaba aterrada.
     Este cajn era el archivo de las hazaas de Edgler Veiss.
     Otras cuatro fotos de Mia Almes. No mires.
     Las dos siguientes eran fotos de cuerpo entero. La joven estaba 
desnuda. Engrillada.
     Chyna cerr los ojos. Los abri. Se senta obligada a mirar, acaso 
porque haba resuelto que jams volvera a esconderse.
     En la quinta y sexta fotos la joven estaba muerta, y en la ltima faltaba 
su hermosa cara, como si la hubieran arrancado a golpes o cuchilladas.
     La carpeta y las fotografas cayeron de las manos de Chyna, susurraron 
al deslizarse sobre el piso de madera. Se tap la cara con las manos.
     No trataba de borrar de su mente la imagen espeluznante de la foto. En 
realidad, trataba de inhibir un recuerdo de diecinueve aos atrs, cuando 
ella viva en una granja en las afueras de New Orleans y una mujer llamada 
Memphis mat con fra precisin a dos visitantes que llegaron con una 
heladera de telgopor.
     Lamentablemente, la memoria siempre impone sus leyes.
     Los visitantes, clientes habituales de Zack y Memphis, haban venido a 
comprar un cargamento de droga. La heladera contena fajos de billetes de 
cien dlares. Tal vez Zack y Memphis no tenan el cargamento prometido; 
acaso necesitaban ms plata de la que obtendran con una sola venta; por 
algn motivo haban resuelto eliminar a los dos hombres.
     Despus de los disparos, Chyna fue a ocultarse en el granero, segura de 
que Memphis los matara a todos. Cuando Anne y Memphis por fin la 
hallaron, trat de rechazarlas con todas sus fuerzas. Pero tena siete aos, 
no poda con ellas. Entre el ulular de las lechuzas asustadas, las dos mujeres 
arrastraron a Chyna del heno infestado de ratones y la llevaron a la casa.
     Zack se haba llevado los cadveres a otra parte, y Memphis haba 
lavado la sangre de la cocina cuando Anne oblig a Chyna a beber un trago 
de whisky. Chyna apret los labios con fuerza, pero Anne le dijo:
     Eres un desastre, una llorona. Un trago no te har mal. Es justo lo 
que necesitas, nena, hazle caso a mam. Un buen trago de whisky es bueno 
contra la fiebre, que es lo que t tienes. Vamos, pendeja, que no es veneno. 
Diablos, qu llorona de mierda. Si no lo tomas, te ato y te tapo la nariz y 
Memphis te lo echar en la boca cuando trates de respirar. Eso es lo que 
quieres?
     Entonces Chyna bebi el whisky y otro trago ms mezclado con leche 
porque su madre pens que le hara bien. Lejos de serenarla, el trago la 
mare y le revolvi el estmago.
     Pero ella fingi porque, como buena pescadora, haba atrapado su 
miedo y lo haba ocultado en su interior donde no pudieran verlo. A los siete 
aos ya conoca los peligros del miedo porque los dems lo confundan con 
debilidad y en ese mundo no haba lugar para los dbiles. Esa noche, al 
volver, Zack tambin ola a whisky. Eufrico y con ganas de celebrar, fue 
derecho a Chyna, la abraz, la bes en la mejilla y trat de obligarla a bailar 
con l.
     Ese hijo de puta de Bobby, la vez anterior que estuvo me di cuenta de 
que no apartaba los ojos de Chyna, al degenerado le gustaban las nenas, y 
esta noche la lengua le colgaba hasta las rodillas de slo verla. Le hubieras 
metido diez tiros antes de que se diera cuenta! Bobby era el hombre que, 
sentado a la mesa y mirando a Chyna con sus hermosos ojos grises, le haba 
dirigido la palabra de una manera que pocos adultos empleaban con los 
chicos para preguntarle si le gustaban ms los gatitos o los perritos, si 
cuando fuera grande le gustara ser estrella de cine o maestra o mdica o 
qu, y en ese momento Memphis le haba volado la tapa de los sesos. Con 
esa ropa que lleva la nena, Bobby no tena ojos para nadie ms dijo Zack, 
excitado.
     En la noche trrida y hmeda del pantano, la madre de Chyna le haba 
quitado los shorts y la remera para que se pusiera el diminuto bikini 
amarillo.
     Pero slo el calzn, nena, para que no sufras un golpe de calor.
     A sus siete aos, le disgustaba andar con el pecho desnudo aunque no 
saba bien por qu. Hasta un ao antes, siempre andaba con el pecho al 
aire, y en verdad aqulla era una noche bochornosa. Cuando Zack dijo que 
su vestimenta haba distrado por completo a Bobby hasta hacerle olvidar 
que haba otras personas en el lugar, Chyna no entendi a qu se refera. 
Aos despus, al comprender por fin, se lo enrostr a su madre.
     No me vengas con melindres, nena dijo Anne con una carcajada. 
Cada cual usa lo que tiene y si hay algo que tenemos las chicas es nuestro 
cuerpo. Eras la distraccin ideal. Adems, el pobre infeliz ni te toc. Slo 
pudo mirarte un poco mientras Memphis buscaba el revlver. No olvides que 
nos haban prometido una tajada de ese pastel y con eso vivimos bastante 
bien por un tiempo.
     Chyna haba querido responder: Pero me usaste, me pusiste frente a l 
para que viera cmo le volaban la cabeza, y yo tena siete aos!
     Aos despus, en el estudio de Edgler Veiss, el recuerdo del estampido 
y de la cara de Bobby al explotar era tan ntido como antes. No saba qu 
clase de arma haba utilizado Memphis, pero la municin debi de ser una 
dum-dum de plomo de grueso calibre de las que se abren al hacer impacto, 
porque el dao causado haba sido tremendo.
     Baj las manos y contempl el archivero abierto. Veiss empleaba 
carpetas de distintos tamaos y sus rtulos estaban colocados en forma de 
ndice de modo que todos los nombres estaban a la vista. Hacia el fondo del 
cajn estaba la carpeta rotulada TEMPLETON.
     Cerr el cajn de un puntapi.
     Haba encontrado demasiadas cosas en el escritorio... pero ninguna que 
le fuera til.
     Antes de abandonar la planta alta apag todas las luces. Si Veiss 
volviera antes de lo esperado, antes de que Chyna escapara con Ariel, las 
luces le indicaran que algo andaba mal. En cambio, la oscuridad lo 
tranquilizara y tal vez le dara a Chyna una ltima oportunidad para matarlo 
en el momento que cruzara el umbral. Esperaba no tener que hacerlo. 
Fantaseaba con matarlo, pero no quera una nueva confrontacin con Veiss 
aunque tuviera tiempo para hallar una escopeta, cargarla y hacer un disparo 
de prueba antes de su regreso. Era una sobreviviente, una combatiente, 
pero Veiss era mucho ms que eso: un ser inaccesible como las estrellas, 
proveniente de una noche remota. No poda con l ni quera una nueva 
oportunidad para demostrarlo.
     Chyna baj peldao por peldao, aferrada al pasamano, lo ms 
rpidamente que pudo. En la sala, ech una mirada a la ventana: los 
doberman no estaban a la vista.
     El reloj de la repisa indicaba las ocho y veintids, y de pronto la noche 
era una bola de nieve que adquira velocidad al rodar cuesta abajo.
     Apag la lmpara y fue a la cocina, arrastrando los pies. Encendi la luz 
fluorescente para evitar un tropiezo que la derribara sobre el piso regado de 
fragmentos de vidrio.
     Tampoco haba ningn doberman a la vista en la galera trasera. Ms 
all de la ventana, slo la aguardaba la noche.
     Entr en el lavadero sin ventanas, apag la luz de la cocina y cerr la 
puerta.
     Luego baj al stano, donde estaban la mesa de carpintero y los 
cajones que haba visto antes.
     En los armarios metlicos con ranuras en las puertas hall latas de 
pintura y barniz, pinceles, trapos plegados con el mismo cuidado que si 
fueran sbanas de hilo. En uno de ellos haba planchas gruesas de tela 
acolchada de las cuales pendan correas de cuero negro con hebillas 
cromadas; no saba qu eran ni se molest en averiguarlo. En el ltimo 
armario, Veiss guardaba sus herramientas elctricas, entre ellas un taladro.
     En uno de los compartimientos del gran cajn de herramientas montado 
sobre ruedas, hall una buena coleccin de mechas de taladro en tres cajas 
de plstico transparente. Tambin haba unas antiparras de seguridad de 
plexigls.
     Haba una toma de electricidad con ocho enchufes sujeta a la pared 
detrs de la mesa, y otra de dos enchufes cerca del suelo. Eligi esta ltima 
porque le permita trabajar sentada.
     Aunque las mechas slo llevaban rtulo de medida, Chyna se dio cuenta 
de que eran para madera, no adecuadas para trabajar el acero. De todos 
modos, ella no quera taladrar sino slo destrozar las cerraduras de los 
grillos para liberar sus tobillos.
     Escogi una mecha que le pareci de la misma medida que la 
cerradura, la introdujo en el mandril y la ajust. Al tomar el taladro con las 
dos manos y apretar el gatillo, escuch un zumbido agudo. La delgada 
mecha gir a tal velocidad, que la canaleta espiralada se volvi borrosa. La 
punta pareca tan lisa e inofensiva como el asta.
     Chyna solt el gatillo, dej el taladro en el piso y se puso las antiparras 
protectoras. La idea de que Veiss las haba usado era desconcertante. Tuvo 
la extraa impresin de que vera una imagen distorsionada de las cosas, 
como si el poder magntico de Veiss, que atraa toda la visin del mundo, 
hubiera alterado las molculas de los lentes.
     Pero las antiparras no alteraron su visin en absoluto, aunque los 
marcos limitaron un poco su campo visual.
     Tom nuevamente el taladro con las dos manos e introdujo la punta de 
la mecha en la cerradura del grillo que rodeaba su tobillo izquierdo. Al 
apretar el gatillo, se produjo un chirrido infernal de acero contra acero. La 
mecha se trab momentneamente, salt de la cerradura y ech chispas al 
frotar el grillo de cinco centmetros de ancho. La mecha giratoria estuvo a 
punto de taladrar su pie izquierdo, pero sus buenos reflejos para soltar el 
gatillo y alzar la herramienta evitaron el desastre.
     Tal vez haba daado la cerradura. No estaba segura. Pero el grillo 
segua ah, tan firme como antes. Nuevamente introdujo la mecha en la 
cerradura. Aferr el taladro con fuerza y lo apret para impedir que la 
mecha volviera a saltar. El acero chirriaba, hilillos de humo acre salan del 
punto de contacto, la vibracin de la abrazadera le lastimaba el tobillo a 
pesar de la media.
     El taladro vibraba en sus manos, bruscamente empapadas de sudor 
debido al esfuerzo. Una lluvia de virutas de acero le ba la cara. La mecha 
se quebr, el extremo zumb junto a su cabeza, golpe la pared de 
hormign con tanta fuerza que arranc un pedazo, y rod por el piso como 
un proyectil servido hasta el otro lado del stano.
     Sinti ardor en su mejilla izquierda: tena una esquirla enterrada en la 
carne, de medio centmetro de largo y delgada como un fragmento de 
cristal. La tom entre dos uas y la sac. La herida diminuta sangraba; tena 
sangre en las yemas de los dedos y un hilo tibio corra por la cara hacia la 
comisura de los labios.
     Extrajo la mecha rota del taladro y la arroj. Escogi una mecha un 
poco ms gruesa y la ajust en el mandril. De nuevo taladr la cerradura. El 
grillo del tobillo izquierdo se abri. Un minuto despus salt el del tobillo 
derecho.
     Chyna dej el taladro en el piso y se alz con dificultad sobre sus 
piernas temblorosas. Los temblores no eran producto del dolor ni el hambre 
ni la debilidad sino del hecho de haberse liberado, cuando pocas horas antes 
estaba sumida en la impotencia. Se haba liberado por sus propios medios.
     Con todo, sus muecas seguan esposadas y no poda manejar el 
taladro con una sola mano para hacer saltar las cerraduras. Pero ya se le 
haba ocurrido una idea para liberarlas.
     Aunque las esposas no eran la nica dificultad por superar, aunque la 
fuga en modo alguno estaba asegurada, senta su pecho henchido de jbilo 
al subir la escalera del stano. Libre de los grillos, a pesar de la debilidad y 
los temblores, subi a los saltos sin tomarse del pasamano, al lavadero 
donde estaban la lavadora y el secarropa. Al tomar el picaporte, se detuvo 
bruscamente, asaltada por el recuerdo de esa maana, cuando haba 
recorrido la misma ruta hacia la cocina, sin temor debido al tat-tat-tat, el 
repiqueteo del agua en el cao, y Veiss la haba atacado por la espalda.
     Permaneci en el umbral hasta que cesaron los jadeos, pero no poda 
serenar su corazn, que haba latido con la fuerza de la euforia y del 
esfuerzo de subir la escalera a los saltos y ahora lo haca con el pavor de 
encontrarse con Edgler Veiss. Aguz el odo, pero el latido en su pecho era 
ensordecedor, y movi el picaporte con todo el sigilo de que era capaz.
     La puerta gir sobre sus bisagras silenciosas y se abri hacia la cocina, 
a oscuras como la haba dejado. Hall la llave de luz, vacil, la encendi... 
Veiss no la aguardaba ah.
     Del cajn donde haba encontrado los cubiertos tom una cuchilla de 
carnicero con gastado mango de nogal. Lo puso sobre la mesada, cerca del 
fregadero.
     De otra alacena tom un vaso, lo llen con agua fra de la canilla y lo 
bebi de una sola vez. Le pareci que nunca haba tomado nada tan 
delicioso como ese vaso de agua.
     En el refrigerador encontr una torta de chocolate con nueces y 
cobertura de fondant blanco. El envoltorio estaba intacto. Lo desgarr y 
arranc un trozo de torta. Inclinada sobre el fregadero, comi vorazmente, a 
dos carrillos, lamindose los labios vidos, dejando caer migajas y trozos de 
nuez.
     Al comer, la embargaba una sensacin desconocida: gema de placer y 
se atragantaba con la risa hasta llegar al borde de las lgrimas, se serenaba 
y volva a rer. Era una tormenta de emociones. Ningn problema: las 
tormentas pasan, y limpian el aire.
     Haba llegado muy lejos. Pero faltaba mucho camino por recorrer. As 
era esa jornada.
     Del especiero tom el frasco de aspirinas y dej caer dos en la palma de 
la mano, pero no las mastic. Las trag con un vaso de agua y luego trag 
otras dos.
     Canturre A mi manera imitando a Sinatra y agreg: "tom la aspirina 
de mierda a mi manera". Ri, comi ms torta y por un instante pens que 
la hazaa estaba cumplida.
     Hay perros all afuera, pens. Doberman nazis en la noche, perros 
asesinos con dientes grandes y ojos negros de tiburn.
     Junto a los frascos de especias haba una tabla con ganchos para llaves. 
Las de la casa rodante pendan de uno de los cuatro ganchos; eran las 
nicas. Sin duda, el minucioso Veiss siempre tena consigo las llaves de la 
celda blindada.
     Tom la cuchilla de carnicero, la torta que haba empezado a comer y 
apag la luz de la cocina antes de bajar al stano.
     Perno y encastre.
     Chyna conoca esas palabras poco corrientes, como muchas otras, 
porque en su infancia haba sido una gran lectora de novelas y cuentos de 
aventuras. Y cada vez que lea una palabra desconocida, consultaba un 
destartalado diccionario en rstica, un tesoro que llevaba consigo 
dondequiera que la arrastraba su madre errabunda; ao tras ao, hasta que 
los sucesivos remiendos amarillentos con cinta Scotch casi no permitan leer 
algunas definiciones.
     Perno. Era el macho de la bisagra, la pieza que giraba al abrir o cerrar 
una puerta.
     Encastre. Era la hembra, la manga dentro de la cual giraba el perno.
     La gruesa puerta interior del vestbulo insonorizado tena tres bisagras. 
Cada perno tena una cabeza redondeada que sobresala unos milmetros del 
encastre.
     Tom un destornillador y un martillo del cajn de herramientas.
     Con una cua de madera abri la puerta exterior acolchada del 
vestbulo. Luego coloc la cuchilla sobre la alfombra de caucho del vestbulo, 
al alcance de su mano.
     Corri la tapa de la mirilla de la puerta interior y contempl el aquelarre 
de muecas bajo la luz sonrosada de la lmpara. Algunas tenan ojos 
brillantes como los de los lagartos; otras los tenan tan oscuros como los de 
ciertos doberman.
     Ariel estaba sentada en el gran silln, con las piernas plegadas sobre el 
almohadn, la cabeza inclinada hacia adelante, la cara tapada por el pelo. 
Tal vez estaba dormida, pero tena los puos crispados sobre el regazo. Sus 
ojos, si estaban abiertos, los mantena fijos en sus puos. 
     No te preocupes, soy yo dijo Chyna.
     La chica no respondi. No tengas miedo.
     Era tal su inmovilidad, que ni siquiera se le agitaba el pelo.
     Soy yo.
     Con la humildad impuesta por la experiencia, no se crea la guardiana ni 
la salvadora de nadie.
     Empez con la bisagra inferior. La cadena que una las esposas limitaba 
sus movimientos al empuar las herramientas. Con la mano izquierda apoy 
la hoja del destornillador en ngulo bajo la cabeza del perno. La cadena le 
impeda tomar el martillo por el mango, de modo que lo tom por la cabeza 
y golpe el mango del destornillador con toda la fuerza que le permitan sus 
movimientos limitados. Afortunadamente, la bisagra estaba engrasada y a 
cada golpe el perno sala un poco ms del encastre. En cinco minutos, a 
pesar de cierta resistencia del tercer perno, termin de extraerlo de la 
bisagra superior.
     Los encastres estaban formados por mangas entrelazadas que 
formaban parte de las dos hojas de cada bisagra, una en el marco y la otra 
en el borde interior de la propia puerta. Al faltar los pernos que las 
convertan en un encastre nico, las mangas se separaron levemente. La 
puerta slo estaba sujeta por las dos cerraduras del costado derecho, pero 
los pestillos de dos centmetros no giraban como bisagras. Chyna aferr las 
mangas de las bisagras y dio un tirn a la puerta acolchada. Slo dos de sus 
diez centmetros de espesor asomaron del marco con un chirrido de vinilo 
contra vinilo. Enganch ese borde con los dedos, dio un tirn violento y 
sobre sus ojos apareci un velo escarlata debido al dolor del dedo luxado. 
Esta vez la gratific el chirrido metlico de los pestillos en la chapa de acero 
que revesta los huecos, seguido por un crujir de madera provocado por la 
tensin de la cerradura en el marco. A tirones pausados, redoblando sus 
esfuerzos, fue abriendo gradualmente la puerta, en tanto los jadeos le 
impedan gritar su impotencia.
     El peso de la puerta y la posicin de los pestillos favorecan sus 
esfuerzos. Las dos cerraduras estaban muy juntas, no separadas como las 
bisagras, de modo que la pesada tabla de madera trataba de girar sobre los 
pestillos como si conformaran un eje nico. Como las cerraduras estaban 
ms cerca del umbral que del dintel, el borde superior se inclinaba hacia 
afuera atrado por la gravedad. Aprovechando estas fuerzas inexorables, 
Chyna tirone con ms fuerza que nunca y gru con satisfaccin al 
escuchar el crujido de la madera astillada. El borde izquierdo de la tabla 
acolchada asom del marco en todo su grosor. Ahora que el marco no la 
estorbaba, hizo girar la puerta y los pestillos salieron de sus huecos.
     Bruscamente, la puerta se liber de sus trabas y empez a caer 
arrastrada por su propio peso. Chyna retrocedi con rapidez y la tabla cay 
con un golpe sordo en el interior del vestbulo.
     Mientras recuperaba el aliento, aguz el odo para saber si Veiss haba 
regresado.
     Luego volvi al vestbulo. Camin sobre la puerta cada como si fuera 
un puente y entr en la celda.
     Las muecas la miraban, inmviles y astutas.
     Ariel estaba sentada en el silln, la cabeza gacha, los puos crispados 
sobre el regazo, exactamente en la misma posicin que ocupaba cuando 
Chyna le habl a travs de la mirilla. Los martillazos y el estrpito no la 
haban inmutado; tal vez ni siquiera los haba odo.
     Ariel... dijo Chyna.
     La chica no respondi ni alz la cabeza. Chyna se sent en el escabel 
frente al silln. 
     Mi amor, tenemos que irnos.
     Ante la falta de respuesta, Chyna se inclin, baj la cabeza y mir la 
cara de la chica, hundida en la sombra. Los ojos de Ariel estaban abiertos, 
su mirada estaba clavada en sus puos de nudillos lvidos. Mova los labios 
como si susurrara al odo de alguien, pero ningn sonido escapaba de su 
boca.
     Chyna llev sus manos esposadas al mentn de Ariel y le enderez la 
cabeza. La chica no se apart ni se crisp, pero los mechones de pelo se 
corrieron y dejaron la cara al descubierto. Aunque sus ojos se encontraron, 
la mirada de Ariel atraves a Chyna como si todo el mundo fuera 
transparente, y en sus ojos haba una desolacin estremecedora: parecan 
contemplar un paisaje de otro mundo, muerto y aterrador.
     Tenemos que irnos. Antes de que vuelva.
     Acaso la escucharon las muecas de ojos brillantes y mirada atenta. 
Ariel, aparentemente no.
     Chyna tom uno de sus puos con las dos manos. Asomaban los huesos 
y la piel era fra como si se hubiera aferrado al borde de un precipicio.
     Chyna trat de abrirle una mano. Los dedos esculpidos de una estatua 
de mrmol no eran ms resistentes. Finalmente alz la mano de la nia y la 
bes con ternura, con una ternura que jams haba expresado ni nadie le 
haba brindado.
     Quiero ayudarte, mi amor. Tengo que hacerlo. Si no puedo irme 
contigo, no tiene sentido que me vaya. 
     Ariel no respondi.
     Por favor, djame ayudarte. Baj an ms la voz: Por favor...
     Chyna bes la mano otra vez y por fin obtuvo una reaccin. Los dedos, 
fros y rgidos, se abrieron pero no del todo, quedaron tensos y en garra 
como los de un esqueleto con las articulaciones calcificadas.
     Profundamente conmovida, Chyna reconoci en Ariel el deseo de pedir 
ayuda inhibido por el miedo a entregarse. Su cuerda interior vibr en 
simpata con la chica, con todas las chicas perdidas del mundo, y por un 
instante, el nudo en la garganta le impidi respirar o tragar. Entonces, tom 
el puo de Ariel con sus manos esposadas y se puso de pie.
     Vamos, nena. Ven conmigo. Nos vamos de aqu. 
     Aunque su cara era tan inexpresiva como un huevo, aunque traspasaba 
a Chyna con la mirada perdida de una novicia sumida en el xtasis de una 
experiencia mstica y la cabeza llena de visiones divinas, Ariel se levant del 
silln. Sin embargo, dio apenas dos pasos hacia la puerta, se detuvo y no 
dio un paso ms a pesar de los ruegos de Chyna. Aun si pudiera imaginar un 
mundo donde hallar una frgil paz, un planeta del Principito propio, 
aparentemente ya no poda concebir ese mundo de ms all de los muros de 
su celda, y al ser incapaz de visualizarlo, no poda ingresar en l.
     Chyna solt la mano de Ariel. Escogi una mueca, una encantadora 
campesina de porcelana, de rizos dorados y ojos verdes, ataviada con un 
vestido azul y un delantal blanco bordado. La puso sobre el seno de Ariel y 
la inst a abrazarla. La presencia de tantas muecas era un misterio ms, 
pero acaso a Ariel le gustaban y estara ms dispuesta a acompaarla si 
llevaba una consigo.
     En un primer momento, Ariel permaneci indiferente, con un puo 
crispado y la otra mano abierta en garra como la pinza de un cangrejo. A 
continuacin, sin alterar su mirada perdida, tom a la mueca por las 
piernas. Una expresin de rabia cruz su rostro, fugaz como un ave en 
vuelo, y se desvaneci antes de que Chyna pudiera descifrarla. Gir, blandi 
la mueca como si fuera una maza y le destroz la cara de porcelana al 
estrellar la cabeza sobre la mesita.
     Qu haces exclam Chyna, sobresaltada, y la tom del hombro.
     Ariel se apart con violencia, estrell la mueca contra la mesa con ms 
fuerza y Chyna retrocedi, no por miedo sino por respeto a su furia. Y en 
verdad expresaba furia, una furia justiciera, no un mero espasmo autista a 
pesar de que su rostro permaneca impasible.
     Aporre la mueca una y otra vez hasta que la cabeza se separ del 
cuerpo y se estrell contra una pared, hasta destrozarle los brazos, hasta 
dejarla irreparablemente destruida. Luego la solt y dej caer los brazos 
temblorosos. Con la mirada perdida en el pas de Nunca Jams, segua tan 
ausente como antes.
     Desde los anaqueles, las alacenas, los rincones sombros del cuarto, las 
muecas la contemplaban fijamente, como fascinadas por la explosin de 
furia, absorbindola como lo habra hecho Veiss si la hubiera presenciado.
     Chyna quera abrazarla, pero impedida por las esposas, acarici la cara 
de Ariel y la bes en la frente:
     Ariel, intacta y viva.
     Rgida, temblorosa, Ariel no se apart de Chyna ni respondi a la 
caricia. Poco a poco, cesaron sus temblores.
     Necesito tu ayuda suplic Chyna. Te necesito. 
     Esta vez Ariel no ofreci resistencia y sali con ella, caminando como 
una sonmbula.
     Atravesaron el vestbulo caminando sobre la puerta cada. En el stano, 
Chyna tom el taladro elctrico del suelo, lo enchuf en el tomacorriente de 
la pared y lo puso sobre el banco de carpintero.
     Aunque no tena reloj, estaba segura de que ya eran ms de las nueve. 
En la noche la aguardaban los perros, mientras Edgler Veiss trabajaba en 
alguna parte y fantaseaba con lo que hara a las cautivas encerradas en su 
casa.
     Sin conseguir que la chica la mirara a los ojos, Chyna le explic lo que 
deba hacer. Las esposas no le impediran conducir torpemente la casa 
rodante, aunque debera soltar el volante para efectuar los cambios. Los 
perros eran otra cosa. Sera mucho ms difcil, acaso imposible, deshacerse 
de ellos con las manos esposadas. Si queran aprovechar el tiempo que les 
quedaba antes del regreso de Veiss, si queran mejorar las probabilidades de 
fugarse, Ariel tendra que taladrar las cerraduras de las esposas.
     La chica no dio la menor seal de haber odo. Al contrario, antes de que 
Chyna terminara su explicacin, los labios de Ariel empezaron a moverse en 
muda conversacin con un fantasma. No "hablaba" sin cesar sino que se 
interrumpa como si escuchara la respuesta de su imaginario interlocutor.
     No obstante, Chyna le mostr cmo deba sostener el taladro y apretar 
el gatillo. El brusco chillido del motor, el silbido de la mecha en el aire ni 
siquiera la hicieron pestaear.
     Tmalo dijo Chyna.
     Ariel segua absorta, los brazos a los costados, las manos semiabiertas 
con los dedos en garra, tal como estaban cuando dejaron caer la mueca 
destrozada.
     Mi amor, se nos acaba el tiempo.
     En su Nunca Jams sin relojes, Ariel no tena concepcin del tiempo.
     Chyna coloc el taladro sobre el banco. Puso a la chica frente a la 
herramienta y la oblig a poner las manos sobre ella.
     Ariel no se apart, no dej caer las manos, pero tampoco tom el 
taladro.
     Chyna saba que la chica la escuchaba, comprenda la situacin y en 
cierto nivel anhelaba ayudarla. 
     Nuestras esperanzas estn en tus manos, querida. Puedes hacerlo.
     Fue a buscar el taburete que mantena abierta la puerta exterior del 
vestbulo y se sent. Puso las manos sobre el banco con las muecas vueltas 
hacia arriba para mostrar la cerradura diminuta de la pulsera izquierda.
     Con la mirada que segua clavada en la pared, que traspasaba los 
bloques de hormign, en muda conversacin con su amigo imaginario, Ariel 
pareca no tener conciencia del taladro. O acaso para ella no era un taladro 
sino un objeto totalmente distinto, algo que la llenaba de esperanzas o de 
pavor, la cosa de la cual hablaba con el amigo fantasma.
     Aunque la chica tomara el taladro y volviera los ojos a la argolla, 
pareca difcil que pudiera ejecutar la tarea; ms difcil an que evitara 
perforar la palma o la mueca de Chyna.
     Con todo, si bien la probabilidad de salvarse de cualquier problema o 
enemigo en esta vida siempre era escasa, Chyna haba sobrevivido a 
innumerables noches de furia sangrienta y lujuria vida. Desde luego, 
sobrevivir no era lo mismo que salvarse, pero s era una condicin 
indispensable.
     Sea como fuere, por primera vez se haba despertado en ella un 
sentimiento que no haba experimentado ni siquiera con Laura Templeton: 
confianza. La confianza sin reservas. Y si la chica lo intentaba y fracasaba, si 
dejaba caer el taladro o perforaba la piel en lugar del acero, Chyna no la 
culpara por ello. A veces el solo hecho de intentar algo era un triunfo.
     Saba que Ariel quera intentarlo. Lo saba.
     Chyna la alent durante un par de minutos, y al no lograr respuesta, 
decidi esperar en silencio. Pero el silencio trajo imgenes de ciervos de 
bronce que enmarcaban un reloj sobre la repisa de la sala, y en su 
imaginacin, el cuadrante del reloj adquiri las facciones de un joven 
colgado en el armario de la casa rodante con los prpados y los labios 
cosidos, sumido en un silencio an ms profundo que el del stano.
     Sin pensarlo, sorprendida por su propia voz pero dispuesta a confiar en 
el instinto, Chyna relat lo que haba sucedido esa noche remota en que 
cumpli ocho aos: la casita en Cayo Hueso, Jim Woltz, la enorme cucaracha 
frentica bajo la cama de hierro de patas cortas... Borracho de cerveza 
mexicana y alterado por las dos pildoritas blancas que haba tomado con la 
primera botella, Woltz se haba mofado de Chyna porque al soplar las velas 
en la torta de cumpleaos haba dejado una de ellas encendida.
     Eso es mala suerte, nena. No sabes los problemas que trae. Si no 
apagas las velitas de una sola vez, te atacan los demonios y los ogros, toda 
clase de gente mala viene a buscarte.
     En ese instante, una luz blanca haba iluminado el cielo y las sombras 
de las palmeras haban irrumpido por las ventanas de la cocina. La casa se 
estremeci con las ondas expansivas de truenos que parecan bombas y 
estall la tormenta.
     Te das cuenta? dijo Woltz. Tenemos que arreglar esto enseguida 
porque si no, vienen los chicos malos, nos hacen pedazos, salen al mar en 
un bote y nos usan de carnada para los tiburones. Qu tal, acabar como 
carnada de tiburn? Te gustara?
     Chyna estaba asustada, pero su madre rea, divertida. Ya andaba por su 
ensimo vaso de limonada con vodka. Woltz encendi las velas e insisti que 
Chyna volviera a intentarlo. Slo consigui apagar siete velas de una vez; 
entonces Woltz le tom la mano, le lami el pulgar y el ndice con una 
lentitud repugnante y la oblig a apagar la ltima vela con los dedos. 
Aunque sinti un breve ardor en la piel, no se quem; sin embargo, se 
asust al ver las marcas de tizne negro en sus yemas.
     Chyna empez a llorar, Woltz la tom de un brazo para evitar que 
escapara y Anne encendi nuevamente las ocho velas. La tercera vez, Chyna 
apag slo seis velas con su aliento tembloroso. Woltz quiso obligarla a 
apagarlas con los dedos, pero la nia se liber de l y escap de la cocina. 
Pensaba huir a la playa, pero el cielo se derrumbaba en fragmentos de vidrio 
y plata, los truenos venan del Golfo de Mxico como una andanada de 
caones, y entonces corri a su cuarto y se ocult bajo la cama de elstico 
vencido, en las sombras secretas donde aguardaba la cucaracha de las 
palmeras.
     El asqueroso hijo de puta de Woltz me persegua por la casa dijo 
Chyna, me llamaba a los gritos, derribaba los muebles, daba portazos, 
gritaba que me iba a hacer pedazos, que me iba a tirar a los tiburones. 
Mucho despus me di cuenta de que todo era fingido. Quera que yo me 
cagara de miedo. Le gustaba verme llorar porque yo casi nunca lloraba, no 
era fcil... era difcil hacerme llorar...
     Chyna no pudo seguir.
     Ariel ya no miraba la pared como antes sino el taladro elctrico bajo sus 
manos. Si lo vea era otra cosa; sus ojos seguan fijos en un paisaje remoto.
     Aunque no la escuchara, Chyna quera contarle todo lo que haba 
sucedido esa noche en Cayo Hueso.
     Era la primera vez que revelaba sucesos de su infancia a alguien que no 
fuera Laura. Una vergenza inexplicable siempre la obligaba a callar; 
inexplicable porque ninguna de las humillaciones sufridas se deba a un acto 
suyo. Haba sido una vctima, pequea e indefensa; pero la agobiaba la 
vergenza que sus torturadores, incluso su madre, eran incapaces de sentir.
     Los peores detalles de su pasado los haba ocultado incluso a Laura 
Templeton, su nica amiga de verdad. A veces, cuando estaba a punto de 
revelar algo, se contena y en lugar de hablar sobre los padecimientos y sus 
causantes, describa los lugares donde haba vivido: Cayo Hueso, el distrito 
de Mendocino, New Orleans, San Francisco, Wyoming. Describa con 
embeleso la belleza natural de los cerros, las llanuras, los ros pantanosos, el 
suave oleaje del Golfo de Mxico a la luz de la Luna, pero la furia crispaba su 
cara y la vergenza la tea de rojo cuando relataba las duras verdades 
sobre los amigos de Anne que haban poblado su infancia.
     Ahora senta un nudo en la garganta, y el peso del pasado le agobiaba 
el pecho como una roca.
     Asqueada de vergenza y de furia, sin embargo intuy que deba 
continuar el relato de la noche de las velas no apagadas en la Florida. Tal 
vez la revelacin sera una puerta para salir de la noche.
     Dios, no sabes cmo odiaba a ese degenerado rooso que apestaba a 
cerveza y sudor, que se tambaleaba borracho por mi habitacin y chillaba 
que me iba a usar de carnada, y Anne a las carcajadas primero en la sala y 
despus en la puerta con esa risa chillona que tena cuando estaba borracha, 
pensando que todo era tan gracioso, carajo, y era mi cumpleaos, mi da 
especial, mi cumpleaos. Las lgrimas habran brotado si no hubiera 
aprendido durante toda su vida a contenerlas. Y la cucaracha que corra 
por todo mi cuerpo, por mi espalda, se me meta en el pelo...
     En el calor bochornoso y sofocante de Cayo Hueso, los truenos haban 
sacudido la ventana y estremecido el elstico de la cama, y los fros reflejos 
azules de los relmpagos haban revoloteado sobre el piso como llamas de 
un fuego fatuo. Chyna casi grit cuando la cucaracha tropical, grande como 
su mano de nia, se enred en su pelo, pero el miedo de Woltz la hizo 
contenerse. Tambin se contuvo cuando el insecto corri por su hombro y su 
brazo hasta el piso, dese con toda el alma que se fuera, sin atreverse a 
arrojarla lejos por miedo a que el ruido la delatara a pesar de los truenos, a 
pesar de los aullidos de Woltz y las carcajadas de su madre. Pero la 
cucaracha corri hasta uno de sus pies y empez a explorarla por ese 
extremo, del pie al tobillo, de la pantorrilla al muslo. Se introdujo bajo una 
pierna de los shorts y fue a detenerse en la raya del trasero, tanteando con 
sus antenas temblorosas. Y ella, paralizada por el terror, slo quera que se 
acabara el martirio, que la matara un rayo y Dios se la llevara lejos de este 
mundo abominable.
     Su madre haba entrado en la habitacin.
     Jimmy, pedazo de idiota, no est ah dijo entre carcajadas. Se fue 
corriendo a la playa, como siempre. 
     Bueno, si vuelve juro que la voy a hacer pedazos y la voy a tirar a los 
tiburones respondi Woltz. Y aadi, riendo: 
     Viste sus ojos? Joder, estaba cagada de miedo.
     S dijo Anne, es una cagona total. Va a pasar horas all afuera. No 
s qu cmo hacer para que madure un poco.
     Entonces, Woltz dijo:
     En eso s que no sale a su madre. T naciste madura, no?
     Pues no jodas conmigo, oste imbcil? dijo Anne. Si lo intentas, 
te dar tal patada en las bolas, que de ah en adelante tendrs que llamarte 
Nancy.
     Woltz rugi de risa, y desde su escondite bajo la cama Chyna vio los 
pies descalzos de su madre y escuch su risa insinuante.
     Gorda, asquerosa, agitada, la cucaracha haba salido bajo la cintura 
elstica de los shorts para subir por la espalda de Chyna hacia su cuello, y 
ante la idea insoportable de que volviera a metrsele en el pelo, ella haba 
torcido el brazo y, sin pensar en las consecuencias, la haba aferrado. El 
bicho se retorca y pataleaba entre sus dedos, pero ella apret el puo.
     La cabeza vuelta a un costado, Chyna an miraba los pies descalzos de 
su madre. Entre los fogonazos de los rayos, una tela de hilo amarillo cay 
lentamente junto a los tobillos esbeltos de Anne. Era su blusa. Ri 
nuevamente cuando los shorts se deslizaron sobre sus piernas bronceadas y 
dio un paso al costado para terminar de quitrselos.
     Las patas de la cucaracha se agitaban frenticas entre los dedos 
crispados de Chyna. Las antenas tanteaban sin cesar. Woltz sacudi los pies 
para quitarse las sandalias, una de las cuales fue a parar cerca de la cara de
     Chyna. Escuch el ruido de un cierre de cremallera. Dura y fra y 
viscosa, la cabecita de la cucaracha se estremeca entre sus dos dedos. 
Cayeron los jeans gastados de Woltz, la hebilla del cinturn tintine sobre el 
piso.
     l y Anne se arrojaron sobre el camastro, vibraron los resortes y los 
listones de madera aprisionaron los hombros y la espalda de Chyna contra el 
piso. Suspiros, murmullos, palabras de aliento, jadeos, gruidos animales... 
Chyna los haba escuchado con frecuencia en Cayo Hueso y otros lugares, 
pero siempre a travs de las paredes, desde cuartos contiguos. No entenda 
de qu se trataba ni quera saberlo porque intua que ese conocimiento 
traera consigo nuevos peligros que no estaba en condiciones de afrontar. Lo 
que hacan su madre y Woltz encima de ella la llenaba de miedo y tambin 
de una profunda congoja, tena un significado portentoso, no menos 
misterioso y terrible que el de los truenos que se abatan sobre el Golfo y los 
relmpagos arrojados por el Cielo a la Tierra.
     Chyna haba cerrado los ojos para no ver los rayos ni las prendas 
desparramadas en el piso. Quera alejar el hedor del polvo y la podredumbre 
y la cerveza y el sudor y el jabn perfumado de su madre, imaginaba que 
unos tapones de cera amortiguaban los truenos, el repiqueteo de la lluvia 
sobre el techo, los jadeos de Anne y Woltz. En semejante situacin, hubiera 
debido caer en un estado de insensibilidad o abrir la puerta mgica para 
entrar en el planeta del Principito.
     Pero slo lo haba conseguido a medias porque Woltz hamacaba la cama 
con tanto vigor, que la obligaba a respirar al comps de sus movimientos. 
Cuando arrojaba su peso sobre la cama, los listones del elstico la 
aprisionaban contra el piso con tanta fuerza, que le dola el pecho y no poda 
llenarse los pulmones. Slo poda tomar aire cuando l se alzaba, y al 
dejarse caer, la obligaba a soltarlo. Esto continu durante un lapso que le 
pareci interminable, y cuando por fin termin, ella qued temblando, 
empapada de sudor, atontada por el miedo, desesperada por olvidar lo que 
haba odo, sorprendida porque los golpes no le haban aplastado los 
pulmones ni reventado el corazn. En su mano conservaba los restos de la 
gran cucaracha de las palmeras, que haba aplastado inadvertidamente; el 
icor rezumaba entre sus dedos, una viscosidad repugnante qu tal vez era 
tibia al principio pero ahora era fra, y su estmago se revolva de nuseas 
ante la textura desusada de esa porquera.
     Despus de unos minutos de murmullos y risitas, Anne se haba 
levantado de la cama, haba recogido su ropa e ido al bao. Apenas se cerr 
la puerta del dormitorio, Woltz encendi la lmpara, se corri y se asom 
bajo la cama. Su cara apareci al revs frente a Chyna. La lmpara lo 
iluminaba desde atrs y su cara estaba a oscuras, aunque haba una luz 
siniestra en sus ojos. Sonri.
     Qu tal, la cumpleaera?
     Muda, paralizada, Chyna estaba convencida de que su mano aferraba 
un trozo de carnada sanguinolenta. Saba que Woltz la matara por haber 
escuchado lo que haca con su madre, la cortara en pedazos y la llevara al 
mar para usarla como carnada de tiburn. Pero l slo se levant de la cama 
y -convertido desde su ngulo de mira en un par de pies- se puso los 
pantalones y las sandalias y se alej.
     En el stano de Edgler Veiss, a miles de kilmetros y a dieciocho aos 
de esa noche en Cayo Hueso, Chyna vio que la mirada de Ariel pareca 
posarse sobre el taladro en lugar de atravesarlo.
     No s cunto tiempo estuve bajo la cama prosigui. Unos 
minutos, una hora, qu s yo. Los dos volvieron a la cocina, l destap otra 
cerveza, ella se sirvi otra limonada con vodka, mientras hablaban y rean. Y 
haba algo en la risa de mi mam... no s, algo obsceno, como si supiera 
que yo estaba escondida debajo de la cama desde el momento en que Woltz 
le desabroch la blusa.
     Mir sus manos esposadas sobre el banco de carpintero.
     Senta como si el icor de la cucaracha rezumara entre sus dedos. Al 
destrozar el insecto, haba aplastado los ltimos restos de su frgil 
inocencia, la ltima esperanza de ser una hija para su madre; con todo, le 
haba llevado aos comprenderlo.
     No tengo el menor recuerdo de cmo sal de la casa, si por la puerta o 
por una ventana, slo s que estaba en la playa en medio de la tormenta. 
Fui hasta el agua y me lav las manos. Las olas no eran muy grandes. All 
casi nunca lo son, salvo cuando hay un huracn, pero era slo una tormenta 
tropical, no haba viento y la lluvia caa vertical. De todas maneras, las olas 
eran ms grandes que de costumbre, y se me ocurri que poda nadar mar 
adentro hasta que me arrastrara la corriente. Trat de convencerme de que 
estaba bien, de que slo era cuestin de nadar hasta quedar agotada y que 
slo quera ir hacia Dios.
     Las manos de Ariel tomaban el taladro.
     Pero por primera vez en mi vida, tuve miedo del mar... de esa 
rompiente que lata como un corazn, de esa agua negra y lustrosa como el 
caparazn de una cucaracha, que se alzaba al encuentro de un cielo 
totalmente negro. Me asustaba esa extensin infinita y sin grietas, esa 
continuidad de la noche, aunque entonces no tena palabras para expresarlo. 
Me tend en la playa, de espaldas sobre la arena, bajo una lluvia torrencial 
que me impeda abrir los ojos. Detrs de mis prpados cerrados vea el 
resplandor de los rayos, y como tena tanto miedo de ir nadando al 
encuentro de Dios, esperaba que Dios viniera hacia m en ese resplandor. 
Pero l no vena y finalmente me dorm. Cuando despert, poco despus del 
amanecer, la tormenta haba pasado. El cielo estaba rojo en el este y 
prpura en el oeste sobre un mar verde y sereno.
     Fui a la casa; Anne y Woltz dorman en el cuarto de l. La torta de 
cumpleaos estaba en la mesa de la cocina donde la haban puesto la noche 
anterior. La cobertura blanca y rosada estaba derretida por el calor y 
manchada de amarillo por el aceite, y las ocho velas estaban cadas. Nadie 
haba comido un bocado, y yo tampoco la toqu... Dos das despus, mi 
madre solt amarras y me llev a Tupelo, Mississippi o Santa Fe o tal vez a 
Boston. No me acuerdo, slo s que estaba feliz de alejarme de ah y tena 
miedo del prximo compaero de ella. Yo slo era feliz cuando viajbamos, 
me senta en paz en la ruta o sobre las vas, entre la partida y el destino. 
Hubiera querido viajar eternamente sin destino.
     Sobre sus cabezas, en la casa de Edgler Veiss, reinaba el silencio.
     Una sombra puntiaguda cruzaba el piso del stano. Al alzar la vista, 
Chyna vio una araa afanosa que teja su tela entre una viga y la lmpara 
del techo.
     Tal vez tendra que ocuparse de los doberman con las manos 
esposadas. Se acababa el tiempo.
     Ariel tom el taladro.
     Chyna estuvo a punto de darle unas frases de aliento, pero call por 
temor a sumirla en un nuevo trance con una palabra equivocada.
     Tom las antiparras de seguridad y, sin decir palabra, se las coloc. Ella 
las acept, sumisa.
     Chyna se sent en el taburete y esper.
     Una arruga aflor en la superficie serena del rostro de Ariel. No 
desapareci sino que qued flotando ah. La nia oprimi el gatillo del 
taladro, al tanteo. El motor aull, gir la mecha. Solt el gatillo y contempl 
la mecha hasta que dej de girar.
     Chyna se dio cuenta de que estaba conteniendo el aliento. Lo solt, 
inspir profundamente, y el aire era ms dulce que antes. Acomod las 
manos sobre el banco para presentar la argolla izquierda de las esposas.
     Detrs de las antiparras, los ojos de Ariel se desplazaron lentamente de 
la mecha del taladro a la cerradura. Era evidente que miraba las cosas, pero 
con indiferencia. Confianza.
     Chyna cerr los ojos.
     El silencio se volvi tan profundo que empez a escuchar remotos 
sonidos imaginarios similares a esas luces fantasmas que aparecen detrs 
de los prpados cerrados: el tictac suave y solemne del reloj en la repisa de 
la sala, el deambular agitado de los doberman que montaban guardia en la 
noche exterior...
     Sinti una presin en la pulsera izquierda. Chyna abri los ojos.
     La mecha se haba introducido en la cerradura.
     No mir a la chica; cerr los ojos con fuerza para protegerlos de las 
esquirlas voladoras. Volvi la cabeza a un costado.
     Tal como Chyna le haba enseado, Ariel se apoy sobre el taladro para 
que la mecha no se saliera del orificio. La manilla ejerca una presin 
dolorosa sobre la mueca. Silencio. Quietud. Juntar coraje.
     Zumb el motor del taladro. Hubo un chirrido de acero contra acero 
seguido del olor agrio del metal recalentado. Las vibraciones en la mueca 
se extendieron por los huesos a todo el brazo, acentuando los dolores 
musculares. Un traqueteo, un ping y se abri la pulsera izquierda.
     Las esposas colgando de la mueca derecha no hubieran entorpecido 
sus movimientos. Tal vez no tena sentido arriesgarse a sufrir una herida con 
tal de obtener la mnima ventaja adicional de liberarse por completo de las 
esposas. Pero esto trascenda la lgica, la ecuacin meramente racional de 
riesgobeneficio. Tena que ver con la fe.
     La mecha chasque al entrar en la cerradura derecha. El taladro chirri, 
el acero gir dentro del acero. Una lluvia de esquirlas diminutas le salpic la 
cara, y la cerradura se abri.
     Ariel solt el gatillo y alz el taladro.
     Riendo de alivio y placer, Chyna sacudi las muecas y alz las manos, 
maravillada. Sus muecas estaban lastimadas; en algunos lugares estaban 
en carne viva y sangraban. Pero ese dolor era menos agudo que los otros 
que padeca y ninguno era ms fuerte que la euforia de la anhelada libertad.
     Ariel sostena el taladro con las dos manos, sin saber qu se esperaba 
de ella.
     Chyna le quit la herramienta y la puso sobre el banco de carpintero.
     Gracias, mi amor. Estuviste brbara. De veras, eso estuvo genial.
     Los brazos de la chica pendan nuevamente a sus costados, las 
delicadas manos plidas no estaban rgidas como garras sino flojas, como si 
durmiera.
     Chyna le quit las antiparras y se miraron a los ojos; por primera vez se 
miraron de veras. Chyna vio a la nia que viva detrs de ese hermoso 
rostro, la nia verdadera oculta en la fortaleza del crneo, a la que Edgler 
Veiss slo poda acceder con un esfuerzo enorme, si es que alguna vez lo 
consegua.
     Entonces, en un instante, la mirada de Ariel corri de este mundo al 
santuario de Nunca Jams.
     Ay, no dijo Chyna, porque no quera perder a la nia que apenas 
haba alcanzado a vislumbrar. La abraz con fuerza: Vuelve, mi amor. 
Todo est bien. No te vayas, hblame.
     Pero Ariel no volvi. Haba regresado plenamente al mundo de Edgler 
Veiss slo para taladrar las cerraduras de las esposas, y el esfuerzo haba 
agotado su coraje.
     Est bien, no te culpo. Todava no hemos salido dijo Chyna. Pero 
ahora tenemos que preocuparnos por los perros, nada ms.
     Aunque estaba perdida en un mundo remoto, Ariel se dej tomar de la 
mano y conducir a la escalera.
     Ya nos ocuparemos de esos perros de mierda, nena. De veras, 
creme dijo Chyna, aunque ella misma no terminaba de creerlo.
     Libre de las esposas, los grilletes y el peso de una silla sobre su 
espalda, con el estmago lleno de torta de chocolate y la gloria suprema de 
haber vaciado la vejiga, slo deba pensar en los perros. Cuando suba la 
escalera hacia el lavadero, record algo que haba visto antes; en ese 
momento la haba desconcertado, pero ahora comprenda, y era de 
importancia vital.
     Espera. Esprame aqu dijo, y coloc la mano laxa de Ariel sobre el 
pasamano.
     Baj a la carrera, fue a los armarios metlicos y abri la puerta del 
compartimiento donde haba visto esas extraas telas acolchadas con 
correas de cuero negro y hebillas plateadas. Las sac y las desparram 
sobre el piso. No eran cobertores. Eran prendas de tela acolchada. Una 
chaqueta confeccionada de espuma de goma densa bajo una capa de un 
material artificial que pareca mucho ms rgido que el cuero. El acolchado 
era an ms grueso en los brazos. Unas especies de chaparreras de plstico 
duro bajo las gruesas capas de acolchado eran slidas como una armadura 
de guerra; el plstico tena bisagras en las rodillas para facilitar los 
movimientos. Otro par, para las caras posteriores de las piernas, inclua un 
protector plstico para el trasero, cinturn y correas para unirlas a la parte 
de adelante.
     Adems, haba guantes y un casco de forma extraa con mscara de 
plexigls transparente. El chaleco llevaba el rtulo KEVLAR y pareca idntico 
a la vestimenta antibalas usada por las fuerzas policiales de asalto.
     El equipo estaba desgarrado y aqu y all; algunos desgarrones estaban 
cosidos con hilo grueso como tanza de pesca. Reconoci las puntadas 
prolijas que cerraban los ojos y labios del joven mochilero. Tambin haba 
orificios sin reparacin. Eran huellas de dientes.
     Veiss utilizaba esa vestimenta protectora cuando trabajaba con los 
doberman.
     Aparentemente era una armadura capaz de soportar las dentelladas de 
una manada de leones famlicos. l deca que le gustaban los riesgos, la 
vida en el filo de la navaja, pero no escatimaba precauciones en las sesiones 
de adiestramiento de los doberman.
     Las extraordinarias precauciones de Veiss eran indicios por dems 
elocuentes de la ferocidad de los perros.
     
     
     
     


     
     
10
     Haban pasado menos de veintids horas desde que oy el primer grito 
en la casa de los Templeton en Napa. Toda una vida. Ahora se acercaba una 
nueva medianoche y lo que fuere que la aguardaba ms all.
     Chyna encendi dos lmparas en la sala. Mantener la casa a oscuras ya 
no tena importancia. Apenas saliera por la puerta principal y enfrentara a 
los perros, sera imposible hacerle creer a Veiss que en su casa reinaba la 
paz.
     El reloj de la repisa indicaba las diez y media. Sentada en un silln, 
Ariel se abrazaba y se hamacaba lentamente como si le doliera la barriga, 
aunque no haca el menor ruido y su rostro estaba impvido.
     El equipo protector confeccionado a la medida de Veiss le quedaba 
enorme a Chyna, quien se senta ridcula a la vez que tema que una 
armadura tan abultada le estorbara los movimientos. Haba enrollado las 
botamangas de las chaparreras y las haba sujetado con un par de 
imperdibles que encontr en un estuche de costura en el lavadero. Los 
cinturones tenan lazos y cintas de velero que le permitieron ajustarlos para 
que no se deslizaran sobre sus caderas. Tambin enroll los puos de las 
mangas acolchadas, mientras el chaleco de kevlar le abultaba el pecho y 
ayudaba a sostener la chaqueta. Un collar de plstico duro que le rodeaba el 
cuello impedira que los perros le desgarraran la garganta. La vestimenta era 
gruesa como para limpiar desperdicios nucleares en un reactor despus de 
una prdida de radiaciones.
     Los puntos vulnerables eran los pies y los tobillos. El equipo de 
adiestramiento de Veiss inclua un par de borcegues de cuero con punteras 
de acero, pero eran demasiado grandes. Sus zapatillas seran tan efectivas 
para protegerla de las mordeduras como un par de chinelas. Debera actuar 
rpida y agresivamente para llegar a la casa rodante sin sufrir una herida 
grave.
     Haba pensado en improvisar un garrote. Pero las capas de material 
protector entorpecan sus movimientos hasta tal punto que el garrote no 
servira para hacerle dao a un doberman o siquiera para rechazar su 
ataque.
     En cambio, se haba armado con dos frascos rociadores hallados en un 
armario del lavadero; uno de limpiavidrios y otro de quitamanchas para 
tapices y alfombras. Los haba vaciado y enjuagado en la pileta de la cocina; 
pens llenarlos con lavandina, pero opt por el amonaco puro. Veiss, 
manitico de la limpieza hogarea, tena dos frascos de esa sustancia. Ahora 
los dos rociadores estaban en el piso, cerca de la puerta principal. Las 
boquillas podan ajustarse para producir un roco o un chorro; opt por ste.
     En el silln, Ariel segua hamacndose en silencio, la mirada fija en la 
alfombra.
     Era improbable que en su estado catatnico la muchacha se levantara 
del silln y se fuera sola, pero Chyna le dijo que se quedara ah:
     Qudate donde ests, mi amor. No te muevas, oste? Volver 
enseguida.
     Ariel no respondi. 
     No te muevas de ah.
     Las pesadas capas de acolchado le reavivaban a Chyna los dolores de 
los msculos y las articulaciones. Las molestias disminuiran su rapidez fsica 
y mental. Deba actuar mientras conservara un mnimo de agilidad.
     Se puso el casco con mscara. En su interior haba colocado una toalla 
plegada para que el casco no bailara sobre su cabeza, y haba terminado de 
sujetarlo con una correa bajo el mentn. La mscara curva de plexigls 
sobresala cinco centmetros debajo del mentn, pero la cara inferior de la 
mandbula quedaba al descubierto para permitir la circulacin del aire... y 
haba seis pequeos orificios en el frente de la mscara para mayor 
ventilacin.
     Mir sucesivamente por las dos ventanas que daban a la galera, apenas 
iluminada por la luz de las lmparas de la sala. Ningn doberman estaba a la 
vista.
     El patio ms all de la galera estaba oscuro, y el prado pareca negro 
como el lado oculto de la Luna. Quiz los perros la acechaban desde all, 
contemplaban su silueta en la ventana iluminada. Ms an, tal vez estaban 
agazapados en el borde de la galera, listos para saltar. Mir el reloj.
     Las diez y media.
     Dios, no quiero hacerlo murmur.
     Sin saber por qu, record un capullo de mariposa que haba visto 
cuando su madre se haba alojado con unos amigos en Pennsylvania, catorce 
o quince aos antes. La crislida penda de la ramita de un arce; 
semitransparente e iluminada desde atrs por un rayo de sol, dejaba ver el 
insecto en su interior. Era un imago maduro que ya haba pasado el estadio 
de pupa. Culminada su metamorfosis, se agitaba frenticamente dentro del 
capullo, sus patas delgadas como cabellos escarbaban sin cesar como si 
anhelara salir y a la vez temiera el mundo hostil que la aguardaba. En su 
armadura de plstico y tela acolchada, Chyna se estremeca como esa 
mariposa, pero su deseo no era irrumpir en el mundo nocturno que la 
aguardaba sino hundirse en lo ms profundo de su crislida.
     Fue a la puerta principal.
     Se puso los guantes de cuero, bastante flexibles a pesar del grosor del 
material. Le quedaban grandes, pero las cintas ajustables de velcro los 
sujetaban con firmeza en las muecas.
     Haba cosido la llave de la casa rodante al pulgar del guante derecho, 
enhebrando el hilo en el orificio de la llave. La parte que deba introducir en 
la cerradura sobresala del extremo del pulgar, de manera que sera fcil 
introducirla para abrir la puerta del vehculo. No quera tener que hurgar 
torpemente en el bolsillo mientras la atacaban varios perros ni correr el 
riesgo -Dios la librara- de dejarla caer.
     Tal vez el vehculo no estaba cerrado con llave. Pero no dejara nada 
librado al azar.
     Tom los rociadores del piso. Uno en cada mano. Verific que 
estuvieran en la posicin de CHORRO.
     Corri sigilosamente la falleba, aguard a la espera del ruido sordo de 
las patas sobre las tablas y por fin entreabri la puerta.
     La galera estaba desierta.
     Chyna cruz el umbral y cerr la puerta enseguida, aunque le cost un 
poco accionar el picaporte porque llevaba los frascos de plstico en las 
manos.
     Puso los ndices en las palancas de los frascos. La eficacia de esas 
armas dependa de la rapidez de la embestida de los perros y de que ella 
supiera aprovechar la menor oportunidad para usarlas.
     La noche era tan calma como oscura, y el mvil de caracolas penda 
inmvil. Ni una hoja se agitaba en el rbol junto al extremo norte de la 
galera.
     Tampoco se oa el menor ruido. Por otra parte, los ruidos leves no 
podran atravesar el casco acolchado. Tena la sensacin fantstica de que el 
mundo entero era un diorama encerrado en una burbuja de vidrio.
     A falta de la menor brisa que transportara su olor a los perros, quizs 
stos no se haban dado cuenta de que haba salido.
     S, claro, y los chanchos vuelan pero slo cuando no los vemos.
     Los escalones de piedra estaban en el extremo sur de la galera. La casa 
rodante se hallaba estacionada en el camino de entrada, a seis metros de los 
escalones. Apret la espalda contra la pared de la casa y se desliz hacia su 
derecha. Al desplazarse, volvi la cabeza una y otra vez a la izquierda, a la 
baranda del extremo norte de la galera, y hacia el patio delantero ms all 
de la balaustrada frente a ella. Ni un perro a la vista.
     La noche era tan fresca, que su aliento empaaba la cara interna de la 
mscara. La condensacin se desvaneca rpidamente, pero cada vez 
pareca cubrir el plexigls un poco ms. A pesar de la ventilacin bajo el 
mentn y a travs de los orificios en el centro de la mscara, Chyna empez 
a temer que su aliento tibio acabara por dejarla sin visin. Dominar sus 
rpidos jadeos resultaba casi tan difcil como reducir el veloz latido de su 
corazn.
     A fin de disminuir el problema, frunci los labios para apuntar la 
exhalacin hacia la abertura inferior de la mscara. Esto provoc un suave 
silbido hueco caracterizado por un vibrato que revelaba la magnitud de su 
miedo.
     Dos pasos al costado, tres, cuatro. Pas la ventana de la sala. Su 
silueta estaba claramente a la vista, iluminada desde atrs.
     Debera haber apagado las luces, pero no quera dejar a Ariel sola en la 
oscuridad. En su condicin, tal vez la nia no se hubiera dado cuenta si las 
luces estaban encendidas o apagadas, pero a Chyna le haba parecido mal 
abandonarla en la oscuridad.
     Envalentonada por haber recorrido sin inconvenientes la mitad de la 
distancia de la puerta al extremo de la galera, empez a caminar de frente 
y lo ms rpido que le permita el pesado equipo.
     Negro como la noche de la cual sala, sigiloso como las nubes rasgadas 
que cruzaban lentamente el campo tachonado de estrellas, el primer 
doberman corra hacia ella desde la casa rodante. No ladraba ni grua.
     Cuando lo advirti, casi era tarde. Se olvid de exhalar hacia abajo y la 
humedad se condens en el interior de la mscara. La pelcula se desvaneci 
casi al instante, pero la bestia ya saltaba los escalones, con las orejas 
apretadas contra su fino crneo y los dientes al descubierto. Apret la 
palanca del frasco que llevaba en la diestra. El chorro de amonaco salt 
poco ms de un metro en el aire.
     El perro an estaba demasiado lejos para que lo alcanzara el chorro, 
pero se acercaba rpidamente.
     Se sinti torpe como un chico jugando con una pistola de agua. El 
aparato no serva. No serva. Pero, por Dios, tena que servir si no quera 
acabar como alimento para perros.
     Apret la palanca cuando el perro suba los escalones y el chorro se 
qued corto, y lament no poder lanzar un chorro ms largo, de seis o siete 
metros, que alcanzara a la bestia de lejos, pero lanz otro chorro antes de 
que cayera el anterior y dio en el blanco cuando el perro entraba en la 
galera. Le apunt a los ojos, pero el chorro ba el hocico y los dientes del 
animal.
     El efecto fue instantneo. El doberman perdi pie, chill, rod hacia 
Chyna y habran chocado si ella no lo hubiera esquivado de un salto.
     Con la lengua quemada por el amonaco custico y los pulmones llenos 
de vapores corrosivos, imposibilitado de respirar aire fresco, el perro rod de 
espaldas y se frot frenticamente el hocico con las patas. Bufaba y jadeaba 
y chillaba en su angustia.
     Chyna le dio la espalda y sigui adelante. La sorprendi su propia voz:
     Mierda, mierda, mierda...
     Adelante, pues, hasta el extremo de la galera, donde ech una mirada 
atrs y vio que el gran perro, alzado sobre sus patas temblorosas, daba 
vueltas y sacuda la cabeza, chillando de dolor y estornudando con violencia. 
El segundo perro sali volando de la noche cuando Chyna llegaba al ltimo 
escaln. Por el rabillo del ojo detect un movimiento a su izquierda, gir la 
cabeza y vio al doberman que volaba por el aire -por Dios- con la fuerza de 
una bala de can. Alz el brazo izquierdo y gir, pero era tarde y antes de 
poder soltar un chorro de amonaco, el perro la golpe con tanta fuerza que 
casi la derrib. Se tambale pero logr conservar el equilibrio.
     Los dientes del doberman estaban hundidos en la manga acolchada que 
cubra el brazo izquierdo. No la aferraba como lo hubiera hecho un perro de 
polica sino que mascaba el acolchado como si fuera un trozo de carne, 
tratando de arrancar un pedazo para dejarla fuera de combate, desgarrar 
una arteria para que se desangrara, pero afortunadamente los dientes no 
penetraban hasta la carne.
     El perro la haba atacado en silencio, tal como le haban inculcado, y 
aun ahora no grua. Pero de su garganta sala un ruido mitad gruido, 
mitad jadeo hambriento, una especie de silbido vido y fantasmagrico que 
atraves el casco acolchado.
     Apunt a quemarropa con la diestra y ech un chorro de amonaco en 
los feroces ojos negros del doberman. Las mandbulas se abrieron como un 
mecanismo activado por un resorte tenso y el perro se fue rodando, echando 
espumarajos de saliva plateada, chillando de dolor. Record el rtulo en el 
frasco de amonaco: Causa lesiones oculares serias pero temporarias.
     Chillando como nio lastimado, el perro rod por el csped, frotndose 
los ojos como el primero se frotaba el hocico, pero con desesperacin aun 
mayor.
     El fabricante recomendaba lavarse los ojos con abundante agua durante 
quince minutos. Salvo que encontrara instintivamente el camino hacia un 
arroyo o laguna, el perro no tena agua para lavarse; por lo tanto, estara 
fuera de combate durante por lo menos un cuarto de hora, probablemente 
mucho ms.
     El doberman se par de un salto y empez a perseguirse la cola, 
lanzando dentelladas. Tropez, cay, se par nuevamente y desapareci en 
la noche, enceguecido y presa de un insoportable dolor.
     Escuchando los chillidos del pobre animal mientras ella corra hacia la 
casa rodante, Chyna tuvo tiempo de sentir una punzada de remordimiento. 
El doberman la destrozara a dentelladas si tuviera la oportunidad, pero era 
un asesino por adiestramiento, no por naturaleza. Los perros tambin eran 
vctimas de Edgler Veiss, que los adaptaba a sus propsitos. Ella no los hara 
sufrir si la ropa acolchada le brindara suficiente proteccin. Cuntos perros 
ms?
     Veiss haba insinuado que era una jaura. No haba dicho que eran 
cuatro? Claro que tal vez menta. Tal vez eran dos.
     Vamos, vamos, vamos.
     Lleg a la puerta delantera derecha de la casa rodante y trat de 
abrirla. Estaba cerrada con llave.
     Por favor, que no haya ms perros, que me den cinco segundos nada 
ms.
     Dej caer el frasco rociador de la diestra para tomar la cabeza de la 
llave entre el pulgar y un dedo. Casi no la senta a travs del guante.
     Sus manos temblaban. Err a la cerradura y la llave choc con la chapa 
de cromo del tambor. No se le cay porque la haba cosido al guante.
     Cuando intentaba por segunda vez introducir la llave, un doberman 
salt sobre su espalda y trat de morderle la nuca.
     Impulsada violentamente hacia adelante, la mscara del casco golpe la 
puerta.
     Hundidos en el grueso cuello de la chaqueta del adiestrador -sin duda, 
tambin en el collar de plstico acolchado que se haba colocado para 
protegerse la garganta-, los dientes del perro trataban vanamente de llegar 
a su piel, aferrados como las garras de un amante demonaco en una 
pesadilla.
     As como el impacto la haba arrojado contra la casa rodante, ahora el 
peso y los forcejeos del perro furioso la alejaban del vehculo. Estuvo a 
punto de caer de espaldas, pero saba que el animal obtendra una ventaja si 
lograba derribarla.
     De pie. Erguida.
     Girando media vuelta para conservar el equilibrio, vio que el primer 
doberman ya no estaba en la galera. Aunque era difcil de creer, la bestia 
aferrada a su cuello deba de ser la ms pequea de las dos, la que haba 
salpicado en el hocico. Recuperado el aliento, haba vuelto al combate, 
desafiando el arsenal qumico, dispuesto a dar la vida por Edgler Veiss.
     Bueno, tal vez los perros no eran ms de dos.
     An tena el frasco rociador en la zurda. Lanz varios chorros sobre su 
hombro, pero el acolchado de las mangas le impeda doblar el brazo en el 
ngulo necesario para echar amonaco en los ojos del perro.
     Se arroj de espaldas contra el costado de la casa rodante, as como 
ms temprano se haba arrojado contra el hogar. Atrapado entre ella y el 
vehculo, tal como la silla haba quedado entre ella y la pared de piedra, el 
animal absorbi toda la fuerza del impacto.
     El perro chill al soltarla, y era un sonido lastimero que le revolvi las 
tripas, pero hermoso, claro que s, bello como la msica ms dulce.
     Entre el tintineo de las hebillas y el frotar de las chaparreras, Chyna se 
desliz hacia un costado para alejarse del animal, preocupada por sus 
tobillos, su punto ms vulnerable.
     Pero el doberman pareca haber perdido su espritu belicoso. Se alej 
con el rabo entre las patas, mirndola de reojo, temblando y jadeando como 
si le hubiera lastimado un pulmn, tratando de no pisar con la pata trasera 
derecha.
     Chyna apret la palanca del frasco. La criatura estaba fuera de su 
alcance, y el chorro de amonaco cay sobre el csped.
     Dos perros menos. Rpido, rpido.
     Chyna se volvi nuevamente hacia la casa rodante... y chill cuando un 
tercer perro, que pesaba ms que ella, le salt a la garganta, mordi la 
chaqueta y la envi hacia atrs.
     Caa. Mierda. Y el perro caa sobre ella, mordiendo frentico el cuello de 
la chaqueta.
     Cay con tanta violencia que, a pesar de tanto acolchado, el golpe le 
expuls el aliento, y el frasco rociador salt por el aire. Trat de atajarlo, 
pero se le escap.
     El perro arranc un jirn de acolchado del cuello y al sacudir la cabeza 
para echarlo a un costado desparram espumarajos de saliva sobre la 
mscara. Atac otra vez, hundi el hocico en el mismo lugar que antes, 
mordiendo en busca de la carne, la sangre, la victoria.
     Le martill la cabeza con los dos puos, trat de golpearle las orejas, 
esperaba que fueran sensibles, vulnerables.
     Fuera! Fuera, hijo de puta, fuera!
     Los dientes del doberman chasquearon al errar una dentellada a su 
mano, pero la alcanz en el segundo intento. Aunque los incisivos no 
penetraron el cuero, el perro sacudi la mano con fuerza como si se tratara 
de quebrarle el espinazo a una rata. Chyna no estaba herida, pero la presin 
de las mandbulas sobre la mano era tan dolorosa, que le arranc un alarido.
     El perro le solt la mano y busc de nuevo la garganta. El hocico 
atraves la chaqueta desgarrada. Los dientes atacaron el chaleco de kevlar.
     Aullando de dolor, Chyna extendi la mano palpitante hacia el frasco 
rociador. Le faltaron unos treinta centmetros para alcanzar el arma.
     No advirti que al girar la cabeza hacia el frasco alzaba la mscara, lo 
que expona la garganta a los ataques del perro. ste introdujo el hocico 
bajo la curva de plexigls, sobre el chaleco, y mordi el grueso acolchado 
exterior del collar de plstico segmentado, su ltima defensa. Empeado en 
arrancar esa pieza de la armadura, el perro dio un tirn tan fuerte, que alz 
la cabeza de Chyna y le provoc un dolor agudo en la nuca.
     Trat de quitarse el perro de encima. Era abrumadoramente pesado, 
obstinado, y con sus patas escarbaba con frenes el cuerpo de Chyna.
     A medida que el perro desplazaba el collar protector, Chyna senta su 
aliento clido bajo el mentn. Si hallara el ngulo preciso para introducir el 
hocico bajo la mscara, tal vez podra morderle el mentn, mejor dicho, 
seguramente podra hacerlo y faltaba poco para que se diera cuenta de ello.
     Alz el cuerpo con todas sus fuerzas y aunque no se sac al perro de 
encima, pudo acercarse unos centmetros al frasco rociador. Repiti el 
movimiento y el frasco qued a escasos diez centmetros de las puntas de 
sus dedos.
     El otro doberman se acercaba cojeando, listo para volver al combate. O 
sea que no le haba perforado los pulmones al aplastarlo contra la casa 
rodante con su propio cuerpo.
     Eran dos. No podra con dos perros al mismo tiempo, y para colmo, 
tendida de espaldas.
     Se alz y se arrastr lateralmente, de espaldas, llevando consigo al 
doberman.
     La lengua ardiente de la bestia lami su mentn, sabore el sudor. De 
lo profundo de su garganta, sala ese silbido obsceno, horrible.
     Arriba.
     El perro cojo advirti el punto vulnerable y corri a su pie derecho. Ella 
lo alej de una patada, pero el perro volvi a atacar. Volvi a patear y el 
perro hundi los dientes en el taln de la zapatilla.
     Sus propios jadeos frenticos empaaban el interior de la mscara. 
Tambin lo empaaba el aliento del doberman aferrado a ella porque haba 
introducido el hocico bajo el plexigls. Chyna estaba totalmente ciega. 
Pataleaba con los dos pies para alejar el perro cojo. Y a la vez que 
pataleaba, se arrastraba hacia un costado. La lengua caliente del otro le 
lama el mentn. Su aliento agrio. Los dientes a escasos centmetros de la 
piel. Otra vez la lengua.
     Chyna palp el frasco rociador. Sus dedos lo aferraron.
     Aunque la dentellada del perro no haba atravesado el guante, la mano 
palpitaba de dolor insoportable y Chyna tema que no podra agarrarlo, no 
podra accionar la palanca, pero lanz un chorro de amonaco a ciegas. Lo 
hizo con el ndice hinchado, y la punzada de dolor la obnubil por un 
instante. Con el dedo mayor lanz otro chorro.
     A pesar de sus pataleos, el perro lisiado le mordi la zapatilla y los 
dientes alcanzaron la piel del pie derecho. Lanz un chorro de amonaco 
hacia el pie, luego otro y bruscamente el doberman la solt. Chyna y el 
perro chillaban, ciegos y temblorosos, unidos en el dolor.
     Dentelladas. El otro perro. El hocico bajo la mscara, buscando el 
mentn. Chacchacchac. El silbido vido, hambriento.
     Le meti el frasco en la cara, accion la palanca una, dos veces, y el 
perro chill y la solt por fin.
     Algunas gotas de amonaco penetraron por los orificios de ventilacin de 
la mscara. No poda ver a travs del plexigls empaado y era difcil 
respirar debido a los gases agrios.
     Jadeando, con los ojos llenos de lgrimas, solt el frasco rociador y 
gate hacia donde pensaba que encontrara la casa rodante. Choc con el 
vehculo y se par penosamente. Senta calor en el pie mordido, tal vez 
porque la zapatilla estaba llena de sangre, pero pudo apoyarse sobre l.
     Tres perros fuera de combate.
     Si eran tres, seguramente haba cuatro. El cuarto no tardara en llegar.
     A medida que el amonaco se evaporaba de la mscara y tambin, 
aunque no tan rpidamente, de la chaqueta desgarrada, el gas se disipaba 
pero no del todo. Ansiaba quitarse el casco para respirar con libertad. Con 
todo, no lo hara hasta encontrarse a salvo dentro de la casa rodante.
     Ahogada por los gases de amonaco, tratando de exhalar hacia abajo, 
enceguecida por las lgrimas, Chyna palp el costado de la casa rodante 
hasta hallar otra vez la puerta. Para su propia sorpresa, el dolor del pie 
mordido era intermitente y soportable.
     La llave segua cosida al guante derecho. La tom entre el pulgar y el 
ndice.
     A lo lejos aullaba un perro, probablemente el primero que haba recibido 
un chorro en los ojos. Cerca de ella, otro perro lloriqueaba de dolor mientras 
el tercero jadeaba, estornudaba y se ahogaba con los gases.
     Y el cuarto?
     Sus dedos torpes tantearon hasta encontrar la cerradura. Abri la 
puerta. Se acomod a duras penas en el asiento del acompaante.
     Cuando cerraba la puerta, un cuerpo pesado choc con el panel 
exterior. El cuarto perro.
     Se quit el casco y los guantes. La chaqueta acolchada.
     El cuarto doberman se lanz a la ventanilla, mostrando los dientes. Sus 
tias araaron el vidrio cuando caa a tierra, mirndola con furia.
     A la luz del pasillo estrecho, el cuerpo de Laura Templeton an yaca 
sobre la cama, engrillado y envuelto en una sbana.
     Chyna sinti que la angustia le oprima el pecho, y se le form un nudo 
en la garganta, que le impidi tragar. Se dijo que el cadver sobre la cama 
no era la verdadera Laura. La esencia de Laura haba partido; ste era 
apenas el cascarn, una masa de msculos y huesos que poco a poco se 
volvera polvo. Durante la noche, el espritu de Laura haba volado a un 
hogar luminoso y tibio. No tena sentido llorarla porque haba trascendido.
     La puerta del armario estaba cerrada. Chyna estaba segura de que el 
muerto an penda en su interior. Durante las casi quince horas pasadas 
desde que haba salido del dormitorio de la casa rodante, el aire enrarecido 
se haba impregnado con el olor leve pero repugnante de la podredumbre. 
Ella haba previsto algo peor. No obstante, respiraba por la boca para evitar 
el hedor. Encendi la lmpara y abri el primer cajn de la mesita. Los 
objetos que haba visto la noche anterior seguan ah y se entrechocaban con 
las vibraciones del motor transmitidas por el piso.
     Tema que el ruido del motor le impidiera or el de otro vehculo en caso 
de que Veiss volviera antes de lo esperado; pero necesitaba la luz y no 
quera correr el riesgo de agotar la batera.
     Del cajn tom el paquete de vendas, la cinta adhesiva y la tijera.
     Fue a la salita detrs de la cabina y se sent en un silln. Ya se haba 
despojado de la vestimenta protectora. Ahora se quit la zapatilla derecha y 
la media empapada de sangre.
     La sangre, negra y espesa, manaba de dos heridas del pie. Pero era una 
hemorragia lenta, no a chorros, que no la desangrara en poco tiempo.
     Puso una doble venda de gasa sobre las heridas y la sujet con cinta 
adhesiva. Al apretarla con fuerza esperaba detener o al menos reducir la 
hemorragia.
     Hubiera querido empapar las vendas con iodo u otro desinfectante, pero 
no haba nada de eso a mano. En todo caso, las heridas tardaran un par de 
horas en infectarse, y para entonces ya habra escapado y obtenido 
asistencia mdica. 0 estara muerta por otras causas.
     El peligro de contraer rabia era escaso o nulo. Seguramente Edgler 
Veiss atenda solcitamente la salud de sus perros y les aplicaba las vacunas 
necesarias.
     No trat de ponerse la media, que estaba fra y viscosa a causa de la 
sangre. Se calz la zapatilla en el pie herido y ajust el cordn un poco 
menos que de costumbre.
     En el hueco estrecho entre las alacenas de la cocina y la heladera, 
encontr una escalera metlica plegable. La llev al pasillo corto en el 
extremo del vehculo, y la coloc bajo el tragaluz, que era un panel de 
plstico mate de un metro de largo por unos sesenta centmetros de ancho.
     Se par en el primer escaln para inspeccionar el tragaluz; esperaba 
poder abrirlo para que entrara aire fresco, o que al menos estuviera sujeto 
desde el interior. Lamentablemente era un panel fijo, sin mecanismo de 
apertura ni tornillos o remaches a la vista, sujeto por un marco al techo del 
vehculo.
     Antes de ponerse la vestimenta acolchada se haba abrochado un 
cinturn de carpintero hallado en un cajn del banco de trabajo de Veiss. Se 
lo haba quitado con el resto del equipo y lo haba apoyado sobre la mesa del 
comedor del vehculo.
     Sin saber qu clase de herramientas necesitara, haba trado un juego 
de pinzas, tenazas, limas planas y convexas, destornilladores de varias 
medidas, de cabezas tanto planas como en estrella. Tambin haba trado un 
martillo, lo nico que le serva en ese momento. Parada en el primero de los 
dos escalones, su cabeza llegaba a escasos veinticinco centmetros del 
tragaluz. Apart la cara, blandi el martillo con la mano izquierda y la 
cabeza plana de acero golpe el plstico con un estrpito horrendo.
     El tragaluz estaba intacto.
     Chyna sigui golpeando, una y otra vez. Cada golpe reverberaba en el 
plstico, pero tambin en sus msculos tensos y exhaustos, en sus huesos 
doloridos.
     La casa rodante tena por lo menos quince aos, y el tragaluz pareca 
una pieza original de fbrica. No era de plexigls sino de un material menos 
resistente; en aos de sol y lluvia, el plstico se haba vuelto quebradizo. Por 
fin apareci una grieta en un borde del panel rectangular. Chyna golpe el 
extremo de la grieta para extenderla hasta un ngulo y todo lo largo de uno 
de los bordes menores. Luego sigui por uno de los bordes largos.
     Varias veces tuvo que detenerse para tomar aliento y pasar el martillo 
de una mano a la otra. Por fin, el panel qued suelto, retenido slo por 
astillas de material en las grietas y por el cuarto borde, que estaba intacto.
     Chyna solt el martillo, flexion las manos repetidamente para quitarles 
rigidez y apoy los palmas contra el plstico. Con un esfuerzo que le arranc 
varios gruidos, alz los brazos al tiempo que suba al segundo escaln.
     El plstico se astill y el panel se alz un par de centmetros entre el 
chillido de los bordes al frotarse. Se dobl por el cuarto borde, crujiendo, 
resistiendo... resistiendo... hasta arrancarle a ella un grito mudo de 
impotencia; sac nuevas fuerzas de alguna parte y dio un nuevo envin. El 
cuarto borde se rompi con un estampido fuerte como un disparo de 
revlver.
     Alz el panel, que resbal sobre el techo hasta caer a tierra.
     A travs del hueco sobre su cabeza, Chyna vio las nubes, que se 
alejaban rpidamente de la Luna. Una luz fra ba su rostro y en el cielo 
insondable brillaba el fuego blanco y puro de las estrellas.
     Chyna puso la marcha atrs y llev la casa rodante hasta el frente de la 
casa, donde la estacion paralela a la galera y casi rozndola. Lo hizo 
lentamente para evitar que las ruedas del gran vehculo arrancaran el 
csped. Aunque la lluvia haba cesado casi medio da antes, tema quedar 
atascada en el barro.
     Cuando el vehculo qued en la posicin deseada, coloc la palanca de 
cambios en punto muerto y puso el freno de mano. Dej el motor en 
marcha.
     La escalera plegable se haba cado en la salita de la casa rodante. La 
enderez, subi los dos escalones y asom la cabeza al aire nocturno, sobre 
el marco del tragaluz que haba arrancado.
     Lament que la escalera tuviera slo dos escalones. Tena que hacer 
fuerza para salir al techo, y el ngulo no era el mejor.
     Apoy las manos abiertas sobre el techo a ambos lados de la abertura 
y, haciendo fuerza con los brazos, trat de alzar su cuerpo. La tensin le 
desgarraba los tendones del cuello y los hombros, el pulso retumbaba como 
un tambor fatdico en las sienes y las cartidas, temblaban los msculos de 
la espalda y los brazos.
     A punto de dejarse vencer por el dolor y el agotamiento, record a Ariel 
en el silln de la sala: hamacndose, con una mirada perdida en los ojos, los 
labios abiertos en un grito mudo. La visin le dio nuevas fuerzas, activ 
recursos que ignoraba poseer. Sus brazos temblorosos se enderezaron, el 
cuerpo se alz por el tragaluz, sus piernas pataleaban como las de un 
nadador al subir desde las profundidades. Por fin, sus brazos se enderezaron 
del todo, ech el cuerpo hacia adelante y sali al techo.
     Su suter se enganch con las astillas de plstico que asomaban del 
marco, algunas atravesaron la lana y le rasguaron el abdomen, pero se 
liber de un sacudn.
     De espaldas sobre el techo, se alz el suter para mirar sus heridas. 
Algunos rasguos sangraban un poco: nada serio.
     Desde la noche llegaban los aullidos de por lo menos dos de los perros 
heridos. Eran tan lastimeros, tan patticos en su angustia y soledad, que 
Chyna no poda soportarlos.
     Se desliz hasta el borde del techo y mir el patio al este de la casa.
     El doberman ileso que rondaba la cabina de la casa rodante la vio de 
inmediato. Alz el hocico y mostr los dientes. El sufrimiento de sus 
camaradas no pareca afectarlo.
     Chyna se alej del borde y se par. La superficie metlica era resbalosa 
debido al roco, pero por suerte calzaba zapatillas con suela de goma. Si 
cayera al patio, sin armas ni vestimenta protectora, el doberman la 
derribara y le desgarrara la garganta en pocos segundos.
     La casa rodante era apenas ms baja que el alero de la galera, y la 
distancia entre el vehculo y la casa era de unos veinte centmetros.
     Cruz la brecha fcilmente para pasar al techo inclinado de la galera. 
Las tejas eran rugosas, no traicioneras como el techo de la casa rodante.
     La pendiente no era empinada y Chyna pudo llegar sin problemas al 
frente de la casa. La lluvia haba liberado un leve olor alquitranado debido a 
las sucesivas capas de creosota con que haban pintado los troncos a lo largo 
de los aos.
     La ventana de paneles verticales del dormitorio de Veiss estaba abierta 
unos seis centmetros, tal como la haba dejado al salir. Introdujo las manos, 
y entre gruidos de dolor alz el panel inferior. La madera se haba hinchado 
con la humedad, pero aunque se atasc un par de veces, pudo terminar de 
abrir la ventana.
     Entr en el dormitorio de Veiss, donde haba dejado una lmpara 
encendida.
     En el vestbulo de la planta alta mir la puerta abierta enfrente del 
dormitorio. All estaba el escritorio, y an la perturbaba la sensacin de que 
haba pasado por alto algn detalle, una informacin vital acerca de Edgler 
Veiss.
     Pero no tena tiempo para investigar. Corri escalera abajo hacia la 
sala.
     Acurrucada en el silln, Ariel se hamacaba y su mirada segua perdida.
     El reloj de la repisa marcaba las once y cuatro minutos. 
     Qudate ah dijo Chyna. Slo un minuto ms, mi amor.
     Atraves la cocina hacia el lavadero en busca de una escoba. Junto a 
sta encontr una especie de lampazo, con un palo ms largo, de manera 
que opt por l.
     De vuelta en la sala, la recibi un ruido tan conocido como aterrador: 
chuicchuic.
     El doberman ileso araaba la ventana ms cercana.
     Sus orejas puntiagudas estaban alzadas, pero las dej caer apenas 
Chyna lo mir a los ojos. Emita esa especie de silbido vido que a Chyna le 
erizaba los pelos de la nuca.
     Chuicchuicchuic.
     Chyna dio la espalda al perro y fue hacia Ariel... pero le llam la 
atencin un ruido en la otra ventana: tambin all haba un doberman.
     Slo poda ser el primer animal que la haba enfrentado al salir de la 
casa, al que le haba echado un chorro de amonaco en el hocico. Se haba 
recuperado rpidamente y la haba mordido en el pie cuando el otro la tena 
en el suelo.
     Estaba segura de que el segundo perro, el que haba saltado sobre ella 
como una bala de can, estaba ciego, lo mismo que el tercero. Pens que 
tambin ste haba recibido el chorro en los ojos, pero se haba equivocado.
     Claro que en ese momento tambin ella estaba casi ciega porque la 
mscara estaba empaada... y adems, frentica porque el tercer perro le 
arrancaba el collar acolchado y le lama el mentn. Slo saba que el animal 
haba chillado y le haba soltado el pie al recibir el chorro. Por consiguiente, 
le haba salpicado el hocico pero no los ojos, como en su primer encuentro 
con l.
     Tienes suerte, desgraciado murmur.
     El doberman dos veces agredido no araaba el vidrio. Slo la miraba. 
Fijamente. Las orejas alzadas' 'Sin perder detalle. Tal vez no era el mismo 
perro. Tal vez eran cinco. O seis.
     En la otra ventana: chuicchuic. Chuicchuic. Se inclin frente a Ariel:
     Nos vamos, mi amor. 
     La nia se hamacaba.
     Chyna le tom una mano. Esta vez no estaba rgidamente crispada; y la 
nia se par enseguida.
     Con el palo en una mano y la de Ariel en la otra, cruz la sala. Pas 
lentamente frente a las ventanas, evitando mirar a los doberman por temor 
a que un movimiento precipitado o una mirada provocadora los impulsara a 
saltar a travs de los vidrios.
     Ella y Ariel pasaron la abertura sin puerta hacia la escalera.
     A sus espaldas, uno de los perros empez a ladrar.
     A Chyna no le gust para nada. Era la primera vez que ladraban. Su 
sigilo disciplinado haba sido espeluznante... pero el ladrido era peor.
     Al subir la escalera arrastrando consigo a Ariel, se senta vieja, dbil y 
exhausta. Quera sentarse, tomar aliento, descansar sus piernas doloridas. 
Cuando dejaba de tirar de su brazo, Ariel se detena y reanudaba su 
murmullo mudo. Cada escaln pareca ms empinado que el anterior, como 
si Chyna fuera la Alicia del cuento infantil persiguiendo al conejo blanco, el 
estmago lleno de hongos exticos, corriendo por una escalera encantada en 
un lgubre Pas de Maravillas.
     Entonces, al llegar al descanso e iniciar el segundo tramo de la escalera, 
hubo un estrpito de vidrios rotos en la sala. El ruido le devolvi la juventud 
y la agilidad para trepar como una gacela por una escalera hecha para 
gigantes.
     Arriba! exclam, tirando del brazo de Ariel. Aunque se apur un 
poco, la nia pareca arrastrar los pies.
     Arriba! chill Chyna con desesperacin al ganar la planta alta.
     Desde abajo llegaban los ladridos del animal furioso. Aferrando la mano 
de la nia, Chyna lleg al vestbulo de la planta alta. El galope de los perros 
era ms atronador que los latidos de su corazn.
     La puerta de la izquierda. La habitacin de Veiss. Arrastr consigo a 
Ariel, cruz el umbral y cerr la puerta con violencia. No haba cerradura 
sino slo un picaporte.
     Son perros, por amor de Dios, ms malos que el demonio, pero no 
saben mover un picaporte.
     Un perro se arroj contra la puerta, que se sacudi en el marco, pero 
pareci estar bien cerrada.
     Chyna llev a Ariel hasta la ventana y apoy el lampazo contra la pared.
     Los perros ladraban y araaban la puerta.
     Chyna tom la cara de la nia entre sus manos, acerc la suya y mir 
con optimismo el fondo de esos ojos celestes, bellos pero ausentes.
     Por favor, mi amor, te necesito otra vez. Como all abajo, cuando me 
quitaste las esposas con el taladro. Te necesito mucho ms que antes, Ariel, 
porque tenemos poco tiempo, muy poco tiempo, y estamos tan cerca, de 
veras, tan cerca de escapar.
     Aunque la distancia entre sus ojos era menos de diez centmetros, Ariel 
pareca no verla.
     Escucha, mi amor, dondequiera que ests escondida, en el planeta del 
Principito o el pas de Nunca Jams... te fuiste hasta all, beb...? o en el 
pas del Mago de Oz. Dondequiera que ests, por favor escucha bien porque 
debes hacerme caso. Tenemos que salir al techo de la galera. No es 
empinado, puedes hacerlo, pero con cuidado. Quiero que salgas por la 
ventana y des un par de pasos a la izquierda. A la derecha no, porque hay 
poco espacio y podras caerte. Un par de pasos a la izquierda y ah me 
esperas. Yo te seguir y me har cargo de ti.
     Solt la cara de la nia y la abraz con fuerza, con el amor que le 
hubiera dado a una hermana si la tuviera, con el que hubiera querido sentir 
por su madre. La amaba por lo que haba padecido, por haber sobrevivido al 
sufrimiento.
     Me har cargo de ti, mi amor. Me har cargo de ti. Veiss, ese 
degenerado hijo de puta, no volver a ponerte las manos encima. Nunca 
volver a hacerte dao. Voy a sacarte de este lugar de mierda, nunca 
volvers a verlo, pero tenemos que hacerlo juntas, debes ayudarme y 
escuchar bien y tener cuidado, muchsimo cuidado.
     Solt a la chica y sus ojos se encontraron.
     Ariel estaba en el pas de Nunca Jams. No hubo un destello de lucidez 
como el que haba cruzado sus ojos en el stano al tomar el taladro.
     Los perros haban dejado de ladrar.
     Del otro extremo de la habitacin vena un ruido distinto e inquietante. 
No era el estrpito de la puerta en el marco sino un ruido ms duro. 
Metlico.
     Se agitaba el picaporte. Uno de los perros deba de estar toquetendolo 
con la pata.
     La puerta no estaba bien ajustada. Haba una brecha de un centmetro 
entre el borde y el marco. En la brecha brillaba un objeto metlico: era el 
pestillo. Si ste no penetraba profundamente en el marco, tal vez los 
toqueteos del perro acabaran por abrir la puerta.
     Un momento dijo a Ariel.
     Cruz la habitacin y trat de correr la cmoda delante de la puerta.
     Los perros seguramente advirtieron su proximidad porque echaron a 
ladrar. El viejo picaporte de hierro negro se sacudi con furia.
     La cmoda era muy pesada, pero no haba en el cuarto una silla de 
respaldo recto para trabar el picaporte y la mesa de noche era demasiado 
liviana para detener a los perros, si hacan saltar el pestillo.
     Aunque la cmoda era pesada, logr cruzarla a medias delante de la 
puerta. Le pareci suficiente.
     Los doberman parecan enloquecer, ladraban con ms furia que nunca 
como si comprendieran que Chyna los haba burlado.
     Cuando se volvi hacia Ariel, la nia haba desaparecido.
     No.
     Aterrada, corri a la ventana y ech una mirada afuera.
     Radiante bajo la luz de la Luna, la cabellera plateada en lugar de rubia, 
Ariel estaba sobre el techo, exactamente dos pasitos a la izquierda de la 
ventana, tal como le haban dicho. Con la espalda apretada contra la pared 
de troncos, contemplaba el cielo aunque probablemente miraba algo 
infinitamente ms remoto que las estrellas.
     Chyna puso el lampazo sobre el techo y sali a su vez, seguida por los 
ladridos de furia impotente de los doberman en la casa.
     Afuera haban cesado los aullidos de angustia de los perros 
enceguecidos.
     Chyna tom la mano de la nia, que no estaba rgidamente plegada en 
garra como antes sino fra pero floja.
     Bien, mi amor, lo hiciste muy bien. Me hiciste caso. Pero siempre 
debes esperarme, de acuerdo? No te apartes de m.
     Ariel miraba el cielo. Las cataratas de luz de Luna le daban el aspecto 
de un cadver de ojos glaucos. Eran espeluznantes esos ojos muertos, como 
un mal presagio. Chyna solt la mano de su acompaante y con suave 
presin la oblig a inclinar la cabeza para mirar la brecha entre el techo de 
la galera y el de la casa rodante.
     Juntas. Ven, dame la mano. Cuidado al cruzar. No es muy ancho, no 
tienes que saltar, es fcil. Pero si das un mal paso podras caer al suelo, 
donde estn los perros. Y aunque no caigas, podras lastimarte.
     Chyna dio el paso, pero Ariel no la sigui.
     Sin soltar la mano floja de la nia, Chyna se volvi y dio un tirn suave.
     Vamos, nena, vmonos de aqu. Lo denunciaremos a la polica para 
que no vuelva a hacerle mal a nadie, ni a ti ni a m ni a nadie.
     Ariel titube, cruz la brecha... y resbal sobre el techo metlico de la 
casa rodante que estaba hmedo de roco. Chyna solt el lampazo y aferr 
con fuerza la mano de la nia para impedir la cada.
     Falta poco, nena.
     Tom el lampazo, condujo a Ariel al borde del tragaluz y la oblig a 
arrodillarse.
     Muy bien. Espera, slo falta una cosa.
     Chyna se tendi boca abajo sobre el techo, introdujo el palo del 
lampazo por el tragaluz y empuj la escalerilla metlica hasta sacarla del 
camino. No era cuestin de caer sobre ella y quebrarse una pierna. Ahora 
que la fuga estaba casi consumada no poda correr riesgos. Chyna se par y 
arroj el lamapazo al suelo.
     Se inclin, puso una mano sobre el hombro de la nia: 
     Ahora deslzate hasta meter las piernas por el tragaluz. Vamos, mi 
amor. Cuidado con las astillas, muy bien, eso es, deja caer las piernas. 
Ahora djate caer al piso y ve hacia adelante. De acuerdo? Entiendes lo 
que te digo? Adelante, hacia la cabina, mi amor, as no caigo encima de ti.
     Bast un leve empujn. Ariel cay de pie en el interior de la casa 
rodante, tropez con el martillo que Chyna haba dejado en el piso y 
extendi un brazo para asirse de la pared.
     Crrete hacia adelante la urgi Chyna.
     A sus espaldas, una lluvia de vidrios cay sobre el techo de la galera. 
Una de las ventanas del escritorio. La puerta estaba abierta, y los perros, 
burlados por la puerta del dormitorio, haban cruzado el pasillo de la planta 
alta para salir por ah.
     Gir a tiempo para ver al doberman que cruzaba el techo y saltaba 
hacia ella con una fuerza tal, que la derribara de la casa rodante al suelo.
     Trat de esquivarlo, pero el perro era ms gil y corrigi su trayectoria 
en el momento de caer sobre el vehculo. Sin embargo, sus patas resbalaron 
sobre la superficie hmeda, hubo un chillido de uas sobre metal, y Chyna, 
atnita e ilesa, lo vio caer al suelo.
     El perro chill y trat de alzarse sobre sus patas. Tena un problema en 
el cuarto trasero. No poda alzarse. Tal vez se haba quebrado la pelvis. Pero 
la furia era ms fuerte que el dolor, y miraba a Chyna sin pensar en s 
mismo. Ladraba, sentado sobre el cuarto trasero con las patas torcidas en 
un ngulo antinatural.
     El otro doberman no ladraba. Haba salido por la ventana rota del 
escritorio y la miraba desde el techo, cauto y atento. Era el perro que haba 
recibido dos chorros de amonaco en el hocico, pues segua agitando la 
cabeza y bufando como si lo irritara un remanente del gas. Haba aprendido 
a respetarla; no saltara temerariamente sobre ella, como su camarada.
     Desde luego, tarde o temprano advertira que ella ya no tena el frasco 
rociador ni nada que sirviera de arma. Recobrara el coraje.
     Qu poda hacer?
     Lamentablemente haba arrojado el trapeador al suelo. Con ese palo 
hubiera podido golpear al perro, incluso hacerle dao. Pero estaba fuera de 
su alcance.
     Piensa.
     En lugar de cruzar el techo, el doberman se paseaba frente a la pared 
de la casa, con los hombros alzados y la cabeza gacha, pero echando la 
mirada atrs. Llegaba a la ventana abierta y volva lentamente, cuidndose 
de pisar los fragmentos de vidrio que brillaban como astillas de plata a la luz 
de la Luna, y mirndola con ojos feroces.
     Chyna se pregunt si habra algo en la casa rodante que le sirviera 
como arma. La nia se lo alcanzara. 
     Ariel... dijo suavemente.
     El perro se detuvo al orla. 
     Ariel...
     No hubo respuesta.
     Era intil. Tratar de inducirla a hacer algo era perder el tiempo.
     Cuando este doberman la atacara, no volvera a tener suerte. El perro 
no cruzara el techo a los saltos ni resbalara de la casa rodante sin hincarle 
un diente. Cuando saltara sobre ella, tendra que enfrentarlo con las manos 
vacas.
     El perro detuvo su deambular. Alz su fina cabeza negra y la mir fijo, 
las orejas paradas, jadeando.
     Mil pensamientos cruzaban la cabeza de Chyna. Nunca haba tenido la 
mente tan gil y lcida.
     Aunque no quera apartar los ojos del doberman, ech una rpida 
mirada al tragaluz. Ariel no estaba en el pasillo. Se haba alejado hacia la 
cabina. Bien, le haba hecho caso.
     El perro haba dejado de jadear. Rgido y atento, baj las orejas hasta 
aplastarlas contra el crneo.
     La puta que te pari murmur Chyna, y salt por el tragaluz al 
interior de la casa rodante. Una punzada de dolor le atraves el pie mordido.
     La escalerita que haba apartado con el lampazo estaba apoyada contra 
la puerta del dormitorio. La tom y se coloc bajo el tragaluz.
     Golpes sordos de patas sobre el techo metlico. Chyna tom el martillo 
del piso y desliz el mango bajo el cinturn de sus jeans. A pesar del suter, 
senta el fro de la cabeza acerada del martillo contra su panza. El perro 
apareci en el tragaluz, una silueta carnicera a la luz de la Luna.
     Chyna tom la escalera por el mango tubular metlico que serva de 
respaldo cuando se la usaba como taburete. Retrocedi hacia la puerta del 
bao. El pasillo era demasiado estrecho para blandir la escalera como un 
garrote. La alz frente a su cuerpo a la manera de un domador de leones 
con una silla.
     A ver, hijo de puta dijo al perro acechante, consternada por el 
temblor de su voz. A ver, ataca.
     El animal vacil, cauteloso, en el borde de la abertura. Chyna no se 
atreva a darse vuelta. Saba que en ese momento el perro se arrojara 
sobre ella.
     Alz la voz, furiosa y burlona:
     A ver, qu mierda esperas? Tienes miedo, pedazo de cagn?
     El perro gru.
     Vamos, vamos, carajo, ataca y sabrs lo que es bueno. Ataca, hijo 
de puta!
     El perro gru y salt. Al caer rebot sobre el piso y se lanz derecho 
hacia Chyna, sin vacilar.
     Tratar de defenderse hubiera sido suicida. Haba una sola, leve, 
posibilidad. La agresin. Adelante. Se abalanz frontalmente hacia el perro, 
con las patas de la escalera hacia adelante como si fueran cuatro estoques.
     La fuerza del golpe la estremeci, casi la derrib, pero el animal cay 
hacia atrs aullando de dolor. Tal vez haba recibido un golpe en el ojo o en 
la punta del hocico. Rod hacia el fondo del pasillo.
     El doberman se alz de un salto, pero sus patas parecan flaquear. 
Chyna no le dio respiro: con las patas metlicas, lo obligaba a retroceder, le 
impeda recuperar del todo el equilibrio para que no pudiera atacarle el 
flanco por el costado de la escalera o los tobillos por abajo o la cara por 
arriba. A pesar de las heridas, el perro era rpido, fuerte Dios querido 
tremendamente fuerte, gil como un gato. El dolor de los brazos era 
insoportable, los latidos violentos del corazn le oscurecan la vista, pero no 
poda aflojar ni por un segundo. Cuando las patas de la escalera empezaron 
a plegarse y le pellizcaron los dedos, las abri al instante y sigui lanzando 
estocadas, una vez y otra y otra hasta que el animal qued atrapado entre 
el panel de aglomerado que era la puerta del dormitorio y las patas 
metlicas. El doberman se retorca, grua, morda la escalerilla, araaba el 
piso y la puerta con frenes para escapar de la trampa. Con sus sesenta kilos 
de puro msculo acabara por vencerla. Chyna apoy todo su cuerpo contra 
la escalera y con una mano busc el martillo. Era ms difcil manejar la 
escalerilla con una mano que con dos, y el perro empez a escurrirse entre 
las patas para saltar por encima de su jaula, estirando la cabeza, lanzando 
dentelladas feroces, salpicndola con espumarajos de saliva, los ojos negros 
e inyectados de sangre y protuberantes de rabia. Apoyada contra la 
escalerilla, Chyna golpe con la maza. Escuch un toc de acero contra el 
hueso y un chillido. Chyna golpe otra vez en el crneo, el chillido ces 
abruptamente y el perro cay.
     Retrocedi.
     La escalerilla cay con estrpito.
     El perro an respiraba entre gemidos lastimeros. Trat de alzarse.
     Lo golpe por tercera vez. Fue el fin.
     Con aliento tembloroso, baada en sudor fro, Chyna dej caer el 
martillo y se tambale hacia el bao. En el inodoro, vomit hasta el ltimo 
resto de la torta de chocolate de Veiss.
     Su nimo no era triunfal.
     Nunca en su vida haba matado nada ms grande que una cucaracha de 
las palmeras... hasta ese momento. La autodefensa era una justificacin, no 
un consuelo.
     Aunque era consciente de que les quedaba muy poco tiempo, se tom 
unos segundos para lavarse la cara y enjuagarse la boca.
     Se asust al ver su cara en el espejo. Lastimada, cubierta de costras de 
sangre. Los ojos hundidos entre ojeras enormes. El pelo sucio y enredado. 
Pareca una loca.
     En un sentido, estaba loca. Loca de amor por la libertad, vida por 
alcanzarla. Por fin, por fin... Libre de Veiss y de su madre. Del pasado. De la 
compulsin de comprender. Loca de esperanzas de salvar a Ariel y, por fin, 
hacer algo ms que sobrevivir.
     Acurrucada en el sof de la salita, la nia se hamacaba. Por primera vez 
desde que la vio a travs de la mirilla de la puerta acolchada, la maana 
anterior, Chyna la escuch emitir sonidos: una sucesin de gemidos 
acompasados, angustiados.
     Todo est bien, mi amor. Vamos, no llores. Todo estar bien, ya lo 
vers.
     La nia gema, inconsolable.
     Chyna la condujo al asiento delantero, le ajust el cinturn de 
seguridad.
     Bueno, nos vamos, pequea, Se acab.
     Se sent detrs del volante. El motor estaba en marcha y no se haba 
recalentado. El panel indicaba que tenan combustible de sobra y una 
adecuada presin de aceite. No haba luces testigo encendidas.
     Entre los indicadores del panel haba un reloj. Tal vez no marchaba 
bien. La casa rodante era vieja. Marcaba las doce menos diez.
     Chyna encendi los faros, solt el freno de mano y puso la primera.
     Record que no deba acelerar debido al riesgo de que los neumticos 
arrancaran la hierba y quedaran atascados en el barro. Dej que el vehculo 
rodara lentamente hasta salir del csped y luego enfil hacia el este por el 
camino de salida.
     Aunque no estaba habituada a vehculos grandes como este, pudo 
conducirlo sin inconvenientes. Despus de los sucesos de las ltimas 
veinticuatro horas, no haba vehculo en el mundo capaz de arredrarla. Si 
tuviera a mano un tanque militar, se las ingeniara para ponerlo en marcha y 
conducirlo hasta salir de ah.
     Por el espejo retrovisor externo contempl la casa de troncos que se 
alejaba bajo la luz de la Luna. Con las ventanas iluminadas, pareca un 
hogar tan acogedor como cualquier otro.
     Ariel haba dejado de gemir. Echada hacia adelante en la medida que lo 
permitan las correas, haba hundido las manos en la cabellera y se tomaba 
la cabeza como si estuviera a punto de explotar.
     Ahora s estamos en marcha le asegur Chyna. Falta poco, muy 
poco.
     El rostro de la nia haba perdido la placidez que mantena desde que 
Chyna la vio por primera vez a la luz de la lmpara en el cuarto atestado de 
muecas. No era hermosa. Sus facciones estaban crispadas en una 
expresin de angustia inenarrable y pareca llorar aunque sin sollozos ni 
lgrimas.
     Era imposible llegar al fondo de los tormentos que sufra. Tal vez estaba 
aterrada por la posibilidad de cruzarse con Edgler Veiss cuando faltaban 
escasos metros para escapar. O tal vez no reaccionaba ante los hechos del 
aqu y ahora sino ante un momento terrible del pasado o los sucesos 
imaginarios del Nunca Jams donde se haba perdido para escapar de Veiss.
     Pasaron la loma pelada e iniciaron el descenso largo y gradual hacia una 
arboleda junto a la salida. Chyna crea recordar que la maana anterior 
Veiss se haba detenido dos veces al entrar en la propiedad. Seguramente 
faltaba poco.
     Veiss no haba bajado de la casa rodante; por lo tanto, el portn se 
abrira mediante un mecanismo elctrico. Mientras conduca con una mano, 
alz el bastidor de la consola entre los asientos. Hurg en su interior y hall 
un aparato de control remoto en el momento en que el portn apareci a la 
luz de los faros.
     Era una barrera infranqueable. Pilares de acero. Marcos y tirantes de 
acero tubular. Alambre de pas. Rog a Dios, que no fuera necesario 
embestirlo porque tal vez ni siquiera un vehculo pesado como la casa 
rodante sera capaz de derribarlo.
     Apunt el control remoto hacia el parabrisas, apret el botn y lanz un 
grito de jbilo cuando el portn empez a girar hacia el interior.
     Solt el acelerador y apret el freno para darle tiempo a la barrera para 
abrirse del todo antes de alcanzarla. El portn giraba majestuosamente.
     El miedo se agit en su interior como las alas frenticas de un ave 
negra, y tuvo la brusca certeza de que Veiss aparecera para cerrarles el 
paso apenas se abriera el portn.
     Pero sali entre los postes a una angosta ruta alquitranada por la cual 
podra alejarse hacia la derecha o la izquierda. No haba autos a la vista.
     Hacia la izquierda, el norte, la ruta se perda entre bosques nocturnos 
apuntando a las nubes y estrellas baadas por la luz de la Luna, como una 
rampa para salir del planeta al espacio exterior.
     Hacia el sur la ruta descenda hasta perderse de vista entre los campos 
y los bosques. A la distancia, a menos de diez kilmetros, un tenue 
resplandor dorado se extenda sobre la cortina de la noche como un abanico 
japons abierto sobre terciopelo negro; tal vez era un pueblo. Sin 
molestarse en cerrar el portn, Chyna gir hacia el sur y aceler. Treinta 
kilmetros por hora. Cuarenta y cinco. Lleg hasta sesenta, pero tena la 
sensacin de volar ms velozmente que un avin a chorro. Hacia la libertad. 
A pesar de los innumerables dolores, de un agotamiento que calaba hasta 
los huesos, su espritu se alz hacia el cielo.
     Chyna Shepherd, intacta y viva dijo. Esta vez no era un ruego sino 
un informe a Dios.
     Cruzaban un paraje rural, sin casas ni comercios a los lados de la ruta, 
ni otra luz que el resplandor a la distancia, pero Chyna se senta baada en 
luz.
     Ariel an se tomaba la cabeza y su rostro tan dulce estaba crispado de 
angustia.
     Ariel, intacta y viva dijo Chyna. Intacta y viva. Viva, vivita. Todo 
est bien, mi amor. Todo estar muy bien. Mir el cuentakilmetros. Ya 
estamos a cinco kilmetros y nos alejamos ms y ms, segundo a segundo.
     Al llegar a la cresta de una loma, Chyna entrecerr los ojos cuando 
aparecieron los faros de un auto que vena en sentido contrario.
     Sinti miedo: tal vez era Veiss.
     Faltaban tres minutos para la medianoche, segn el reloj del tablero.
     Pero aunque fuera Veiss, y seguramente reconocera su propia casa 
rodante, el miedo pas enseguida. La casa rodante era mucho ms grande 
que el auto, de modo que no podra correrla del camino. Al contrario, en 
caso de necesidad poda hacerlo mierda y no vacilara en embestirlo si no 
lograba alejarse de l.
     No era Veiss. A medida que el auto se acercaba, vio algo sobre el techo 
que al principio le pareci un portaesques, pero luego se dio cuenta de que 
era una batera de luces giratorias apagadas y la bocina de una sirena. La 
noche anterior, al seguir a Veiss hacia el norte por la ruta 101 en direccin a 
los bosques de secoyas, haba deseado con toda el alma que se cruzaran con 
un patrullero... y por fin suceda.
     Hizo sonar largamente la bocina, gui los faros y fren.
     La polica! dijo a Ariel. Mi amor, te dije que todo estara bien. Es 
la polica!
     La nia se ech hacia adelante, sujeta por las correas. En respuesta a la 
bocina y el guio de los faros, el agente encendi sus luces giratorias pero 
no hizo sonar la sirena.
     Ella detuvo la casa rodante sobre la banquina. 
     Veiss no sabe que escapamos. Podrn atraparlo sin darle tiempo a 
huir.
     El patrullero sigui de largo. Ella alcanz a leer en la puerta las palabras 
DEPARTAMENTO DE POLICA, las ms bellas del mundo.
     Mirando por el espejo retrovisor, vio que el auto giraba en redondo 
sobre la ruta. Volvi a pasar y se detuvo unos diez metros ms adelante, 
sobre la banquina de ripio.
     Alegre, eufrica, Chyna abri la puerta y baj de un salto. Fue hacia el 
patrullero.
     Lo ocupaba un solo agente. Llevaba el sombrero de ala ancha de los 
comisarios rurales. No pareca tener prisa por bajar.
     Las luces giratorias derramaban baldazos de luces rojas y azules sobre 
el pavimento como en un sueo agitado, mientras los rboles altos junto al 
camino parecan ir y volver, ir y volver a los saltos. Una brisa proveniente de 
ninguna parte alz torbellinos de hojas y grumos de tierra como si las luces 
hubieran perturbado la quietud.
     A mitad de camino hacia el auto, donde el polica aguardaba inmvil 
detrs del volante, Chyna record los archivos en el escritorio de Veiss, que 
bruscamente adquirieron una significacin muy distinta, lo mismo que las 
esposas.
     Se detuvo. 
     Dios querido. 
     Lo supo.
     Chyna dio la espalda al auto blanco y negro para correr hacia la casa 
rodante. Bajo las luces azules y rojas, agobiada por la Luna gorda, tena la 
sensacin de correr en cmara lenta, como en un sueo, a travs del aire 
espeso como un flan.
     Al llegar a la puerta abierta, ech una mirada atrs. El polica sala del 
auto.
     Entre jadeos, Chyna se sent y cerr la puerta.
     El polica haba salido del patrullero. Edgler Veiss. Chyna solt el freno 
de mano.
     Veiss abri fuego.
     
     
     


     
     
11
     El comisario Edgler Foreman Veiss, el ms joven de la historia del 
condado, mira por el espejo retrovisor mientras Chyna Shepherd corre por la 
banquina hacia su patrullero, y se pregunta si la joven no es, despus de 
todo, su "neumtico reventado", la destructora de su futuro feliz. Al verla 
detenerse, girar y correr entre las luces de vuelta a la casa rodante, el 
miedo de Edgler Veiss aumenta bruscamente.
     Al mismo tiempo, siente una gran admiracin por ella y no lamenta del 
todo haberla conocido.
     T s que eres una perra astuta dice en voz alta. Al salir del 
patrullero blanco y negro, desenfunda el revlver con la intencin de herirla 
en una pierna. Tal vez an pueda salvar la situacin.
     Si consigue dejarla fuera de combate e introducirla en la casa rodante 
antes de que pase otro auto, todo estar bien. Ser un placer volver a 
encadenarla. Ariel no levantar una mano para ayudarla, y si lo intenta, la 
someter a culatazos. Ese no era su plan, pero hace un ao que mira esa 
carita hermosa con ganas de destrozarla, y lo har con inmenso placer, a 
pesar de las circunstancias.
     Aunque Veiss sale rpidamente del auto, Chyna es ms gil. Cuando l 
termina de apuntar, ella ya est detrs del volante y ha cerrado la puerta.
     Veiss ya no puede correr riesgos; adis a la idea de herirla ahora para 
divertirse con ella ms tarde. Tiene que matarla. Dispara seis veces, derecho 
al parabrisas.
     Al ver que Veiss alzaba el revlver, Chyna grit: "Abajo!", oblig a Ariel 
a agachar la cabeza y se arroj de costado sobre la consola abierta. Cubri a 
la nia con su propio cuerpo lo mejor que pudo, cerr los ojos y le grit que 
hiciera lo mismo.
     Sonaron los estampidos en rpida sucesin y el parabrisas estall hacia 
adentro. Una lluvia de aicos de vidrio cay sobre las butacas, sobre Chyna 
y la nia, y otros objetos en el fondo de la casa rodante cayeron hechos 
pedazos bajo el impacto de las balas.
     Trat de contar los disparos. Crey or seis. O tal vez cinco. No estaba 
segura. Carajo. Pero entonces comprendi que eso no tena importancia 
porque no haba visto el arma, no saba con seguridad si era un revlver o 
qu. Una pistola no cargaba seis proyectiles sino diez o ms; muchos ms, 
si tena un cargador con extensin.
     A pesar del riesgo de recibir un balazo en la cara, Chyna se sent, se 
sacudi los fragmentos pegajosos de vidrio de seguridad y mir a travs del 
marco del parabrisas. Edgler Veiss estaba junto al patrullero, a diez metros 
de ella. Vaciaba las cpsulas servidas del arma; por consiguiente, era un 
revlver.
     Ella ya haba soltado el freno de seguridad. Puso la primera.
     Erguido, aparentemente sereno y sin prisa, pero con dedos giles, Veiss 
sac un tambor cargado de la rionera sujeta a su cinturn.
     Gracias a los delincuentes amigos de su madre, Chyna lo reconoci al 
instante. Sin darle tiempo a cargar el arma, levant el pie del freno y apret 
el acelerador a fondo. Ya, ya, ya.
     En el momento de desprender el tambor vaco del arma y colocar el 
otro, Veiss alz la vista casi despreocupadamente al or el rugido del motor.
     Chyna subi al pavimento como si pensara seguir de largo, alejarse a 
toda velocidad, pero iba a atropellar al degenerado.
     Veiss coloc el tambor y lo cerr.
     Temerosa de que Ariel levantara la cabeza, grit: "Abajo, abajo!". 
Tambin ella agach la cabeza cuando una bala hizo impacto en el marco del 
parabrisas y rebot hacia el fondo del vehculo.
     La alz al instante porque estaba en movimiento y no poda conducir a 
ciegas. Gir el volante a la derecha para enfilar hacia Veiss, parado junto a 
la puerta abierta del patrullero.
     l dispar otra vez y ella crey ver el interior mismo del cao cuando 
sali el fogonazo. Oy un zumbido-siseo-latido extrao, algo as como el de 
un abejorro bajo el sol del verano, y sinti un olor clido de pelo 
chamuscado.
     Veiss se arroj al interior del auto para esquivarla. La casa rodante 
embisti la puerta abierta y la arranc, tal vez le arranc tambin una pierna 
al degenerado hijo de puta, o las dos.
     El perfume de la plvora siempre evoca en el comisario Veiss el hedor 
del sexo, acaso porque es un olor clido, acaso porque tiene rastros de 
amonaco que es ms fuerte en el semen, pero por la razn que fuere, los 
disparos lo excitan y le provocan una ereccin inmediata, y al saltar al 
interior del auto, lanza un grito de jbilo. El rugido del motor lo rodea, la 
casa rodante se abalanza sobre l con los faros encendidos con un alboroto 
propio de un encuentro cercano del tercer tipo. Al arrojarse, encoge las 
piernas, consciente de que si escapa ser por poco, por un pelito qu joder, 
y por eso es tan excitante. Siente un golpe fuerte en el pie derecho, sopla un 
viento fro, la puerta se desprende y se va dando vueltas estrepitosamente 
sobre el pavimento... y la casa rodante pasa de largo con un alarido.
     Ha perdido la sensibilidad del pie derecho y aunque no siente dolor, 
piensa que el golpe tal vez lo aplast o incluso lo arranc. Despus de 
sentarse y enfundar el revlver, palpa con una mano en busca del mun y 
la sangre que brota a torrentes para descubrir que est ileso. Lo nico que le 
han arrancado es el tacn de la bota. Slo eso. Nada ms. El tacn de goma.
     El pie est insensible, la pantorrilla est dormida hasta la altura de la 
rodilla, pero el comisario re. 
     Pagars por el remiendo, putita.
     La casa rodante est a setenta metros y se aleja hacia el sur.
     El motor del patrullero sigue en marcha tal como l lo ha dejado, y le 
basta soltar el freno de mano y poner la primera. Los neumticos alzan una 
nube de ripio que repiquetea sobre el chasis. El auto blanco y negro se pone 
en marcha. El caucho recalentado chilla como un beb herido, muerde el 
alquitrn, y Veiss se lanza a la persecucin de la casa rodante.
     Demasiado tarde, absorto en su pie dormido y loco de ganas de poner 
las manos sobre la mujer, advierte que el vehculo no se dirige hacia el sur. 
Vuela hacia l en retroceso, a cuarenta kilmetros por hora o ms.
     Aprieta el freno hasta el piso, pero no tiene tiempo para esquivar la 
casa rodante, que lo embiste con un ruido horroroso, y es como chocar 
contra un muro de piedra. Su cabeza se dobla violentamente hacia atrs, 
luego su cuerpo se estrella contra el volante con tanta fuerza, que lo deja 
sin aliento y un torbellino negro envuelve su visin.
     La tapa del motor se arruga y se abre, y no se ve una mierda a travs 
del parabrisas. Pero oye el zumbido de los neumticos al girar en falso y 
huele el caucho quemado. El patrullero es empujado hacia atrs, y aunque el 
choque la ha frenado, la casa rodante empieza a tomar velocidad otra vez.
     Veiss trata de poner la marcha atrs para alejarse de la casa rodante 
que lo empuja, pero la palanca se traba, cae en punto muerto y se traba 
definitivamente. Ha saltado la caja de cambios.
     Es ms: sospecha que la trompa destrozada del auto est colgada del 
paragolpes trasero de la casa rodante.
     Ella quiere sacarlo de la ruta. En algunos tramos, la cada es de dos a 
tres metros y tan empinada, que casi con seguridad el patrullero volcar de 
punta. Peor an, si est colgado y la mujer pierde el control de la casa 
rodante, sta caer sobre el patrullero y lo aplastar con l adentro.
     Carajo, tal vez es lo que quiere.
     S que es un caso nico; a su manera, se parece bastante a l. Por eso 
la admira.
     Hay olor a nafta. Conviene salir de ah.
     A la derecha de la consola central y el transmisor policial (que l apag 
en el momento en que vio y reconoci la casa rodante), hay una escopeta 
.20 montada sobre un par de grampas sujetas al tablero. Tiene un cargador 
de cinco cartuchos que el comisario Veiss mantiene siempre lleno.
     Arranca la escopeta de las grampas, la toma con las dos manos y se 
desliza a la izquierda sobre el asiento para salir de detrs del volante. Se 
arroja por el hueco de la puerta arrancada.
     Retroceden a unos treinta o treinta y cinco kilmetros por hora y la 
velocidad aumenta rpidamente porque el auto est en punto muerto y ya 
no resiste el arrastre. El pavimento viene a su encuentro como si se hubiera 
arrojado de un avin con un paracadas lleno de agujeros. Choca y rueda, 
los brazos apretados contra el cuerpo, con la esperanza de evitar la rotura 
de los huesos; aferrando la escopeta, cruzando la ruta alquitranada en 
diagonal hacia la banquina del carril que va hacia el norte. Trata de 
mantener la cabeza en alto pero recibe un golpe fuerte y luego otro. El dolor 
es grato, y la increble intensidad de la aventura le arranca un grito de 
placer.
     Chyna miraba por el espejo retrovisor cuando Edgler Veiss salt del 
patrullero, cay sobre el pavimento y rod hasta la banquina de la ruta.
     Mierda.
     Cuando termin de frenar, entre los gritos de dolor por el pie mordido, 
Veiss estaba tendido boca abajo sobre la banquina contraria, cien metros 
hacia el sur. Estaba inmvil. Probablemente la cada no lo mat, pero al 
menos lo habr desmayado o atontado.
     Chyna no era capaz de atropellar a un hombre desmayado. Pero 
tampoco era cuestin de darle una buena probabilidad de reaccionar.
     Abroch las correas de seguridad, una en torno de la cintura y la otra 
sobre el hombro. Tena la sospecha de que le hara falta.
     Al poner la primera y reanudar la marcha, sinti un ardor fuerte en el 
costado derecho de la cabeza, y al palparlo descubri que sangraba. El 
zumbido fugaz no haba sido el de un abejorro sino el de una bala que haba 
abierto un surco de unos siete centmetros de longitud y escasos milmetros 
de profundidad. Por poco no le haba arrancado la tapa lateral del crneo. 
Comprendi tambin la causa del leve olor a quemado: plomo caliente, pelos 
chamuscados.
     Ariel estaba envuelta en una mantilla deslumbrante de fragmentos 
pegajosos de vidrio. Sus ojos, aunque clavados en Veiss, estaban en blanco.
     Sangraban sus manos. Chyna se sobresalt al ver la sangre, pero 
enseguida advirti que las heridas eran tajos diminutos; ninguno era grave. 
El vidrio de seguridad no poda atravesar la piel para causar una herida 
mortal, pero s causaba pequeos tajos y rasguos.
     Al volver la vista a Veiss, vio que se alzaba sobre las manos y las 
rodillas a setenta metros de ella. A su lado haba una escopeta.
     Apret el acelerador.
     Un campanazo detrs de la casa rodante. El vehculo se sacudi. Otro 
campanazo. Sigui un chirrido y un estrpito metlico infernal, pero el 
vehculo empezaba a acelerar.
     En el espejo lateral vio la lluvia de chispas alzada por el roce del metal 
sobre el pavimento.
     El patrullero destruido la segua a los tumbos. Ella lo arrastraba.
     La oreja derecha del comisario Veiss est herida, desgarrada, y el olor 
de su sangre es como el viento del invierno al barrer la nieve en una ladera 
alta. Un estruendo de campanas de bronce en los dos odos evoca el sabor 
metlico amargo de la araa en la casa de los Templeton. Lo saborea con 
placer.
     Al erguirse y comprobar que sus huesos estn intactos, contiene el 
interesante sabor agrio del vmito y toma la escopeta. Observa con 
satisfaccin que no parece haber sufrido daos.
     La casa rodante cruza la ruta hacia l, est a cincuenta metros y se 
acerca rpidamente. Un monstruo ciego, inexorable.
     Pero Veiss no corre hacia el bosque para alejarse del monstruo que 
viene a atropellarlo; al contrario, corre hacia la derecha en un arco que lo 
colocar al costado del vehculo en el momento en que lo pase. Renguea, no 
a causa de una herida en la pierna sino porque le han arrancado el tacn del 
borcegu derecho.
     Aunque le falta el tacn, Veiss es ms gil que el vehculo torpe, y la 
mujer advierte que no podr atropellarlo. Sin duda, ella ha visto la escopeta, 
y vira a la derecha para alejarse, sacrificando la venganza en aras de la 
fuga. Veiss no intentar volarle la cabeza mediante un disparo a travs del 
marco del parabrisas o la ventanilla lateral, en parte porque lo asusta su 
inslita ductilidad y le parece difcil acertarle cuando pase veloz como un 
plato volador. Adems, es ms fcil detenerse y disparar desde la cadera 
que alzar el arma para apuntar, lo cual quita elevacin al disparo.
     El retroceso de los tres primeros disparos, efectuados con toda la 
rapidez de la que es capaz, casi tumba al comisario de espaldas, pero 
revienta el neumtico delantero del lado del conductor.
     A escasos dos metros de l, la casa rodante empieza a patinar. Jirones 
de caucho del neumtico reventado flotan en el aire. Cuando el monstruo 
pasa junto a l, Veiss usa los dos ltimos cartuchos para reventar uno de los 
neumticos traseros.
     Ahora la joven Chyna Shepherd, intacta y viva, tiene graves problemas.
     El volante giraba enloquecido y quemaba las palmas de Chyna en su 
esfuerzo por controlarlo.
     Apret el freno y al instante le pareci un error fatal porque el vehculo 
derrap hacia la izquierda, pero soltarlo tambin fue un error porque el 
derrape a la derecha fue an ms pronunciado. El patrullero enganchado 
chocaba con el paragolpes trasero, la casa rodante se estremeca 
violentamente con cada derrape, y Chyna comprendi que estaba a punto de 
volcar.
     Ebrio de la deliciosa mezcla del olor de su sangre con el hedor sexual de 
la plvora, el comisario Veiss termina de vaciar el cargador y arroja a un 
lado la escopeta. Con ojos brillantes de jbilo, ve cmo la vieja casa rodante 
se inclina inexorablemente y corre sobre las llantas del lado del conductor. 
Nada queda de los neumticos, salvo los jirones desparramados a lo ancho 
de la ruta. El rechinar de las llantas de acero sobre el pavimento le recuerda 
la textura de la crinolina almidonada por los cogulos de sangre, lo cual 
evoca a su vez el sabor de la boca de cierta jovencita en trance de morir. 
Entonces, el vehculo cae de costado con tanta violencia que Veiss siente las 
vibraciones del pavimento bajo los pies. El estruendo reverbera entre los 
rboles que bordean la ruta como si el diablo mismo disparara su escopeta.
     Colgado del paragolpes trasero de la casa rodante, el patrullero tambin 
vuelca. Finalmente queda libre, cae sobre su techo, gira en redondo y se 
detiene sobre el carril del norte.
     La casa rodante se ha alejado, est a cien metros del comisario y sigue 
patinando, pero ya empieza a detenerse.
     Todo se le ha ido al diablo: tendr que hallar una explicacin para todo 
lo que ha quedado desparramado sobre la ruta; olvidarse de sus planes para 
Ariel, que tanto lo han excitado durante todo un ao; deshacerse de los 
cadveres delatores en el dormitorio de su casa rodante.
     Pero el comisario Veiss jams ha sentido semejante euforia. Nunca ha 
estado tan vivo, con todos los sentidos agudizados por la ferocidad del 
momento. Se siente mareado, como un idiota. Quiere bailar bajo la Luna, 
agitando los brazos y girando como una peonza, igual que un nio al 
contemplar las estrellas.
     Pero antes debe dar muerte a dos personas, desfigurar una cara joven y 
hermosa, y eso tambin es parte de la diversin.
     Quiere desenfundar el revlver, pero no lo encuentra; evidentemente lo 
perdi al arrojarse del auto y rodar sobre la ruta. Lo busca alrededor.
     Cuando la casa rodante se detuvo, Chyna consider que no era un buen 
momento para regocijarse por el hecho de estar viva. Desabroch sus 
correas de seguridad y las de Ariel.
     El costado derecho ahora era el techo de la casa rodante. All arriba, 
Ariel aferraba el picaporte para no caer sobre Chyna, que estaba acostada 
sobre el lado izquierdo del vehculo ahora convertido en piso. A travs de su 
ventanilla, slo vea un primer plano del pavimento.
     Sali penosamente de su asiento, gir, se sent sobre el tablero de 
espaldas al parabrisas y con los pies sobre la consola. Apoy su flanco 
derecho contra el volante.
     Era difcil respirar ese aire impregnado por los gases de la nafta.
     Se volvi hacia Ariel:
     Tenemos que salir por el parabrisas, pequea. Vamos, rpido.
     Ante la falta de reaccin de la nia, que se aferraba a la puerta y 
contemplaba el cielo nocturno por la ventanilla, Chyna le sacudi el hombro.
     Vamos, mi amor, vamos, vamos, vamos. Seramos un par de 
estpidas si nos dejramos matar despus de haber llegado tan lejos. Te 
imaginas cmo se burlaran las muecas? Se moriran de risa.
     He aqu al comisario Edgler Veiss, dolorido y lastimado, pero 
acercndose con paso elstico al techo de su casa rodante, convertido en 
flanco izquierdo ahora que el vehculo yace de costado sobre el mar de nafta 
que baa el pavimento. Le llama la atencin el tragaluz roto, pero avanza 
sin detenerse hacia la cabina del vehculo... para descubrir que Chyna y 
Ariel, las muy traviesas, acaban de salir a travs del hueco del parabrisas.
     Le dan la espalda y se alejan hacia el borde de la ruta, hacia una 
arboleda no lejos del pavimento donde seguramente esperan ocultarse antes 
de que l las encuentre. La mujer renguea y a la vez empuja a la chica, 
apoyndole una mano en la baja espalda.
     Aunque el comisario no encontr su revlver, tiene la escopeta para 
blandirla como un garrote y la aferra por el cao con ambas manos. Se 
acerca rpidamente. La mujer oye su extrao chapoteo sobre el pavimento 
empapado debido a la cojera causada por la falta de un tacn, pero l no le 
da tiempo para darse vuelta y enfrentarlo. Con todas sus fuerzas, le da un 
garrotazo entre los hombros con el plano de la culata.
     El golpe que la derriba le arranca el aliento y le impide gritar. La joven 
cae de bruces sobre el pavimento, inconsciente o en todo caso atontada.
     Ariel se tambalea en la misma direccin en que iba, acaso sin saber qu 
le ha sucedido a Chyna. Tal vez est desesperada por alcanzar la libertad, 
pero lo ms probable es que al cruzar la ruta sea tan consciente de sus actos 
como una mueca mecnica.
     Chyna rueda sobre el pavimento y mira a Veiss; no est atontada sino 
lvida y enloquecida de rabia. 
     Dios es miedo dice. Son palabras formadas con las letras de su 
nombre.
     La mujer no parece asustada. Entre jadeos provocados por los gases o 
por el golpe en la espalda, murmura: 
     Me cago en tu alma.
     Despus de matarla, deber comer un trozo de ella tal como hizo con la 
araa, porque su fuerza increble le ayudar a afrontar los das difciles que 
lo aguardan.
     Ariel est a veinticinco o treinta metros, y el comisario se pregunta si 
no conviene ir en su busca. No: primero eliminar a la mujer, porque en ese 
estado, la chica no ir muy lejos.
     Cuando Veiss baja la vista, la mujer est extrayendo un objeto pequeo 
del bolsillo de sus jeans.
     Chyna tom el encendedor que haba sustrado de la estacin de 
servicio donde Veiss asesin a los dos empleados. Solt la traba de la 
palanquita que liberaba el gas y coloc la yema del pulgar sobre el chispero. 
La aterraba tener que encenderlo. Estaba tendida en un charco de gasolina, 
que impregnaba su ropa, su pelo. Los gases sofocantes le dificultaban la 
respiracin. Su mano temblorosa tambin estaba mojada de gasolina, y 
estaba segura de que la llama saltara inmediatamente al pulgar, de ah a la 
mano y el brazo, y en pocos segundos, su cuerpo estara envuelto en una 
mortaja de fuego.
     Pero tena que creer que haba justicia en el universo y algn significado 
en las brumas de las secoyas, porque sin esa confianza ella no era mejor 
que Edgler Veiss ni ms consciente que una cucaracha frentica.
     Estaba tendida a los pies de Veiss. En el peor de los casos, lo arrastrara 
consigo al otro mundo.
     Sin fin dijo ella, porque tambin eran palabras que se formaban con 
las letras de su nombre, y encendi la llama.
     El Bic se encendi al instante, pero la llama no salt a su pulgar, de 
modo que lo apoy en el borcegu de Veiss y lo solt. La llama se apag al 
instante, no sin antes encender el cuero empapado de gasolina.
     A la vez que soltaba el encendedor, Chyna empez a rodar, alejndose 
de Veiss, los brazos apretados contra el pecho, girando sobre el pavimento, 
atontada por la sbita llamarada a su espalda y la rfaga de aire caliente 
que la sigui. Las etreas llamas azules seguramente la perseguan sobre el 
pavimento empapado, y se prepar para recibir el abrazo candente del 
fuego... pero ya rodaba sobre pavimento seco, lejos del charco de nafta.
     Jadeando desesperadamente, se par y se alej an ms del pavimento 
ardiente, de la bestia sumergida en la conflagracin.
     Calzado con botas de fuego, Edgler Veiss chillaba y pataleaba en medio 
de las llamaradas que se alzaban a su alrededor.
     Cuando se encendi su pelo, Chyna apart la mirada. Ariel estaba a 
salvo, lejos del charco de nafta, en apariencia inconsciente de lo que 
suceda. De espaldas al fuego, contemplaba las estrellas.
     Chyna corri hacia ella y la alej varios metros ms, por las dudas.
     Los alaridos espantosos de Veiss se volvan ms fuertes y agudos 
porque, segn advirti Chyna al echar una mirada atrs, el degenerado las 
persegua, convertido en un pilar de fuego, rodeado totalmente por las 
llamas. Pero segua de pie y se tambaleaba sobre las burbujas de alquitrn 
hirviente. Sus brazos candentes estaban extendidos hacia adelante y 
lenguas de fuego azul brotaban de sus dedos. Un torbellino de fuego rojo 
como la sangre le llenaba la boca, su nariz echaba llamas de dragn, su cara 
era una mscara anaranjada, pero segua avanzando, terco como el ocaso, 
entre alaridos.
     Chyna se coloc delante de la nia, pero Veiss vir bruscamente y se 
alej, y ella comprendi que no las haba visto. Totalmente ciego, no la 
buscaba a ella ni a Ariel sino a una clemencia inmerecida.
     Cay sobre las lneas amarillas del centro de la ruta, convulsionado por 
los ltimos estertores de agona, retorcindose hasta que poco a poco qued 
tendido de costado con las rodillas contra el pecho y las manos bajo el 
mentn. Su cabeza cay sobre el pecho como si el cuello derretido no 
pudiera soportar el peso. Despus sigui consumindose en silencio.
     En cierto nivel de conciencia, Veiss saba que el alarido moribundo sala 
de su boca, pero el martirio era tan intenso, que su mente se poblaba de 
imgenes delirantes. En otro nivel, pens que no era l quien lanzaba esos 
gritos espeluznantes sino el gemelo nonato del empleado de la estacin de 
servicio, que haba dejado su impronta en la frente del hermano. Al final, 
Veiss tena mucho miedo en medio del fuego que lo consuma, y luego ya no 
fue un hombre sino una noche perpetua.
     Chyna tom la mano de Ariel para alejarse del fuego, pero al final ya no 
poda tenerse en pie. Se sent sobre el pavimento, sacudida por temblores 
incontrolables, agobiada por mil dolores, enferma de alivio. Estall en llanto 
y, sollozando como una nia de ocho aos, solt las lgrimas que jams 
haba vertido cuando estaba bajo una cama o en un granero infestado de 
ratones o en una playa quemada por los relmpagos.
     Poco despus aparecieron faros a la distancia. Chyna los miraba 
mientras la nia a su lado contemplaba la Luna, sumida en su silencio.
     
     
     
     


     
     
12
     Desde su cama en el hospital, Chyna dio informes detallados a la 
polica, pero ninguno a los periodistas que la buscaban afanosamente. 
Movidos por el espritu de reciprocidad, los policas le contaron muchas cosas 
sobre Edgler Veiss y sus crmenes, aunque el hombre segua siendo tan 
incomprensible como antes.
     Dos de los relatos le interesaron por motivos personales.
     Primero, Paul Templeton, el padre de Laura, estaba en viaje de 
negocios en Oregon cuando lo detuvieron por exceso de velocidad en la ruta. 
El agente que confeccion la boleta de multa fue el joven comisario. Las 
fotografas cayeron de la billetera de Paul cuando buscaba su registro de 
conductor, y Veiss puso ver la cara hermosa de Laura.
     Segundo, el nombre completo de Ariel era Ariel Beth Delane. Un ao 
antes, viva con sus padres y su hermano de nueve aos en un suburbio 
residencial de Sacramento, California. La madre y el padre haban muerto en 
la cama, acribillados a balazos. El nio haba sido torturado con las 
herramientas que empleaba la seora Delane para fabricar muecas -tal era 
su pasatiempo-, y haba motivos para creer que Veiss haba obligado a Ariel 
a presenciar la sesin de tortura antes de secuestrarla. Adems de los 
agentes de polica, la atendieron muchos mdicos. Junto con los que 
trataban sus mltiples heridas venan otros, los psiquiatras, que la instaban 
a hablar sobre sus vivencias. El ms insistente era el cordial doctor Kevin 
Lofglun, un cincuentn de aspecto juvenil, risa alegre y un tic nervioso que 
consista en pellizcarse el lbulo de la oreja hasta dejarlo rojo como un 
tomate.
     No necesito terapia le dijo ella, porque la vida es la mejor terapia.
     Desconcertado, el mdico le pidi que hablara sobre su relacin de 
mutua dependencia con su madre a pesar de que haba terminado diez aos 
antes, el da que la abandon. Quera ayudarla a aprender a asumir el dolor, 
pero ella dijo:
     No quiero aprender a asumirlo, doctor. Quiero sentirlo.
     l hablaba del sndrome de estrs postraumtico, ella, de esperanza; l 
hablaba de autorrealizacin, ella, de responsabilidad; l de aumentar la 
autoestima; ella, de la fe y la confianza; por ltimo, el mdico lleg a la 
conclusin de que no poda ayudar a alguien que hablaba un idioma 
totalmente distinto del suyo.
     Los mdicos y las enfermeras teman que sufriera de insomnio, pero 
Chyna dorma profundamente. Estaban seguros de que tena pesadillas, pero 
ella slo soaba con un bosque majestuoso donde se encontraba 
acompaada y a salvo.
     El 11 de abril, doce das despus de ingresar en el hospital, le dieron el 
alta. Al salir por la puerta principal, vio que la aguardaba un centenar de 
periodistas de televisin, radio y diarios, incluso de los tabloides 
sensacionalistas que le haban ofrecido fuertes sumas de dinero a cambio de 
una entrevista exclusiva. Se abri paso entre ellos sin responder a las 
preguntas que le hacan, pero sin mostrarse descorts. Cuando lleg al taxi 
que la esperaba, uno le meti el micrfono en la cara y pregunt:
     Seorita Shepherd, qu se siente al ser una herona tan famosa? Al 
escuchar la pregunta idiota se detuvo y respondi:
     No soy una herona. Soy una persona que pasa por la vida como 
todos ustedes, se pregunta por qu es tan dura y espera no tener que 
hacerle dao a nadie en el futuro.
     Los ms prximos callaron al or la respuesta, los dems siguieron 
preguntando a los gritos.
     Chyna subi al taxi y se alej.
     La familia Delane, adicta al crdito fcil de Visa y MasterCard, estaba 
hundida en deudas cuando Edgler Veiss vino a liberarlos de todo mal, de 
manera que Ariel no hered un centavo. Sus abuelos paternos vivan, pero 
no tenan buena salud y estaban escasos de recursos. Aunque hubiera 
tenido parientes con medios suficientes para asumir el peso de criar a una 
adolescente con los problemas especiales de Ariel, ninguno se hubiera 
sentido capaz de hacerlo. Por consiguiente, qued a disposicin de un 
tribunal de menores, que la intern en un hospital psiquitrico del estado de 
California.
     Ningn familiar se opuso.
     Durante todo el verano y el otoo, Chyna viaj una vez por semana de 
San Francisco a Sacramento para peticionar a la Corte que la declarara 
custodia legal de Ariel Beth Delane. Visitaba a la nia y con mucha paciencia 
-con terquedad, decan algunos- se abra paso en los laberintos de la justicia 
y la seguridad social. De no haberlo hecho, hubieran condenado a la nia a 
cadena perpetua en esos asilos llamados "instituciones de salud".
     Aunque Chyna no se consideraba una herona, otros s lo crean. La 
admiracin de ciertas personas influyentes fue la clave para ablandar el 
corazn de la burocracia, que acab por otorgarle la custodia permanente tal 
como ella lo deseaba. Una maana de fines de enero, diez meses despus 
de liberar a la nia del stano custodiado por muecas, se fue de 
Sacramento llevando consigo a Ariel.
     Juntas fueron a vivir en un departamento en San Francisco.
     A pesar de que le faltaban pocas materias para la licenciatura en 
sicologa, Chyna cambi esa carrera por la de literatura en la Universidad de 
California. Siempre le haba gustado leer, y aunque no crea tener talento 
como escritora, pensaba que le gustara trabajar en una editorial. Haba ms 
verdad en la ficcin que en la ciencia. Tambin le gustaba la idea de 
ensear. Y si pasaba el resto de su vida atendiendo mesas en un restorn, 
eso estara igualmente bien porque saba hacerlo y era un trabajo digno.
     El verano siguiente, cuando asignaron a Chyna el turno de la cena en el 
restorn, ella y Ariel solan pasar el da en la playa desde la maana hasta la 
media tarde. La nia se pona anteojos oscuros para contemplar la baha, y 
a veces incluso se dejaba llevar al borde del mar para mojarse los pies.
     Un da de junio, sin saber por qu, Chyna escribi una palabra en la 
arena: SERENIDAD. Despus de mirarla unos instantes, le dijo a Ariel:
     Esa palabra casi se forma con las letras de mi nombre.
     El 1 de julio, mientras Ariel, sentada sobre la manta, contemplaba el 
juego del sol sobre el agua, Chyna trataba de leer un diario, pero las noticias 
la angustiaban. Guerra, estupro, homicidio, robo, polticos de todos los 
colores que escupan su odio. Ley la crtica de una pelcula, en realidad una 
coleccin de insultos al director y el guionista a quienes el crtico negaba el 
mero derecho a la creacin artstica, y de ah pas al ataque igualmente 
destructivo de una columnista a un novelista, nada de crtica verdadera, 
ponzoa pura. Acab por arrojar el diario al canasto de residuos. Esos odios 
mezquinos, esos ataques por la espalda le parecieron expresiones 
desagradablemente claras de los impulsos homicidas que contaminaban el 
espritu humano; agresiones simblicas que slo diferan en grado, no en 
calidad, del homicidio real, y los corazones de los victimarios estaban 
infectados por el mismo mal.
     El mal que hay en los seres humanos no admite explicaciones; slo 
pretextos.
     En esos das de principios de julio, observ que un hombre de unos 
treinta aos bajaba a la playa maana por medio con su hijo de ocho aos y 
una computadora porttil con la que trabajaba bajo una sombrilla. 
Finalmente empezaron a conversar. El hombre se llamaba Ned Barnes, y su 
hijo, Jamie. Ned era viudo y, oh casualidad, era un novelista independiente 
con varios modestos xitos de librera en su haber. Jamie le tom cario a 
Ariel; le traa pequeos obsequios -un ramito de flores silvestres, un lindo 
caracol, la foto de un perrito de aspecto gracioso arrancada de una revista- 
y los colocaba a su lado sobre la manta sin pedirle que los mirara.
     El 12 de agosto, Chyna prepar fideos con salsa para los cuatro en el 
departamento. Despus de cenar, ella y Ned jugaron al ludo con Jamie 
mientras Ariel, sentada en su silln, se contemplaba las manos con aire 
plcido. Despus de la noche de horror en la casa rodante, la expresin de 
angustia atroz y el grito mudo no haban vuelto a alterar sus facciones. Ya 
no se abrazaba ni se hamacaba en el silln.
     Das despus, los cuatro fueron al cine y luego siguieron encontrndose 
en la playa, donde alquilaron carpas contiguas. Era una relacin sosegada, 
sin tensiones ni expectativas. Lo nico que buscaban en ella era un remedio 
para la soledad.
     Un da de septiembre, cuando se acercaba el otoo y empezaba a 
refrescar, Ned alz la vista de su computadora:
     Chyna...
     Absorta en una novela, ella dijo "mmmm", sin alzar la vista.
     Mira. Mira a Ariel.
     La nia vesta jeans y una blusa de mangas largas porque el da era 
demasiado fresco para tomar sol. Estaba descalza y el agua le lama los 
tobillos, pero no miraba hacia la baha con aire de zombie, como haca 
siempre. Con los brazos extendidos hacia lo alto, agitaba suavemente las 
manos y bailaba sin moverse del lugar.
     Le gusta tanto la baha... dijo Ned. Chyna no pudo responder.
     Ama la vida agreg l.
     Sofocada por la emocin, Chyna rog que fuera verdad.
     La danza no se prolong, y cuando la nia volvi a sentarse sobre la 
manta, su mirada estaba tan perdida como siempre.
     Al llegar diciembre, casi dos aos despus de haber escapado de la casa 
de Edgler Veiss, Ariel cumpli dieciocho aos. Ya no era una nia sino una 
hermosa joven. Sin embargo, cuando hablaba en sueos -era la nica vez 
que dejaba or su voz-, llamaba a su madre y su padre, a su hermano, y 
pareca una nia, frgil y perdida.
     La maana de Navidad, entre los regalos que aguardaban a Ariel, Ned y 
Jamie bajo el arbolito en la sala del departamento, Chyna se sorprendi al 
encontrar un paquete para ella. Era pequeo, envuelto con gran cuidado 
como si lo hubiera hecho un nio con gran entusiasmo pero cierta torpeza. 
Su nombre estaba escrito con letras de imprenta desparejas sobre una 
tarjeta con forma de mueco de nieve. Al abrirlo, encontr un trozo de papel 
azul. En l estaban escritas dos palabras, aparentemente dibujadas con gran 
esfuerzo y despus de muchos titubeos: Quiero vivir.
     Con el corazn que amenazaba con saltarle del pecho y la lengua 
reseca, Chyna tom las manos de la nia. No saba qu decir, y en todo caso 
no hubiera podido hacerlo. Por fin balbuce:
     Es... es lo mejor... es el mejor regalo que recib en mi vida, mi amor. 
De veras, el mejor. Es lo nico que quiero... que lo intentes.
     Ley las dos palabras nuevamente, entre lgrimas. Quiero vivir.
     Pero no sabes cmo volver, no es cierto?
     La nia la miraba, inmvil. Entonces parpade. Sus manos estrecharon 
las de Chyna.
     Hay un camino dijo Chyna con conviccin.
     Las manos de la nia apretaron las suyas con ms fuerza.
     La esperanza, pequea. Siempre hay esperanza.
     Hay un camino, slo que nadie puede encontrarlo por su cuenta, pero lo 
haremos juntas. Lo encontraremos juntas. Es cuestin de creerlo, nada ms.
     La nia apart la mirada, pero sus manos seguan estrechando las de 
Chyna.
     Quiero contarte una historia sobre un bosque de secoyas y lo que vi 
ah cierta noche, y tambin algo que vi despus, cuando me haca mucha 
falta. Tal vez no le des mucha importancia, y s que para otros no 
significara nada, pero es lo ms importante que me ha pasado en la vida, 
aunque no termino de entenderlo.
     Quiero vivir.
     Pasaron algunos aos y el regreso desde el planeta del Principito a las 
bellezas y maravillas de este mundo no fue fcil para Ariel. Hubo momentos 
de desesperacin en los cuales no haca el menor progreso, incluso sufra 
regresiones.
     Sin embargo, el da lleg en que fueron con Ned y Jamie al bosque de 
secoyas.
     Caminaron entre los rododendros y los helechos a la sombra de los 
rboles majestuosos.
     Mustrame dnde sucedi dijo Ariel. Chyna la llev de la mano al 
lugar preciso: Aqu.
     Cunto miedo haba sentido esa noche al arriesgarse tanto por una nia 
desconocida. No era tanto el miedo de Veiss como el de ese sentimiento 
nuevo que haba descubierto en su interior: el amor, sin pensar en las 
consecuencias.
     Ahora sabe que no haba motivos para temerlo. Es el fin de nuestra 
existencia. El amor, sin pensar en las consecuencias.